En el Fondo del Abismo

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The Project Gutenberg EBook of En el Fondo del Abismo, by Jorge OhnetThis eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and withalmost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away orre-use it under the terms of the Project Gutenberg License includedwith this eBook or online at www.gutenberg.netTitle: En el Fondo del AbismoAuthor: Jorge OhnetRelease Date: December 2, 2004 [EBook #14236]Language: SpanishCharacter set encoding: ISO-8859-1*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EN EL FONDO DEL ABISMO ***Produced by The PG Online Distributed Proofreading TeamEN EL FONDO DEL ABISMOPOR JORGE OHNET[Ilustraci n] �PAR�S LIBRER�A DE LA Vda DE CH. BOURET 23, RUE VISCONTI, 23EN LA MISMA LIBRER�A�LTIMAS PUBLICACIONESAFRODITA, por P. Louvs. Edici n de lujo, con 150 grabados en el texto. 1 �t. 18, oblongo.LA DAMA VESTIDA DE GRIS, por JORGE OHNET. 1 t. 12.UN ANTIGUO RENCOR, por JORGE OHNET. 1 t. 12.LA HIJA DEL DIPUTADO, por JORGE OHNET. 1 t. 12.LA IN�TIL RIQUEZA, por JORGE OHNET. 1 t. 12.EL CURA DE FAVI RES, por JORGE OHNET. 1 t. 12.�EL REY DE PAR �S, por JORGE OHNET. 1 t. 12.EN EL FONDO DEL ABISMO, por JORGE OHNET. 1 t. 12.BUEN MOZO, por G. DE MAUPASSANT. Edici n ilustrada. 1 t. 12.�V�RGENES � MEDIAS, por MARCEL PROUST. 1 t. 12.LA CAPILLA DEL PERD�N, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12.CABEZA DE FAMILIA, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12.EL CULPABLE, por F. COPP E. 1 t. 12.�ESTELA, por C. FLAMMARI N. 1 t. 12.�FIN DEL MUNDO, por C. FLAMMARI N. 1 t. ...
Publicado el : miércoles, 24 de agosto de 2011
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The Project Gutenberg EBook of En el Fondo del Abismo, by Jorge Ohnet This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: En el Fondo del Abismo Author: Jorge Ohnet Release Date: December 2, 2004 [EBook #14236] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EN EL FONDO DEL ABISMO *** Produced by The PG Online Distributed Proofreading Team EN EL FONDO DEL ABISMO POR JORGE OHNET [Ilustraci n] � PAR�S LIBRER�A DE LA Vda DE CH. BOURET 23, RUE VISCONTI, 23 EN LA MISMA LIBRER�A �LTIMAS PUBLICACIONES AFRODITA, por P. Louvs. Edici n de lujo, con 150 grabados en el texto. 1 � t. 18, oblongo. LA DAMA VESTIDA DE GRIS, por JORGE OHNET. 1 t. 12. UN ANTIGUO RENCOR, por JORGE OHNET. 1 t. 12. LA HIJA DEL DIPUTADO, por JORGE OHNET. 1 t. 12. LA IN�TIL RIQUEZA, por JORGE OHNET. 1 t. 12. EL CURA DE FAVI RES, por JORGE OHNET. 1 t. 12.� EL REY DE PAR �S, por JORGE OHNET. 1 t. 12. EN EL FONDO DEL ABISMO, por JORGE OHNET. 1 t. 12. BUEN MOZO, por G. DE MAUPASSANT. Edici n ilustrada. 1 t. 12.� V�RGENES � MEDIAS, por MARCEL PROUST. 1 t. 12. LA CAPILLA DEL PERD�N, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12. CABEZA DE FAMILIA, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12. EL CULPABLE, por F. COPP E. 1 t. 12.� ESTELA, por C. FLAMMARI N. 1 t. 12.� FIN DEL MUNDO, por C. FLAMMARI N. 1 t. 12. Edici� n ilustrada. � EN EL FONDO DEL ABISMO (LA JUSTICIA INFALIBLE) [Ilustraci n: JORGE OHNET] � Par s.--Imprenta de la Vda de CH. BOURET.� JORGE OHNET EN EL FONDO DEL ABISMO (LA JUSTICIA INFALIBLE) TRADUCCI N DE F. SARMIENTO� LIBRER�A DE LA VDA DE CH. BOURET PAR S 23, RUE VISCONTI, 23 M� XICO 14, � CINCO DE MAYO, 14 1899 EN EL FONDO DEL ABISMO PRIMERA PARTE I En el comedor de los Extranjeros del Club Autom vil, los convidados � estaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes de comedor serv an el caf . Los mozos se hab�an retirado y en el sal n � � � contiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores. Hab a all� doce comensales, seis hombres y seis mujeres, adem� s del � anfitri�n, Cipriano Marenval, c lebre industrial que hab a hecho una � � inmensa fortuna fabricando y vendiendo una f cula alimenticia que lleva � su nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extra as y chispeante � de cristales y de argenter a, las mujeres de dudosa moral y los amables � vividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tan familiar como explicable, dada la excelencia de los manjares y la calidad de los vinos, y escuchaban un joven alto y rubio que, pesar � � de las frecuentes interrupciones de que era objeto, segu a hablando con � tranquilidad imperturbable: --�No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los que tienen la profesi n de dictar sentencias y que pueden por consecuencia � atribuirse una experiencia particular. No! no creo que en el momento en � que un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de madera de la tribuna del jurado se vea s bitamente iluminado por revelaciones � superiores que le otorguen la ciencia infusa. No! no creo que unos � honrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto se endosan una toga, con sin armi o, no sean ya susceptibles de enga arse� � � ni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho de creer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los jueces en particular y siento, en principio, la posibilidad del error judicial!... La concurrencia prorrumpi en voces tumultuosas, se elev un concierto � � de imprecaciones y algunas de aquellas se oras empezaron golpear los � � vasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron una vez m s de imponerle silencio con sus risotadas.� --�Maugir n, nos est�s aburriendo! � --�Una cena de multa, Maugir n! � --�Se escurre como un macarr n, este tipo! � --�Qu � cursi es eso! Pues no se ocupa de la magistratura!... � --�Oye! Pide una plaza de fiscal... --�Sois todos unos idiotas! exclamo Maugir n aprovechando un momento de � calma. --�Qu � grosero! dijo Marieta de Fontenoy. O d, deb amos marcharnos y � � dejarle solo. --Marenval, por qu nos invitas � comer con personas que tienen � � conversaciones serias los postres? pregunt la linda Luc a Pithiviers. � � � --Mira, ah tienes � Tragomer, dijo Lorenza Margillier � Maugir n, que � � escuchaba impasible todos esos ap strofes. Ah tienes un guapo muchacho � � que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas agradables. Tengo un capricho por l, y si l quiere te planto, para � � ense�arte hacer conferencias.� --�Digo, digo! exclam Maugir n; ah tienes un buen negocio, Tragomer, y � � � yo tambi n. Lorenza me quiere dejar por ti... No vaciles, amigo m� o, � t�mala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi desesperaci�n. Pero, ante todo, dinos qu opinas sobre los errores � judiciales. --�Oh! basta... Pues no vuelve � empezar! Esta chiflado! Al ateneo! � � � �Hacedle tragar la servilleta! Todas estas interrupciones surg an de un coro de carcajadas, mientras, � el convidado quien se hab a dirigido Maugir n permanec� a silencioso � � � � impasible. Era el tal un hombre como de treinta a os, alto, fornido, de � cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magn ficos � ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su barbilla afeitada ofrec a todos los caracteres de la firmeza, casi de la � obstinaci�n. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de reflexi�n y de imaginaci n. Al verle de pronto serio y un poco sombr�o, � la animaci n de los convidados se enfri s�bitamente. El viejo Chambol, � � amigo inseparable de Marenval, interrog con una especie de inquietud al � joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegr a de � aquella comida. --�Eh! se or de Tragomer, � qu le pasa usted? Es que ese charlat� �n de � � � Maugir n le ha impresionado con sus paradojas? � es que la declaraci n �� � de nuestra gentil Lorenza le parece V. un cataclismo social? Muy � silencioso est usted y muy triste para ser un hombre quien se han� � puesto debajo de la nariz las m s hermosas muestras de una bodega sin � rival y ante los ojos los m s bonitos hombros de Par s. � � Tragomer levant la frente y una sonrisa ilumin su semblante. � � --Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposici n, no me � perdonar�a el haberla hecho dejar Maugir n y ste me guardar a rencor � � � � por hab rsela quitado. No arriesgar� , pues, esta doble p rdida. Si me � � hab�is visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acaba de decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia que se ha � entregado creo que hay un fondo de verdad... --�Ah! exclam triunfalmente Maugir n. � Lo veis? Tragomer, noble bret n � � � cuya sinceridad est fuera de duda, puesto que no quiere enga arme con � � mi... amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opini n � que yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honrada concurrencia... Habla, Tragomer; t debes tener argumentos para estos � mogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con la boca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperar revelaciones sensacionales. Anda, amigo m o, rompe los diques de tu � � elocuencia, conv ncelos, apl stalos, Marenval sobre todo, que ha � � � estado innoble conmigo, interrumpi ndome continuamente, como si � estuviese yo elogiando alguna falsificaci n de su f cula, que es, dicho � � sea de paso, la m s sospechosa porquer a que se ha fabricado nunca en � � los dos hemisferios! --�Adi s! ya se dispar� ... exclam Marenval con desesperaci n. � Qui n � � � � detiene ese molino de palabras? --�C�llate! grit el coro de convidados. � --�Tragomer! Tragomer! � Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruido ensordecedor. El joven Maugir n hizo un signo con la mano para reclamar � silencio y con voz aflautada dijo: --El se or vizconde Cristi� n de Tragomer tiene la palabra sobre el error � judicial y sus fatales consecuencias. En seguida se volvi sentar y un silencio profundo se produjo, como si � � todos los concurrentes sospechasen que Cristi n ten a revelaciones � � importantes que hacer. --No ignor is, dijo entonces Tragomer, que part � hace dos a os para un � � viaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de Par s y de mis � amigos hasta el oto o ltimo. Durante esos veinticuatro meses he � � recorrido numerosos y variados pa ses y paseado por ellos mi � aburrimiento y mi tristeza. Ten a serias razones para dejar la Francia. � Una gran pena hab a alterado mi vida. Un suceso misterioso, todav a � � inexplicable para m , hab a producido la prisi n, el procesamiento y la � � � condena de mi compa ero de la juventud, de Jacobo de Freneuse... � --�S�! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y aun creo que Marenval era algo pariente aliado de la familia de Freneuse y � que este pobre amigo estuvo muy afectado por el esc ndalo horrible que � produjo el proceso. --No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la correcci n y la � elegancia mismas, el ver uno de sus parientes en el banquillo de los � acusados. Marenval dirigi la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y,� � tomando una actitud solemne, declar : � --Aquello me pod a hacer un da o inmenso ante el mundo, en el que � � acababa de entrar y al que hab a conquistado, me atrevo decirlo, por � � el lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por mis escogidas relaciones. No hac a falta m s para hundirme por completo. Yo � � era ya un industrial enriquecido en los art culos alimenticios, variedad � social dif cil de imponer en los c rculos y de implantar en la buena� � sociedad, y ten a que pasar de repente la situaci n de pariente de un� � � condenado muerte... La cosa no era halag� e a! � � � --Bien puedes decir, amigo m o, afirm Lorenza Margillier, que para ser � � un _snob_, tuviste una entrada que no fu ordinaria... � --Yo no soy un _snob_, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval. Solamente, me gusta la distinci n en todo. Toda mi vida ha transcurrido � en el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. No quiero ya ver m s � � que personas correctas! --�Te dejar as azotar por tutear � un duque! � --Tienes raz n, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en las � alturas. --�Y buscar los que nos desprecian!� --En todo caso, corr gran riesgo de ser despreciado causa de ese � � maldito asunto! replic Marenval con aire ofendido. As , pod is creer � � � que la cosa me hizo brotar canas... --�D�nde las tienes? --�Te las ti es? � --�Para no exponerlas enrojecer! � --Pero, eso s , cumpl mi deber con la familia de Freneuse, pues me puse� � � la disposici n de la madre del desgraciado y culpable Jacobo.� --�Culpable? interrumpi bruscamente Tragomer. Est usted seguro? � � � � esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto de estupor. --He participado, por desgracia, de la convicci n de los magistrados, � del jurado y de la opini n p blica, dijo Marenval, pues, en realidad, � � era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de su exasperaci�n, no encontr ni un argumento, ni un hecho que citar en su � defensa. Ni una declaraci n le fu favorable, y en cambio hubo en contra � � suya veinte de las m s abrumadoras. Oh! Se puede decir que todo � � contribuy� � perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo, en fin. Me duele en el alma hablar as , pero me obliga ello el � � convencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de ese desgraciado, menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mat � � � su querida, la encantadora Lea Peralli. --�Para robarla? a adi ir nicamente Tragomer.� � � --�l mismo hab a empe ado, el d a anterior, en el Monte de Piedad, todas� � � las alhajas de la v ctima. � --Entonces, por qu matarla, pues que ella misma le hab� a dado todo� � cuanto ten a? � --Las papeletas val an, lo menos veinte mil francos... Jacobo deb�a una � suma igual la caja del c rculo. La deuda fu� pagada en el momento � � preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo d a y las alhajas � desempe�adas... Lea Peralli viv a a n en ese momento; muri aquella � � � misma noche... Ah! Ese maldito asunto est � muy presento en mi � esp�ritu. --S�, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el pobre Jacobo desempe las joyas, pero neg siempre haber vendido las �� � papeletas. Pretend a que el verdadero asesino las hab a robado y � � desempe�ado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fu condenado, � �qu� dir ais?� Esta vez el bello Cristi n no pudo dudar de que se hab a apoderado de su � � auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en l con apasionado � ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban el inter s que hab a sabido excitar en todos los esp� ritus. � � --�Y entonces? pregunt , por fin, Marieta. � --Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugir n hablaba hace un � momento con mucha raz n. � --Yo he conocido mucho Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una � muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente. Los dem s perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan� poco, exclamaron: --�La historia! La historia! En esto hay una historia!� � --S�, por cierto, respondi tranquilamente Tragomer; pero no esper is � � que os la cuente. --�Por qu no?� --Porque s que tengo que hab�rmelas con las diez lenguas mejor cortadas � de Par s, y no quiero que mi secreto...� --�Hay un secreto? --Que mi secreto corra ma ana por las calles, por los salones y por los � peri�dicos. --�Oh! Aquello fu un grito de reprobacci n general y el mismo Maugir� n � � abandon� el partido de Cristi n y se pas al enemigo, gritando m s � � � fuerte que todos. --�Abajo Tragomer! Fuera Tragomer! � Pero el noble bret n les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y � escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba apoyada en la mano. Dej que se exhalase el descontento general y dijo � con voz sosegada: --Si el se or Marenval quiere escucharme, voy � contarle lo que s . � � --�Y por qu �l y no � � nosotros? � --Porque l est unido � la familia de Freneuse y porque, como � l dec�a � � hace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es, pues, equitativo darle hoy ocasi n de sacar alg n provecho... � � --�Y c mo?� --Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento... --�Muy bien! Nos pone en la puerta, por a � adidura! � --Maugir n, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomer� es todav a m s fastidioso que t�. � � --�Como! No dej� is quedarse ni Chambol, el indispensable Chambol?� � --Son las once, dijo Tragomer, y la pera reclama Chambol: hoy hacen � � _Coppelia_. Si no va por all , qu dir n las bailarinas? � � � � --�Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hace quedar... --�No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos... --�Es in til que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval,� nos vamos. --Entonces, no hag is el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las� circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer. Y en recompensa... --�Ah! �ah! Un regalo! exclamaron las damas. --�Bueno! s , un regalo, dijo Marenval. Ma� ana, en todo el d a, � � recibir�is un recuerdo m o. � Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el recuerdo ser a de valor. Maugir n enton , con la m� sica de la marcha del � � � Profeta: --�Marenval! Honor Marenval!� � Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el h roe de aquel � homenaje les interrumpi diciendo: � --�Silencio! Vais hacer venir los comisarios del c rculo. Sed� � razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches. Todas aquellas bonitas caras se aproximaron los labios glotones de � Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos apretones de manos y la alegre cuadrilla pas al sal n inmediato para � � vestirse. Marenval cerr la puerta, y una vez solo con Tragomer, se � sent� de nuevo, encendi un cigarro y dijo al joven: � --Ahora, podemos hablar. --Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cari o que me un an desde � � la ni ez � Jacobo de Freneuse. Hemos sido compa� eros de colegio y � servido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirlo as�, com n. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sido� ciertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemos dado lugar cr ticas, pero est bamos llenos de ardor y de fuerza y� � � merec�amos un poco de indulgencia. --Usted s , amigo m �o, usted, que siempre ha conservado, aun en los� excesos, una correcci n perfecta; pero Jacobo... � --S�, bien s ; Jacobo pasaba los l � mites y no sab a detenerse tiempo. � � � Era un exagerado y as en los goces como en las penas iba hasta el � �ltimo extremo... Le he visto llorar arrepentido en los brazos de su madre, como un ni o, despu s de alguna calaverada gorda, lo que no le� � imped�a repetirla el d a siguiente. Lo peor del caso era que la fortuna� de su familia no permit a las prodigalidades que l se entregaba, por � � � lo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo que estar cargo de su madre y de su hermana.� --�Ah! querido amigo, ah es donde yo dej de comprenderle y me hice � � severo para l. Mientras no hizo m s que derrochar su capital, le juzgu� � � imprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse s mismo, pero no le � � vituper�. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero. Uno atesora y otro malgasta; cuesti n de gusto. Pero imponer sacrificios � � los parientes, estar cargo de dos pobres se oras para ir despu s � � � � correrla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades. --No es usted el nico que piensa de ese modo; todos los consejos que le � d� entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustenta muy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones, no tuvo en cuenta mis advertencias. Me respond a que mi me era f cil � � � la moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricos ten�an gran facilidad en predicar la virtud los que est n sin un � � c�ntimo y que, ciertamente, si l pudiera no contraer deudas, ser a el � � hombre m s feliz del mundo. Y las contra � a, lo s por experiencia. Si le � � hubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunque le quer a tiernamente, tuve que calmar su afici � n desmedida pedirme � � prestado, porque vi que muy pronto me pondr a en apuro, sin salir de � ellos l mismo. Por otra parte, la se� ora de Freneuse me suplic que no � � fomentase con mi dinero los des rdenes de Jacobo. La pobre se ora cre a � � � que se detiene un caballo desbocado tir ndole de las riendas, como si � toda presi n y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, para � exasperar su locura. --�No existi en aquel momento un proyecto de enlace entre la se � orita � de Freneuse y usted? Tragomer palideci y su cara tom una expresi n dura y dolorosa. Sus� � � ojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreci como un � lago sobre el cual pasa una negra nube. Baj la voz y dijo: � --Me recuerda usted uno de los momentos m s dolorosos de mi vida. S , yo � � amaba y amo a n Mar a de Freneuse. Iba � � casarme con ella cuando� � ocurri� la cat strofe... Parece que estoy viendo � la madre de Jacobo � cuando lleg mi casa una ma ana, medio loca de dolor y de espanto, se� � � dej� caer en un sof , pues no pod a tenerse en pie, y me dijo � � sollozando: acaban de prender Jacobo... en casa... hace un � momento... --�Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli? --S�, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de un tiro de rev lver y con la cara enteramente desfigurada por la herida... � --�Una mujer! repiti Marenval, muy extra ado de la forma de la frase y� � del tono en que Tragomer la hab a dicho. Acaso duda usted que la muerta � � fuese Lea Peralli? --Lo dudo. --Pero, amigo m o, replic Marenval con viveza, � por qu no ha dicho � � � usted eso m s pronto? Al cabo de un a � o viene usted aventurar una � � � opini�n tan extraordinaria? Qui n le ha impedido usted hablar en el � � � momento del proceso? --En aquella poca no ten a las mismas razones que hoy para dudar.� � --Pero, cu� les son esas razones? � Diablo! Me hace usted saltar con su � � sangre fr a! Cuenta usted cosas que le hacen � uno caerse de espaldas, � con el tono de un caballero que est leyendo los carteles de los � teatros... Por qu cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado � � � Lea Peralli? --Pues, sencillamente, porque Lea Peralli est viva. � Esta vez Marenval se qued aturdido. Abri la boca, pero no acert � � � � articular ning n sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su � emoci�n se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos, aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le di tiempo � para reponerse y a adi en seguida: � � --Lea Peralli est viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres � meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la ten a � delante, di por terminado mi viaje y he vuelto Francia. � El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fu m s fuerte que su � � escepticismo. Se levant , di la vuelta al comedor y dijo con voz � � entrecortada: --�Incre ble! �Asombroso! Este Tragomer... Ahora comprendo por qu� ha � hecho marcharse los dem s... Vaya un esc �ndalo que hubieran armado! � � � �Este s que es asunto! � Cristi n, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones de� asombro y esperaba que su interlocutor volviese l, atra do por su � � � violenta curiosidad. No le miraba; su vista parec a seguir una visi n � � lejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Despu s de � un instante de silencio, dijo lentamente: --Cuando pienso que Jacobo est rodeado de bandidos, encerrado en un � presidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de m una profunda � tristeza. No hay destino m s espantoso que el de un desgraciado que oye � afirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla, quien se � arroja en un calabozo y se pone en incomunicaci n, y que al oirse � insultar en el despacho del juez de instrucci n y en el banquillo, sufre � en p blico la agon� a moral y f sica del m s atroz martirio y repite � � � � los dem s y si mismo hasta volverse loco: � � Soy inocente! Sus protestas � son acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: qu monstruo! � � Los jurados piensan: vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacen � � su costa frases ingeniosas y el p blico entero se deja llevar por � ellos. He aqu un hombre cuya suerte est decidida sin apelaci� n � � posible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigma de asesino y es preciso que lo sea para siempre. No trat is de discutir; � la ley est ah y detr s de ella los jueces, que nunca se enga� � an, pues,� � como se ha dicho aqu hace un momento, el error judicial no existe, es � una impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando se rehabilita alg n condenado, cuya inocencia ha logrado salir luz, casi� � siempre despu s de muerto el v ctima, ha sido que una facci� n poderosa � � ha logrado arrancar la justicia infalible la confesi n de su error. Y � � aun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, el sentenciado vive todav a, la fuerza p blica, en vez de darle � � solemnemente todo g nero de excusas, en vez de reparar el da o moral y � � material que ha sufrido aquel hombre, confi ndole un puesto honroso y � lucrativo, le declara rega adientes que est libre y le pone en la � � � calle dici ndole, poco m s menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejes� � � pescar otra vez..." Oh, justicia! Hermosa justicia! �Bien pagada, muy � � condecorada y grandemente honrada justicia! Yo te admiro! � Al decir esto Cristi n prorrumpi en una carcajada. Ya no era el fr o y� � � tranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas por encontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba su tez y sus ojos � brillaban. Se volvi hacia Marenval, que no acertaba decir palabra, y� � continu�: --Hace dos a os que Jacobo est � agonizando bajo el peso abrumador de una � condena no merecida. Su madre est en duelo y su hermana, desesperada, � quiere hacerse religiosa. Y todo porque un brib n desconocido ha � cometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atribu rselo � � ese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo hab a preparado � todo de antemano, fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, para � que se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que no lo era. Marenval empezaba estar inquieto. Los comentarios de Cristi n sobre la � � pretendida infalibilidad de los jueces hab an enfriado su entusiasmo. � Encontraba que el inter s del relato hab a languidecido y con todo el � � rigor de un cr tico que reclama un corte en el di logo, dijo:� � --Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos Lea Peralli. Me ha dicho � usted que la encontr . Pero, d nde, en qu circunstancias... Eso es lo � � � que yo quiero saber. Ah est el nudo de la intriga. Dejemos lo dem s� � � para otra ocasi n y h bleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en San � � Francisco y se encontr con ella. D nde? C mo? � � � � � --De un modo tan sencillo como inesperado. Hab a yo llegado el d a � � anterior con Raleigh-Stirling, el famoso _sportman_ escoc s, que se � dedica la pesca del salm�n y al que hab a encontrado en el lago salado � � capturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto seguir su pesca en � Sacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canad , donde mat algunos � � bisontes. Hac a, pues, algunas semanas que ambos viv�amos en el desierto � y fu para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de la� animaci�n civilizada de una ciudad, entre compa eros amables. � Precisamente, el banquero m s rico de la ciudad, Sam Poetor, era � pariente de mi compa ero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada, � nos envi buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en el� � hotel y de grado por fuerza nos instal en su casa. Era el tal un � � solter�n de cincuenta a os, y rico como lo son los de aquel pa �s, viv a � � como un pr ncipe sin privarse de ning n placer. El primer d� a, despu s � � � de una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay pera: se canta � Otello, por Jenny Hawkins, que hace de Desd mona, y el gran tenor � italiano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si quer is, oirlos � � en mi palco. Si os aburr s, volveremos casa nos iremos al c rculo� � � � Californiense; como quer is." las diez entr bamos en el proscenio de � � � Pector y nos encontramos un p blico entusiasmado con los cantantes, que � realmente ten an talento, pero que estaban secundados por detestables � artistas que convert an la representaci n, fuera de las escenas de los � � protagonistas, en un verdadero esc ndalo musical. Jenny Hawkins no �
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