Playa Juan Griego

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Un filósofo colombiano llega a Caracas durante la bonanza petrolífera, a comienzos de las ochenta del pasado siglo. En ese contexto, su vida cambia completamente,así como su relación con el dinero, la amistad y, sobre todo, el amor. Conoce a una mujer llamada Dora di Sepio; e integra casí contra su voluntad una misteriosa secta.
Publicado el : lunes, 17 de febrero de 2014
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Miguel Rodríguez Liñán    Playa Juan Griego    La Trévaresse, 2009                      
                     Con afecto amistoso para Don Philippe de Siran, allá en la Isla Margarita.         
                         I have tried to write Paradise  Do not move Let the wind speak that is paradise.  
Let the Gods forgive what I Have made Let those I love try to forgive what I have made.   Ezra Pound                      
     La Miel (La Candelaria / Nuevo Circo)    Enaquella época supongamos precámbrica o paleozoica, lapso del ordoviciano o del jurásico, cuando el boom increíble del oro negro, llegamos los penúltimos extranjeros e invadimos Caracas la bella. Brasileños y argentinos, uruguayos y paraguayos, chilenos y bolivianos, peruanos y ecuatorianos, cubanos y dominicanos, portugueses y españoles, italianos y franceses, creo que hasta gringos e ingleses habían, y otros pasaportes también – salvadoreños, guadalupeños, sirios, chinos, libaneses, gente de Aruba y Curaçao, de Trinidad y las Guyanas.  Porser los invasores más numerosos, los colombianos éramos probablemente los más detestados –por lo general en secreto, aunque también de manera pública y evidente. En Caracas del oro negro, de cada diez habitantes ocho eran invasores, y de cada ocho cinco colombianos. De modo que por ser un coñoemadre colombiano (o viceversa, un colombiano coñoemadre, como me llamaste aquella vez en Margarita), mi diploma de
filósofo, graduado por lo demás en la Universidad del Valle, del Valle del Cauca, tuve que metérmelo en el chiquito, Dora chiquilina, disculpa la grosería pero es la verdad.  ¡Oronegro!... Esta metáfora de pésimo gusto para mí debe ser una invención de economistas, de pronto de ingenieros hidráulicos, o de paleontólogos, o de químicos, pero pasemos, pasemos. Petróleo a borbotones era lo que había, géiseres y surtidores, manantiales y lagunas, volcanes hirvientes de sangre negra de dinosaurios, y hasta el río ese que atravieza Caracas, el Guaire, era de lava bien espesa y negra, y los pozos de Maracaibo vomitaban petróleo hasta el cielo.Yo me imaginaba a Caracas la bella como sobre un lago subterráneo de petróleo, bueno, de oro negro, de oro color brea disuelto, espeso y muy denso; que bastaba hundir una vara ya sea en el Parque del Este, en el Parque los Caobos, en el Jardín Botánico, en el Paseo los Chorros, en el patio de la Quinta La Milagrosa, donde sea, para que saliera un potentísimo géiser de fulgurante oro negro.  Yotuve la suerte o el privilegio de no llegar, como tantos compatriotas, al terminal de buses de Nuevo Circo, procedentes del Huila, del Tolima, de Nariño, de Caldas, de Antioquia, del Chocó, no, Dora, yo llegué confortablemente instalado en primera de un Boeing deAvianca, con todos los papeles en regla, con visa de
estudiante, con mi viejo doctorado bajo el brazo, un doctorado de título ampuloso, Cosmos y microcosmos en el pensamiento pre-socrático, que finalmente de tanto me sirvió – aunque no pude trabajar en la UCV, pues tal era mi objetivo y deseo.  Comobien sabes, soy fanático de los dinosaurios, nombre genérico de esos reptiles gigantes, de esos “terribles lagartos” según la etimología griega, de los diplodocus que al parecer medían hasta 27 metros, de los tiranosaurios que medían 13, de los triceratopos que medían ocho metros, de los estegosaurios que medían siete. En eso pensaba cuando el moderno perisodáctilo de aluminio posó sus patas-garras de caucho en el aeropuerto internacional Simón Bolívar, que todos llamaban Maiquetía. En eso cuando vi el maravilloso Monte Ávila que, supongo, debe ser como una prolongación de la cordillera caribe, y que para mí era un simple dinosaurio de las eras y de la geología; en eso cuando admiré con ternura el Pico Avila; en eso cuando admiré el Pico Naiguatá y me enamoré de Caracas como después de vos, Dora del oro negro.  SirFrancis Drake en carne y hueso estuvo por aquí, el siglo 15, 16, no estoy seguro, cuando estos pagos benditos se llamaban Santiago León de Caracas, por eso de los habitantes autóctonos, una etnia de indios
llamados caracas, creo que tal es el nombre primigenio.  Veoahora como en un sueño de los buenos la Plaza Bolívar, el Capitolio, el Arco de la Federación, el Teatro Municipal, la Casa Amarilla, el Panteón Nacional, los altísimos edificios modernos, uno que otro rascacielo, el circuito de autopistas, el edificio de la CANTV, la torre de La Previsora, los bloques del Silencio, el rascacielo medio tubular y ultra moderno donde vivían el Garoto y el Che Carlitos.  Laprimera semana, sin saber qué hacer, esperando la respuesta de la universidad para un puesto de asistente, caminé mucho por La Candelaria. De inmediato estudié la posibilidad de mudarme rápidamente. Pese a su buena voluntad y solidaridad fraternal, yo sabía bien que andaba estorbando en casa de mi hermano Wilson. Tanto caminé en el centro de Caracas esos primeros días, entre la avenida Urdaneta y la avenida Simón Bolívar, que terminé por conocer bastante bien el barrio donde para mi sorpresa casi no habían colombianos, aparte del extraño bogotano de apellido Villaverde, que hablaba como caleño, y dos rolos más que eran ingenieros, que trabajaban como Wilson en el petróleo, y que vivían como encerrados con sus familias, aparentemente sin amigos –o con amigos muy selectos.  –Ustedes valluno, viejo. Hace días que lo
observo. Venga al Centro y charlamos con calma, cuando quiera, que estamos para ayudarnos –dijo a modo de presentación Villaverde al tiempo que me entregaba una hoja, supuse, de publicidad comercial.  –ÁngelDanubio, para servirle –alcancé a decir cuando el hombre trepaba a uno de esos vehículos de transporte colectivo que llaman o llamaban “carritos por puesto”, no sin antes advertirme:  –Viejo,no se arrime mucho por Nuevo Circo, menos por San Agustín del Norte. Y póngase pilas rápido, que aquí el billete llueve. Llueve a torrentes, viejo Ángel.  Apenasterminaba el desconocido de pronunciar la frase cuando, por algo que al inicio creí una coincidencia, se desató una fortísima lluvia tropical, como las de Cali; luego, truenos y relámpagos. Debí entrar en el primer local abierto y, contra mi costumbre, pedí un aguardiente de caña. Ya era de noche y, como siempre, me dispuse a comer algo; esta estrategia me permitía llegar silenciosamente pasadas las diez, cuando Wilson y Gladys dormían. La soledad sería, o no sé qué, pero tuve ganas de beber, cosa que jamás hago a solas. Para mí el beber es algo social, festivo, comunitario, de pronto ritual. Recién leí el papel, que decía simplemente:  Conferencia sobre el petróleo y la OPEP
El viernes 18 de agosto de 1982 a las 19h Edificio Capriles, Plaza Venezuela, piso 10 Entrada libre Centro Hermenéutico   Alpedir información sobre dónde hallar un sitio agradable para las almas en pena, el mozo me indicó un local hermosamente llamado La Miel, en Nuevo Circo. También me reconoció, aunque no sabría decir debido a qué, mi fisionomía se confunde con la de cualquier caraqueño.  –¿Colombiano,eh, doctor? Bienvenido a Caracas. Y si me permite unconsejito, consígase una buena Smith & Wesson, es lo que más circula por aquí. Por precaución. Pero si la saca, no la saque por gusto: dispare.  Porunos segundos, no supe qué decir. La idea de tener una pistola entre manos me pareció descabellada, por no haber jamás tocado una. “Me está diciendo que esta ciudad es peligrosa. O que debo ser prudente en mi condición de extranjero. Perotodas las ciudades son peligrosas, depende de dónde mete uno las narices si no lo llaman”, pensé al cancelar dejando cinco “bolos” de propina.  –Gracias,paisano –dijo el hombre, un moreno que resultó ser del Chocó, como mis abuelos maternos, lo cual me pareció una nueva, extraña coincidencia.  –Perousted es un doctor, un caballero.
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