Pasaje de ida al Paraiso

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Sólo de ida al Paraíso, es una novela de ficción que nos propone una mirada diferente de los tiempos modernos: la que dos amantes posan sobre el mundo. Durante sus viajes, Rose e Igor van a conocer la pasión, la duda, la tentación y la muerte. No dudarán para interrogarse sobre el sentido de la evolución, el orden económico, los fundamentos de nuestra espiritualidad, así como sobre la relación entre el Islam y el Occidente. Ciertamente, su mirada está influenciada por el entorno social y cultural en el cual evolucionan, pero también y sobre todo, ésta es continuamente renovada por una forma de autenticidad y de fervor, ¡a tal punto que nos preguntamos por qué el mundo no se inspiraría mucho más de esta mirada! Los amantes purifican el mundo gracias a la manera como lo miran. Ellos lo re
Publicado el : jueves, 16 de junio de 2011
Lectura(s) : 137
Etiquetas :
EAN13 : 9782748171464
Número de páginas: 167
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Le Manuscrit
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Pasaje de ida al Paraíso
Le Manuscrit
www.manuscrit.com Francis Brikké







Pasaje de ida al Paraíso






NOVELA





Le Manuscrit
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© Éditions Le Manuscrit, 2006
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communication@manuscrit.com

ISBN : 2-7481-7147-0 (fichier numérique)
ISBN 13 : 9782748171471 (fichier numérique)
ISBN : 2-7481-7146-2 (livre imprimé)
ISBN64 (livre imprimé)
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A Helena, Sarah, Nicolas,
Ivan y Marie-Thérèse
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“Basta con que la Verdad
aparezca una sola vez, en un solo espíritu,
para que nada pueda impedirle, nunca jamás,
apoderarse de todo, inflamarlo todo.”

Pierre Teilhard de Chardin
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En lo alto de la colina, Igor reflexionaba. Pensaba en
el mundo, en la vida, en sí mismo. Estaba sentado sobre
la hierba y dominaba el lago y la ciudad. En realidad, no
se trataba de un lago sino de un río, el Swan River, que
se transformaba en ese lugar en una vasta extensión de
agua, justo al pie de los rascacielos del centro de la
ciudad de Perth, capital de Australia Occidental.
“¿Por qué la vida?”, se preguntaba mientras
contemplaba el infinito para absorber un poco de su
misterio. Persistía en creer que la vida debería tener un
sentido, porque, si no, ¡qué pérdida de tiempo! ¡Tantos
esfuerzos, tanto que compartir, tantas emociones, tanta
belleza, tantas lágrimas, tanto amor para nada! Para que
todo se esfumara, en una fracción de segundo, el día de
nuestra muerte. ¡Era absurdo, incluso escandaloso!
Desde que Igor había llegado a Perth, hacía apenas
una semana, albergaba una sensación nueva que se
propagaba por su cuerpo como una embriaguez ligera,
una suave hipnosis. Tenía la impresión de que un
pasajero clandestino paseaba junto con él, observaba
junto con él, escuchaba junto con él, soñaba junto con
él. Alguien había decidido morar en su alma, sin ponerlo
al tanto. Cuando trataba de desenmascarar al
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perturbador compañero de su viaje interior, un solo
rostro aparecía siempre en su memoria: el de Rose.
Había visto a Rose por primera vez en la Conferencia
sobre el futuro social y la pobreza que se desarrollaba en
esos momentos en Perth, en las instalaciones de la
Universidad de Australia Occidental. El problema social
era el objeto de una atención constante por parte de los
medios de comunicación, debido a que hoy la opinión
pública estaba convencida de que el equilibrio mismo
del planeta se hallaba amenazado por la multiplicación
de conflictos sociales y la persistencia de la pobreza. Era
evidente que el mundo aún seguía en pos de un ideal
humano federalista.
Asistente de investigación en el departamento de
antropología cultural de la Universidad de Columbia en
Nueva York, Rose había venido a la Conferencia para
presentar el resultado de sus trabajos sobre la evolución.
Desde la primera jornada de la Conferencia, Igor había
quedado seducido por el encanto de Rose, su figura
elegante y su actitud plena de entusiasmo. Rubia, de
estatura mediana, su feminidad deslumbraba tanto
como su energía e inteligencia. De mirada viva y sonrisa
contagiosa, lograba cautivar a su auditorio y desbaratar
hábilmente cualquier observación. También podía
permanecer contemplativa durante largos momentos,
atenta a una exposición, y así establecía una complicidad
interior con el discurso de su interlocutor.
Su primer encuentro había sido en una de las salas de
la Conferencia, en la que Igor presentaba una
exposición. El se disponía a difundir los resultados de
sus trabajos sobre la globalización, tema de su tesis en el
Instituto de Altos Estudios Sociales en París, donde se
había graduado recientemente.Para él, la globalización
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era un amplio movimiento de expansión geográfica e
imaginario, propulsado a lo largo de la historia por una
necesidad atávica de sobrepasar las fronteras del espacio
y de lo desconocido. La globalización no era más que
una consecuencia histórica, un fenómeno irreversible, el
fruto de una evolución.
Entonces ¿por qué tanto alboroto sobre la
globalización? ¿Se habría convertido la lucha contra la
globalización, poco después de la caída del muro de
Berlín, en la nueva panacea destinada a galvanizar las
multitudes en búsqueda de un mundo mejor?
El verdadero desafío era otro, mucho más real,
mucho más grave. El verdadero combate que había que
librar hoy día no era contra la globalización, sino contra
la deshumanización. Contra la desvalorización de la
persona en favor de sistemas políticos despóticos;
contra las geoestrategias militares e industriales
actuando impunemente; contra los despidos masivos de
las personas obedeciendo a intereses únicamente
especulativos y financieros; contra los debates políticos
nacionales insípidos y grotescos con el solo objeto de
obtener el poder sin tener en cuenta el verdadero
bienestar de las poblaciones; contra la contaminación y
la polución de los ecosistemas y por lo tanto de nuestro
hábitat; contra la desaparición de la homo-diversidad
remplazada por la uniformización del pensamiento.
El futuro de la humanidad no podía limitarse
solamente a una revisión de la dimensión espacial en el
ámbito de la globalización. Lo que está en juego es
mucho más profundo, mucho más vasto. Se trata de
una dimensión viva en el interior de cada uno, de todos:
de nuestra capacidad para lograr más humanidad.
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– ¡Interesting! dijo Rose, que había ido a escuchar
la exposición de Igor. Pero… ¿qué sucede después?
Constatarlo, aunque parezca pertinente, no es
suficiente.
Intrigado por esta observación así como por el
encanto de su interlocutora, Igor no supo cómo
responder.
– Gracias ... Buenos días, me llamo Igor, dijo,
mirándola con cierta timidez.
– Hello, yo soy Rose, dijo ella con un acento
norteamericano. Es interesante lo que sostiene, pero
va a tener que enfrentarse con muchas personas que
no piensan lo mismo.
– ¿Cómo negar las evidencias? respondió él,
todavía deslumbrado por el encanto de Rose.
– ¿Igor es un nombre de origen ruso? preguntó
ella.
– Sí. Mi abuelo abandonó Rusia durante la
revolución bolchevique, al igual que otros rusos
blancos, explicó él.
– Nieto de aristócrata, supongo.
– Mi abuelo era príncipe.
– ¡Vaya! ¡Buenos días, príncipe Igor! exclamó
ella, inclinándose, como para indicar cierto respeto,
pero también con una pizca de ironía.
– No es más que un recuerdo, precisó él, con
modestia.
En realidad, su familia no le había legado ni
fortuna ni tierras, sino otro tesoro que cada día
aprendía a valorar un poco más. No se trataba de un
bien material. Se trataba de una actitud, de un
comportamiento. Confiado más no arrogante,
apasionado más no dominante, altruista más no
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