Escultura Griega

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La escultura griega es, probablemente, el aspecto más conocido del arte griego. Para un contemporáneo, expresa el ideal de la belleza y de la perfección plástica. Es la primera de las artes clásicas que trató de liberarse de las restricciones imitativas, de la representación precisa de la naturaleza. Solo se conoce una mínima parte de la producción escultórica de la Grecia antigua. Muchas de las obras maestras que se describen en las obras de literatura clásica se han perdido o han sufrido daños considerables, y la mayoría de las piezas que conocemos son copias más o menos hábiles y fidedignas efectuadas durante la época romana. Desde el Renacimiento hasta la actualidad, muchas obras han sido restauradas por escultores occidentales, que, con frecuencia, las han interpretado de una forma muy diferente a su planteamiento original. De este modo, el discóbolo se convierte en un gladiador moribundo, un dios recibe los atributos de otro y las piernas de una estatua se implantan en el torso de otra.
«El alma de la escultura griega abarca toda la escultura. Su simplicidad esencial desafía cualquier definición. Podemos sentirla, pero no podemos expresarla. “Abre los ojos, estudia las estatuas; mira, reflexiona y vuelve a mirar” debe ser el precepto continuo de todo aquel que quiera aprender o conocer la escultura griega».
Publicado el : martes, 08 de mayo de 2012
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EAN13 : 9781781603918
Número de páginas: 256
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ESCULTURA GRIEGA Edmund von Mach
Texto: Edmund von Mach Traducción al español: Pablo DíazAller Revisión técnica traducción al español: Jaime Valencia Villa Edición en español: Mireya Fonseca Leal
Diseño: Baseline Co. Ltd. 127129A Nguyen Hue Blvd Fiditourist, 3ª planta District 1, Ciudad de Ho Chi Minh Vietnam
© Confidential Concepts, Worldwide, Bogota, Colombia. © Sirrocco, Londres (Edición en inglés) pág.210: Museo del Mausoleo de Bodrum. Cortesía de Kristian Jeppesen
ISBN : 9781781603918
Todos los derechos reservados
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Escultura griega
ESPÍRITU Y PRINCIPIOS
Introducción
Contenido
Consideraciones fundamentales
Condiciones artísticas antes del siglo VII a.C. y los años oscuros
Escultura griega arcaica
Período de transición
El Partenón
El ideal griego
Tiempos otoñales
Notas
Bibliografía
Índice de ilustraciones
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Introducción
Cabeza del Dipylón,Dipylón, Atenas, c. 600 a.C. Mármol, altura: 44 cm. Museo Arqueológico Nacional, Atenas
INTRODUCCIÓN
ace doscientos cincuenta años el estudio de la escultura griega era excavHaciones de Pompeya y Herculano, el traslado de las esculturas del 1 desconocido. El pionero en estas lides fue Winckelmann , y también suyo el primer libro publicado, fechado en 1755. Las Partenón a Londres por Lord Elgin, y sobre todo la restauración de Grecia y los ricos descubrimientos que surgieron a partir de ella añadieron incentivos al ya creciente interés en este nuevo campo. En el siglo XVIII no fue posible juzgar correctamente el arte antiguo porque se poseían pocos originales y era necesario evaluarlo a través de los cristales de la civilización romana posterior. En el siglo XIX se llevó a cabo una investigación más profunda impulsada por un espíritu científico. Gracias a la pala del excavador, aquellos tesoros olvidados hacía ya tiempo volvieron a ver la luz del sol; los estudiosos formados en la severa escuela de la filología gestionaron y clasificaron el material y poco o nada quedó para el crítico de arte. Todo el campo de estudio estaba en manos de los arqueólogos científicos, los cuales lo presentaron en historias más o menos exhaustivas de la escultura griega o del arte griego. Todos los libros de la época siguieron el desarrollo histórico. Son historias de artistas antiguos. Este tratamiento de la materia, aunque puso orden en el caos del siglo precedente, hizo imposible un entendimiento claro del espíritu de la escultura griega, puesto que sobrecargó los libros con ese tipo de hechos que interesan únicamente a los especialistas para usarlos en sus descubrimientos posteriores y no atrajeron verdaderamente a la comunidad artística. Por lo tanto, las discusiones arqueológicas explican en buena medida la desatención actual del arte antiguo por parte de artistas y profanos. Los escritores del siglo XVIII cayeron en la generalización sin tener a su disposición suficientes hechos; los estudiosos del siglo XIX reunieron los hechos y, por lo tanto, nuestro deber actual es presentar las lecciones que se desprenden de los mismos y dar a conocer al lector el espíritu y los principios de la escultura griega. El espíritu de la escultura griega es el espíritu de la escultura. Es posible sentirlo pero no expresarlo. La razón de que haya perdido actualmente su poder es que únicamente se escucha lo que se ha dicho en vez de entrar en contacto con ella. Los conocimientos encerrados en un libro no sustituyen la familiaridad con las esculturas originales. «Abre los ojos, estudia las estatuas, mira, piensa y vuelve a mirar» es el mandato para todos los que quieran adquirir conocimientos sobre la escultura griega. Es aconsejable aceptar alguna guía inicial para andar sobre seguro, pues ayudan a eliminar los conceptos erróneos que se han extendido. No obstante, las sugerencias a este respecto suelen aportar más que discusiones exhaustivas: estimulan las ideas propias.
Una rápida expansión La escultura griega se expandió bastante rápido en unas condiciones generalmente consideradas como desfavorables. Pocos países han sufrido cambios tan rápidos como Grecia: la súbita desaparición de la civilización micénica, quizás debida a los dorios, no tiene parangón en la historia. Los tres o cuatro siglos posteriores a la invasión de los dorios (en torno al 1000 a.C.), la oscura Edad Media de Grecia, estuvieron repletos de violentas agitaciones políticas, y todo el período histórico de Grecia estuvo caracterizado por unas condiciones inestables. Los Estados surgían y caían con asombrosa rapidez.
Atenas era una comunidad insignificante antes de Pisístrato y apenas se la menciona en los poemas de Homero (en torno al 800 a.C.) Su influencia data de las Guerras Médicas o Grecopersas (490-480 a.C.) pero, antes de que concluyera el siglo, su gloria se había disipado. Alejandro Magno llegó al trono en el 336 a. C.; llevó su bandera hasta la India y, cuando murió, Macedonia ya no estaba destinada a ser una potencia mundial. Pérgamo heredó esta importancia en el 241 a.C. en el reinado de Átalo I y desapareció como potencia principal en el 133 a.C. Se piensa en Estados Unidos como un país joven, pero tiene casi los mismos años que tenía Grecia cuando fue absorbida por Roma y han pasado más años desde la Declaración de Independencia que los que van desde el nacimiento a la caída de Atenas.
El triunfo de unos pocos Paz y tiempo libre se consideran generalmente los prerrequisitos de un gran período artístico. Ciertamente lo son, pero no deben entenderse sólo como condiciones externas. Lo definitivo no es el entorno de las personas sino su estado mental; tampoco es necesario que todos cuenten con la bendición de un noble. Con frecuencia el fervor de unos pocos ha cosechado los éxitos de un país. Es erróneo atribuir a todos los atenienses, o incluso a la mayoría de ellos, el amor que siente un artista por la belleza. El hombre de clase media, mezquino e injusto, tal y como aparece en las comedias de Aristófanes y en los diálogos de Platón, con su estrechez de miras y su malicia, no explica el repentino ascenso de Atenas, aunque probablemente sí justifica su rápida caída. Fue a pesar de ellos que Atenas ganó su superioridad. Por lo tanto, en el ámbito del arte no puede sobrevalorarse la importancia 2 de cada artista. Se tiene constancia de que Robert Ball afirmó que los descubrimientos científicos responden a la ley de la necesidad, aunque pueden verse acelerados por la presencia de hombres grandes. Si Watt no hubiera descubierto el poder del vapor otro lo hubiera hecho, y muchos otros podían haber anunciado la teoría de Darwin de la supervivencia del más apto. «No obstante», -añadió Sir Robert- « ¿qué sería de la música si Beethoven no hubiera existido?». Esta reflexión también es válida para la escultura y todas las bellas artes que expresan ideas. Algunas de las estatuas griegas más nobles nunca se habrían creado si no hubiera existido Fidias. Un escritor antiguo exclamó: « ¿Es que no sabes que hay una cabeza de Praxiteles dentro de cada piedra?». No obstante, podríamos añadir que se necesita a un Praxiteles para sacarla. Solamente después de apartar la caótica masa de roca, sale a la luz la cabeza. La mayoría de nosotros necesitamos la expresión del pensamiento para poder entenderlo. No obstante, no se puede negar la realidad del pensamiento ni siquiera cuando no se sirve de una expresión, porque es independiente de nuestro concepto del mismo.
Un pequeño rango de ideas simples El campo de los pensamientos expresados en la escultura griega era limitado y se apartaba por completo de la complejidad de la era moderna. El encanto del arte griego lo constituyen unas pocas ideas simples bien expresadas. De hecho, en ciertos momentos se ha considerado que una expresión adecuada era parte esencial del arte griego; y mucho se ha hablado de Shelley, Keats y Hölderlin, entre otros, como si fueran griegos, no sólo porque estas personas
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Koré, Delos, c. 525500 a.C. Mármol, a: 134 cm. Museo Arqueológico Nacional, Atenas
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pensaban del mismo modo que los que vivieron en la antigüedad, sino porque sabían cómo expresar sus sentimientos adecuadamente. No obstante, sólo eran griegos en parte pues les faltaba la segunda cualidad del arte griego: la simplicidad. La simplicidad sincera rara vez es espontánea. La belleza del Partenón es el resultado de una claridad de pensamiento y una sensibilidad enormes. Por eso todo el mundo lo entendió y se convirtió, en palabras de Plutarco, en un clásico el mismo año que se finalizó.
El atractivo de una obra de arte Muy pocos artistas tienen la capacidad de atraer a todo tipo de personas, porque para esto no sólo requieren una enorme habilidad sino también un conocimiento compasivo de la naturaleza humana. Con frecuencia se pasa por alto este hecho. Se suele olvidar que el atractivo de una obra de arte pretende llegar a las cualidades más elevadas del ser humano, sólo que allí se llega a través de los ojos. Muy pocas cosas se ven tal y como son. La casa que se cree ver es muy diferente de la imagen piramidal de la casa que aparece en la retina. La única razón de que no nos confundamos es que estamos muy familiarizados con la casa. Dicha familiaridad no puede suponerse con respecto a las obras de arte. Deben tenerse en cuenta las discrepancias entre el objeto imaginado y su representación real y deben hacerse concesiones a las peculiaridades de la vista humana. Un artista no puede olvidar que para representar sus pensamientos toma prestadas unas formas de la naturalezaobjetivaque trata de captar la percepción humana, de naturalezasubjetiva. Escogerá de entre todos los temas posibles únicamente aquellos que son fácilmente entendibles y los esculpirá de forma calculada para que cumpla los requisitos de la capacidad de percepción del ser humano. El desarrollo moral e intelectual de una raza, por lo tanto, requiere de cambios en la selección de sujetos adecuados y también en el modo de representarlos.
Períodos de la escultura griega Los griegos trabajaron bajo estas premisas. No resulta, por lo tanto, sorprendente que su arte escultórico pueda dividirse en períodos correspondientes a sus diferentes estados evolutivos. El espíritu de su arte no cambió en ningún momento, pero ciertamente no todos los escultores fueron siempre fieles al mismo. No importa lo correctas que fueran sus ideas, no podían evitar darles una interpretación personal. Esto hace que sea necesario distinguir entre lo que un escultor quiere hacer y lo que en realidad hace, y justo aquí es donde el tratamiento arqueológico del arte antiguo más se ha equivocado. Muchos consideran que el detalle que se separa del conjunto del proceso de creación es la expresión de un nuevo concepto. ¿Estarán equivocados? La tendencia de Atenas a sobrecargar, por ejemplo, y la desatención de Policleto del lado noble de la naturaleza humana son sólo anomalías puntuales. Quedan por fuera del espíritu uniforme de la escultura griega y su explicación se encuentra en los gustos pasajeros de unos pocos. Tales casos de exceso de atención sobre un detalle u otro, dejaron inevitablemente su impacto en las expresiones artísticas posteriores. No obstante, su influencia podría haber sido mayor si hubieran sido la introducción deliberada de un nuevo concepto y no simplemente una exageración accidental de un elemento menor. Es importante destacar que a la impresionante delicadeza de la escultura ateniense primitiva le sucedió Fidias, y que a Policleto, con su negación del lado más noble del ser humano, le sucedieron rápidamente Praxiteles y Escopas, que fueron los mayores maestros en la expresión de las pasiones humanas.
Mujer vestida y sentada, lápida sepulcral (fragmento), c. 400 .a.C. Mármol, a: 122 cm. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.
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Torso masculino, copia de un original de bronce de Polícleto, elDiadúmeno, realizada en torno al 440 a.C. Mármol, altura: 111 cm. Museo del Louvre, París.
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