Un Latinoamericano en París

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Inmigrante en los Estados Unidos. Desilusionado de sus múltiples militancias, el joven revolucionario abandona la bandera maoísta y se dedica a la literaturaŠy al descubrimiento de la sensualidad. Un puesto de docente en la Universidad le permite revelar su lado oculto de seductor empedernido. La cátedra le sirveŠde pretexto para sus aventuras amorosas. Ya sesentón, cuando se prepara para su jubilación y está a punto de separarse de su cuarta pareja, se encuentra con Karine en su clase de español. La estudiante primeriza cae en sus redes y en poco tiempo se casan. Una semana después, Karine descubre la cruda realidad : su marido está brutalmente atrapado por su pasado.
Publicado el : sábado, 01 de marzo de 2014
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EAN13 : 9782336345550
Número de páginas: 111
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Un Latinoamericano en París
TÍTULOS DE LA AUTORA
Novelas Bodas de cenizas, 1992.Desencanto al Amanecer, 1995.El Pacto, 1996.El obispo, 1998.Así es la vida,2000.El final de una epoca o la pesadilla de Luis Garcina Rojas, alias Wicho,2002.
Ensayos Palabra mítica de la Gente del Agua, 1980.El Condor, dimensión mítica del Ave Sagrada, 1982.Por los Senderos Miticos de Nicaragua,1984.La mujer es puro cuento, (La feminidad en el imaginario mítico religioso indígena y mestizo en Colombia), 1987.Revolución tranquila de Santos, Diablos y Diablitos, 1988. Nicaragua: Once mil vírgenes. (La feminidad en el imaginario mítico religioso del pensamiento mestizo nicaragüense),1989. «Malinche, el malinchismo o la cara femenina de la sociedad mestiza », InSimbólica de la feminidad, Coordinación, 1990.El Gusano y la Fruta, (El aprendizaje de la feminidad en América Latina), 1992.Los viajeros de la Gran Anaconda, 1993.
Antologías El mito de París, entrevistas con escritores latinoamericanos en París, 2004. Le Paris latino-américain / El París latinoamericano.Anthologie des écrivains latino-américains à Paris / Antología de escritores latinoamericanos en París, 2006.
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© INDIGO & Côté-femmes éditions 55, rue des Petites Écuries 75010 Paris http://www. indigo-cf.com
ème Dépôt légal, 2 trimestre 2011 ISBN 2-914378-28-9
Milagros PALMA
Un Latinoamericano en París
novela
I N D I G O
I
n el mes de junio en París cuando el cielo amanece límpido y E luminoso las llamaradas del sol parecen lenguas de fuego de un árbol ardiendo y la atmósfera tórrida se vuelve bochornosa. Aquella mañana Wicho se levantó decidido a no dejar pasar un día más sin iniciar la corrección de los exámenes de conversación de español de la universidad. Después de hacer sus cincuenta flexiones, acostado en el suelo boca abajo, como una lagartija, y los movimientos de la cabeza de un lado a otro como diciendo no para contener las paperas, se bañó y desayunó mientras Karina continuaba durmiendo con un sueño profundo e imperturbable propio de su juventud. Una vez arreglado como si fuera a la universidad, se instaló en la mesa de trabajo que también servía de comedor. Puso el montón de exámenes que yacía en un rincón del cuarto y antes de arrancar con el primero de cuatrocientos doce se puso a cortar las uñas como para exorcizar el miedo que le producía la tarea. Luego, resistiendo hasta el último minuto, posó su mirada en los sexos pintados de rojo color pitaya de los exuberantes desnudos negros de enormes senos en forma de papayas y sandías que había hecho hacía ya quince años, durante una de sus crisis conyugales, y que sólo ahora podía exponer tapizando sus paredes sin ser censurado. Karina le celebraba todas sus ocurrencias con la expresión: es genial. El primer examen era siempre el más difícil de corregir. De este gesto dependía el éxito de su determinación. Con el tercero la dinámica se instalaba y así podía trabajar dos horas sin levantar cabeza. Al cabo de cinco debidamente revisados, hizo una breve pausa. Hacía quince días había hablado con su abogado que le había notificado que el juicio tendría 7
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lugar entre octubre y noviembre. Apenas tuviera una fecha concreta le avisaría. Su cuerpo se resentía cada vez más a causa del juicio pendiente. Un retorcijón de estómago lo embistió con la misma rabia que las crisis de lombrices que en su infancia lo dejaban extenuado durante horas. Cuando recobró la respiración cortada por el espasmo, Wicho soltó su lapicero rojo, se pasó la mano derecha por la frente sudorosa, amplia por la calvicie propia de un sesentón como despejándose la mente, y luego se frotó los labios como un niño que se limpia la boca cuando aún no ha incluido en sus hábitos la servilleta al comer. Karine se despertó, con su rostro lozano, fresco y al pasar hacia la cocina le estampó un beso en la frente. Wicho le frotó la espalda, las nalgas, las pantorrillas, y después ella se fue a la cocina a preparar el café. Wicho no podía dejar de pensar en su nueva aventura. El día anterior había pasado al lado de un incidente que pudo haber tenido consecuencias graves en su relación con Karine. Cuando ella se encontraba donde sus padres, llevó a una alumna a su apartamento. En el fogueo de las caricias un orgasmo lreventó entre las piernas de la joven negándose a continuar. Como le había bajado la regla, tomó una compresa del paquete que se encontraba en el baño. Wicho no sabía qué hacer cuando ella se lo comentó. ¿Cómo reemplazar el paquete sin que Karine lo notara? El no sabía exactamente cuántas compresas había. Tampoco conocía el almacén dónde vendían la misma marca. Wicho estaba preocupado porque sabía que las mujeres se fijaban en esos detalles. Finalmente, y para acabar con su dilema, tiró el paquete al basurero e inventó una historia para contársela cuando ella regresara por la noche, antes de que lo notara: “Imagínate que entró una llamada telefónica en el momento en que estaba lavando mi ropa en el lavabo y dejé el grifo abierto. Cuando regresé, el agua se había derramado.” Karina no le dio importancia al incidente. Al contra-rio, sonrió y le dio un beso en los labios. Wicho insistió en su deseo de reponer las compresas pero ella argumentó que sólo ella conocía el lugar donde vendían la marca que utilizaba. La noche transcurrió normalmente con comentarios de la joven sobre la soledad de sus padres que estaban tramitando la jubilación. Aquella mañana, Karina se sentó frente a él con una taza de café y
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galletas para desayunar. Sus ojos se lo comían de ansiedad. Sólo así lograba arrancarle las palabras que la reconfortaban y aliviaban su inseguridad. — ¿Me quieres mi amor? — preguntaba ella con sus ojos lánguidos. — Sí te quiero — respondía Wicho como un autómata que conocía la manía posesiva de las mujeres y que por nada del mundo hubiera dejado instalarse la menor duda cualquiera que fuera el nivel de su relación sen-timental. — ¿Verdad que nos vamos a casar? — Palabra de hombre es palabra de hombre. Cuando yo digo algo lo cumplo. Nos vamos a casar — respondía él ante su obsesiva insistencia. Los ojos de la joven le recordaban las miradas de las mujeres con las que había tenido relaciones y sobre todo las cuatro con las cuales había hecho vida conyugal. Sin excepción, ellas buscaban como esculcarle en lo más profundo de su pensamiento. Una vez más se veía frente a Anaís, su amiga anterior, año y medio antes, repitiendo lo mismo y, para no despertar sospechas, prosiguió: — Pero nada de irnos a vivir al lado de tus padres. Yo no puedo vivir fuera de París. Nos quedaremos aquí, en mi apartamento, mientras termino de arreglar mis cuentas con ella. Con el término ella, Wicho se refería a Anaís de quien venía de separarse. Por lo general, el nombre de la pareja que acababa de dejar se volvía casi tabú para la nueva chica que hasta le prohibía que lo pronunciase. — Mi amor, ya lo sé, me lo has repetido tantas veces que no se me ocurriría intentar cambiar tus planes. Yo iré a visitar a mis padres como lo he hecho hasta hoy — respondió Karine mientras se pasaba el cepillo en el pelo lacio, tiñido en rubio desde que había conocido a Wicho. Karine vivía aún con sus padres y sólo, desde hacía dos meses, dormía por lo manos tres noches con Wicho quien por primera vez tenía su apartamento propio en donde recibía a sus amigas. Cuando vivía con Pepa, su primera mujer, que asumió por mucho tiempo los gastos del hogar, instaló a Françoise, su primera gran aventura con una estudiante parisina, desde su nueva posición de docente a la universidad, aunque no por mucho tiempo. Entonces la situación de Wicho era bastante precaria. Estando con Pauline, la segunda pareja, los padres le pagaban la vivienda; y con Anaïs, la tercera, primero comenzaron en el cuarto de estudiante de 9
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la joven hasta que al cabo de tres años se buscaron un apartamento compartiendo gastos. Wicho acababa de separarse de Anaís después de nueve años de vida común durante los cuales, en dos ocasiones, estuvieron a punto de casarse. La primera vez, pospusieron la fecha de la boda para el siguiente verano porque a su padre le diagnosticaron un cáncer en la próstata. Varios años antes, el padre de Anaís recibió un choque brutal cuando su hija le presentó a Wicho, apenas iniciados los cursos en la universidad. El padre se retiró de la cena a la cual Wicho estaba invitado. Al día siguiente Anaïs supo la razón: — Viste, papá, lo que te dije es cierto, Wicho es come años. Acaba de cumplir cincuenta y uno pero no parece, se ve más joven ¿verdad? — dijo Anaís con su sonrisa angelical, recogiéndose el pelo rubio y ondulado en un moño que se desparramaba nerviosamente. — Aunque no parezca, los tiene. Ya verás cómo rápidamente te vas a convencer de ello. Cuando quieras ir a bailar, ya verás que no tendrá ganas como lo haría un joven de tu edad. — Yo creo que hay cosas más importantes en la vida como por ejemplo hablar con una persona interesante que sabe escucharte, como es el caso de Wicho que además es profesor universitario y poeta. — Cada persona tiene la edad de sus arterias, dice el dicho francés. Tú ni siquiera has cumplido diecinueve años y no es normal que andes con un hombre que te lleva veinte y pico de años de diferencia. — ¿Qué hay de malo? El amor no tiene edad — respondió irónicamente Anaís a su padre fuera de quicio. — Me duele el estómago — dijo el padre con una mueca en la cara, conteniendo su rabia. Y prosiguió con los ojos desorbitados: nunca estaré de acuerdo con esa relación. Creo que es escandoloso que un profesor siga valiéndose de su posición para seducir a las alumnas — respondió indignado por no haber jamás imaginado que su hija se enamoraría de un hombre de su generación, y que, además, contaba con tres experiencias conyugales. Los años pasaron. La relación entre el padre de Anaís y Wicho nunca se normalizó. Jamás le dio la oportunidad de publicar sus poemas en el periódico que él dirigía.
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