La introducción del pensamiento moderno en Colombia

De

El presente libro, un agudo trabajo de historia intelectual, estudia la introducción del pensamiento moderno en Colombia en los campos de las ciencias sociales, el derecho y la filosofía. Siguiendo con detenimiento la obra del jurista, historiador y filósofo Luis E. Nieto Arteta, examina la recepción del marxismo, la fenomenología, la filosofía del derecho, la historia económica y social y las innovaciones en los campos del derecho civil y penal. Con claridad, mesura y elegancia, Gonzalo Cataño expone la llegada al país de las escuelas y corrientes de pensamiento europeas que surgieron durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX que revolucionaron el escenario de las ciencias humanas. Recurriendo a una documentación de primera mano -cartas, prensa, libros, entrevistas y ensayos-, presenta el retrato intelectual de una generación de colombianos que se hizo a lo mejor de la cultura universal para modificar el pensamiento nacional. En una ocasión Luis E. Nieto Arteta escribió: "Nuestra generación, la tercera en la historia contemporánea de Colombia después de la del Centenario, ha iniciado la transformación de la cultura nacional y la creación de un nuevo hombre colombiano. Atrás han quedado el positivismo y el materialismo, la filosofía aristotélica y la vana y vacía retórica. Nuestra generación introdujo en Colombia la filosofía y la cultura contemporáneas".


Publicado el : martes, 29 de julio de 2014
Lectura(s) : 3
Licencia: Todos los derechos reservados
EAN13 : 9789587721805
Número de páginas: 558
Ver más Ver menos
Cette publication est uniquement disponible à l'achat
Portada

La introducción del pensamiento moderno en Colombia

El caso de Luis E. Nieto Arteta

Gonzalo Cataño
  • Editor: Universidad externado de Colombia
  • Año de edición: 2013
  • Publicación en OpenEdition Books: 29 julio 2014
  • Colección: Economía
  • ISBN electrónico: 9789587721805

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789587109016
  • Número de páginas: 558
 
Referencia electrónica

CATAÑO, Gonzalo. La introducción del pensamiento moderno en Colombia: El caso de Luis E. Nieto Arteta. Nueva edición [en línea]. Bogotá: Universidad externado de Colombia, 2013 (generado el 20 enero 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/uec/316>. ISBN: 9789587721805.

Este documento fue generado automáticamente el 20 enero 2015.

© Universidad externado de Colombia, 2013

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

El presente libro, un agudo trabajo de historia intelectual, estudia la introducción del pensamiento moderno en Colombia en los campos de las ciencias sociales, el derecho y la filosofía. Siguiendo con detenimiento la obra del jurista, historiador y filósofo Luis E. Nieto Arteta, examina la recepción del marxismo, la fenomenología, la filosofía del derecho, la historia económica y social y las innovaciones en los campos del derecho civil y penal. Con claridad, mesura y elegancia, Gonzalo Cataño expone la llegada al país de las escuelas y corrientes de pensamiento europeas que surgieron durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX que revolucionaron el escenario de las ciencias humanas.

Recurriendo a una documentación de primera mano -cartas, prensa, libros, entrevistas y ensayos-, presenta el retrato intelectual de una generación de colombianos que se hizo a lo mejor de la cultura universal para modificar el pensamiento nacional. En una ocasión Luis E. Nieto Arteta escribió: "Nuestra generación, la tercera en la historia contemporánea de Colombia después de la del Centenario, ha iniciado la transformación de la cultura nacional y la creación de un nuevo hombre colombiano. Atrás han quedado el positivismo y el materialismo, la filosofía aristotélica y la vana y vacía retórica. Nuestra generación introdujo en Colombia la filosofía y la cultura contemporáneas".

Índice
  1. I. Preliminares de teoría y método

    1. LO MODERNO
    2. OBJETO DE ESTUDIO
    3. LA GENERACIÓN DE LOS AÑOS TREINTA
    4. UN ESTUDIO DE CASO
    5. PROBLEMAS DE MÉTODO
    6. LAS FUENTES Y LOS TEMAS
  2. II. Infancia y juventud

    1. LA FAMILIA NIETO ARTETA
    2. BARRANQUILLA, AÑOS DIEZ Y VEINTE
    3. LA ENSEÑANZA SECUNDARIA Y LOS JESUÍTAS
  3. III. Marxismo y participación política

    1. EL PENSAMIENTO SOCIALISTA
    2. LA UNIR Y EL GRUPO MARXISTA
    3. CONTRIBUCIONES DEL GRUPO MARXISTA
    4. EL MARXISMO DE NIETO
  4. IV. La república española

    1. PRIMEROS TRABAJOS SOBRE COLOMBIA
    2. LA REPÚBLICA ESPAÑOLA
    3. EL CLIMA INTELECTUAL MADRILEÑO
    4. ALZAMIENTO DE FRANCO
    5. BALANCE DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA
  5. V. Crítica del derecho penal y del derecho civil

    1. CRÍTICA DE LA ESCUELA POSITIVA DE DERECHO PENAL
    2. TRANSFORMACIONES DEL DERECHO CIVIL
    1. EVOLUCIÓN DEL DERECHO EN COLOMBIA
  1. VI. Crítica del marxismo

    1. CRÍTICA DE LOS SISTEMAS
    2. CRÍTICA DEL MARXISMO
    3. UN PROGRAMA DE DESARROLLO
  2. VII. Economía y cultura

    1. ARTESANÍA INTELECTUAL DE NIETO
    2. INFLUENCIA DE JOSÉ INGENIEROS
    3. ESTRUCTURA DE ECONOMÍA Y CULTURA
    4. LAS FUENTES DE ECONOMÍA Y CULTURA
    5. BALANCE DE ECONOMÍA Y CULTURA
    6. RECEPCIÓN DE ECONOMÍA Y CULTURA
  3. VIII. Filosofía del derecho I

    1. UNA EXPERIENCIA PROFESIONAL
    2. CRÍTICA DEL FORMALISMO JURÍDICO
    3. EL PLURALISMO JURÍDICO
    4. UNA TEORÍA PURA DEL PODER: CARL SCHMITT
  4. IX. Filosofía del derecho II

    1. LAS ENSEÑANZAS DE RECASÉNS SICHES
    2. LOS ACENTOS DE CARLOS COSSIO
    3. LÓGICA E INTERPRETACIÓN DE LAS NORMAS. JURÍDICAS
    4. KELSEN Y LA ESCUELA VIENESA
  5. X. Las ciencias sociales

    1. MATRIMONIO
    2. LA ECONOMÍA POLÍTICA
    3. NEOIMPERIALISMO
    4. EL CONOCIMIENTO SOCIAL
  6. XI. Café y modernidad

    1. LA CULTURA LATINOAMERICANA
    2. EL CAFÉ EN LA SOCIEDAD COLOMBIANA
    3. LÓGICA Y ONTOLOGÌA
    4. EL CONGRESO DE MENDOZA
  7. XII. Crítica política y debates filosóficos

    1. EL BOGOTAZO
    2. REGRESO A BOGOTÁ
    3. BUENOS AIRES
    4. DISCUSIONES FENOMENOLÓGICAS
  8. XIII. Institucionalización de las ciencias humanas

    1. AFIRMACIÓN DE LAS HUMANIDADES
    2. PROYECTOS CULTURALES
    3. UN FILÓSOFO EN EL TRIBUNAL
    4. EL FINAL
  9. Coda

  1. Agradecimientos

    Gonzalo Cataño
  2. Bibliografías

    Bibliografía de Luis e. Nieto Arteta

  3. Bibliografía general

  4. Índice onomástico

I. Preliminares de teoría y método

LO MODERNO

1Como lo indica el título, el presente trabajo estudia la introducción del pensamiento moderno en Colombia. ¿Qué se entiende por moderno? La expresión ha tenido y sigue teniendo muchos significados, pero –en general-sugiere un período histórico y un estado espiritual habitual y repetitivo.

2El estado habitual y repetitivo viene del latín modernus, que significa lo actual. El Diccionario de autoridades de 1732 definió el término como “lo que es o sucede de poco tiempo a esta parte”, y lo que en colegios y universidades se considera como aquello que “vale lo mismo que nuevo” en contraposición a lo antiguo. Para mayor ilustración los autores del Diccionario citaron un pasaje tomado de los Annales sevillanos de Diego Ortiz de Zúñiga: “Las dos santísimas imágenes están colocadas en bellos retablos de moderna arquitectura, y talla estofada y dorada”. El vocablo proviene del Renacimiento, del siglo xiv, época en que se empezó a usar para aludir a lo reciente, a las cosas y sucesos del presente. Fue el empleo que le dio Maquiavelo en varios pasajes de El príncipe. En uno de ellos, en la dedicatoria a Lorenzo de Médici, escribió que “una larga experiencia de las cosas modernas y una continua lectura de las antiguas” lo habían llevado a conocer las motivaciones de los grandes hombres y los éxitos y fracasos de sus empresas1. Lo mismo sucedió con Montaigne cuando reflexionó sobre las lecturas que más llamaban su atención. “Apenas me dedico a los modernos –testificó–, porque los antiguos me parecen más llenos y recios”. Entre los modernos recomendaba el Decamerón de Boccaccio, los libros de Rabelais y los poemas eróticos, los Besos, del flamenco Juan Second, contemporáneo de Maquiavelo2.

3Respecto al período histórico, el término ha servido para indicar las mudanzas de la sociedad en las esferas de la economía, la política y la cultura. En ocasiones se lo ha utilizado para caracterizar los siglos que van desde la caída del Imperio Bizantino y el descubrimiento de América hasta el presente. Otros lo han empleado para calificar al Renacimiento como vestíbulo de la modernidad, “la primera época burguesa de la edad moderna”3, o para identificar ciertos estadios del desenvolvimiento del arte, la literatura, la ciencia y el pensamiento filosófico, como el conocido libro de Alfred North WhiteheadLa ciencia y el mundo moderno de 1925 o El espíritu de la filosofía moderna (1892) del filósofo norteamericano Josiah Royce. El primero estudió el influjo de la ciencia en el pensamiento occidental de los siglos xvii-xix, y el segundo examinó la obra de un grupo de pensadores de esa misma época que plantearon los problemas centrales de la especulación filosófica de nuestros días. Royce partió de Spinoza, pasó al empirismo inglés y luego a Kant, Fichte, Schelling y Hegel para detenerse en Schopenhauer y en la teoría de la evolución. A estas centurias las llamó el período culminante del pensamiento moderno. ¿Por qué moderno?, ¿sus antecesores no lo eran? Royce señaló que eran modernos porque habían desarrollado los problemas que inquietaban a la filosofía de su tiempo, la de finales del siglo xix. Estos problemas estaban asociados al estudio científico de la naturaleza y al escrutinio veraz (positivo) de la vida del hombre. Su aparición dejó atrás el inmovilismo de la Edad Media y las explicaciones religiosamente orientadas de los fenómenos naturales y de los hechos vinculados a la existencia humana. El conocimiento destronó a la fe y la razón triunfó sobre las explicaciones fundadas en la revelación. Ahora el hombre se volcaba sobre sí mismo, reflexionaba acerca de su lugar en el mundo, descubría su historia y meditaba sobre la organización política que debía regir su destino. El saber y el hacer se unieron para enriquecerse mutuamente. Los modernos depusieron el derecho divino de los reyes, declararon la igualdad entre los individuos, subrayaron la conformidad con las leyes civiles y elevaron el derecho a instrumento de paz, acuerdo y tolerancia. Anunciaron la muerte de Dios –destronaron la idea de un mundo superior al conocido donde reinaban la felicidad, el bien, la verdad y la justicia– y exaltaron la autonomía de la razón y del conocimiento sin cortapisas externas provenientes de la tradición o de las adhesiones políticas y religiosas. Este legado se vio reforzado por las contribuciones de las ciencias sociales y naturales del siglo xix. Los seres humanos examinaron su pasado y los fundamentos de su constitución física. Se desnudaron; fueron capaces de explorarse a sí mismos, de verse como objeto de estudio siguiendo los preceptos de la ciencia que habían forjado para examinar el reino de las cosas materiales. La teoría de la evolución sacó a luz el pasado animal del hombre y la filosofía de la cultura recreó la dimensión espiritual que intentaba superar el fundamento bestial de su origen4

4Todo esto constituía, para Royce, el ímpetu del pensamiento moderno. Extendiendo su mensaje, quería fundar un sistema filosófico que respondiera a los interrogantes planteados por sus representantes más conspicuos. Veía el espíritu moderno como una corriente intelectual de los últimos siglos, y como un conjunto de problemas actuales que debían estudiar los filósofos asistidos por una ética de responsabilidad y por un compromiso con la sociedad. Su tarea era “organizar aquí en la tierra un orden social digno”5.

5Lo moderno es, entonces, una dimensión bifronte que toda exposición formal debe diferenciar a pesar de que sus caras estén estrechamente unidas. Lo moderno, es lo actual, lo hodierno, lo perteneciente al día de hoy, el ideario que mueve a los individuos del presente y modela su existencia, pero también es un proceso, una corriente de ideas y de estadios sociales con historia y desarrollos particulares. Su abordaje es muy similar al de la indagación de lo clásico y lo romántico: son períodos de la historia de la cultura y a su vez sendos estados mentales y afectivos recurrentes que surgen en las más diversas situaciones. Son parte del espíritu humano. Romántico es el individuo generoso, pasional, exuberante, sentimental, y el período de las letras, la pintura y la música europeas de finales del siglo xviii y de la primera mitad del xix, que se liberaron de las reglas de composición y estilo establecidas por los autores clásicos.

6Del vocablo “moderno” se derivan las nociones de modernidad y modernismo, dos términos muy populares en las investigaciones sociológicas sobre las sociedades desarrolladas o en desarrollo, y en los estudios sobre las vanguardias literarias –drama, poesía y prosa– y artísticas –pintura, fotografía, danza, arquitectura, cine, música y escultura6. El movimiento modernista fue, por ejemplo, una revolución en las letras latinoamericanas de fines del siglo xix y comienzos del xx. Exaltó la forma, explotó los efectos musicales del idioma y puso freno a los excesos del romanticismo y del naturalismo. Fue la primera contribución americana al castellano, los años en que España fue tributaria de la lengua que hablaban y escribían los pobladores de sus antiguas colonias.

7Toda teoría de lo moderno afronta, igualmente, una constante que le es propia y hace parte de su dinámica. Lo moderno se afirma como superación de algo, como negación de un pasado hostigante que limita el desarrollo de una actividad creativa. La poesía modernista de Rubén Darío se enfrentó a la esclerosis de la lengua castellana alentada por los académicos. La modernización de América Latina apareció como superación de lo tradicional, “feudal” y atrasado, y la ciencia moderna como afirmación de la observación, medición y experimentación en oposición al saber cualitativo y especulativo del mundo antiguo y medieval. Esta fue la lucha de Nietzsche en Más allá del bien y del mal, libro que calificó “de crítica de la modernidad”, de asalto a los modos de pensar y de concebir las ciencias, la política y las artes de su tiempo7.

8Los esfuerzos por abordar el terreno movedizo de lo moderno –“lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”, según la célebre y muy recurrida caracterización de Baudelaire8–, en un campo cualquiera de la actividad humana deben comenzar entonces por una definición de su objeto de estudio. Eso fue lo que hizo Royce en su libro de 1892 y lo que luego hicieron los historiadores de las ideas, de la cultura y de la literatura con vocación empírica, como Franklin L. Baumer en El pensamiento europeo moderno, Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad, Sherman H. Eoff en El pensamiento moderno y la novela española y Nil Santiáñez en Investigaciones literarias: modernidad, historia de la literatura y modernismos. Todos ellos delimitaron su campo de interés, acotaron el período de investigación, definieron sus categorías y a continuación organizaron y analizaron sus datos9.

9El analista debe estar, por lo demás, atento a los elementos constitutivos del concepto que nutre su trabajo, pues lo que ayer era moderno hoy puede no serlo. Debe tener claro que lo actual no es percibido de manera idéntica por todos los grupos de la sociedad. El organismo social no es homogéneo. Sus miembros tienen aspiraciones e intereses materiales y espirituales encontrados, y en su consecución y defensa generan conflictos que muchas veces llegan a la confrontación y al uso de la fuerza. En otras palabras, si lo moderno es lo actual, no todo lo actual es moderno. El hecho de existir en el presente no es condición suficiente de modernidad. ¿Eran modernos los contemporáneos de Benjamín Constant, los católicos, monárquicos y tradicionalistas Joseph de Maistre y Louis de Bonald?, ¿eran modernos los retratistas y paisajistas de la época en que surgieron el cubismo y el arte abstracto? Vivían en la misma época, pero no todos eran modernos. El liberal Constant era coetáneo de pensadores antimodernos, de la misma manera que en la época de Picasso, Gris y Braque abundaban los seguidores del retrato y los promotores de la cálida reproducción del horizonte y la campiña. Si esto es así, la apurada generalización borgiana de que “somos modernos por el simple hecho de que vivimos en el presente”, no está exenta de dificultades cuando se la aborda en una perspectiva sociológica10. El sociólogo no debe perder de vista las fuerzas encontradas y el sentido de las afirmaciones y negaciones respecto del pasado que se quiere superar. El poeta Antonio Machado lo recordó en una ocasión: “Existen obras rezagadas y obras actuales, pero siempre pertenecen a un clima espiritual que es preciso conocer”11.

OBJETO DE ESTUDIO

10La historia intelectual es un campo borroso que se puede definir, para efectos prácticos, como todo aquello que han dicho los intelectuales. Su tema es el estudio del pensamiento del pasado, que el analista encuentra en libros, periódicos y revistas o en ensayos, discursos, polémicas y cartas. O aún más, de juicios que infiere de pinturas, esculturas, construcciones y composiciones musicales. Es el trabajo de hombres y mujeres que han hecho del pensar una actividad dirigida a registrar el destino humano. Las ideas viven en la mente de las personas, aluden a pensamientos y emociones, y generan argumentos y razonamientos. Son “etéreas”, no ocupan espacio físico alguno, salvo en su manifestación material en los archivos de las grandes bibliotecas y de los centros de documentación, o en las colecciones de los museos y en los volúmenes de las obras arquitectónicas. Su examen exige una visión amplia y una labor erudita que rebasa la división tradicional del trabajo intelectual. Las ideas no respetan las fronteras académicas y con frecuencia tienen orígenes oscuros y múltiples ramificaciones cuando se desarrollan. Cruzan la filosofía, las ciencias físicas y naturales y las especialidades de las ciencias sociales y de las humanidades. “La historia de las ideas no es tema para entendimientos demasiado sectorizados y encuentra ciertas dificultades en una época de especialización”, señaló el decano de los estudios modernos de las ideas, Arthur O. Lovejoy12. Usualmente se derivan de otras ideas, que subvierten o respaldan a las anteriores. Su utilidad y sus aspectos prácticos son a menudo difusos, pero no por ello dejan de estar presentes en la mente del sabio y del hombre común. Cuando alientan acciones y descubrimientos son calificadas de útiles y cuando nada o poco contribuyen al saber establecido son motejadas de insustanciales. Pero cuando ganan el corazón de personas y grupos enteros de la sociedad se convierten en factores de cambio y anuncian transformaciones apenas soñadas por los analistas sociales. Se sabe que “los hombres rara vez actúan decisivamente en la historia si no es bajo el estímulo de ideas generales que expresan valores, metas y utopías”13.

11El presente estudio pertenece al vasto campo de la historia de las ideas y, dentro de él, a los predios más reducidos de la historia intelectual. Examina una corriente de pensamiento que los intelectuales colombianos de los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo xx calificaron de moderna. Era la recepción de las nuevas escuelas que surgieron en Europa durante la segunda mitad del siglo xix y principios del xx en los terrenos de la filosofía, la política, el derecho y las ciencias sociales: el marxismo, la revuelta contra el positivismo, la fenomenología husserliana, la antropología filosófica, las renovadas manifestaciones de la filosofía del derecho, las reformas civiles y penales, la crítica de la historia y las querellas metodológicas de las ciencias del espíritu. Estas fueron las ideas que toda una generación de pensadores nacionales llamó modernas, en cuya difusión se trenzaron en airosas polémicas con los “retrógados”.

12Estas ideas se discutieron en el país entre 1930 y 1960, y algunas dejaron huella en las instituciones nacionales, como fue el caso de la legislación civil y penal de los años treinta y cuarenta. El marxismo –una tradición de pensamiento en la que se aúnan la voluntad de investigación y el anhelo de transformación– nutrió las luchas obreras y campesinas, alentó la organización de partidos revolucionarios y promovió la investigación social con categorías más comprensivas para entender el desenvolvimiento histórico. La filosofìa del derecho enriqueció el estudio de las normas. Los siglos xix y xx fueron las centurias de las constituciones escritas, de la formalización de los códigos y de la producción legislativa que crecía y se multiplicaba a medida que la sociedad cambiaba y ganaba en complejidad. El derecho positivo cobró fuerza y la aridez de la Carta, la sequedad de los códigos y la espesura de las legislaciones se fundieron con la estructura social. El derecho se convirtió en un medio para garantizar acuerdos, imponer deberes, resolver conflictos, atenuar tensiones, alcanzar justicia, ejercer control y conservar y reformar el orden social14. Junto a todo esto, la filosofía del derecho y sus compañeras de viaje, la jurisprudencia y la sociología jurídica, examinaron las múltiples caras de una dimensión de la cultura que se extendía por los más inesperados intersticios de la vida social. Algo parecido ocurrió con la filosofía como campo general de razonamiento. Al país llegaron las brisas fenomenológicas, el neokantismo (la reacción contra los excesos especulativos del idealismo hegeliano y la renuencia a supeditar el saber a los cánones del positivismo), la crítica a la teoría de los sistemas, la antropología filosófica y las ciencias de la cultura con estrategias de conocimiento diferentes a las de las ciencias naturales. En las heredades de la economía se pasó de la hacienda pública –el conocimiento de las finanzas del Estado y del manejo de los caudales públicos– a una reflexión del estatus científico de la economía como ciencia positiva. Se exploraron sus conceptos y el desarrollo de sus escuelas, que algunos llamaron “doctrinas”, desde Adam Smith hasta la aurora del siglo xx. Cabe recordar que fue en el seno de la economía donde se dio el sonado debate, entre Carl Menger y Gustav Schmoller, sobre los métodos de las ciencias sociales, conocido en el escenario alemán como el Methodenstreit, que a poco pasó a los filósofos, historiadores y sociólogos. Menger defendió una ciencia económica abstracta de validez universal y Schmoller una disciplina social de fondo histórico con generalizaciones modestas, donde el establecimiento de leyes era un tema “escabroso”. Algunos elementos de la querella –el conocimiento de lo general y el conocimiento de lo particular– fueron recogidos por los filósofos, especialmente por Wilhelm Windelband bajo los dictados de juicios nomotéticos y juicios ideográficos, y por su alumno Heinrich Rickert mediante el contraste entre ciencia natural y ciencia cultural, de gran recibo entre los pensadores latinoamericanos de la primera mitad del siglo xx15.

13En conjunto, todas estas controversias y corrientes intelectuales hacían parte de la crisis del pensamiento occidental fin de siècle, que un estudioso llamó “reorientación del pensamiento social europeo”16. Atrás quedaban la fe desmedida en la razón, la exaltación fogosa del “progreso”, la certidumbre acerca del futuro del capitalismo y la confianza ilimitada en las bondades de la ciencia. Este optimismo fue reemplazado por una mirada más realista del pasado del hombre, por la aceptación de la tensión y el conflicto como condición normal de la vida social –“todo sucede según discordia”17 – y por la glorificación, con la llegada del marxismo, de la revolución como instrumento de redención de los grupos negativamente privilegiados (los pobres del campo y de la ciudad).

LA GENERACIÓN DE LOS AÑOS TREINTA

14¿Quiénes fueron los representantes en Colombia de esta nueva forma de ver y de sentir el derecho, las humanidades y las ciencias sociales? Una generación nacida –con laxitud– entre 1900 y 1920, que difundió su mensaje en los treinta, los cuarenta y los cincuenta. A ella pertenecen los analistas políticos Gerardo Molina y Antonio García; los historiadores Luis Ospina Vásquez, Juan Friede, Guillermo Hernández Rodríguez, Luis E. Nieto Arteta, Jaime Jaramillo Uribe e Indalecio Liévano Aguirre; los economistas Guillermo Torres García y Hernán EchavarríaOlózaga; los investigadores de las culturas indígenas Gregorio Hernández de Alba, Gerardo Reichel-Dolmatoff y su esposa Alicia Dussán; los filósofos Rafael Carrillo, Cayetano Betancur, Danilo Cruz Vélez y Jaime Vélez Sáenz; los juristas Darío Echandía, Eduardo Zuleta Ángel y Carlos Lozano y Lozano, y los analistas de la literatura, la lingüística y la filología vinculados al Instituto Caro y Cuervo fundado en 1942. Todos ellos y con diversos énfasis dejaron una impronta en la cultura nacional. A su proyecto se sumaron hombres de la política con intereses intelectuales como Jorge Eliécer Gaitán, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen y Álvaro Gómez Hurtado. A esta generación pertenece, igualmente, el periodista e historiador con arrestos líricos Germán Arciniegas18.

¡Sé el primero en escribir un comentario!

13/1000 caracteres como máximo.

Difunda esta publicación

También le puede gustar

Identidades a flor de piel

de institut-francais-d-etudes-andines

Macroecología de los Andes peruanos

de institut-francais-d-etudes-andines

siguiente