Viaje a través de América del Sur. Tomo II

De

Uno de los más importantes viajeros que visitaron y recorrieron el Perú a mediados del siglo XIX, y que residió por largas temporadas en la sierra del sur, fue el francés Paul Marcoy. Hombre de notable coraje, persona cultivada, de gran sensibilidad y generosidad, que se sintió fascinada por los Andes y la selva amazónica. Dio a conocer sus experiencias, observaciones e impresiones en multiples artículos periodisticos en revistas francesas, y en libros como Scènes et Paysages dans les Andes (1861 y 1865), o Souvenirs d'un mutilé, récits de chasse dans le Nouveau Monde (1862), pero su obra magna es sin duda la que presentamos aqui por primera vez en español, Viaje a través de América del Sur, del Océano Pacífico al Océano Atlántico, publicada originalmente en Paris en 1869. En ella se despliega el talento narrativo de Marcoy, su viva y empática curiosidad trente a los más diversos tipos humanos, las costumbres, los monumentos, del mundo andino. Y después, en capitulos no menos mémorables, relata su larga odisea por la floresta, aporta datos absolutamente novedosos sobre las etnias y culturas selváticas, describe plantas y animales, y se maravilla ante la riqueza de ese universo. Pero también, haciendo gala de sus dotes plásticas, nos ofrece en innumerables y magníficos grabados toda una vision romántica, sin dejar de ser fidedigna, de paisajes, escenarios, hombres y mujeres, de gran valor documentai. Por todo ello estos volúmenes constituyen, a la vez que un acto de justicia, un servicio inestimable para el conocimiento del Peru del siglo XIX.


Publicado el : viernes, 26 de julio de 2013
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EAN13 : 9782821826687
Número de páginas: 631
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Viaje a través de América del Sur. Tomo II

Del Océano Pacífico al Océano Atlántico

Paul Marcoy
Traductor: Edgardo Rivera Martinez
  • Editor : Institut français d’études andines
  • Año de edición : 2001
  • Publicación en OpenEdition Books : 26 julio 2013
  • Colección : Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico : 9782821826687

OpenEdition Books

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Referencia electrónica

MARCOY, Paul. Viaje a través de América del Sur. Tomo II: Del Océano Pacífico al Océano Atlántico. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2001 (generado el 17 diciembre 2013). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/1226>. ISBN: 9782821826687.

Edición impresa:
  • ISBN : 9789972623141
  • Número de páginas : 631

© Institut français d’études andines, 2001

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

Uno de los más importantes viajeros que visitaron y recorrieron el Perú a mediados del siglo XIX, y que residió por largas temporadas en la sierra del sur, fue el francés Paul Marcoy. Hombre de notable coraje, persona cultivada, de gran sensibilidad y generosidad, que se sintió fascinada por los Andes y la selva amazónica. Dio a conocer sus experiencias, observaciones e impresiones en multiples artículos periodisticos en revistas francesas, y en libros como Scènes et Paysages dans les Andes (1861 y 1865), o Souvenirs d'un mutilé, récits de chasse dans le Nouveau Monde (1862), pero su obra magna es sin duda la que presentamos aqui por primera vez en español, Viaje a través de América del Sur, del Océano Pacífico al Océano Atlántico, publicada originalmente en Paris en 1869.
En ella se despliega el talento narrativo de Marcoy, su viva y empática curiosidad trente a los más diversos tipos humanos, las costumbres, los monumentos, del mundo andino. Y después, en capitulos no menos mémorables, relata su larga odisea por la floresta, aporta datos absolutamente novedosos sobre las etnias y culturas selváticas, describe plantas y animales, y se maravilla ante la riqueza de ese universo.
Pero también, haciendo gala de sus dotes plásticas, nos ofrece en innumerables y magníficos grabados toda una vision romántica, sin dejar de ser fidedigna, de paisajes, escenarios, hombres y mujeres, de gran valor documentai. Por todo ello estos volúmenes constituyen, a la vez que un acto de justicia, un servicio inestimable para el conocimiento del Peru del siglo XIX.

Índice
  1. Séptima etapa. De Chulituqui a Tunkini

  2. Octava etapa. De Tunkini a Sarayacu

    1. IDIOMA ANTI
    2. IDIOMA CHONTAQUIRO
    3. IDIOMA CONIBO
  3. Novena etapa. De Sarayacu a Tierra Blanca

  4. Décima etapa. De Tierra Blanca a Nauta

  5. Decimoprimera etapa. De Nauta a Tabatinga

    1. IDIOMA COCAMA
    2. IDIOMA YAGUA
    3. IDIOMA TICUNA

Séptima etapa. De Chulituqui a Tunkini

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Alto de noche en Mapitunuhuari.

Himno a la aurora.- Efectos desastrosos de una noche pasada a la intemperie.- La playa de Mapitunuhuari.- Caza de la balsa.- Donde la situación se agrava y complica.- Que recuerda a tres mil años de intervalo los debates del ardiente Aquiles y del magnífico Agamenón.- Del jamón crudo considerado como tóxico.- Mientras que la expedición franco-peruana no sabe a qué santo encomendarse, el autor se divierte anotando las altitudes.- Monografía del gallíto de las rocas.- La copia de un acto auténtico.- Juramento hecho sobre un breviarío, a falta de Evangelios.- Adioses eternos en la playa de Coribeni.-Mala noche en Sirialo.- El paraje de Polohuatini.- Que prueba que las teorías de Proudhon sobre la propiedad se hallan por lo general más difundidas de lo que se cree.- Los antis de Sangobatea.- Perros azules y perros rojos.- Estudios antropológicos.- Que trata de Simuco, tirador de arco, y de la forma en que compró a su segúnda mujer.- Una lección de geografía en la playa de Quitini.- Un bautizo.- El capitán-padrino y el teniente-madrina.- Una frase musical de Herold confiada a los ecos de Biricanani.- Las tranquilas aguas de Canari.-Cuadro de género.- Las chozas de salvajes de Manugali.- Donde la expedición franco-peruana, a ejemplo de Nausicaa, hija de Alcinó, tiende para que se seque su ropa mojada en la playa.- El desastre de Pachiri.- Donde el lector reconocerá con el autor la imposibilidad de dedicarse a la botánica.- Los rápidos de Yaviro.- El orador de Saniriato.- El rápido de Sintulini.- Muerte de Fray Juan Bobo.- Donde el lector se enterará de qué manera un capitán de fragata y su teniente perdieron sus camisas pero no su presencia de ánimo.- Date abolum Belisarío.- Historia de un doble bonete de algodón.- La justicia y la venganza divinas persiguen el crimen.- De Escila en Caribdis.- Un jefe de expedición científica colgado por las axilas.- El rápido de Tunkini.- Descripción de una garganta o cañón.- Brusco paso de las tinieblas a la luz.- Las partes planas de América.

1Fuimos despertados al amanecer por los gorjeos de algunos pájaros que se destacaban, como el canto de las flautas en una orques ta, sobre el rugido de los rápidos y los aullidos de los auribas (Simia Belzebuth). Los que escucábamos por primera vez los roncos sonidos producidos por la glotis cartilaginosa de esta especie de monos, estuvimos tentados de atribuirlo a una docena de toros bramando de concierto. En cuanto a aquellos cuyas orejas estaban familiarizadas con el extraño y discordante ruido, pidieron del modo más enfático la salida del sol, que era lo único que podía ponerle fin, pues dichos cuadrumanos no dejan oír su voz sino ante la cercanía del alba y del crepúsculo, para decir buenos días o buenas noches a Febo.

2Esta primera noche pasada a la intemperie, en medio de piedras y bajo las lágrimás del rocío, había puesto a prueba la constitución de los más delicados de nosotros : unos tenían la circunferencia de los ojos violeta y el borde de los párpados rojo, los otros la cara hinchada y los labios de un azul lívido ; además, todos sentían la cabeza pesada y los miembros adoloridos.

3Un magro desayuno, con provisiones halladas en las piraguas —nuestras municiones de boca se habían quedado en las balsas— disipó un tanto el malestar de nuestros amigos y cortó los comentaríos de nuestros hombres, ya disgustados por los obstáculos y contrariedades que marcaban los comienzos del viaje. Bastó un cuarto de hora para nuestro refrigerío. Enviamos a los balseros, acompañados por dos antis, a liberar las balsas, y, dejándolos entregados a ese trabajo, nos embarcamos y tomamos la delantera.

4A una legua de allí, nos vimos obligados a desembarcar y a bordear a pie la orilla, mientras que nuestros remeros gniaban las piraguas a través de los bancos de arena y de piedras que formaban un archipiélago en la corriente, dividiendo el caudal en varíos brazos sin profundidad pero de un furíoso movimiento.

5(Aquí estimamos nuestro deber abrir un paréntesis para advertir a los lectores que el verbo guiar, subrayado dos veces, y que reaparecerá a menudo en el relato de la travesía, no es empleado por nosotros en el sentido de conducir y de dirigir que le da el diccionarío, y no expresa en este caso sino una acción pasiva que trataremos de explicar. En los pasajes peligrosos poníamos los pies en tierra o, si la locución puede parecer viciosa, desembarcábamos. Los remeros amarraban, a manera de cable, una liana a la parte trasera de las piraguas o las balsas, abandonaban luego la embarcación a la corriente y, a continuación, para disminuir su velocidad ya demásiado rápida e impedir que se estrellase contra los escollos, jalaban con las dos manos y con todo el peso de su cuerpo el extremo de la liana. Se comprende que esta manera de guiar una barca, dejándose arrastrar por ella, era opuesta por completo a la que todos hemos podido ver en práctica en nuestros ríos por hombres y caballos, y era nuestro deber señalarla de paso a los que nos confieren el honor de leernos. Dicho esto una vez por todas, cerramos el paréntesis).

6Después de dos horas de navegación, cortadas por breves altos destinados a dar tiempo a las balsas para que nos alcanzaran, no habiendo reaparecido ellas, nos detuvimos para acampar en una playa llamada Mapitunuhuari. Este nombre extraño, a decir de los antis, los cuales, en su calidad de seudo-cristianos, chapurreaban un poco de quechua, era el de un individuo amigo suyo, al que calificaban de capitán, y cuyas proezas ponderaban. La vivienda de este salvaje, estaba situada al fondo de un estrecho desfiladero, obscuro, sinuoso, y cuya entrada se hallaba muy bien defendida por matas erizadas de dardos y espinas, por lo que el temor de desgarrar allí nuestras camisas y piel, nos impidió, cualquiera que fuese el deseo que abrigásemos, ir a presentar nuestros saludos a ese valeroso capitán.

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Bosquecillo de palmeras tarapoto (Iriartea).

7Las dos riberas del Quillabamba-Santa Ana que, desde Chulituqui yo no había podido ver sino de prisa y en conjunto, pues los escollos de la ruta y la rapidez de la navegación no permitían estudiarlas en detalle, me parecieron de un interés secundarío en lo que concierne a la topografía, y de mediocre atracción como vegetación. Los bloques de gres observados desde Chahuaris, con sus mismos matices de ocre amarillo o de rosa seca, y de pie, inclinados o acostados, formaban la decoración principal de ambos cursos de agua, y oficiaban de peldaños a cerros pesados y macizos. Estos cerros, entrecruzados unos con otros, de manera que producían, a la distancia, el efecto de un todo homogéneo y compacto, daban al paisaje una apariencia de tristeza aburrida que tornaban pesados los párpados y provocaban bostezos. En algunos parajes en que la capa minerai se interrumpía la vegetación reaparecía de pronto, cuanto más vigorosa por cuanto se había visto por largo tiempo sofocada. Se mostraban rincones de paisajes encantadores por su sombra y su frescor, como enmarcados por la piedra. Los taludes de ambos ríos estaban revestidos por una hierba verde y fina, semejante al césped llamado ray-grass de los ingleses. Jabillos1, ingas, falsos nogales, encinas, guayaques y jacarandás áfilos concertaban artísticamente su follaje más o menos oscuro con sus flores más o menos brillantes. De trecho en trecho una palmera tarapoto, de estípite ahusado, de pie sobre su pedestal de raíces, daba al lugar un carácter tropical que contrastaba, más bien que armonizaba, con una luz aún difusa y un amontonamiento de piedras que hacían pensar en la cordillera y en su proximidad inmediata.

8Una parte de la jornada transcurriósin que reaparecieran las balsas. Sentados en la cima de los peñascos más altos de la playa, e interrogando con la mirada las profundidades del río, nos preguntábamos el uno al otro, como la señora Barba Azul y Ana, la hermana : ¿no ves venir algo ? Pero el día declinaba, el sol se enrojecía, el horizonte se velaba de bruma y nada aparecía. La espera era para nosotros tanto más cruel por cuanto habíamos comido muy poco por la mañana, y porque el aire libre, el cambio de escenarío y el lapso transcurrido, nos habían hecho un vacío en el estómago, y no sabíamos cómo apaciguar sus vagidos, ya que nuestras provisiones se encontraban, como dije, en las balsas. En el momento en que la desesperación se iba a apoderar de nosotros, la alborozada exclamación de uno de nuestros vigías nos avisó que se veía algo. Todas las miradas se tornaron entonces en la dirección que el brazo del hombre indicaba. Una mása gris y móvil aparecía al fondo de la perspectiva y, empujada por la corriente, se acercaba rápidamente a nosotros. Reconocimos a uno de nuestros transportes, pero, por la manera cómo descendía por el río, advertimos con secreto espanto que venía abandonado a símismo y que ningún balsero lo guiaba. Cuando iba a pasar delante de la playa en que estábamos reunidos, retumbó un grito en las aguas, y una cabeza con la cabellera suelta y chorreante, que se habría tomado por la de un monstruo marino, pero que reconocimos ser la de uno de los antis, se mostró detrás de la embarcación. Por la manera con que el hombre braceaba, era fácil adivinar que un accidente lo había separado de la balsa y que se esforzaba en alcanzarla. Nuestros gritos y gestos lo alentaron en el empeño. Redobló los esfuerzos, logró asir una de las vigas y subió a la balsa. Con ayuda de una pértiga que encontró allí pudo entonces dirigirla hacía la orilla, donde sus camaradas lo acogieron con transportes. Hinpiato, que así se llamaba el intrépido chuncho que acababa de efectuar esa magnífica maniobra de salvataje, recibió nuestras felicitaciones con aire modesto. Entre los numerosos pequeños objetos con que le expresamos nuestro agradecimiento por el servicio que acababa de prestarnos se encontraba un botón de uniforme, nuevo y reluciente, al que le ató un hilo y lo pasó por su tabique nasal.

9La alegría que experimentamos se borró pronto al notar el estado en que se encontraban nuestras provisiones colocadas en la balsa : el pan tostado y el bizcocho, después de haberse remojado toda la noche en el río, se habían deshecho y parecían una sopa de pan con mantequilla ; el arroz estaba hinchado hasta reventar ; la carne de carnero ahumado se desprendía de los huesos como si hubiera sido cocinada ; y la carne rosa de cierto jamón, comenzado a consumir en la víspera, ofrecía unos indescriptibles matices de verde, lila y azul, que nuestros parisinos, coloristas como eran, habrían comparado con la de los ahogados que se exponen en la morgue.

10Mientras deplorábamos los rigores de la suerte, las balsas y sus conductores abordaban la orilla después de una ausencia de una jornada. Éstos parecían de muy mal humor. Se efectuó una distribución de alimentos. Cada cual comió golosamente su porcion de pan remojado y de carne lívida, y tomó sus disposiciones para pasar la noche. Se encendieron dos fogatas en la playa, se amarró sólidamente las embarcaciones, y después de un intercambio de cortesías cada cual se fue a acostar entre las piedras que había elegido.

11La noche que pasamos en Mapitunuhuari fue más o menos semejante a la que habíamos pasado en Chulituqui. La única diferencia que notamos estuvo en el nombre de las playas y el volumen de sus piedras, aquí un tercio más voluminosas que allá. Tan pronto como nos levantamos [al día siguiente], reunimos nuestros pellones y cobertores, atamos el conjunto y volvimos a embarcarnos en nuestras piraguas dando a los remeros orden de partir. Los balseros soltaron las amarras de las balsas y se prepararon a seguirnos.

12Un ancho rápido, llamado Quenquerutiné, que encontramos a cien toesas de la playa que habíamos dejado, fue el único obstáculo que tuvimos que vencer hasta Umiripanco, distante cuatro leguas. Nos detuvimos en este último punto para almorzar y dar a las balsas tiempo para alcanzarnos.

13A pesar de que nuestro apetito se había abierto prodigiosamente por la rapidez de la navegación y el aire picante del río, le fue forzoso contentarse con algunas cucharadas de sopa de pan y una rodaja de jamón crudo. Los salvajes recibieron su parte de esta comida, y después de olerla varias veces, como para verificar su na turaleza, se la comieronsin demásiada repugnancia, no obstante que era desconocida para ellos. Acabado este magro yantar, cada cual se las ingenió lo mejor que pudo para pasar el tiempo. Unos trataron de distraerse echando un sueñecito ; otros lo hicieron calculando cuánto tiempo podría vivir un adulto a razón de una tajadita de jamón y dos cucharadas de sopa de pan por día ; y otros, en fin, y fueron sin duda los más filósofos, se sentaron aparté y distrajeron el vuelo de las horas garabateando sobre sus rodillas, dejando que otros recosieransus pantalones maltratados por los incidentes del viaje.

14Mientras tanto, cuando llegó el mediodía en todos los relojes sin que nuestras gentes y nuestras balsas nos hubieran alcanzado, se encomendó a dos antis que fueran a su encuentro, lo cual, desplazándose a través del bosque y siguiendo una línea recta, significaba tres cuartos de hora de marcha. Nuestros enviados, que debían recibir cuatro anzuelos como pago de su recorrido, partieron con el pie izquierdo y pronto estuvieron de retorno. El informe que nos presentaron era desastroso. Nuestras balsas con sus cargas habían zozobrado en el rápido de Quinquerutiné, y los balseros estaban atareados en liberar a unas y recobrar las otras. Era de creer que el diablo nos confundía los mapas para detenernos en el camino.

15Los retrasados se unieron a nosotros a las cinco. Esperábamos algunas excusas de su parte, o al menos algunas manifestaciones de simpatía que probase que nuestros inconvenientes y tribulaciones eran compartidos por ellos, pero nuestra espera se vio decepcionada. En lugar de una sonrisa amistosa no recibimos de ellos sino una fea mueca, y en cuanto a disculparse por su prolongada ausencia, si es que pensaron en ello, fue solamente para quejarse del exceso de trabajo que les había ocasionado. Además, al encontrar que la ración de víveres que les fue inmediatamente entregada no estaba en proporción con su apetito, aprovecharon un momento en que les habíamos dado la espalda para aliviar los sacos de provisiones de una parte de su contenido.

16Saciada su hambre, se retiraron a un sitio aparté, invitando a los remeros a que los siguieran, y haciendo señal también a los salvajes para que los acompañaran. La conversación que se entabló entre ellos fue seguida por una animada discusión cuyo tema presentíamos sin comprenderlo bien. De esas tempestuosas negociaciones, como de nubes que ocultan el rayo, se escapaba de rato en rato un grito que llegaba hasta nosotros, y que, semejante al relámpago, nos mostraba la situación bajo su verdadera luz. Una revuelta, que parecía flotar en el ambiente, obscurecía nuestro horizonte. En qué momento y de qué manera estallaría era algo que ninguno de nosotros podía prever.

17En medio de esta efervescencia de los espíritus, cual barril de pólvora al cual no le faltaba sino la chispa, los jefes de las comisiones reunidas que, desde la partida de Chahuaris experimentaban una necesidad real de decirse cosas desagradables, vieron en la actitud hostil de nuestras gentes una ocasión para satisfacerla ; el conde de la Blanca Espina fue el primera en mostrar sus intenciones e inició los fuegos mandando colocar en lugar seguro el resto de nuestras provisiones y dando como pretexto de esta medida que, al trabajar cada balsero peruaño menos que un hombre y corner como cuatro, era importante, en el interés general, acostumbrar el estómago al régimen de la ración simple. A esa andanada del adversarío, el comandante de fragata respondió de inmediato que cuando se trataba a los nacionales como a cormoranes, y se los obligaba a trabajar de la mañana a la noche en la pesca de objetos sumergidos al fondo de un río, se debía alimentarlos convenientemente y que, por lo demás, sin la sobrecarga de falaces y grandes maletas y de cajas casi vacías, que la comisión francesa portaba consigo para darse importancia, el viaje no se habría hecho más lento a cada paso por incidentes de toda clase. Este intercambio de frases incendiarias entre los dos jefes rivales dura hasta que la noche hubo desplegado sobre nosotros sus sombríos velos. Como en la víspera, se encendieron hogueras en la playa, y como en la víspera, también, nos acostamos entre las piedras, llamando al sueño que debía calmar la trepidación nerviosa que agitaba a cada uno de nosotros.

18Nuestras gentes, fraternalmente mezcladas con los antis, pasaron una parte de la noche calentándose y cocinando, a nuestra vista y en nuestras marmitas, las provisiones que al añochecer se habían robado. Cuando estaba por mostrarse el nuevo día, cinco balseros se dieron a la fuga, llevándose con ellos sables, fusiles y mochilas pertenecientes a los soldados de la escolta. Privados de medios de defensa, pero conservando el uso de sus ojos y de sus dos brazos, los soldados que quedaban podían servirnos de remeros sustituyendo a los que acabábamos de perder. Les propusimos, pues, armarse con el canaleta y subir a las balsas, propuesta que aceptaron, pero dejando la cosa para más adelante. Heridos en su orgullo y considerando un deshonor haber sido despojados de sus armás por unos churupacos, no nos pidieron sino el tiempo de tomar venganza, jurando que antes de una hora estarían de regreso y traerían muertos o vivos a los bribones que habían osado burlarse de ellos. Antes de que hubiésemos abierto la boca para responderles, habían desaparecido ya entre los árboles. Como ladrones y robados, burgueses y militares, no reaparecieron más, pensamos que esa doble huida era el resultado de un plan concebido durante la noche y, al mismo tiempo que la deploramos, tratamos de olvidarla. Es probable que lo hubiésemos logrado si los salvajes, hasta entonces espectadores indiferentes de taies debates, no hubiesen manifestado a su vez el deseo de ir en busca de alguien o de algo. Tal fue al menos nuestra idea al verlos juntar sus arcos y fléchas y alzar su saco de algodón tejido en el que ponían su peine, su potecillo de achiote, su espejo y su tabaquera. Cuando se dirigían a las piraguas, los jefes de las comisiones reunidas se precipitaron y se pusieron delante, rogándoles que tuviesen en cuenta que habían recibido por adelantado hachas y cuchillos a cambio de que nos condujesen a la región de los chontaquiros, y que abandonarnos en el camino, como parecían tener la intención de hacer, sería engañar nuestra buena fe y contravenir el contrato que habíamos hecho por partida doble. Alterados como estaban, el conde de la Blanca Espina y el comandante de fragata se habían expresado uno en francés y el otro en espanol. Pero los antis, poco versados en estas lenguas, y sin comprender nada de la arenga que se les había dirigido, se echaron a reír en las narices de los arengadores. Hubo un momento de tumulto y confusión en el cual al enfrentarse todos, y opinar, sacar conclusiones en su propia lengua —en la de los antis, el quechua, el castellano y el francés—, hicieron chocar con gran ruido sus vocales y sus consonantes. Se habría creído estar bajo los muros de Babel el día en que se dispersaron sus construc tores, pero poco a poco se restableció la calma. Un cholo de la misión, capaz de hablar el idioma de los antis, fue designado por nuestro capellán Fray Bobo para servir de intérprete. Gracias al diálogo que se estableció entre el brión y los salvajes obtuvimos informes detallados sobre nuestra situación, pero muy alarmantes ; sin saberlo, caminábamos sobre un suelo minado, que de un momento a otro podía tragarnos.

19Para comenzar, los dos naufragios sucesivos de las balsas que habíamos creído causados por la casualidad no eran más que resultado de un complot urdido por anticipado. La intención de los balseros, al hacerlas naufragar, era de apropiarse de los objetos que portaban, de los que habífan ofrecido la mitad a los antis, si es que éstos aceptaban ayudarlos en su acto de rapiña.

20Además, y este era el lado dramático de la situación, esos mismos balseros, para persuadir a los salvajes de que el pillaje de nuestros bienes, al cual los convidaban, no era más que un acto de justicia, nos habían presentado a ellos como punarunacunas (hombres de los altiplanos), sin fe ni ley, sin casa ni hogar, sin rey ni Dios, que los llevaban a su perdición. Los alimentos que les habíamos ofrecido en Mapitunuhuari, y sobre todo la tajada de jamón, estaban envenenados : si los antis habían absorbido sin peligro la sustancia tóxica que les habíamos preparado, era porque su estómago estaba forrado y enclavijado de cobre, pero que, en la próxima ocasión, doblaríamos la dosis, y así ninguno de nuestros aliados se salvaría.

21Se comprende el efecto de semejantes insinuaciones en el espíritu obtuso de los salvajes. Nos fue sumamente difícil disuadirlos de la idea de que habíamos querido atentar contra su vida. Fray Bobo debió intervenir en persona y llamar en su ayuda los recursos oratoríos del púlpito. Llegó incluso a presentarles a los antis su crucifijo de bolsillo, ofreciéndoles jurar sobre la santa imagen que nuestras intenciones habían sido siempre puras, y que nuestros corazones habían estado llenos de buenas intenciones para con nuestros aliados.

22Más o menos convencidos por los argumentos de nuestro capellánen el sentido de que jamás habíamos tenido intención de deshacernos de ellos, los salvajes parecieron dispuestos a permanecer aúncon nosotros. Algunos artículos de juguetería que les repartimos de inmediato, y sonrisas y chistes amicales que añadimos como complemento, devolvieron un poco de serenidad a sus turbadas aimás. Aprovechamos la mudanza sobrevenida en su estado de ánimo para prepararnos a la partida, reunir nuestras piraguas e invitar graciosamente a nuestros aliados a que tomaran su lugar entre nosotros ; tan pronto como ello fue así nos hicimos empujar a la corriente. Cinco minutos después la playa de Umiripanco, testigo de los debates políglotas cuyo resultado estuvo a punto desernos fatal, desaparecía detrás de nosotros.

23Si la brújula y el cronómetro que yo había tenido siempre a la vista desde mi partida no me hubiesen indicado en este momento la dirección del río, una simple mirada a las orillas me habría hecho presentir que nos dirigíamoscada vez más al este. Los cerros y amontonamientos de gresnos hacían, es verdad, fiel compañía, pero la aridez de sus planos se veía disimulada por la vegetación que parecía despertar de su largo sueño. Aquí y allá se abrían gargantas profundas en las que se amontonaban, empujadas como las olas del mar, macizos de verdor o simples matas de arbustos, que por sus hojas cordiformes y sus panículas de flores blanquecinas, rosadas o encarnadas, reconocí que eran chinchonas. Atravesábamos en ese momento, sin que nuestros compañeros pareciesen advertirlo, la zona climatológica que los botánicos consideran hábitat de diversas especies de quinas. Era el caso de reconocer, con estos señores, la infalibilidad del sistema de líneas isotérmicas y de admirar con qué orden metódico la naturaleza ha puesto a taies o cuales vegetales en taies o cuales regiones, las mismás que, por lo demás, estaban tan claramente delimitadas que un herborista, simple vendedor de borraja y de manzanilla, no podía equivocarse.

24Por desgracia mibilis agitada y mis nervios irritados por las mezquinas rivalidades de nuestros compañeros, la perfidia y deserción de nuestros hombres, me hacían por el momento poco afecto a los requerimientos de las teorías, y sobre todo poco dispuesto a admirar lo que fuese. Experimentaba por el contrarío una necesidad de encontrar nuevas manchas en el sol, y algo así como una picazón de decirle unas cuantas cosas a alguien o a algo. Así pues, en lugar de contribuir al sistema de la distribución climatológica de las plantas con mi tributo de observaciones personales y de nuevas apreciaciones, se me ocurrió señalar, por lo agrío y desagradable de mi ánimo, que la mayor parte de las cifras indicadas como base de altitud por cierto tratado de geografía —"enteramente refundido y puesto al día de la ciencia"— eran singularmente arbitrarias, cuando no equivocadas.

25Así la vegetación de las quince o veinte variedades de encinas que ofrecen las partes cálidas de América del Sur, en lugar de comenzar por encima de los mil setecientos métros de altura, como asegura el tratado de geografía en cuestión, se mantiene constantemente por debajo. Estos árboles, de tercera o cuarta altura, dicho sea de paso, apenas si crecen entre los mil doscientos y ochocientos métros de altura. En algunos valles del Perú, y en una extensión de varíos grados, la región de los helechos arborescentes domina a veces por cuatrocientos a quinientos metros la de las quinas ; a veces incluso se confunde tanto estas dos diferentes regiones que es imposible asignar a cada una de ellas límites precisos. En muchos lugares la zona climatológica ocupada por las variedades activas de las chinchonas —no confundirlas con sus variedades inermes, casi siempre más cercañas a la cordillera—, se halla a trescientos o cuatrocientos metros por debajo de la región que habitan las palmeras ceroxylon, tarapotoyyuyu. El plátano, que de acuerdo a las bases señaladas por ese mismo tratado, no daría ya frutos maduros a mil ochocientos metros sobre el nivel del mar, los produce, muy sabrosos, en Huiro, en el valle de Santa Ana, es decir a dos mil seiscientos metros de elevación. En cuanto a la región de las gramíneas, representadas en el reverso de los Andes por los géneros jarava, stypa, panicum, agrostis, avena, dactylis, etc., región que el citado tratado de geografía no hace comenzar sino a cuatro mil doscientos métros de altura, en realidad empieza, aúnque ello disguste a dicho tratado, a una altura de más o menos mil metros, en los estratos inferíores de la Sierra de San Carlos y las diversas vertientes del Pajonal.

26Esta crítica de detalle, que prueba que tan peligroso es creer en la virtud de las cifras como no creer en ellas —crítica, por lo demás muy anodina—, y calmada ya un poco nuestra bilis y relajados nuestros nervios, seguiremos aplicándola como remedio. Solamente que, por consideración al axioma de non bis in idem, pasaremos del continente al contenido, de la región de las quinas que atravesamos a los pájaros que la habitan, y señalaremos un error que viajeros más entusiastas que sensatos han acreditado entre nosotros. Este error se relaciona con el gallíto de las rocas peruano, que esos viajeros han visto juntarse por docenas en la cima de un altozano o de ima eminencia, y ejecutar, ante los ojos de los viandantes, danzas, galopes fantásticos, que recordaban la ronda del aquelarre de Luis Boulanger.

27Antes de seguir adelante, constatemos primero que Cuvier ha hecho de estos pajaritos un género de la familia de los manakins, del orden de los pájaros ; que antes de él Linneo los había colocado en su género pipra, del cual los ha separado Brisson con el nombre genérico de rupicola, y ahora, constatado esto, proponemos a continuación sustituir el epíteto de rupicola, dado por Wieill y sus continuadores, por el nombre de turiki, que es el del pájaro en el Perú. Este nombre patronímico, por poco que los estudiosos consientan en añadirle la calificación de peruviarius, ofrece la ventaja de iformar al lector lo que había ignorado hasta ahora, esto es el verdadero nombre de nuestro pájaro y del país que habita.

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