Porque nadie es perfecto

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 RESUMEN:

La doctora Candela Ebert es una cirujana plástica de éxito que interviene a pacientes en búsqueda de la tan cuestionada perfección; hasta que, tras salir a la luz el historial de su cliente Germán Chado, su mundo se pone patas arriba.

Sin embargo, a partir de unas vivencias desconcertantes y de un estrepitoso decaimiento, Candela se da cuenta de que, en realidad, sus sueños distan demasiado de todo lo que había experimentado hasta el momento y decide tomar las riendas de su vida, pese a la incomprensión o al rechazo que pudiera sufrir. 

De este modo lo cuenta al lector; aunque otra narradora se introduce en las páginas, empeñada en dar su otra versión.

SOBRE LA AUTORA:

María Ángeles Chavarría es filóloga, tiene diversos másteres e imparte talleres literarios y cursos de Motivación Lectora, Inteligencia Emocional, Gestión del Tiempo, Manejo del Estrés, etc.


Entre sus publicaciones, varias de ellas premiadas, destacan: La mirada de alguien sin importancia (1999), Cuentos sin máscaras (1999), Homenajes imprecisos (1999), Sintiendo el silencio (2000), Lo que sólo cuenta el alma (2001), Diario de una mujer inquieta (2002), La tercera copia (2004) El anónimo (2005), Pincelada con matices (2005) La tutora (2006), Juguemos al Carnaval (2007), Controla tu tiempo, controla tu vida (2007), Padres adoptivos (2007), Navegando por la madrugada (2008, autoría compartida con Ricardo Llopesa), Mi padre es un mago. La empresa familiar vista por un niño (2009), Mirada a dos (2010, autoría compartida con Josep Lluís Doménech), Factor emocional. Guía para manejar el estrés (2010, autoría compartida con Ángel Escudero Villanueva) y Les Xanes (2010). Otros textos suyos están incluidos en antologías nacionales e internacionales.


Publicado el : martes, 05 de abril de 2011
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Licencia: Todos los derechos reservados
EAN13 : 9788493792497
Número de páginas: 200
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I n d i c e
PRIMERA PARTE
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SEGUNDA PARTE
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EPÍLOGO I
EPÍLOGO IIPORQUE NADIE ES PERFECTO
Autores: María Ángeles Chavarría y Ángel Escudero Villanueva
Portada: "Mujer del espejo"
Autor portada: José Luis Ponce
Edición eBook Marzo 2011
ISBN 978-84-937924-9-7
Copyright e-Diciones KOLAB
Síguenos en: PRIMERA PARTEUn rostro que refleja odio es muy contrario a la naturaleza. Cuando los arrebatos se repiten con
frecuencia, la belleza del rostro muere y termina por extinguirse, pues pierde su poder de iluminación.
Intenta comprender que esto es contrario a la razón. Porque, si se pierde la conciencia del error, ¿qué
motivo queda para vivir?
Marco Aurelio1
-¡Estas tijeras no cortan nada! Dame otras, por favor.
La punta roma de las tijeras iba penetrando y separando los tejidos, guiada por el firme y seguro
pulso de la doctora Candela Ebert.
-Mantén el separador sin estirar. Un poco más arriba. ¡Muy bien, ahí! Seca el fondo. No entra bien
la luz en la herida. Necesito ver mejor el fondo. Seca, ¡seca más! ¿De dónde sale tanta sangre? ¡Más
gasas! No estás aspirando bien. ¡Pinzas! Sigo sin ver nada. ¿Me pasas las pinzas? Hay un vaso
sangrando. ¡Esas pinzas! ¿Ves tú dónde está ese vaso? No veo nada. ¡Aspira mejor! La sangre no me
deja ver el vaso…
No se preocupen ustedes. Sigan leyendo, pero relájense que a mi paciente no le pasará nada porque
esto no es más que un sueño. ¡Sean todos ustedes bienvenidos a mi peor pesadilla! La herida operatoria
acabará encharcada de sangre. Yo terminaré estampando el instrumental contra el suelo. Por más que le
pida a mi instrumentista que me pase una pinza para poder parar la hemorragia, mis manos nunca podrán
cogerla y, cuando consiga hacerme con ella, al ir a atrapar el vaso sangrando, la pinza habrá desaparecido
de mi mano. El pánico se irá apoderando de mí mientras todos los miembros de mi equipo me miran
impasibles ante mi desesperación. Los agarraré de la bata y los zarandearé con fuerza, pero seguirán sin
inmutarse. Me enredaré con los cables y los tubos del respirador, tropezaré con la mesa de operaciones y,
finalmente, caeré rendida sobre mis rodillas, con mis manos ensangrentadas, para quitarme el gorro y la
mascarilla que no me deja respirar. Es en este preciso momento cuando suelo despertar de mi pesadilla
favorita sobresaltada, sudorosa, desgreñada, jadeando y con mi corazón a punto de reventar.
¡Menudo comienzo para enganchar al lector! Pero, ¡caray!, si de lo que se trataba era de bucear en mi
subconsciente, podían haberme puesto en la playa de Malibú, con la mayor parte de mi epidermis expuesta
al sol y a la leve caricia de la brisa marina. Con mi autoestima por las nubes después de haber recogido el
Premio Titanium Lancet (Bisturí de Titanio), otorgado por la Academia Americana de Cirugía Plástica,
en reconocimiento al mejor trabajo científico del año. En mi mano derecha, un daiquiri con su sombrillita
y todo, y mi mano izquierda descansando sobre su lampiño, bronceado y pétreo pectoral derecho… Oh,
perdónenme. No les he mencionado que estoy acompañada. Estoy entre los también bronceados y fornidos
brazos de mi prometido, un joven, guapo y atlético empresario del petróleo que conocí anoche en un local
de moda cercano a mi hotel y que acabó, ya de madrugada, declarándome amor eterno. ¿Se imaginan
ustedes? Podría olvidarme del estrés de mi trabajo. Se terminarían las largas y agotadoras operaciones,
los postoperatorios inciertos, la ansiedad, la angustia… y podría dedicarme a pintar al óleo sentada ante
el lienzo medio desnuda en el porche de nuestra casita del lago. ¿Se acuerdan ustedes del Diario de Noah?
¡Qué gran película! Lo más estresante de mi quehacer cotidiano sería telefonear a mi estilista para
conseguir que me colara evitando su larguísima lista de espera para peinar mi castigado cabello por el sol,
el salitre y el cloro de nuestra preciosa piscina.
¡Pues no! Había que empezar esta novela con un comienzo trepidante. En fin, como les iba diciendo, ya
se ha terminado mi pesadilla y llega el punto de despertarme en plena madrugada, hecha un pingo, y pasar
el resto de la noche desvelada, para empezar mi día de trabajo cansada y deprimida. ¿Que no se lo creen?
Pues sigan ustedes leyendo y verán que no les miento.
La almohada estaba empapada de su propio sudor. Con un torpe movimiento de su mano izquierda,
apartó las greñas del pelo que tapaban su cara y le dificultaban la respiración. Permaneció tumbada,
pero sus ojos estaban abiertos cuando, de repente, notó un golpe en su pecho. Un gesto de dolor tiñó su
rostro. El corazón empezó a latirle con rapidez acompañado de una sacudida de angustia.
-Tranquila –pensó-, venga, relájate. Controla tu respiración.
Se levantó tambaleándose y anduvo hasta la cocina. Con sus manos temblorosas intentó llenar unvaso de agua fresca para poder humedecer su boca cada vez más seca y disolver la pastosa saliva que
le producía una desagradable impresión al tragar. Luego se tumbó un rato en el sofá para
tranquilizarse. Centró su atención en los sonidos que procedían del exterior.
Poco a poco, el ritmo de su corazón se normalizó. Su respiración se volvió más rítmica y superficial
hasta no necesitar prestarle atención para controlarla. Un buen baño de agua caliente a la tenue luz de
algunas velas sería el mejor remedio para terminar de calmar su ansiedad. Así, con la grata sensación
de ingravidez de su cuerpo y la reconfortante tibieza de excursión por su piel, pasó un buen rato hasta
que los primeros rayos de una fría pero luminosa mañana de invierno comenzaron a entrar por la
ventana. Por unos instantes quedó hipnotizada por el movimiento de los brillantes reflejos de la luz en
la superficie del agua.
-¡Miér…coles, hoy es miércoles! –el sonido de mi voz, se mezcló con el chapoteo del agua salpicada
y esparcida por el suelo, las paredes, la puerta y hasta el espejo del baño.
Porque los miércoles suelo tener quirófano por la mañana y consulta por la tarde. Me enfundé en mi
albornoz y fui secando con rítmicos y enérgicos movimientos de toalla mi pelo mientras calentaba al
microondas una porción de pizza que sobró de la cena de anoche. Ya sé lo que estarán ustedes pensando,
pero es que los desayunos con zumo de naranja recién exprimido, suculentos cereales y brillantes piezas
de fruta, acompañadas por una fotogénica tostada perfectamente dorada, yo sólo los he visto en las
películas.
-¡Qué desastre de habitación! Bueno, cuando vuelva a casa esta noche ya haré la cama y recogeré todo.
Ahora no me da tiempo si quiero llegar puntual –pensé mientras terminaba de vestirme.
Bajé las escaleras casi sin rozar los escalones. Iba terminando el último cachito de mi desayuno. ¿Les
he dicho que me chiflan las pizzas con trocitos de piña? Dejé el casco sobre mi Harley para abrir el
candado… Como no quiero cansarles explicándoles el millón de pequeños detalles que conlleva el ritual
para arrancar una moto, imagínenme sin más preámbulos cortando el viento… Bueno, si quieren que les
sea sincera, imagínenme parada en un semáforo, rodeada de coches y sin poder ir a mucha velocidad por
culpa del atasco y helada de frío, con mi cabeza embotada, mi espalda dolorida, cansada y deprimida por
haber pasado la mayor parte de la noche sin poder dormir.
Y, como era de esperar, llegué tarde. En el antequirófano ya me estaban esperando todos. Sin dejar de
andar, saludé a cada uno por su nombre, me disculpé por el retraso y me metí al vestuario tras dejar la
puerta entreabierta para poder hablar con ellos.
-Ya tenemos a las dos pacientes ingresadas. Cuando quieras pedimos que nos suban a la primera para
empezar –eraNatalia, mi ayudante, compañera y amiga. ¡No sé qué haría sin ella!
-Vale, yo me cambio y salgo enseguida –dije con mi voz temblorosa por los saltitos que iba dando
para mantener el equilibrio mientras me quitaba las botas.
-Me voy lavando mientras terminas –esta vez era la voz de Silvia, nuestra instrumentista- y así voy
preparando la mesa. ¿Vas a necesitar la caja del instrumental fino?
-Mnnnh… sí. Tenla preparada por si te la pido.
Solo faltaba ajustarme el pantalón del pijama y ponerme el gorro. No había forma de mantener mis
greñas quietecitas dentro, pero al final lo conseguí. ¡Qué horror, qué ojeras! Decidí terminar de arreglarme
el gorro sin mirarme al espejo.
-Bueno, Julio –le dije a mi anestesista ya fuera del vestuario-, ¿vamos?
Julio era un verdadero cielo. ¿Dónde estaba este chico hace diez años? Nunca perdía los nervios en el
quirófano. Cuando las cosas se complicaban y los demás nos empezábamos a alterar y a perder el ritmo de
la operación, él siempre me decía con voz pausada –cuanto peor era la situación, más pausada era su voz-:“tranquila, la paciente está bien, haz lo que tengas que hacer”. Y sólo con oírle me iba calmando. Muchas
veces le pregunté cuál era su secreto y siempre me contestaba lo mismo, que no tenía ningún secreto. Lo
que sí tenía era método: hacer todo con orden y sosiego; y, a continuación, me preguntaba si no había leído
el Cármides de Platón. No se separaba ni un instante de las pacientes y no dejaba de darles conversación
hasta que se dormían plácidamente por el efecto de los fármacos. Y, cuando despertaban, lo primero que
oían era su pausada voz: “La operación ha ido muy bien. Has quedado estupenda, ¿sabes? Te va a encantar
verte…” Pero si la paciente solo estaba sedada, de vez en cuando, se acercaba a su oído a susurrarle con
una voz muy suave algo relajante para templar su ánimo. Le apasionaba su trabajo. Rodeado de fría
tecnología, le gustaba aportar ese toque cálido y humano igual que Néstor y Patroclo, descritos en
LaIliada por Homero. Estos míticos médicos-guerreros de la Grecia Clásica utilizaban el poder de la
“palabra placentera” para, en mitad de la Guerra de Troya, templar el ánimo de sus pacientes. Les aseguro
que escuchándole no me importaría dejarme operar sin anestesia. Y siempre tenía un comentario chistoso y
alegre para levantarnos el ánimo si era preciso; pero, cuando bajaba la guardia, le percibía una sombra de
tristeza en lo más profundo de sus pupilas. Yo creo -igual son suposiciones mías- que no llevaba muy bien
eso de ser “hijo de genio”. Su padre hubiera querido que se quedara trabajando a su lado porque con eso
no necesitaba más. Pienso yo que si te quedas a la sombra de tu famoso papá pensarán que no eres capaz
de volar tú solito, ni de hacer nada por ti mismo. Y si, para compensar, intentas mantenerte activo y
aportas iniciativas, siempre habrá algún desgraciado que diga que le quieres quitar el puesto a tu padre. La
opción opuesta es irte y dedicarte a otra cosa, en cuyo caso dirán que no has sido capaz de hacer lo mismo
que tu padre. Es que los hijos nunca hacen lo que sus padres tenían planeado para ellos. Que se lo digan al
papá de Luke Skywalker. ¡Con lo bien que hubieran estado juntos dominando la galaxia como padre e hijo!
¡Qué chico tan rebelde! Yo en su lugar no sé qué hubiera hecho. Por cierto, ¿no saben quién es su padre?
Seguro que han oído hablar de él porque es un famoso… ¡Huy! Perdón, que me suena el móvil.
-¿Hola?... Sí, dime, dime....y poner todos los medios de no alterarse por nada.
H i p ó c r a t e s2
Permanecía observando las pequeñas gotitas de agua condensadas en el exterior del vaso de cerveza.
Natalia y yo estábamos sentadas en la mesa del primer bar que encontramos al salir de la clínica después
de operar.
Esa mañana no se había presentado muy agobiante. Nuestro parte de quirófano constaba solo de una
intervención. Era una paciente joven, sana, sin antecedentes patológicos, sin alergias a nada. ¡Era perfecta!
Quería corregirse un pequeñísimo defecto de nacimiento en el lóbulo de su oreja derecha.
¿No les ha llamado la atención que siempre hago referencia a mis “pacientas”? Les explico: hasta
ahora en mi ejercicio privado únicamente he operado a mujeres. Supongo que a los hombres no les hará
gracia mostrar sus defectos a una mujer. ¡Cómo se nota que no tienen que ir por obligación al ginecólogo!
Les contaba que se nos había presentado una mañana de quirófano muy tranquila, demasiado tranquila.
Y es que no hace mucho que terminé mi residencia y los comienzos en estos tiempos no son fáciles. Somos
un equipo de jóvenes profesionales y eso a la gente no le infunde confianza. Intentamos suplir ese pequeño
inconveniente ofreciendo precios bajos y un trato excepcional. En nuestra ciudad tenemos que competir ya
no con expertos cirujanos y sus lujosas clínicas sino con verdaderas leyendas de la Cirugía Estética. Así,
nuestras primeras pacientes provenían de familiares, amigas de familiares, vecinas, amigas de vecinas,
conocidas, amigas de conocidas, amigas y amigas de nuestras amigas. En este caso se trataba de la hija de
una vecina de la amiga de la madre de Silvia, nuestra instrumentista. ¿Me siguen?
Todo iba según lo previsto. Silvia, en posición con el instrumental dispuesto sobre la mesa de Mayo.
Julio terminaba de ajustar la velocidad de las gotitas del gotero sentado junto a la paciente dándole
conversación para distraerla.
-¿Estas cómoda? –le preguntó Julio con su voz pausada- Bien, respira hondo, relájate y verás que todo
va a ir muy bien y muy rápido.
Tras mirar a la pantallita del aparato que medía la oxigenación de la sangre y la frecuencia cardiaca,
Julio nos miró a Natalia y a mí y, con un leve gesto, nos indicó que podíamos empezar a trabajar.
Comenzamos a “pañear”. El verbo pañear lo acuñó nuestra instrumentista. Hacía referencia al acto de
cubrir con paños estériles a la paciente dejando al descubierto el campo operatorio previamente pintado
con un antiséptico.
-No vas a notar nada –le dije a mi paciente inclinándome sobre su oreja derecha para ir infiltrando
muy despacio el anestésico local-. Si quieres que pare, me lo dices, ¿vale?
El bisturí fue dibujando sobre su piel una estela de un rojo intenso que desaparecía cuando mi
ayudante aspiraba la sangre. Casi había terminado el primer trazo de la incisión y me disponía a usar la
tijera para separar los tejidos. Entonces noté cómo Julio se levantaba bruscamente de su taburete. La
rítmica cadencia del pitido que marcaba la frecuencia de los latidos cardiacos se hizo cada vez más lenta,
hasta desaparecer. La paciente había entrado en una parada cardiorrespiratoria. Nos apartamos del campo
operatorio y dejamos que Julio realizara las maniobras para reanimarla. Estaba de pie con mis manos
juntas, en silencio. Parecía rezar. Fueron unos pocos segundos que a mí me parecieron una eternidad. Y
volvimos a oír el latido de su corazón. Y volví a sentir el latido del mío. Me sentí envejecer en una
milésima de segundo.
Busqué los ojos de mi anestesista y, cuando se cruzaron con los míos, ambos asentimos con un gesto de
alivio. Julio acababa de salvar dos vidas.
Y ahí estábamos mi amiga Natalia y yo, sin poder articular palabra, inmóviles, sentadas en el primer
bar que encontramos a la salida de la clínica, con la mirada perdida, con nuestras manos doloridas y el
corazón cansado.-Lo que hemos pasado no se paga con dinero –dijo mi ayudante y amiga en voz muy baja, como si a la
voz le costara salir del cuerpo.... muchos sufrimientos orgánicos, no tienen otra causa que las agresiones sentimentales de la vida,
ni otro remedio que la atención y el amor.
Gregorio Marañón y Posadillo3
La doctora Candela Ebert observaba los movimientos de la llama traviesa junto a su ordenador. Había
situado el escritorio junto a la ventana de su estudio porque le gustaba sentarse a leer o trabajar apurando
los últimos rayos de luz. Y, durante la noche, cada vez que conectaba el ordenador, también encendía una
vela para darle un toque bohemio.
Esa noche aprovechó para hacer las últimas correcciones de un artículo que llevaba semanas
escribiendo. Volvió su cabeza y alargó el brazo para coger su teléfono móvil.
-¿Sí? –el número de teléfono que aparecía en la pantalla no le era conocido.
-¿Doctora Ebert?
-Sí, soy yo.
-Doctora, soy Alicia. ¿Se acuerda de mí? Me operó usted hace un mes más o menos. ¿Sabe ya quién
soy?
-Sí, claro. Dime Alicia.
-Pues es que… De la operación quedé muy bien y estoy muy contenta. Lo que pasa es que esta mañana
me ha empezado una molestia muy rara y una opresión en el pecho y a veces me cuesta respirar.
La doctora Ebert había operado a Alicia exactamente hacía cinco semanas. Le había puesto unas
prótesis mamarias. No es que su caso fuera un caso extremo, pero es que a su novio le gustaban las chicas
bien provistas. ¿Se imaginan lo que es capaz de hacer la gente por amor? La joven paciente decidió pasar
por el quirófano y someterse a una intervención quirúrgica solo para gustarle más a su novio.
-A ver, Alicia, ¿te has fijado si tienes el pecho hinchado o rojo?
-Pues no. Por fuera está todo normal.
-Y si te aprietas, ¿duele?
-No.
La escueta respuesta de Alicia fue seguida por un llanto descontrolado.
-Perdóneme, doctora, pero es que estoy muy mal.
-Venga, Alicia, tranquila. Si quieres desahogarte, llora. Pero no te preocupes, que todo va a ir bien.
Venga, respira hondo y cuéntame despacio qué te pasa.
En ese preciso instante sonó el timbre de la entrada. Al otro lado de la puerta estaba Julio. La doctora
Ebert, sin soltar su móvil, le abrió y, con unos inconfundibles gestos, le invitó a que pasara, se sentara y
esperara a que terminara de atender la urgencia.
-Es que Bruno me ha dejado, ¿sabe? Mi novio me ha dejado. Ayer salimos por la noche a cenar y nos
enfadamos y discutimos. Y me dijo que estaba harto de mí; que ya no aguantaba más y que lo mejor era
dejarlo.
-Espera Alicia. Espera –interrumpió la doctora-. Pero, ¿qué me estás contando? ¿Qué tiene todo esto
que ver con tu operación?
-Estoy muy mal y me quiero morir. Yo que me operé por él. Y ahora me he quedado sin mis ahorros y
sin novio. Y me encuentro muy mal. Creo que voy a vomitar.
Julio miraba a Candela y esta, mirando a Julio, apretó sus labios y elevó su ceja izquierda.
-Bueno Alicia. Respira profundamente, ¡fuerte! Que yo te oiga. ¿Estás de pie o sentada?
-De pie.-Pues haz el favor de sentarte o tumbarte y ponerte cómoda. Escúchame. Creo que estás muy nerviosa
porque lo de Bruno… ¿se llama Bruno?
-¿Ese desgraciado machista? Sí, se llama Bruno.
-Bueno, pues tu enfado con Bruno creo que te lo estas tomando muy a pecho –la doctora bajó los
párpados y sacudió la cabeza al darse cuenta de lo desafortunado de su expresión-. Quiero decir que te
está afectando mucho y estás muy alterada. Fuiste tú quien tomó la decisión de operarse. No lo metas a él
en este asunto. Decidiste operarte para verte mejor y que te sentara mejor la ropa, como me dijiste. ¿Te
acuerdas? En la consulta no mencionaste a ningún Bruno. Toda la conversación giró alrededor de tus
blusitas, tus camisetitas y tus vestiditos de tirantes y de que tus amigas se iban a morir de envidia, ¿no?
Alicia no contestó. La doctora solo oyó unos suspiros entrecortados.
-Tienes que entender –prosiguió sin esperar la respuesta- que no debes mezclar las cosas. Ahora estás
enfadada y te sientes despechada –cerró con fuerza su mano y golpeó uno de los cojines del sofá donde
estaba sentada porque pensó que otra vez había metido la pata-. Quédate tranquila porque todo se va a
arreglar. Esto que te está pasando, y que ahora crees que es el fin del mundo, lo recordarás dentro de un
tiempo y pensarás: ¿por esa tontería me puse yo así? Dale un poco de tiempo a Bruno y, antes de que te lo
esperes lo volverás a tener a tu lado. Hazme caso y no hagas ninguna tontería. Cálmate. Deja reposar todo
este lío y mañana verás las cosas de otra forma. Esta noche duerme, descansa y recupérate. No pienses
más en ello. Dándole vueltas en tu cabeza, lo único que conseguirás es agotarte. Créeme, duerme todo lo
que puedas. Mañana te arreglas, te pones bien guapa y te vas de compras con tus amigas. ¿Lo harás?
No hubo respuesta, pero la doctora pudo oír a través del teléfono que la respiración de su paciente se
iba normalizando y ya no oía sus sollozos.
-¿Lo harás? –repitió elevando su voz.
-Sí, doctora. Si usted lo dice. Ya me voy encontrando mejor. Hablar con usted me está tranquilizando.
Pensará que soy una histérica. Perdóneme por molestarle a estas horas, pero es que no sabía qué hacer y
me encontraba muy mal de verdad. Ahora estoy mucho mejor. Gracias y perdóneme, doctora. No quiero
molestarle más.
-Cuídate mucho, Alicia. Y no me molestas. Me gusta poder ayudar a mis pacientes. Es mi trabajo. Si
me necesitas, me llamas. ¿De acuerdo?
-De acuerdo. Gracias otra vez, doctora. Es usted muy amable.
Candela se dejó hundir un poco más en el sofá. Cerró los ojos, respiró hondo y fue tirando el aire
lentamente por la nariz. Giró su cabeza hacia donde se encontraba Julio que la miraba sin pestañear.
-No conocía tu faceta de consejera sentimental. ¿Sabes que no se te da nada mal? –dijo Julio al tiempo
que esbozaba una leve sonrisa.
-¡Quieres no burlarte de mí!
-No, en serio, no me estoy burlando. Te lo digo de verdad.
-Bueno y ¿cómo es que has venido?
-Mmmmmh… pues la verdad es que –comenzó a decir Julio apoyando su cabeza sobre el respaldo- no
me encuentro muy bien, doctora. Noto que se me ha desbocado mi corazón. Realmente me siento
destrozado, doctora, y… ¿sabe por qué? Mi novia, doctora, mi novia me acaba de dejar plantado yéndose
con mi mejor amigo. Mire, doctora, ponga su mano en mi pecho y notará los latidos de mi roto corazón.
-¡Majadero! Si tú no tienes novia.-No, en serio. Esta tarde he tenido un pequeño follón con mi… El caso es que me encontraba
desanimado y triste y he salido a dar una vuelta. Al pasar por aquí he visto la luz encendida y he sentido el
impulso de llamar a la puerta. Pero ahora, oyéndote, ya estoy bien. En serio. Los consejos que le has dado
a tu paciente, por cierto muy buenos, me han animado. ¿Sabes? Eres genial.
-¡Pooobreeecitooo mío! ¡Qué mal lo trata la vida!
-¡Que es verdad! Créeme. Me ha encantado oírte y te prometo que he llegado tenso y me encontraba
francamente mal, pero ahora ya estoy mucho… Me hubiera quedado escuchándote toda la noche –dijo
Julio cambiando su tono de voz por otro más suave y pausado.
Ahora era la doctora la que se quedó sin saber qué decir mientras le miraba fijamente a los ojos.
-Sigue… ¿y qué más?
-Pues que nunca me había fijado en el brillo tan gracioso que tienen tus ojos. Será que la luz de los
focos del quirófano lo apaga todo. Y que me encanta tu sonrisa. Me encanta verte sonreír. ¿Sabes que
tienes una sonrisa preciosa?
-Y, dime… ¿qué más te gusta de mí?
-¿Tienes hambre? Te invito a cenar.Bajo la acción de la palabra “encantadora”, el alma del oyente y consecutivamente su cuerpo, se
serenan, esclarecen y ordenan.
P l a t ó n4
La doctora Ebert se lavaba a conciencia mientras pasaba una y otra vez el cepillo empapado de jabón
antiséptico. Repetía mentalmente los pasos importantes de la intervención quirúrgica que iba a realizar.
Cuando comenzaba a enjuagar el jabón que cubría sus manos y antebrazos, se le acercó Julio. Venía del
quirófano.
-Tienes a la paciente preparada. Es una buena paciente. Está tranquila y se ha puesto a hablar con
todos nosotros. Con alguien así vas a trabajar muy a gusto.
En efecto, esa mañana la paciente mostraba un gran control sobre sí misma y estaba relajada; por lo
que Julio le sugirió a la doctora Ebert sustituir, en esa ocasión, los fármacos para sedarla por un poco de
diálogo y alguna frase que la mantuviera tranquila durante la intervención.
Al principio, la doctora se mostró un tanto reticente; pero Julio terminó por convencerla.
-No te preocupes. Lo vas a hacer muy bien. Y, si cambias de opinión, me lo dices y yo me ocupo de
sedarla.
La operación transcurría sin problemas. Julio, de pie, casi pegado a la espalda de Candela, le iba
susurrando al oído las placenteras palabras que quería transmitirle a la paciente para afianzar su
confianza, sosegar su ánimo y relajar su cuerpo. En esta ocasión, el anestesista, en lugar de ir dosificando
los fármacos para mantenerla adormecida, fue dosificando las palabras, fue dosificando las ideas.
La intervención estaba llegando a su fin. Las doctoras habían terminado la última sutura y se disponían
a lavar el campo operatorio y aplicar los apósitos, cuando les sorprendió las palabras de la paciente:
-Doctora, gracias por tratarme con tanto cariño.
La doctora Ebert no había terminado de quitarse el pijama de áspera tela verde cuando oyó, desde el
otro lado de la puerta, la voz de su anestesista.
-¡Eres muy buena! ¡Eres la mejor! ¡Qué tranquilidad y qué relajación! Has dejado a la paciente hecha
un flan mientras la operabas.
-¡Para ya! ¡Si yo no he hecho nada! Me he limitado a repetir como un papagayo lo que tú me dictabas
al oído –dijo con voz enérgica pero contenida la doctora tras abrir violentamente la puerta del vestuario.
Julio se quedó sentado, inmóvil. Y Candela, de pie, frente a él, sólo con la parte de arriba del pijama
arrugada entre sus manos.
-¿Quieres mirarme a los ojos, doctor?
Natalia y Silvia volvían del quirófano mientras charlaban animadas.
-¡Huy, perdón! –exclamó Silvia-. No queríamos interrumpir.
La doctora Ebert dio un brusco giro y tiró con fuerza el pijama al suelo antes de volver a entrar al
vestuario.
A la salida le esperaba Julio, desconcertado por el enfado de su colega.
-¿Pero qué he dicho yo para que se ponga así esta mujer? –se repetía una y otra vez sin encontrar una
respuesta lógica a su pregunta.Al verla salir, Julio se acercó a ella con decisión.
-Perdóname –empezó a decirle-. No he querido molestarte. No sé por qué te has puesto así conmigo.
Si he hecho o dicho algo que te haya molestado, perdona mi torpeza.
-Venga, te invito a tomar algo –le tranquilizó ella mientras lo cogía de su brazo y lo empujaba hacia la
salida.
Iban caminando ya fuera de la clínica cuando Julio quiso retomar la conversación; pero Candela, con
un dedo sobre sus labios, le hizo callar.
-Espera -dijo ella acelerando el paso.
La doctora Ebert estaba cómoda, sentada frente a Julio con dos humeantes tazas de té. Él permanecía
en silencio. Sólo la miraba y esperaba a que ella dijera algo.
-Parece mentira que a tu edad no conozcas todavía a las mujeres. Las mujeres somos complicadas y
tenemos fases…
-¿Fases? –preguntó extrañado.
-Sí, fases. Y hay que saber interpretar lo que hay detrás de nuestras palabras. Ya sé que no es fácil…
Perdóname tú a mí por mi reacción de jovencita adolescente. No estoy enfadada contigo. O sí. Bueno, no
lo sé.
Julio no dejaba de mirar a Candela mientras sostenía la taza de té a medio camino entre la mesa y sus
labios.
-En realidad –prosiguió ella-, no me ha molestado que me dictaras, como si fuera tonta, lo que debía
decir durante la operación. Es que tus palabras susurradas a mi oído, con tu voz pausada y… bueno, con
esa voz que pones cuando les hablas a las pacientes…
-Tranquila, ya lo voy entendiendo. No volverá a suceder –interrumpió él al ver que ella tenía
dificultad para terminar la frase.
-No, no es eso. Puedes volver a hacerlo. Quiero que vuelvas a hacerlo. Lo que pasa es que tú, tan
cerca de mí, susurrándome al oído… Me ha costado mucho esfuerzo concentrarme en la operación,
¿entiendes? Y no quiero que… Bueno, ya sabes a qué me refiero.
-Pues no. No sé a qué te refieres. Me vas a perdonar, pero o hablas más claro o me temo que no voy a
saber a qué te refieres.
Una malévola sonrisa se dibujó en el semblante de Julio al tiempo que acomodaba su espalda en el
respaldo del asiento.
-¡Eres muy malo! ¿No te lo han dicho nunca? Sabes perfectamente a qué me estoy refiriendo. Y más,
después de nuestra cena de la otra noche. No me hace ninguna gracia empezar a ser el centro de las
miradas, las risitas, los comentarios y los chismes del resto del equipo. Piensa un poco. Si por una de
aquellas, dentro de algún tiempo, rompemos, ¿te imaginas lo duro que será para los dos, tener que seguir
viéndonos los miércoles en quirófano? ¿No has pensado de qué forma puede influir en nuestro trabajo?
-Deja de pensar con la cabeza y escucha a tu corazón –respondió él.
Julio permaneció observando el más mínimo gesto de Candela ante el torpedo que le acababa de
lanzar directo a su línea de flotación.
-¡Qué fácil se puede ver todo! ¿No?-¡Tranquila! No te pongas tensa. No conviertas algo bonito en una tragedia que te atormente. Si confías
en mí, desenrédate y déjate llevar. Oye, ¿te gusta bailar? Podíamos apuntarnos a una academia de baile…
o, mejor aún, mañana por la tarde te vas a venir conmigo a una conferencia sobre la Medicina en la Grecia
Clásica. Verás cómo te despejas. Te gustará.
La tarde de ese jueves asistieron juntos a la conferencia. Aunque estaba allí, sentada junto a Julio, sus
sentidos dejaron de percibir los estímulos del exterior. Era incapaz de prestar atención a la exposición del
conferenciante sobre el uso y el conocimiento que se tenía en la Grecia Clásica del efecto balsámico que
la palabra placentera ejercía sobre sus pacientes. Solo los aplausos del final la hicieron volver.
-¿Qué te ha parecido? ¿Te das cuenta que es lo mismo que hiciste ayer con tu paciente mientras la
operabas? ¡Y ya lo hacían hace siglos!
Aguardaban sentados en sus butacas a que el pasillo central se fuera despejando, cuando una voz
femenina les hizo voltear sus cabezas.
-¡Qué sorpresa! ¡Si son los estéticos! No me imaginaba encontraros aquí precisamente –era la doctora
Hado, una de las psiquiatras que tenía su consulta en la misma clínica que Candela.Y ese corazón, se desnuda de impaciencia ante tu voz. Pobre corazón que no atrapa su cordura.
Juan Luis Guerra5
Yolanda Hado. ¿Qué les podría contar de la célebre doctora Hado? Se consideraba la heredera del
buen hacer y del buen saber de tres generaciones de eminentes psiquiatras. Un brillante currículum el suyo
con numerosos trabajos publicados en prestigiosísimas revistas científicas. Autora y coautora de más de
una docena de libros sobre psiquiatría, psicología y autoayuda. No había medio de comunicación que no le
hubiera dedicado algún reportaje o entrevista.
Candela y Yolanda tenían sus respectivas consultas en la misma clínica privada. El despacho de la
doctora Hado era la envidia de la clínica. Al acercarte a él, se podía percibir el elegante aroma del
perfume de la impecable recepcionista que custodiaba la entrada sentada desde su mesa de despacho. Su
brillante melena caía sobre su recta espalda, y sus manos siempre sobre el teclado del ordenador.
Hacía poco que habían renovado los asientos de su sala de espera. Eran los más mullidos, suaves y
cómodos que paciente alguno haya podido disfrutar nunca.
Desde el diván de su espaciosa consulta se podía ver el millón de títulos, diplomas y todo tipo de
placas, pergaminos y distinciones honoríficas con sus correspondientes marcos.
Aquella mañana coincidieron en el aparcamiento de la clínica las dos doctoras: Candela desmontaba
de su Harley-Davidson y, Yolanda salía de su deportivo gris metalizado.
La doctora Hado estaba espectacular con un modelazo de Valentino. Le gustaba emular a Barbra
Streisand como la doctora Livingstone de El príncipe de las mareas (nada que ver, decía, con el
personaje desgarbado de Tal como éramos), con tacones de vértigo y traje de chaqueta entallado como
una segunda piel para marcar figura. Le divertía provocar con moderación estudiada. Morenaza, también
de tradición, recogía su larga melena en la consulta y la soltaba cuando la ocasión lo merecía. Sabía lucir
sus encantos sin pasarse pero con la suficiente astucia como para dejar entrever lo que se escondía bajo su
selecta ropa de marca. Eso sí, conocía el alma humana y su cotización alcanzaba límites insospechados.
La doctora Hado se dirigía hacia su consulta y la doctora Ebert iba contra reloj, como casi siempre,
para no llegar tarde al quirófano.
La intervención quirúrgica de la jornada no era demasiado compleja, y eso se notaba en el semblante y
en el tono de voz de Candela. Hacía un rato que había comenzado y el ambiente en la sala de operaciones
desbordaba optimismo. Candela, concentrada en su trabajo. Julio, pendiente de las constantes vitales de la
paciente bajo los efectos del anestésico local que la doctora Ebert había infiltrado en la piel de la zona
operatoria. Natalia, atenta a la herida para mantenerla seca y con sus bordes suavemente separados por el
instrumental. La paciente, la verdad, ansiosa por que se terminara todo y poder volver a casa. Y Silvia
pendiente del orden en la mesa de Mayo; limpiando pinzas, tijeras y separadores; repartiendo el
instrumental según se lo iban pidiendo y cogiéndolo al vuelo cuando se lo devolvían.
-¿Estás cómoda así? – le preguntó Julio.
-Sí, gracias. ¡Hombre!, estaría mejor así, tumbada, pero en la playa. Pero qué le vamos a hacer. ¿No
quedará mucho, verdad?
-Un poco; pero, si nos cuentas algo, verás que el tiempo se te pasa volando. ¿A qué te dedicas? Venga,
anímate a contarnos algo. Dinos en qué trabajas.
-Bueno –comenzó dubitativa la paciente-, doy clase; pero también canto.
-¿Cantas? ¡Es estupendo!
-Sí, a mí me gusta mucho. Me siento muy bien cuando canto.-¿Y qué cantas? –se apuntó Silvia a la tertulia estirando su cuello para que la paciente pudiera verla.
-Voy con un grupo de músicos. Vamos a fiestas, a bodas… Y en el escenario también bailo un poco.
Nos lo pasamos muy bien, ¿sabes?
-¿Por qué no nos cantas algo? –le animó Silvia paralizada por la seria mirada de la doctora Ebert.
-¡Sí! ¡Cántanos algo! –insistió Julio.
-¡Eso! –dijo Silvia mirando a Candela mientras su mano izquierda abierta señalaba al anestesista.
-Y ¿qué queréis que os cante? Ahora no se me ocurre nada. Decidme alguna canción y os la canto.
Créanme. La intervención quirúrgica prosiguió con la interpretación de un variado repertorio por parte
de la paciente, animada y elogiada por el equipo de la doctora Ebert.
-¿Te sabes esa que dice “quisiera ser un pez para tocar con mi nariz tu pecera”? –preguntó con una
espontaneidad desbordante la instrumentista-. ¿Sabes cuál te digo? ¡Qué rabia que no me sale el título!
Pero es muy romántica y siempre que la oigo me recuerda…
-Sí, sí, sí, sí, ya sé cual dices. Empieza así:
Tengo un corazón
mutilado de esperanza y de razón.
Tengo un corazón
que madruga a donde quiera.
-¡Sí, es esa! ¡Qué bonita! –le interrumpió Silvia a mitad de canción.
Y ese corazón
se desnuda de impaciencia ante tu voz.
Pobre corazón
que no atrapa su cordura.
Prosiguió cantando la paciente para deleite de todos.
Quisiera ser un pez
para tocar mi nariz en tu pecera
y hacer burbujas de amor por donde quiera.
¡Oh! pasar la noche en vela, mojado en ti.
Esta vez Julio acompañó con su voz y cantaron juntos el estribillo ante la sorprendida doctora Ebert.
Un pez
para bordar de corales tu cintura
y hacer siluetas de amor bajo la luna.
¡Oh! pasar la noche en vela, mojado en ti.
Ahora eran las voces de Natalia y Silvia las que se unieron al dúo formado por el anestesista y su
paciente. ¡Espectacular!
Canta corazón…
Prosiguió la paciente.
…con un ancla imprescindible de ilusión.
Sueña corazónno te nubles de amargura.
Y este corazón
se desnuda de impaciencia ante tu voz.
Pobre corazón
que no atrapa su cordura.
Candela, al terminar una de las suturas, miró un instante a Julio que seguía con un discreto pero
entonado tarareo. El resto del equipo tomó aire preparándose para repetir el estribillo.
Quisiera ser un pez…
En esta ocasión los ojos de Julio buscaron los de Candela.
…para tocar mi nariz en tu pecera
y hacer burbujas de amor por donde quiera.
¡Oh! pasar la noche en vela, mojado en ti.
Un pez
para bordar de corales tu cintura
y hacer siluetas de amor bajo la luna.
¡Oh! saciar esta locura, mojado en ti.
Acompañada por la dulce voz de su paciente, la doctora Ebert se dispuso a infiltrar una nueva dosis de
anestesia en la zona donde debía hacer otra incisión. Como era habitual en ella, antes de administrar una
nueva dosis del anestésico local, miraba a su anestesista, le mostraba la jeringa cargada con el fármaco y
esperaba el beneplácito de su compañero. Pero, en esta ocasión, Julio, cargado de entusiasmo, le hizo un
gesto con su mano indicándole que parara, que soltara la jeringuilla y que cogiera el bisturí para hacer el
siguiente corte. Tuvo que repetir sus gestos varias veces ante la incredulidad de la doctora.
Una noche para hundirnos hasta el fin cara a cara,
beso a beso y vivir por siempre mojado en ti.
Continuó cantando la paciente mientras el bisturí cortaba de nuevo su piel. Ni el más leve gesto de
dolor, ni el más mínimo movimiento de rechazo, ni un quiebro en su voz. Y de nuevo, Natalia y Silvia,
preparadas para el estribillo, intentaban disimular su asombro.
Quisiera ser un pez…
Julio acercó su cara a la de la paciente mientras cantaba entusiasmado. Natalia y Silvia cantaban aún
más fuerte sin dejar de observar atónitas lo que sucedía.
…para tocar mi nariz en tu pecera
y hacer burbujas de amor por donde quiera.
¡Oh! pasar la noche en vela, mojada en ti.
Un pez
para bordar de corales tu cintura
y hacer siluetas de amor bajo la luna.
¡Oh! saciar esta locura, mojado en ti.
Un pez
para bordar de cayenas tu cintura
y hacer siluetas de amor bajo la luna.
¡Oh! vaciar esta locura, mojado en ti.
Hacía ya un buen rato que la operación había finalizado. En el quirófano solo quedaba una auxiliarrodeada de los montoncitos de paños y batas desechables esparcidos por el suelo.
Candela y Julio eran los únicos que no se habían marchado. El resto del equipo ya se había cambiado
y estaban fuera de la clínica.
-¡Ha sido catártico! Qué digo catártico, ¡ha sido mágico! ¡Has estado grande, doctora! ¿Te das cuenta
que has vencido al bisturí?
Candela, sin saber qué decir, apoyó sus manos sobre el cuerpo de Julio como si necesitara refugiarse
en algún lugar. Toda ella estaba tensa, casi temblando y sin poder contener las lágrimas.
-¡Estás loco! Ya está, no puedo más. Ya lo has conseguido, ¿no? Y ahora, ¿qué se supone que debo
hacer?
-¡Eh!, tranquila doctora, tranquila –le consolaba Julio apretándola entre sus brazos-. ¿Sabes lo que
podrías hacer?
Candela se separó ligeramente de Julio para poder mirarle a los ojos y recibir sus palabras.
-Estaría bien –prosiguió Julio tras una breve pausa- que hicieras burbujas de amor bajo la luna y
pasaras la noche en vela, pensando en mí…El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta.
Charles Dickens6
-Acaba de llegar la última visita. Es una revisión –dijo Natalia con una tarjeta entre sus manos.
Candela y Natalia se disponían a recibir a la última paciente de la mañana. Candela había estado
pasando consulta con una extraña inquietud, con todos sus sentidos especialmente receptivos.
Cuando la revisión de su paciente llegaba a su fin…
-Doctora, ¿le puedo comentar una cosa?
-Adelante –le animó la doctora Ebert mientras escribía las últimas notas en la historia clínica.
-Pues, es que, no sé cómo explicárselo, doctora. Estoy muy contenta de la operación. Ya lo ha visto
usted. Todas mis amigas también me lo dicen al verme. Y ya hay tres que quieren venir. Pero cuando me
miro al espejo…
En ese instante, la doctora Ebert dejó de escribir. Puso su pluma atravesada sobre el papel y miró a su
paciente dispuesta a escuchar con suma atención lo que le iba a decir.
-Continúa, por favor.
-Pues verá, doctora, yo soy una persona que tiene muchas amigas y amigos. Pero hay uno de ellos muy
especial. Es mi incondicional. Es al único al que le cuento todo. Y él me escucha, me da buenos consejos
y me comprende. Es mi mejor amigo. Antes de que decidiera operarme, él fue el único que me habló en
serio de todo esto. Me dijo que, por muy bien que quedara de la operación, seguiría sin gustarme. Me dijo
que querría volverme a operar una y otra vez hasta quedarme sin dinero o hasta que alguien me hiciera ver
que así nunca encontraría lo que andaba buscando. Y ¿sabe, doctora?, es verdad. Él tenía razón porque hoy
yo venía a pedirle que me retocara un poco de… y al oírla a usted cómo me decía lo bien que había
quedado después de operarme, me he acordado de mi amigo y no me he atrevido a decirle lo de mi
retoque. ¿Usted qué opina, doctora?
Candela tardó algo en contestar. A su mente llegaron varias posibles respuestas, pero se decidió por
plantearle la siguiente cuestión:
-Ese chico te quiere, ¿verdad? Pero tú te resistes porque te da miedo. Te lo ha demostrado de un
millón de formas diferentes; pero tú te sigues resistiendo por culpa de tu inseguridad. Te lo ha escrito en
un millón de mensajes a tu teléfono móvil; pero tú te sigues resistiendo por culpa de tus temores. Yo, por
mucho que te opere y retoque lo ya operado, no podré ayudarte. Lo que sí puedo hacer, y creo que es lo
único que te puede ayudar, es darte un consejo. ¡Deja de pensar con la cabeza y empieza a escuchar de una
puñetera vez a tu corazón!
La vehemencia de la doctora dejó paralizada a la paciente sentada al otro lado de la mesa de su
despacho.
-¿Me disculpas un momento? – le preguntó Candela con amabilidad antes de ausentarse.
La doctora Ebert cerró tras de sí la puerta de su consulta y comenzó a apretar compulsivamente las
teclas del teléfono móvil.
-¿Sí?
-Hola Julio, soy Candela. Quiero aprender a bailar contigo.
La paciente permanecía sentada, pero comenzaba ya a inquietarse por la repentina salida de sudoctora. El sonido de la puerta hizo que girara su cabeza.
-Perdón. Ya está –se disculpó Candela retirando unas greñas de su cara.
Eran las siete de esa misma tarde. Julio esperaba que Candela saliera de su consulta para, como
habían quedado, apuntarse a una academia de baile.
-Hola Julio.
-¡Yolanda, qué sorpresa!
-¿Qué haces tú aquí a estas horas?
-Bueno, espero a que Candela termine su consulta.
-Ah, bueno, una cita, ¿eh?
-Vamos a bailar –dijo Candela acercándose con paso presuroso mientras cogía a Julio por el brazo.
-Oh, baile. Ya entiendo ¡Qué gran idea! A mí me encanta bailar. Me encanta la salsa. Me encanta el
merengue. Me encanta el cha cha chá y la bachata. Incluso me he atrevido con el jive.
Candela y Julio miraban en silencio a la doctora Hado.
-Oh, bueno. Os tengo que dejar, que yo aún tengo pacientes que atender –concluyó Yolanda dando unos
pasitos hacia atrás acompañados de un leve gesto de despedida.
Candela y Julio esperaron a que la doctora Hado volviera a entrar en la clínica.
-Hola, doctora. ¿Cómo te ha ido el día? Me muero por saber qué ha sucedido para que te decidieras a
quedar conmigo.
-¿Vamos en mi moto? –preguntó Candela ofreciéndole un casco.
-No. Mejor vamos dando un paseo. Hace una tarde preciosa y la academia de baile está muy cerca.
El paseo no se distinguió por una fluida charla entre ellos. Más bien estuvo plagado de tensos e
incómodos silencios.
-Adelante –dijo Julio al tiempo que abría la puerta de la academia a Candela.
Al entrar, lo primero que se encontró la doctora Ebert fue una mesita, a modo de recepción, donde
estaban sentadas dos graciosas ancianas haciendo ganchillo y conversando animadas.
La presencia de la pareja hizo que las dos señoras detuvieran el ganchillo y el parlamento para
dedicarles una amable sonrisa.
Los sentidos de Candela recorrieron con rapidez cada rincón, cada lámpara, cada mueble, cada una de
las numerosas fotografías de bailarines con elegantes poses.
-Buenas tardes –comenzó Julio-. Queríamos informarnos sobre las clases de baile: días, horarios…
-Oh sí, con mucho gusto –dijo una de las “jóvenes recepcionistas”.
Candela fijó su atención en la rítmica música que provenía de la sala situada al final del pasillo. Se
separó muy despacio de Julio para poder asomarse a la amplia estancia donde varias parejas seguían con
atención las indicaciones y los suaves movimientos de la que debía ser su profesora. Se trataba de una
mujer de avanzada edad, a juzgar por el níveo tono de su cabello. Sus manos no dejaban de moverse comosi acariciaran la suave piel de un bebé. Su espalda, recta. Y una expresión de gran serenidad se adornaba
por unos preciosos ojos verdes.
La mirada de Candela quedó atrapada por la esbelta figura de la profesora, quien, al percatarse de la
presencia curiosa de la joven, le dedicó una dulce sonrisa.
-Es madame Farabef. Aunque su verdadero nombre es Amparo. Todo el mundo le llama madame
Farabef –le susurró Julio.
-Me has asustado. No sabía que estabas detrás de mí.
-Perdona. No era mi intención. ¿Qué te parece? –preguntó Julio dirigiéndose a madame Farabef- Va a
ser nuestra profesora. Estamos apuntados en el grupo de los viernes a las nueve de la noche. Es una buena
manera de comenzar el fin de semana, ¿no? ¿Estás preparada? Porque empezamos mañana.El bienestar, el sosiego y el placer causado por la contemplación de una obra de arte son placeres
no nocivos, placeres inocentes.
A r i s t ó t e l e s7
-Vamos a empezar con un cha-cha-chá. Fijaos bien en mis pies. Un, dos, tres, cha-cha-chá. Estos son
los pasos básicos. Ahora poneos cada uno enfrente de su pareja. Poned bien las manos: ellas la mano en la
cintura de ellos y ellos su mano a la altura del omóplato de ellas –fueron las primeras palabras que
escuché de madame Farabef.
Cuando Amparo, madame Farabef, era casi una niña de diez y pocos años cuidó y curó con esmero y
dedicación las heridas de un joven soldado que huía de los nazis en la Francia ocupada por las tropas
alemanas durante la Segunda Gran Guerra. Juntos tuvieron que recorrer kilómetros y kilómetros de
hambre, dolor, frío, desesperación… hasta cruzar el frente y poder refugiarse en la zona recién liberada
por las tropas del mariscal Bernard Law Montgomery.
El soldado se llamaba Ricard Pernod, un cirujano al que la guerra truncó su prometedora carrera
profesional. El joven oficial se incorporó a uno de los hospitales de campaña que se instalaron cerca de
Cherbourg, en Normandía. Y, con él, su pequeña compañera, a la que fue instruyendo como ayudante
quirúrgico. Con el tiempo acabó llamándola cariñosamente Mademoiselle Farabeuf ya que, durante las
operaciones, pasaba la mayor parte del tiempo con unos separadores de Farabeuf en sus manos para tirar
de los bordes de las heridas quirúrgicas.
Gracias a la improvisada pero digna ceremonia que ofició el cura castrense del hospital, Amparo pasó
de ser llamada mademoiselle Farabeuf a llamarse madame Farabeuf de Pernod.
Los que siguieron fueron años muy intensos. El amor se vivía con gran intensidad; el dolor se sentía
con gran intensidad; el cansancio y la frustración se les apoderaba con gran intensidad; la alegría se
compartía con gran intensidad; el miedo se transmitía con gran intensidad; pero la esperanza y la fe
también estaban arraigadas en su ánimo con gran intensidad.
Amparo no tuvo adolescencia. Se convirtió con una velocidad de vértigo en una mujer que ayudaba
con sus caricias y sus palabras a morir a hombres demasiado jóvenes; consolaba a soldados mutilados por
la sinrazón de las armas; aliviaba con su voz el dolor de las profundas heridas que ni la morfina era capaz
de calmar.
Días de quirófano. Noches de quirófano hasta quedar sus batas empapadas de la sangre de sus
pacientes; hasta quedar su sudor mezclado con la sangre de sus pacientes; hasta donar su propia sangre
para salvar la vida de sus pacientes. Amparo, en alguna ocasión, se llegó a quedar dormida de pie,
agotada, con sus manos cogidas a los separadores de Farabeuf tirando de la herida. Ya no sentía sus dedos
entumecidos; ya no sentía sus brazos doloridos. Solo soñaba.
Siempre que el frenético ritmo del hospital lo permitía, se podía ver al doctor Pernod y a su esposa
bailando al atardecer. Buscaban su momento de sosiego en medio de tanta locura. Eran capaces de pasar
horas y horas bailando… bailando… bailando…
-Querida –me dijo madame Farabef acercándose a mí-, relájate. Estás tensa. ¿Quieres ver en el espejo
la cara de pánico que tienes? A ver, respira hondo y tira lentamente el aire. Deja caer tus hombros, déjalos
sueltos, flojos. ¡Eso es!, relaja tus brazos y ve soltándolos. Imagínatelos ligeros, como si flotaran solos.
Muy bien, arriba, un poco más arriba y ve dejando caer tu mano suavemente sobre su cintura. La vista al
frente. Endereza tu espalda… Mucho mejor, querida. Ahora recréate en la música. Libera tu mente de toda
preocupación y déjate llevar por tu pareja. No te resistas, con suavidad, saboreando cada movimiento.
Nuestra primera clase transcurrió entre risas y pisotones, risas y codazos, y más risas cuando nos
equivocábamos de lado y cada uno daba un paso en la dirección equivocada. Y sonreíamos. Y había
complicidad en nuestras miradas y en nuestras sonrisas.
-Quiero más. Quiero seguir bailando –le susurré a Julio con un grito ahogado, cargado de entusiasmo.-Dosifícate, doctora. Ahora estás bajo los efectos de tus endorfinas y quieres más; pero no debes
pegarte un atracón el primer día. Aprende a esperar hasta la siguiente clase.
Durante el paseo de vuelta, se acabaron los tensos e incómodos silencios. Yo no hacía más que hablar
de lo bien que me lo había pasado y de lo bien que me sentía.
-Y todavía es viernes –dijo Julio-. Y aún tenemos todo el fin de semana por delante. Hacía mucho
tiempo que no tenía esta sensación… Desde la Facultad… Cuando salía… Pasaba la semana deseando que
llegara el viernes para estar con ella. Se llamaba Luccia. Tenía una sonrisa contagiosa y un pelo precioso;
una lacia, brillante, suave y rubia melena. Me gustaba cuando su pelo le caía por…
-¡Qué falta de consideración! –interrumpí-. No sigas. No quiero saber por dónde le caía su larguísima
cabellera. ¿Quieres que me ponga celosa y lo estropeemos todo? Tú no me has visto a mí en pleno ataque
de celos. Puedo ser terrible y no respondo de mis actos.
-¡Si es la doctora de Juana! –exclamó una voz procedente de un grupo de jóvenes a un lado de la
acera-. ¡Hola doctora! ¿Se acuerda de mí? Soy Esmeralda, la amiga de Juana, una paciente suya. Está
contentísima. Está fantástica después de ir a su consulta. ¿Se acuerda? Yo la acompañé. ¡Qué crack es
usted, doctora!
Permanecimos en silencio sin salir de nuestro asombro ante semejante alarde de efusiva espontaneidad
por parte de la jovencita.
-Con lo decidida que estaba mi amiga a operarse y va usted y la convence de que no lo haga –continuó
su monólogo mirando a Julio-. No se imagina el tiempo que estuvo con mi amiga para convencerla de que
no se operara. Eso sí, ha seguido al pie de la letra todos sus consejos y está fenomenal, feliz, cañera de la
muerte; y hasta se ha echado novio. Se puso a hablar con un chico que estaba sentado en la salita de espera
de la clínica y ¡hala! Que si yo te llamo; que si te llamo yo a ti; que si un mensajito al móvil por aquí; que
si un mensajito al móvil por allá... y ya los ve, enrollados a tope. Bueno y yo no crea que no he echado en
saco roto lo que le dijo a mi amiga. Yo también lo he aprovechado y lo pongo en práctica con mi Juanvi
¡Qué pasada! ¡Cómo mola, doctora! Es usted genial. Bueno, les dejo; que se me van estos y no me esperan.
Chao, doctora.
Una de las cejas de Julio empezó a arquearse mientras me miraba de medio lado.
-Qué locas están, ¿no?
-No conocía –comentó Julio con un creciente tono irónico- tu faceta de “doctora match”.Aunque la felicidad humana exija bienes materiales y exteriores, el placer más adecuado a ella y a
la vez más divino es el que corresponde a la actividad del pensamiento.
A r i s t ó t e l e s8
¿Por qué estaba sonando el despertador a esas horas de la mañana si era sábado? Y ¿por qué seguía
sonando la alarma del despertador si ya había apretado varias veces el botoncito de desconexión?
Tardé en percatarme de que lo que sonaba insistentemente era el timbre de la puerta. Era Julio
dispuesto a aprovechar un luminoso sábado de invierno.
-¡Eres tú! Creía que lo que sonaba era mi despertador; y no podía moverme de la cama. ¿Sabes qué
hora es?
-Sí. Es hora de hacer un montón de cosas. Hace un día espléndido y hay que aprovecharlo. ¿Te preparo
el desayuno?
Asentí con un gesto de cabeza mientras me dirigía al sofá del salón. Allí me tumbé y acurruqué entre
los almohadones para continuar durmiendo.
-¿Cómo es posible? Tienes la nevera que da pena. ¿Cómo quieres que te prepare un desayuno decente
con esto? Voy a comprar algo y vuelvo. Cojo tus llaves para que no tengas que abrirme… Puedes dormir
un rato más.
Debió ver asomarse mi brazo por encima del respaldo del sofá agitando mi mano en dirección a la
salida. En cuestión de segundos, volví a sumirme en un profundo sueño. No me dio tiempo a soñar nada ya
que al poco tiempo mi cerebro recibió un placentero estímulo. Un inconfundible aroma a café recién hecho
se esparcía por toda la casa. Abrí los ojos y con pasos bastante torpes me dirigí a la cocina mientras
intentaba arreglar mi despeinada melena. ¡No era posible! Sobre la mesa de la cocina, presentado
impecable, me esperaba un cuenco repleto de trocitos de fresas, plátano, manzana, mango… Junto a él, un
vaso de zumo de naranjas recién exprimidas a juzgar por la espumita que flotaba en la superficie; y, en el
centro del pequeño mantelillo, ¡un plato con tortitas bañadas en sirope de chocolate y nata!; y todo ello
adornado con un jarroncito de cristal del que sobresalía una preciosa rosa blanca.
-¿La señora tomará café? –preguntó Julio vertiendo el humeante café en una taza.
-¿Te he dicho alguna vez que eres un cielo?
-Pueeees… No, creo que no –respondió Julio acercándome la taza de café-, pero creo que es el
momento perfecto para que lo hagas. Oye, da gusto comprar en este barrio. Hay un montón de tiendas. ¡Qué
lujo!
Nos sentamos para poder degustar con calma el desayuno. Llegué a cerrar los ojos para paladear más
intensamente algunos de los bocados de las tortitas. Julio, no dejaba de contemplarme.
- ¿Qué? –dije tan solo cuando me sentí observada.
- Nada –sonrió- Me fijaba en ese brillo tan especial que los rayos de sol producen en tu cabello
despeinado; y también en tu cara de felicidad; y en esa sonrisa que tanto me atrae de ti.
-¡Qué bien me lo pasé ayer bailando! –cambié de tema cuando sentí que me empezaba a ruborizar- Y,
¿sabes? Me cayó muy bien nuestra profesora. No podías haber elegido mejor la academia.
-En realidad no la elegí al azar. La dueña, madame Farabef, es una buena amiga de mi familia. Mi
abuela y ella eran íntimas. De hecho, mi abuelo aprendió a bailar el vals con ella. En aquella época no
había tanta variedad como ahora.
-Ah, entonces, ¿ya os conocíais? Me ha parecido una mujer encantadora y muy atractiva para su edad.Seguro que de joven era muy guapa.
-¡Anda! Arréglate y vamos a salir. Hace un día precioso.
En efecto, ese sábado el sol inundaba las calles y los jardines. Paseamos envueltos en una animada
conversación.
-Y lo de esta rosa blanca ha sido todo un detalle. Es muy bonita –le dije con el aroma de la flor
todavía presente-. Pero por mi zona no hay ninguna floristería… ¿De dónde la has sacado?
-No. La rosa blanca la traía de casa porque hoy es dieciocho de febrero.
-¿Y qué celebramos nosotros el dieciocho de febrero? –le miré con curiosidad.
-Es una tradición familiar. Desde que era pequeño, recuerdo ir con mis abuelos acompañando a
Amparo, madame Farabef, todos los dieciochos de febrero a lanzar pétalos de rosas blancas desde lo alto
de la buhardilla de su casa. Se reunían y hablaban de los viejos tiempos, de cuando ellos eran jóvenes, de
los viejos amigos. Y terminaban brindando por los camaradas perdidos, alrededor de un viejo álbum con
fotos muy antiguas que luego cerraban y volvían a guardar con delicadeza como si de una reliquia se
tratara. Y, ya ves, yo sigo comprando también una rosa blanca.
-Suena misterioso… ¿Me lo vas a contar?
-Seguro que nunca has oído hablar de la Sociedad de la Rosa Blanca, ¿no?
-La ¿qué?... Pues la verdad es que no. Nunca.
-Bueno, te lo iré explicando despacito porque hay mucha gente implicada. Madame Farabef estaba
casada con el cirujano al que ayudaba en un hospital de campaña, en Francia, durante la Segunda Guerra
Mundial. De estudiante, antes de la guerra, trabó buena amistad con un grupo de jóvenes alemanes. Se hizo
muy amigo de Hans y Sophie Scholl. Eran dos hermanos: él estudiaba Medicina y ella Filosofía y
Biología. ¿Me sigues?
-Hans y Sophie –repetí asintiendo con la cabeza.
-Eso es. Durante la Guerra formaron parte de un grupo de resistencia contra el régimen
nacionalsocialista alemán que se llamaba la Sociedad de la Rosa Blanca. Junto con otros estudiantes de
Medicina, se dedicaban a publicar y distribuir panfletos para despertar las conciencias de la población
ante las atrocidades del régimen nazi. El dieciocho de febrero de 1943, coincidiendo con la salida de los
estudiantes de la Universidad de Munich, los dos hermanos comenzaron a repartir sus folletos. Sophie, por
su cuenta, decidió subir las escaleras hasta lo alto del patio de luces de la universidad y lanzar las
octavillas sobre los estudiantes. En ese lapso de tiempo fueron denunciados por un conserje afiliado al
partido y detenidos por la Gestapo. El veintidós de febrero, los mataron al encontrarlos culpables de
traición.
-Ya entiendo entonces lo de subir a la buhardilla y lanzar los pétalos.
-Eso fue idea de mi abuelo. Antes de morirse, me entregó unas viejas cartas, algunas de amor, escritas
en alemán por Sophie.
-¿Y eran de tu abuelo? –pregunté muy interesada.
-Se las envió a mi abuelo. Por lo visto estaba profundamente enamorado de Sophie. Debió ser una gran
chica. ¿Te suena La mano que mueve la cuna, mueve el Mundo? Es el título de su ensayo de graduación.
-Es una historia desgarradora.
-Sí, es una gran historia de amor, amistad, camaradería, ideales… ¡Qué tiempos! ¡Igualito que ahora!Acabamos sentados alrededor de la mesa de un café. No necesitábamos nada más. Una conversación
interesante, la agradable fragancia de esa mágica rosa blanca y nuestra mutua compañía. Los dos, sentados
en el café, saboreamos la espléndida mañana de aquel sábado, dieciocho de febrero.
In memoriam. Dedicado a los estudiantes de Medicina Hans Scholl (1918-1943), Alexander
Schmorell (1917-1943), Christoph Probst (1919-1943), Willi Graf (1918-1943); la estudiante de Filosofía
y Biología Sophie Scholl (1921-1943) y el profesor de psicología y filosofía Kart Huber (1893-1943),
miembros de la “Rosa blanca”.De la afición a bailar, al enamoramiento seguro no hay más que un paso.
Jane Austen9
-Dos entradas, por favor. A poder ser centradas –dijo Julio a través del cristal de la taquilla de la Sala
Rialto.
Candela y Julio iban a entrar a la filmoteca para ver una vieja cinta en blanco y negro dirigida por el
genial Lubitsch, titulada El bazar de las sorpresas. A Julio le fascinaban las películas en blanco y negro
con ingenio y sabia ironía. James Stewart, que protagonizaba este largometraje junto a Margaret Sullavan,
era uno de sus actores favoritos.
Estaban acomodados en sus butacas ojeando un libro sobre Billy Wilder, escrito por Cameron Crowe,
que acababan de comprar camino del cine mientras esperaban a que empezara la película.
-Hoy, en la consulta, me he acordado de ti –comenzó a decir Candela sin dejar de mirar las fotos del
libro.
-¿Sí?
-Sí. Estaba visitando a una paciente y no sé cómo ha surgido, pero ha empezado a contarme los
problemas que tenía con su marido. Ha sido curioso. Me ha dicho que durante la operación, bajo los
efectos de una de tus anestesias generales, comenzó a soñar.
-Suele pasar –interrumpió Julio.
-Sí, pero prepárate para lo que te voy a contar. Estuvo soñando que su marido le pedía el divorcio
porque se había enamorado perdidamente de una de sus amigas. Al despertar de la anestesia recordaba el
sueño al detalle y durante algún tiempo no le dio más importancia. ¡Qué tontería! ¿No? Hasta que un día
estaban tomando unas tapas ella, su marido, su amiga la del sueño y otros amigos; y, entre risas, les contó
lo que había soñado mientras la operaban. El problema surgió al ver a su marido y a su amiga quedarse
serios, callados y blancos como la leche.
-No me digas que…
-Sí. Al día siguiente, ambos, en privado, le confesaron que su sueño era verdad.
-Pobrecilla. Cómo se debió quedar.
-Pues a partir de entonces ha estado viviendo una pesadilla, un infierno. Y mientras me lo contaba para
desahogarse, se iba poniendo cada vez más nerviosa. Le temblaba todo su cuerpo hasta notar una opresión
en el pecho que no le dejaba respirar. Le he tomado el pulso y tenía más de cien pulsaciones. Bueno, un
cuadro. ¿Te imaginas?
-Ya, y te has acordado de mí por lo de la anestesia.
-No. Me he acordado de ti porque he pensado: ¿qué le diría mi anestesiólogo favorito a esta mujer
para tranquilizarla?
-No te burles, ¿quieres?
-No me burlo. En serio que lo he pensado. Y me he sentado a su lado y he empezado a hablarle, a
relajarla, a tranquilizarla. Y me ha funcionado. Poco a poco se ha ido quedando más relajadita hasta
superar su crisis de ansiedad.
-Mmmmmmmh… -musitó Julio.-Sí, ¡qué graciosa! Al terminar, me ha querido explicar lo bien que le había dejado el ejercicio de
relajación y, en lugar de eso, lo que le ha salido ha sido un: “doctora, ¡qué bien me ha ido el ejercicio de
tranquilización!”
-No, pues mira, tiene su cosa eso del ejercicio de “tranquilización” –comentó Julio ya con las luces de
la sala apagadas.
Al comenzar la película dejaron de charlar.
-¡The shop around the corner! –dijo Candela en voz muy bajita-. No sabía que ese era el título
original de la película. ¿De qué me suena?
-Te suena de Tienes un e-mail. La protagonista, Kathleen Kelly, tenía una librería que se llamaba: “La
tienda a la vuelta de la esquina”; nombre que luego le copió su competidor, Joe Fox. De hecho esa
comedia está basada en esta película; pero verás que los diálogos de Lubitsch te gustan más.
Y se escuchó el rugido del león de la Metro, y la musiquilla acompañando a los títulos de crédito, y la
primera plática entre el chico de los recados y el señor Pirovitch de pie, en la puerta del bazar del señor
Matuschek, en la calle Balta de Budapest:
-Buenos días señor Pirovitch.
-Buenos días.
-Usted siempre llega el primero.
-Eso no es asunto tuyo; además, más vale llegar temprano que tarde.
-¿Para qué? Y, ¿por qué? ¿Quién lo ve? Yo; y ¿quién me ve a mí? Usted. ¿De qué nos sirve? ¿Acaso
nos aumentan el sueldo? No.
…Y el absurdo debate sobre la tabaquera que, al abrirla, hacía sonar la melodía de Ochi Tchornya…
Candela se entregaba más a la película a medida que los acontecimientos se enredaban. Y estalló una
cascada de inesperadas situaciones hasta culminar en el encuentro “a ciegas” en el café…
-…Hay, hay muchas cosas que tampoco sabe acerca de mí. Es más, seguro que debe haber muchas
que ignora por completo. Hay pocas personas que se tomen la molestia de conocer la verdad interior
de la gente que vive en su entorno.
Era la inconfundible voz de James Stewart de pie, inclinándose hacia Margaret Sullavan, en el papel
de Klara Novak, sentada con su ejemplar de Ana Karenina sobre la mesa con una flor en su interior.
-Verá. No voy a profundizar en su verdad interior, señor Kralik; porque sé lo que encontraría: en
lugar de corazón, un bolso de mano; en lugar de alma, una maleta; en lugar de intelecto, un simple
encendedor que nunca ha funcionado.
…Y disfrutó de los ingeniosos diálogos, hasta el último de ellos donde el señor Kralik le hace ver a
Klara Novak que él, y no otro, es el autor de sus seductoras cartas:
-Por favor, coge tu llave y abre el apartado de correos 237. Sácame del sobre y bésame.
-Señor Kralik, no debería… Psicológicamente estoy confusa, pero personalmente me encuentro muy
bien.
Psicológicamente confusa; pero personalmente, muy bien. Casi como Candela con respecto a Julio.
Porque fue en ese preciso instante, en esa espléndida frase final, cuando se sintió más identificada con la
protagonista.-¿A que te ha gustado? –le dijo Julio al salir del cine.
-Sí, tenías razón. Lo he pasado muy bien con la película. ¡Como la vida misma! Típica pareja que, al
principio, se llevan de pena y, al final, se abrazan y se besan. ¡Qué gran beso el que se dan Meg Ryan y
Tom Hanks en Central Park al final de Tienes un e-mail!
-¿Te has fijado en un detalle? Klara Novak, en el café, lleva un libro: Ana Karenina; mientras que
Kathleen Kelly, en Tienes un e-mail, lleva un ejemplar de Orgullo y prejuicio. En esa novela de Jane
Austen los dos protagonistas comienzan a tratarse con verdadero desprecio y acaban declarándose su
amor, como en la película.
-Oye, Julio, tú, realmente, ¿qué sientes por mí?
-¿Qué quieres que sienta yo por ti?Dime qué otra cosa puedo hacer para derrumbar esa pared que no me deja verme como soy.
Luis Fonsi1 0
-Julio, hijo. En este baile no se levantan los talones del suelo –la profesora corregía a su alumno.
Era viernes y, como ya han podido suponer, Candela y Julio se encontraban en su semanal clase de
baile.
-¿Sabes? Me lo paso muy bien contigo.
-¿Ah sí?
-Bueno, quiero decir que me encuentro muy bien aquí, bailando contigo.
-Ah.
-Mientras bailo, tengo mi mente centrada en la música, en mis movimientos, en tus movimientos, en el
ritmo; y no pienso en pacientes, heridas, cicatrices, hematomas, complicaciones… Todas mis
preocupaciones pasan a un segundo plano.
-Querida, estamos en una clase de baile, no en una sesión de terapia. ¿Qué tal si hablamos menos y
bailamos más? –intervino de nuevo madame Farabef en un tono cariñoso pero contundente.
-Oye Julio –preguntó Candela sin dejar de mover sus pies-, ¿te puedo hacer una pregunta?
-Claro, pero espérate a que salgamos, ¿vale? ¿Podrás aguantar?
Una vez terminada la clase, Candela retomó su conversación con Julio mientras paseaban de vuelta a
casa.
-Oye Julio, quería preguntarte una cosa… ¿Qué esperas tú de una chica…? ¿Cuál es tu tipo de chica
ideal…? ¿Qué debe tener una chica para que merezca pasar el resto de tus días con ella…?
-Bueno, es difícil, pero así, a grandes rasgos, debería tener una bonita sonrisa, una mirada de niña
traviesa, cierta facilidad para bailar… ¿Has dicho para pasar el resto de mis días?
-Sí, eso he dicho.
-Pues además debería ser muy, muy, pero que muy cariñosa conmigo. Firme, pero a la vez
condescendiente con mis locuras. Debería ser perfeccionista, pero saber disculparme todos mis fallos.
Seria en sus propósitos, pero alegre y divertida. Ordenada, y que no le moleste ordenar todas las cosas
que vaya dejando yo fuera de su sitio. Debería ser discreta, pero gustarle pasar tardes enteras hablando de
sus sueños, de sus ilusiones, de sus proyectos. Y, sobre todo, debería tener un pulso firme con el bisturí.
¡Ah! y lo más importante: le debería gustar el pescado al papillote con verduras de colores cortadas a
tiras, aliñado con una vinagreta con piñones, pasas, pimienta y albahaca.
-¿Y aceitunas a trocitos?
-Y aceitunas a trocitos.
Eso fue lo que Candela y Julio prepararon para cenar esa noche y, además, una ensalada tibia de hojas
de espinaca con trocitos de manzana y queso, aderezada con un ligero toque de mermelada de frambuesa.
Pero les dejo con ellos y el interesante diálogo que mantuvieron mientras cocinaban.
-Esta mañana me ha llamado una paciente que operé hace tiempo. Me ha dicho que de la operación
quedó espectacular, así que se regaló unas vacaciones en las Bahamas para lucir su tipito en la playa. Elcaso es que se puso con su marido a hacer esquí acuático y, en una mala caída, se lesionó una rodilla.
Ahora la tienen que intervenir para arreglarle los ligamentos y está muy asustada. Ya sabe que sus miedos
son infundados, pero no lo puede evitar…
-¿Te vienes a la mesa? La cena está servida.
-¿Has escuchado lo que te he contado?
-Sí. Que tiene mucho miedo a la operación… ¿El vino está bastante frío así? ¿Te gusta?
-Sí, está muy rico y tiene un toque afrutado muy agradable. Oye, pero dime, ¿qué puedo hacer con esta
mujer? Me gustaría ayudarle. La he citado para el lunes y no sé muy bien qué voy a hacer con ella.
-Está bien. ¿Qué pasa? ¿Que no sabes desconectar? Es viernes, hemos preparado una cena deliciosa y
me gustaría que la saborearas sin hablar de trabajo. ¿No has oído a nadie decir eso de no mezclar el
placer con el trabajo?
-Sí, creo que tienes razón. Perdona. Por nada del mundo querría estropear este momento.
-No. Venga, da igual. Hablemos de tu paciente. Supongo que el pescado sabrá igual de bien –dijo Julio
con tono de resignación mientras se dirigía hacia una de las librerías del salón-. Toma, léete este libro si
tanto interés tienes.
Candela, sentada frente a su plato con un jugoso filete de pescado al papillote, acompañado de una
vinagreta con aceitunas a trocitos, comenzó a ojear el viejo libro de tapas rojizas que Julio le acababa de
poner sobre la mesa.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, lo primero que hizo Candela fue coger el libro de la mesita
de noche y continuar con su lectura hasta casi el mediodía. A la hora de comer, salió a tomar un rápido
plato combinado a un bar cercano a su casa mientras seguía atrapada por las palabras de ese texto. Y
después de pasear meditando sobre su lectura, decidió descansar en uno de los bancos que flanqueaban el
camino empedrado que atravesaba el jardín del Turia. Desde que descubrió ese lugar, procuraba
escaparse de vez en cuando; unas veces para pasear; otras para leer; otras, tan solo para llenarse de la luz
que irradiaba el Hemisfèric. Esa mañana dejó a un lado la rotonda del “Palotet” y aparcó su Harley en uno
de los escasos huecos de la prolongación de la Alameda. La mañana era espléndida, el sol jugueteaba con
su rostro y le acariciaba la espalda mientras la temperatura invitaba a caminar. Llevaba el libro en la
mano para leer los últimos capítulos durante un lento paseo. En el segundo banco a la derecha se
proyectaba la sombra de un árbol y, allí mismo, se dejó caer cautivada por las páginas de la obra que
Julio le había dejado. Era como si una misteriosa fuerza le impidiera apartar la vista de sus renglones;
como si una irrefrenable curiosidad le empujara a seguir leyendo.
Mientras, el jardinero recogía hojas de la otra parte del seto, una joven mamá paseaba a su bebé en un
carrito y una anciana que tiraba de la correa de su perro de lanas se volvió para mirar la cara de asombro
de la doctora.
Candela dedicó todo el fin de semana a terminar la lectura del misterioso volumen. Y ese lunes, a
primera hora de la mañana, en su despacho, tras algún titubeo, descolgó el teléfono.
-Hola Pati, soy Candela Ebert. ¿Cómo te va?
-Hola doctora.
-Pati, la doctora Hado ¿está ocupada o me la puedes pasar al teléfono?
-Voy a ver, doctora. No cuelgue.
Candela se quedó escuchando la musiquilla que sonaba en el auricular del teléfono mientras movía
entre sus dedos uno de los lápices de su mesa.-¿Doctora?
-Sí, dime Pati.
-Le paso con la doctora Hado.
-¿Candela?
-Hola Yolanda. Oye, ¿tienes un minuto?
-Cómo no. Dime.
-Mira Yolanda, necesito pedirte un favor…
-Lo que necesites. Puedes contar conmigo.
-Oye, Yolanda, ¿te importaría sustituirme este viernes…?
-¿Sustituirte? ¿Cómo puedo sustituirte si yo no sé nada de cirugía plástica?
-No, no es eso. No es para que me sustituyas en la consulta. Es para que me sustituyas en la clase de
baile este viernes. Yo no voy a poder ir y no quiero dejar tirado al pobre Julio.
-Oh, ¿es eso? Será un placer ir a bailar con Julio. Puedes estar tranquila.
-Gracias Yolanda. Te debo una. No sabes cómo te agradezco que seas tan amable conmigo.
-Vamos, doctora. No tiene importancia. Será un placer.
Nada más colgar, la doctora Hado se apresuró a llamar a su secretaria.
-Pati. Deprisa. Es urgente. Cancela todas las visitas de la tarde del próximo viernes.Déjame con mi revés;
si quieres besarme, bésame,
consiento por esta vez,
pero déjame después.
Pedro Muñoz Seca1 1
Cuando Yolanda apareció en la pista de baile, todos, sin excepción, se volvieron para observarla.
Julio, para qué negarlo, no pudo evitar sentir ese orgullo de ser el centro de todas las envidias masculinas
de la sala. Y es que si algo diferenciaba el atuendo de su compañera eventual no era precisamente la
discreción. Con los ojos perfilados sobre unas sombras malvas, toda ella desprendía magnetismo y
provocación envuelta en un mini vestidito fucsia, entallado y de largos (o cortos) desiguales, que dejaba
libres las caderas para contonearse a cualquier son caribeño. Julio tampoco pudo evitar la injusta
comparación. Sabía que el modelito de escasa tela jugaba a favor de Yolanda. Sin embargo, tuvo un lapso
de lucidez para apreciar la armonía y la elegancia que Candela transmitía con cada uno de sus gestos.
-Vaya, te has puesto muy guapa para venir a una clase de baile –tuvo que piropearla Julio ante tanta
evidencia.
-¡Qué va, hombre!, si es lo primero que he pillado. Es que yo hace años fui a un curso de baile y mira
por dónde todavía puedo ponerme este trapito; aunque parecía que la cremallera quería resistirse. Es lo
que tiene no tener un hombre cerca para echarte una mano...
-Creo que la profesora quiere decirnos algo –se excusó Julio a modo de escabullida.
-Julio, ¿no vas a presentarme a tu nueva acompañante? –preguntó madame Farabef sin quitar ojo a
Yolanda.
-Madame Farabef, Yolanda Hado. Yolanda también es médico. Trabaja en la misma clínica que
nosotros.
-¿También es cirujana?
-No, no. Yo soy psiquiatra –se apresuró a aclarar la doctora Hado-. Yo no me dedico a mover las
manos. Yo trabajo con la mente.
-Debe ser fascinante eso de explorar lo más recóndito del alma humana. Querida, vas espectacular.
Por tu atuendo, deduzco que tú ya tienes alguna experiencia. Si tienes alguna dificultad para seguir el
ritmo, no dudes en decírmelo. Espero que te resulte grata la clase.
Durante la siguiente hora y media, Julio quedó más y más fascinado por la seguridad y la firmeza de
los pasos de Yolanda. Parecía como si fuese ella quien le llevara. Saltaba a la vista la experiencia de la
doctora. El movimiento de sus interminables piernas acompañado por el sugerente contorneo de sus
caderas fue, poco a poco, apagando en Julio los últimos restos de lucidez.
Lo que Julio no podía ver era lo que en realidad se escondía tras ese espectacular despliegue. La vida
sentimental de la doctora Hado no se caracterizaba por la monotonía. Tras un desafortunado matrimonio,
seguido de un tempestuoso divorcio, se sucedieron con una velocidad vertiginosa sus novios, amantes,
parejas, amigos, compañeros… Y la duración de sus relaciones iba disminuyendo siguiendo una
progresión geométrica.
Todo empezó con una mala elección (y mira que se lo avisaron). Se casó con un funcionario, con
mentalidad funcionarial, que quedó deslumbrado por la fortuna familiar de su prometida. Su posición
social cambió radicalmente tras la desinteresada boda. El pobrecillo subestimó el precio que debería
pagar, un día tras otro, por poder ostentar tanto lujo y sofisticación. Poco a poco descubrió que, bajo una
imagen de perfección y saber estar de su adorable esposa, se escondían unos fuertes sentimientos
ambivalentes hasta llegar a la irascibilidad sin control.
Tras la apariencia en sociedad de una estable, madura y feliz pareja de enamorados, se escondía una
difícil relación salpicada de ambición, sumisión, poder e hipocresía. Y, al final, el infeliz terminó sentadoen su coche con lo puesto como todo equipaje por no haber sabido adorar a la diosa que, desde su
pedestal, le conseguía todo cuanto deseaba. A partir de entonces, ella comenzó una abierta campaña de
desprestigio de su “ex” entre familiares, amigos y conocidos (desde niña había aprendido a resolver las
situaciones conflictivas sembrando cizaña a su alrededor), sin desatender, eso sí, sus más íntimos
compromisos. Primero buscó a sus amantes entre los amigos de la familia. Luego, en gimnasios, clubes
polideportivos y grupos de separados. Con el paso de los años, una amarga alegría matizó su disfraz de
mujer liberada. Su artificial desprecio por el género masculino se apoderó de sus conversaciones. Sin
embargo, tan hostil actitud parecía no interferir en su afán de nuevas conquistas.
-Julio, cielo, en el bolero hay que respetar las pausas –le corrigió la doctora-. No estás atento al ritmo.
Te estás comiendo todas las pausas. Y haz el favor de marcar más tus movimientos. ¿Vale, corazón?
-Ya has oído a tu pareja –dijo sorprendida madame Farabef-. Sigue sus acertados consejos y
conseguirás un resultado mucho más vistoso.
Tenían ustedes que haber visto al pobre Julio intentando poner en práctica las indicaciones de la
doctora. Esa tarde parecía más patoso y tenso que nunca, como si la imponente presencia de Yolanda le
incomodara y le dificultase bailar relajado y suelto. Algo recorría su mente e invadía su cuerpo hasta
impedirle gozar del baile como en otras ocasiones. Deseaba que terminara de una vez la clase para poder
salir y respirar aire fresco. Y eso fue lo que hizo. Al terminar, esperó a Yolanda en la calle e inspiró
profundamente para distender sus atenazados músculos.
-¿Me ayudas con la chaqueta, cariño? –preguntó Yolanda acercándose a Julio por la espalda-. Espero
que, la próxima semana, Candela note que bailas mejor. Tienes buena coordinación y buen sentido del
ritmo, pero hay que depurar esa técnica.
Julio no dijo nada.
-Oye, y… ¿qué soléis hacer después del baile? Le prometí a Candela que cuidaría de ti.
-Bueno -dudó Julio unos instantes-, algunas veces vamos a cenar, pero no siempre…
-Mmmmmh, ¡a cenar, qué interesante! ¿Soléis cenar antes o después?
Julio tardó en entender el verdadero significado de la pregunta.
-Noooo, no, no. Solo cenamos –contestó con una sonrisa mientras se apartaba de Yolanda.
-Solo cenáis… ¡Qué chiquilla! Debí imaginarlo viniendo de ella. Entonces, entre vosotros no… ¡Qué
desastre en pleno siglo veintiuno! ¡Qué ganas de amargarse la vida y amargar la de los demás! No se
puede ir de reprimido por la vida. Ya me dirás qué es lo que pretende con tanto puritanismo hipócrita la
niñita. ¿No me ves a mí? Hace tiempo que soy una mujer liberada sexualmente. Anda, ven, entra en mi
coche. Vas a saber lo que es bailar con una mujer de verdad. Considéralo como una terapia… y ya sabes
que mis labios estarán sellados. Guardaré celosamente el secreto profesional. No hay porqué darle
envidia a nadie. Ven conmigo, cariño…
Cariño, cielo, corazón… Esas palabras, viniendo de ella, ¡sonaban tan falsas!Cada poro de tu piel
la moldeé con mis dedos,
eras arcilla de mi alma
y te di la libertad
te di el paraíso.
Sonia Mereles1 2
Había transcurrido una semana más. Volvía a ser viernes por la tarde. Julio terminaba de despertar a
una paciente tras una cesárea y Candela recibía a la última visita del día.
-Necesito consultarle algo, doctora. A lo mejor piensa que estoy mal de la cabeza, pero para mí es
muy importante –comenzó a explicarle la joven paciente-. Después de operarme, mi vida cambió… pero
totalmente. Me encontraba mejor conmigo misma. Me sentía más feliz y mejor valorada. Me veía y me
veían estupenda. Y ahora, doctora, estoy muy asustada. No quiero perder con mi embarazo todo eso tan
bueno que conseguí. Al principio acepté bien lo de quedarme embarazada: no había sido un embarazo
buscado, pero tampoco evitado. Bueno, las típicas molestias al levantarme y nada más. Pero ahora estoy
aterrorizada cuando me veo engordar e hincharme. Creo que nunca más recuperaré mi figura. Y, por si
fuera poco, la otra noche soñé que en el parto se me abrían todas las cicatrices y quedaba horrible, hecha
un monstruo. Se lo aseguro, doctora. Lo estoy pasando muy mal y no sabía si acudir a usted o pedir hora
directamente al psiquiatra.
La doctora Ebert también dudó durante unos segundos, pero decidió darle a su paciente el apoyo
psicológico que necesitaba. Al principio, no pudo disimular su inseguridad y su falta de soltura; pero,
poco a poco, frase a frase, tomó confianza en sus palabras. Una idea le llevaba a otra y esta a otra mejor.
A su mente afluían conceptos que unos segundos antes no estaban. Se iba sintiendo cada vez más y más
inspirada para pronunciar las palabras que necesitaba oír su paciente y ayudarle a controlar su mente. En
definitiva, convencerla para que cambiara esos inútiles pensamientos que tanto le hacían sufrir. Le costó,
pero al final consiguió meter en la cabecita de la joven que podía evitar sufrir por algo que solo existía en
su imaginación y que nunca sucedería.
Al terminar, Candela se sentía muy satisfecha pero, a la vez, agotada. Pensó que una sesión de baile le
vendría muy bien para despejarse. Julio llevaba días dándole vueltas en su cabeza cómo contarle a
Candela su peculiar experiencia con la doctora Hado la semana anterior. Había ensayado un millón de
formas diferentes de sacar el tema para que pareciese lo más natural posible; pero optó por la más directa.
-Hola Candela.
-Hola Julio. ¡Qué semanita he llevado! Supongo que tú también habrás llevado lo tuyo. No sabes lo
bien que me va a venir un poco de distracción, música y ejercicio.
-Quería haber hablado antes contigo; pero, como este miércoles no has operado, no he tenido ocasión
de hacerlo.
-¿Hablar conmigo? ¿De qué? Me estas empezando a intrigar.
-Pues de lo del viernes pasado. No sabes lo mal que lo pasé con Yolanda. ¡Qué fuerte es esa mujer!
Para empezar, el numerito del vestido. Al aparecer en la pista de baile, ¿te puedes creer que todo, repito,
todo el mundo se la quedó mirando? Y no paraba de corregirme: que si las pausas; que si marcar los
movimientos… Caray, yo ahí voy a pasármelo bien no a estar tenso como una cuerda de piano. Créeme,
Candela, ir con esa mujer es como tomarse una taza de café muy cargado. Y al salir… ¡En el diccionario
de esa mujer no debe existir el verbo insinuar! Directamente, con todo el descaro del mundo y sin rodeos,
me propuso una apasionante velada de orgía y desenfrene.
-¿Ah sí?
-Sí. Por increíble que te parezca, así es como ocurrió.
-Pues no es eso lo que ella me ha contado...
-¿No? A que ya la hemos liado…-Verás, lo que ella me ha contado es que te pasaste la clase babeando sin quitarle ojo a su escote y que
fue ella quien te tuvo que parar los pies al salir porque estabas muy lanzado.
-No me puede estar pasando esto. Es increíble. ¿No irás a creerla a ella?
-Pues no sé qué decirte conociendo tus artimañas para dejar prendadas a las mujeres. Ten en cuenta
que yo he podido comprobar en mis propias carnes tus mejores habilidades para hacer que se fijen en ti.
-Esa mujer, bajo su sofisticada envoltura, lo que esconde es una adicción a las relaciones malsanas.
-¡Qué chiquillos sois los hombres! Anda, no seas tonto. Has caído como un crío. ¡Inocente, más que
inocente! Puedes estar tranquilo, que ella no me ha contado nada. Quería verte sufrir un poquito; pero me
ha parecido curioso tu interés por explicármelo todo… ¿Para quedar bien conmigo, quizá? Me gusta, y aún
me gusta más que no te resultara nada agradable su compañía. ¡Venga, vamos a bailar, guapetón!
En esta ocasión, ambos se sintieron muy a gusto el uno con el otro en su clase de baile. Julio no se
cansaba de contemplar a su pareja vestida con una camiseta de algodón, sus vaqueros de siempre y su pelo
cayéndole por la cara. No necesitaba más. ¡Estaba fantástica! Y cuando se equivocaban, zambullía sus
pensamientos en la sonrisa de Candela y en el gracioso hoyuelo de su mejilla. Y seguían bailando; y
seguían riendo; y seguían equivocándose.
-Bueno doctor, ¿sabes qué me apetecería muchísimo cenar? –preguntó Candela ya fuera de la
academia.
-Tú me dirás…
-Una pizza con anchoas, trocitos de piña y mucho queso.
-¿Mucho queso derretido y pegajoso? No, por favor. Eso no. Lo único bueno que tienen las pizzas es
que te las puedes comer sentado en un sofá. Con lo deliciosa que está la pasta, cualquier tipo de pasta:
fetuchini, ravioli, tagliatelle, tortelini, espagueti…
-¿Te apetecería hacer pasta fresca para mí?
-¿Pasta fresca?
-Sí, tengo en casa una máquina de cortar la pasta para hacer espagueti. Hace tiempo que me la regaló
una paciente y no la he desembalado todavía. ¿Sabrías usarla?
-¡Qué cosas te regalan tus pacientes! ¿Por qué a los anestesistas nadie nos regala nada?
-¿Será porque no sienten nada… por vosotros?
-Muy gracioso el jueguecito de palabras –dijo Julio con un tono entre molesto e irónico.
Los lectores que hayan tenido experiencia en el uso de esas condenadas máquinas, de sobra sabrán que
la primera vez que se pusieron a manejarla comieron cualquier cosa menos pasta fresca.
Mientras limpiaban de harina el banco de la cocina y despegaban el millón de pequeños trocitos de
masa pegados por todas partes, una humeante y pegajosa pizza, encargada por teléfono, iba de camino.
Cuando terminaron la suculenta degustación sentados cómodamente en el sofá, Candela comenzó a
decir:
-Julio, ayer por la noche, tuve un sueño muy extraño. ¿Me dejas que te lo cuente?
-¿Un sueño muy extraño? ¿Hay algún sueño que no sea extraño?-Sí, claro. Pero este fue especialmente extraño. Soñé que dos personas me vaticinaban que, en breve,
sufriría un deterioro mental en el que perdería la memoria y se borrarían de mi cerebro todos los registros
almacenados: recuerdos, conocimientos, vivencias… todo. No sabría nada. No conocería a nadie, ni
siquiera a mí misma. Y, a continuación, me vi en el interior de una buhardilla sin muebles, con todas las
estanterías vacías y yo, mirando a través de las ventanas, como buscando algo en el exterior. Durante el
tiempo que duró el sueño, sentí un gran desasosiego; pero, cuando desperté, me sentí muy bien y muy
tranquila.
Candela hizo una pausa y esperó algún comentario de Julio, pero este permaneció callado mirándola
fijamente.
-Yo lo he relacionado –prosiguió Candela- con mi trabajo. Últimamente me pregunto con frecuencia
qué es lo que hago en realidad.
-¿Y por qué no lo relacionas con tu vida sentimental? Yo creo que ese sueño quiere decir que debes
olvidarte de toda tu vida amorosa anterior y comenzar una nueva experiencia con un guapo, ingenioso y
simpático anestesiólogo que, además de bailar con cierta soltura, te cuidaría con deliciosas comidas y te
apartaría de tus insanos hábitos culinarios.
-¿Tú crees?
-Estoy convencido de ello. La interpretación de tu sueño no tiene vuelta de hoja.
-¿Y qué se supone que debo hacer con ese apuesto, simpático y guapo anestesiólogo cuando me lo
encuentre?
Candela fue acercándose a Julio con los movimientos de una tierna gatita. Se sentó sobre él
inmovilizándolo contra el sofá. Cogió su cabeza entre sus manos con firmeza y con un rápido movimiento,
digno del más ágil de los felinos, lo besó apasionadamente… ¿Cómo les podría yo describir ese beso?
¿Se acuerdan del inesperado beso de Adrien Brody (el actor que protagonizaba la película titulada e l
p i a n i s t a) a la desprevenida Halle Berry en el escenario de los Oscar? Pues igual, pero al revés.[...] supongo que todos valemos más de lo que nos permiten demostrar.
Doris Lessing1 3
Me van a permitir ustedes una reflexión al comenzar este capítulo: ¿Existiría el zumo de naranja si el
exprimidor nunca se hubiera encontrado con una naranja…?
Candela, sin darse cuenta, progresó en el arte de bailar. Viernes a viernes, la pareja consiguió adquirir
una aceptable técnica. Sus movimientos eran más acompasados, transmitían elegancia y soltura y, con
mucha constancia, lograron una extraordinaria coordinación de sus cuerpos y de sus mentes. Cada vez se
encontraban más cómodos y más seguros en la pista de baile.
Aquella era una mañana casi primaveral. En las ramas de los árboles ya se adivinaban las yemas de
los brotes fortalecidos para el anual estallido de vida y color. En el ambiente flotaba un intenso aroma a
césped recién cortado. Todo invitaba a respirar y saborear esencias aún intuidas. Candela paseaba desde
primera hora de la mañana. Sus sentidos permanecían atentos para percibir los gratos estímulos del
exterior. Su mente, dispersa. Su ánimo, sereno. Y su semblante, iluminado por un intenso júbilo.
De vuelta a casa, se encontró con una antigua paciente.
-¡Doctora Ebert! ¿Se acuerda de mí?
-Sí, claro. ¿Cómo estás? –mintió Candela para no decepcionar a su paciente.
-Soy Margarita. Me operó usted hace un año más o menos…
-Hola Margarita.
-No sabe cuánto me acuerdo de usted, doctora.
¡Ya está! –pensó Candela-. Seguro que no le han gustado las secuelas de la operación y vamos a tener
una consulta callejera. Al menos espero que no empiece a estirarse de la ropa para enseñarme sus
cicatrices.
-Tengo un grato recuerdo suyo…
Candela respiró aliviada.
-¿Sabe que, gracias a su operación, pude salvar mi matrimonio? No es porque quedara con una figura
espectacular, no. Una ya sabe que no es una Venus; pero mi marido se dio cuenta que no me operaba por
mí, sino por él. Me operé para gustarle más y, cuando se percató de que lo hacía por él, su actitud hacia mí
cambió. Gracias a usted nos empezamos a querer más y mejor. Siempre le estaré agradecida, doctora.
-No sabes cuánto me alegro, Margarita. Es la primera vez que me dicen algo así.
-Justamente ayer estuve pensando en usted. Pensé que si pudo salvar una vez mi matrimonio, quizá
podría salvarlo una segunda vez… ¿Tendría un minuto, doctora?
-Sí, claro. ¿Nos sentamos?
Margarita y la doctora Ebert se sentaron en un banco del jardín, a la sombra de un árbol.
-Verá, doctora, a mi marido le apasionan las motos y, hace unos meses, tuvo un accidente tonto y le
quedó un terrible dolor en la espalda que nada ni nadie le ha podido quitar. Ha probado con varios
especialistas. Lo están tratando en una unidad del dolor y nada. Lo único que se lo alivia un poco son los
parches de morfina. Hay veces que el dolor es tan desesperante que le cambia el carácter. Se vuelve
irritable. Todo le molesta. No es él. Y cada vez siento que se está distanciando más de mí, en parte por noamargarme la vida y en parte porque ya no soporta a nadie. Ya no sé a quién acudir y, al encontrarme con
usted, he sentido la necesidad de contarle todo esto. No sé porqué, pero intuyo que usted podría
ayudarnos.
Candela Ebert se sintió incómoda y desbordada por la inesperada consulta. No supo negarse a la
petición de su paciente.
-De acuerdo. Veré qué puedo hacer. De momento, para no hacerle esperar, os recibiré en mi consulta
pasado mañana, a última hora, después del último paciente. No sé a qué hora podrá ser porque no tengo mi
agenda.
Esa tarde lo primero que hizo la doctora Ebert al llegar a su consulta fue mirar los pacientes que tenía
citados para ese viernes.
-¡Qué tarde! –exclamó al ver a qué hora estaba apuntada la última.
Rápidamente cogió el teléfono y marcó el número de su anestesista.
-Hola Julio. Perdona que te moleste…
-Tú nunca me molestas. Ibas a decirme cuánto me quieres y cuánto me echas de menos, ¿verdad?
-Sí, bueno… eso ya lo sabes…
-No has podido resistirte y has necesitado llamarme para decírmelo. ¿A que sí?
-Oye, Julio. Este viernes voy a terminar la consulta muy tarde. No podré llegar a tiempo a la clase de
baile; pero a cenar sí. Me apetece un montón que cenemos juntos.
-Bueno, si no hay más remedio…
Julio, al otro lado del teléfono, quedó pensativo durante un instante y, tras tomar aire, continuó
hablando a gran velocidad.
-Candela, ¿me oyes?
-Sí, dime.
-Oye Candela, vale. No pasa nada. Este viernes quedamos para cenar; pero, por favor, no le digas
nada a Yolanda. Prefiero quedarme sin clase de baile. Por lo que más quieras, no me obligues a ir con
ella.Paciente significa aquel que padece, y etimológicamente viene de sufrimiento. No es el sufrimiento
en sí lo que en el fondo más se teme, sino el sufrimiento que degrada.
Susan Sontag1 4
Aquella tarde de viernes, Candela Ebert se sentía especialmente cansada, con ganas de comenzar el fin
de semana y olvidarse de todo. Al acompañar hasta la puerta de su consulta a la última paciente, pudo ver,
esperando a ser recibidos, a Margarita y a su marido.
-Adelante. Perdonadme el retraso, pero es que esta ha sido una tarde repleta de imprevistos –se
disculpó la doctora.
Candela no comenzó la visita con el protocolario interrogatorio para abrir una historia clínica. En esta
ocasión comenzó a hablar como si de una distendida tertulia se tratara.
-Tu mujer ya me ha explicado lo del accidente de moto y los dolores que vienes sufriendo en la
espalda desde entonces. Aunque yo no me dedico a esto, quiero ayudarte de algún modo.
Un tenso silencio siguió a las palabras de Candela.
-Bien –prosiguió.
-No. Perdóneme, doctora. Le voy a ser muy sincero. Si estoy aquí es por complacer a mi mujer. No
creo que ningún médico pueda quitarme mi dolor. No es nada personal, doctora; pero no quiero hacerle
perder su valioso tiempo conmigo.
-Yo no considero que querer ayudar a un paciente sea una pérdida de tiempo –repuso Candela-. Puede
que quizá no pueda quitarte tu dolor, tampoco es lo que pretendo; pero ya que estás aquí…
-Ya que estoy aquí… ¿de qué me va a operar?
-Yo no te voy a operar de nada.
-¿No? ¿No es eso a lo que se dedica?
-Sí…
-Entonces opéreme y quíteme mi dolor.
-Las operaciones que yo hago no son para quitar ningún dolor.
-O sea, que no me va a operar de nada.
-No. Lo que yo pretendo es enseñarte a que uses tu cerebro para controlarte y que tu dolor no…
-¿Sabe, doctora? Estoy cansado de los que se dedican a teorizar sobre el dolor. Usted no sabe de qué
estamos hablando porque nunca lo ha sentido. Sí, quizá alguna vez haya sentido dolor. Quizá un dolor de
cabeza, un esguince haciendo deporte… Pero usted sabe que su dolor tiene un principio y un fin. Usted
sabe que su dolor tiene alivio, porque si se toma una pastilla, su dolor se va a ir. Pero en mi caso eso no
funciona así. Yo sé, y eso es lo más terrible, que mi dolor no tiene un principio y un fin. Yo sé que mi
dolor va a estar ahí siempre, minando, desgastando mi mente; y lo más desesperante de todo es que sé que
nada me lo va a quitar. A lo único que puedo aspirar es, a base de morfina, a aliviarlo un poco para
hacerlo soportable y no volverme loco.
-Sí, es cierto que yo no he experimentado un dolor como el tuyo, pero lo que me gustaría es que…
-Ah, entonces me va a operar.-No, no te voy a operar.
-Bueno, pues no me opere, pero no intente jugar con mi mente. ¿En serio cree que puede curarme a
base de charlitas tomando café? Mi dolor no se resuelve así, doctora. Estoy cansado, agotado. Ahora
mismo usted está ahí sentada cómodamente hablando conmigo, y no le duele nada, y sabe que esta noche
podrá dormir y descansar. Yo no. Si pudiera desconectar… pero no es posible. En serio, doctora, si no me
va a operar de nada, déjelo. No pierda el tiempo conmigo.
Candela Ebert salía de la clínica realmente cansada, con ganas de comenzar el fin de semana y
olvidarse de todo.
-Doctora, pero... ¿qué horas de terminar son estas? ¿No deberías estar bailando?
-Hola Yolanda. Sí, ya sé que es muy tarde. Yo no suelo terminar a estas horas, pero hoy he tenido que
añadir un paciente al final, bueno ya sabes lo que pasa. Pero le llamé a Julio para avisarle que no podría ir
con él a clase. No creas que le he dado plantón al pobrecito. Él ya lo sabía.
-Él ya lo sabía… ¡Oh!, ya entiendo –dijo con un tono pensativo.
-No, no es eso. No es que Julio no quisiera que me sustituyeras. Además, yo encantada. No, no. Lo que
pasa es que no ha querido molestarte. De sobra sabe lo ocupada que estás con tus pacientes… Se nota que
cada vez tienes más. Te deben ir muy bien las cosas.Los males que no tienen fuerza para acabar la vida, no la han de tener para acabar la paciencia.
Miguel de Cervantes1 5
El cabracho es, probablemente, uno de los peces más poco agraciados. Son feos y están llenos de
espinas. Es un pescado blanco con un cuerpo fuerte, una cabeza puntiaguda y la piel cubierta por espinas
venenosas. Es capaz de cambiar de piel para colarse entre las rocas de las aguas poco profundas donde
vive. A pesar de su terrible apariencia, su carne es muy sabrosa.
-¿Has probado alguna vez el cabracho? –preguntó Julio a Candela mientras preparaban su cena.
-Creo que no.
-Pues te va a encantar. Es un pescado delicioso, pero debes masticar con cuidado porque tiene un
montón de espinas. ¡No se puede ser perfecto!
Julio había decidido preparar una crema de pimientos rojos y cabracho al horno, con patatas fileteadas
como guarnición.
-¿No se te olvida nada? –preguntó Candela mirando el plato de pescado con patatas fileteadas.
-Pueeees… Creo que no. ¿Por…?
-¿Qué pasa, que hoy estás perezosito? ¿Y tus vinagretas? ¿Y tus hierbecitas aromáticas? Este no es tu
estilo. ¿Solo pescado y patatas?
-Pequeña mía, ¡cuánto te falta por aprender! Este pescado es tan sabroso que nada debe enmascarar su
sabor. Es como la verdadera belleza, no precisa de adornos; solo hay que saber apreciarla. Como tú. No
necesitas ornamentos. Solo hay que saber contemplarte: tú, tu sonrisa, el pelo cayéndote por la cara...
-¿Qué le pasa a mi sonrisa? En el instituto salí con un chico de mi clase que también estaba
obsesionado con mi sonrisa. Y ya era raro que se fijara en mí porque estaban las hermanas Teralens que
eran espectaculares; y también Irma Picard con el típico cuerpo “noventasesentanoventa” y qué decir de la
sofisticada y escultural Mar Estim. Pero él me decía que yo tenía algo especial…
-¿Y qué pasó con ese chico?
-Oh, nada, acabó saliendo con mi mejor amiga. Se llevaban mejor. Quizá la culpa fue mía por mi
eterna indecisión y mis constantes dudas. No sé. Supongo que se cansó de tanta incertidumbre… ¿Sabes
que tenías razón? El cabracho está delicioso.
-¿Tú ves?
-Hablando de ver. ¿Sabes a quién he visto cuando me iba de la clínica? A Yolanda. Se ha quedado con
un mosqueo impresionante al verme salir tan tarde de mi consulta. Supongo que se ha percatado de que no
has querido ir a bailar con ella. Y creo que no le ha sentado nada bien.
-Hay algo que no entiendo –dijo extrañado Julio-. Hace dos miércoles que no operas y, sin embargo,
tienes que acabar tu consulta más tarde de lo habitual. Se supone que es porque tienes más pacientes. Y, si
se tienen más pacientes, se opera más, ¿no?
-Sí, pero no es por eso. Es que una paciente, que operé hace tiempo, me ha pedido que atienda a su
marido.
-¡No es posible! ¡Un hombre en tu consulta! Creía que solo atendías a mujeres.
-No seas tonto. Y, además, no es para operarlo de nada.-¿Ah, no?
-No. Viene por otra cosa. No te imaginas lo mal que lo he pasado con él. Un tipo duro al que su dolor
le está amargando la vida. Al principio se mostró muy reacio, incluso llegó a estar grosero. Ponte en su
lugar. Debe estar harto de tratamientos que no le sirven para nada. No le culpo. Yo en su lugar no sé cómo
estaría. Bueno, pues cuando ya creía que me iba a dar por vencida y que no podría hacer nada por él, se
me ocurrió pedirle que me dejara intentar algo. Le pedí que me concediera diez minutos antes de irse.
-¿Y te dejó?
-Con mucha desgana y sin ninguna intención de colaborar; pero sí, se quedó esos diez minutos en mi
consulta.
-¿Y…?
-Le pedí que se tumbara, cerrara los ojos y se limitara a escucharme. Entonces le dirigí un breve
ejercicio de relajación.
-¡No me lo puedo creer! Eso quiere decir que te has leído el libro que te dejé… y lo estás empezando
a poner en práctica. Es curioso. ¿Conoces la frase: “Somos lo que leemos”? Pero siempre me he
preguntado si para ser uno mismo hay que dejar de leer. Bueno, dime qué tal fue.
-No fue del todo mal. Su dolor siguió ahí, sin disminuir nada; aunque parece que le gustó la
experiencia porque accedió a volver para que lo siga visitando.
-¡Eso está muy bien, doctora!
-Sí, pero solamente puede venir los viernes a última hora. No te importa que durante una temporada no
podamos ir a bailar, ¿verdad? Y, además, en parte, tú tienes la culpa por dejarme ese libro. Ahora quiero
ver si este fin de semana le preparo un buen ejercicio de relajación y se lo grabo para que lo pueda
practicar en su casa, entre visita y visita.
-¿Este fin de semana? ¿No deberías dedicar tu fin de semana a pensar en otra cosa que no fuera
trabajo? ¿No deberías dedicarte a pensar en… mí? Todo esto está muy bien, pero no debe obsesionarte.
Debes evitar que el trabajo invada toda tu vida. Deberías descansar, distraerte, disfrutar… En el colegio
tenía un profesor de matemáticas que siempre nos decía que, tras un intenso esfuerzo mental, había que
realizar, para compensar, un también intenso trabajo físico.
-¿Ah, sí? –preguntó Candela al tiempo que arreglaba el cuello de la camisa de Julio- Pues,
precisamente, yo vengo de realizar un intenso trabajo mental en mi consulta.Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus
realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna; pero el aspirar es obra
exclusiva de nuestros corazones.
José Ortega y Gasset1 6
-El dolor sigue ahí, pero algo ha cambiado. No sé cómo explicarlo. Es como si hubiera dejado de ser
“mi” dolor y hubiera pasado a ser simplemente “ese” dolor. Igual le parece una sutileza sin importancia,
pero para mí significa mucho.
Había pasado una semana. Volvía a ser viernes por la tarde. Candela seguía luchando con el insufrible
dolor de su difícil paciente, el marido de Margarita. En esa ocasión, Candela le había hecho escuchar el
ejercicio de relajación, grabado por ella, para practicarlo en casa. Por fin, el paciente empezaba a
mostrarse más receptivo hacia los consejos de la doctora.
-Cuando te relajes, debes focalizar tu atención hacia las ideas que te voy sugiriendo. No te deben
importar las distracciones; pero enseguida vuelve a prestarle atención a mi voz. Escúchalo tantas veces
como lo necesites. Te irá bien. ¿Lo harás?
Al terminar la visita, Candela miró el reloj y pensó en el pobre Julio. Qué rápido se le había pasado el
tiempo. Descolgó el teléfono para llamarle.
-¿Julio? Perdóname. No sabes qué rabia me ha dado al ver lo tarde que era. Lo siento mucho. Ya he
terminado. Recojo y voy volando. No me importa comerme la cena recalentada. Esta vez me lo tengo
merecido.
-Ya estaba preocupado. No era normal que tardaras tanto sin avisar –era la voz de Julio al otro lado
del teléfono-. Acabo de llamar a la clínica y me he quedado tranquilo cuando me han dicho que todavía no
habías salido de tu consulta. Venga, la cena y yo te esperamos ansiosos.
De camino, sonó el teléfono móvil de Candela. Era Natalia. ¿Se acuerdan de Natalia, su ayudante,
compañera y amiga? Quería hablar con ella de un tema personal y delicado.
-Adelante, doctora –dijo Julio con cierto retintín al abrir la puerta de su casa.
-No sé cómo me ha podido pasar esto. ¿Te puedes creer que he perdido la noción del tiempo en la
consulta? Y tú, mientras, preocupado. ¡Qué desconsiderada soy!
-Anda, pasa y ponte cómoda. En un santiamén estará la cena.
-¿No has hecho la cena? Yo que pensaba que la tendrías que recalentar.
-A ver. La cena sí está hecha; pero, por suerte o intuición o llámalo como quieras, decidí preparar
unas chuletitas de cordero a la provenzal.
-Eso suena rico. Y, ¿a la provenzal?
-Te pica la curiosidad, ¿eh? Ven conmigo y te lo enseño. ¿Ves esta pasta? Es mantequilla amasada con
ajo picado, cebolla troceada y hierbas aromáticas con sal y pimienta. Aunque no hace falta dejarlo
reposar, en nuestro caso, la mantequilla, después de tanto tiempo, va a estar más sabrosa.
-A lo mejor, gracias a mi retraso, la cena sale mejor.
-Ahora untamos por los dos lados las chuletas con la mantequilla y, en un minuto en la plancha, están
listas. ¿Te ha gustado?
-Me ha gustado… ¿Y de postre?
-Hoy, queso. Dicen los dentistas que limpia los dientes.-¡A mí me chifla el Camembert!
-Pues no pensaba sacar Camembert; además no pega con el tinto que vamos a tomar. En realidad ni el
Camembert ni el Brie pegan con ningún tipo de vino.
-¿Ah, no?
-Como regla general, con los quesos suelen ir bien los vinos blancos; pero, forzando un poco la cosa,
con un tinto van bien los quesos suaves, quesos jóvenes y duros.
-Si querías dejarme impresionada, lo has conseguido.
La cena transcurrió con un intercambio de frases intrascendentes. A los comentarios de Candela
seguían irónicas contestaciones de Julio, quien a duras penas conseguía disimular su malestar. Candela no
dejaba de hablar de su trabajo. En concreto, del último paciente de esa tarde y de lo difícil que le estaba
resultando conseguir algo positivo con él.
-Mañana por la mañana –dijo Julio para cambiar un poco de tema-, me gustaría aprovechar y hacer
algo de deporte. ¿Qué te parece?
Julio no esperaba que la gota que iba a desbordar su paciencia por esa noche estuviera a punto de
caer.
-¿Mañana por la mañana? Verás, mientras venía de camino hacia aquí, me ha llamado Natalia que no
sé quéasunto importante y personal quiere contarme y, precisamente, hemos quedado para hablar mañana.
Si quieres podemos quedar por la tarde.
A la mañana siguiente, Candela no practicó deporte con Julio. Estaba con Natalia atenta a ese
misterioso asunto personal e importante que debía contarle. Las dos amigas se encontraban sentadas en el
bar de tapas donde preparaban los mejores calamares a la romana de toda la ciudad: crujientes por fuera
pero tiernos por dentro.
-¿Alguna vez has estado en la Toscana? –Preguntó incómoda Natalia.
-¿En la Toscana? Pues no, nunca. ¿Por qué me lo preguntas?
-Este verano pasé unos días de vacaciones en la Toscana. Concretamente en la zona de Montalcino, al
sur de Siena.
-¡Qué bonito debe ser todo eso! –interrumpió Candela.
-Con mi novio.
-¡Natalia, no sabía que salieras con nadie! ¡Qué sorpresa! –interrumpió esta vez Candela-. Cuenta y no
pares. Me lo tienes que contar todo.
-Él, bueno, su familia, tiene en la Toscana una finca con viñedos donde cultivan una variedad de uva
que se llama Brunello y con ella hacen un vino tinto muy rico, fuerte, con cuerpo. Yo lo he probado y está
que te mueres.
-Pues yo no lo he probado. Julio no tiene ningún vino italiano –dijo pensativa Candela sin venir a
cuento.
-La Toscana es preciosa. Yo disfruté como una niña. Un día tienes que venir. Bueno, espero que
vengas. Está lleno de colinas cubiertas de viñedos rodeados de altísimos cipreses. Se respira un aire puro
bañado por un millón de olores diferentes. Y, según cómo da la luz a lo largo del día, van cambiando los
matices de los tonos verdes. Al mediodía es precioso el verde plateado intenso de las hojas de los olivos;y, si miras al suelo, a uno y otro lado de los caminos crecen infinidad de plantitas silvestres que dan un
toque de color con sus florecitas amarillas, rojas, fucsias, malvas, turquesas…
Candela seguía atenta a la descripción del paisaje como si lo estuviera viendo.
-Hay un olivo centenario –prosiguió Natalia- en el que me solía sentar para escuchar el silencio. Cerca
hay una pequeña fuente que brota de la ladera de una de las colinas de la finca. Por ella sale un pequeño
hilillo de agua que produce un sonido muy relajante. En esos momentos te olvidas de todo… ¡Y hay carros
tirados por caballos! ¡Y rebaños de ovejas!
-Ya veo que te impactó el viajecito. Oye, ¿no será este el asunto tan importante del que me querías
hablar?
-Y hay una casa enorme –continuó Natalia sin hacer caso-, toda de piedra, con unas grandes vigas de
madera. Es preciosa y tiene tres pisos y un montón de habitaciones, todas exteriores. Y, mires a donde
mires, el paisaje es precioso. ¿Te he dicho con quién fui?
-No, no me has dicho aún quién es tu chico.
-Bueno, es que lo hemos querido llevar con mucha discreción para evitar chismorreos en la clínica. Ya
sabes.
-Sí, ya sé.
-Hace casi un año que salgo con el director de la clínica. El pobre está un poco harto de su trabajo y
de las presiones. Presiones desde arriba; presiones desde abajo; y ningún reconocimiento por parte de sus
superiores. Hace tiempo que lleva una idea en la cabeza. Ha reformado la casa de la finca con los viñedos
para convertirla en un pequeño hotel de turismo rural. Siempre me ha dicho que si ha sido capaz de dirigir
esta clínica, también será capaz de llevar un hotel, aunque sin médicos ni enfermos. Y yo, cuando estamos
operando manchadas de sangre hasta los codos, o durante las interminables suturas de las
abdominoplastias, no puedo evitar irme mentalmente a mi olivo escuchando tan solo mi respiración.
-No sabes la envidia que me estás dando.
-Cada vez que pienso en cómo sería mi vida, me da miedo; bueno, más que miedo, lo que me da es
vértigo; pero ese vértigo siempre va acompañado de una sensación muy agradable –Natalia hizo una breve
pausa y cogió aire como si le costara continuar-. La reforma de la casa ya está terminada y todo está listo
para empezar a recibir huéspedes. Este verano queremos inaugurarla celebrando una boda. Nuestra boda.
-¡Natalia, enhorabuena! A este paso vas a conseguir que me ponga a llorar de emoción.
Candela quedó pensativa unos segundos.
-Bueno, quiere decir que ya está todo pensado, meditado y decidido. Y me quedo sin ayudante, sin
compañera, sin amiga, ¿no? Te voy a echar mucho de menos.SEGUNDA PARTELo bueno, si breve, dos veces bueno, y aun lo malo, si breve, no tan malo.
Baltasar Gracián y Morales1 7
-Doctora, desde que pongo en práctica todo lo que usted me ha explicado, me siento mejor. Duermo
más; estoy más tranquilo, más seguro de mí mismo; siento que he recuperado el control sobre mis
reacciones. Y hasta diría que he conseguido dominar algo el dolor; no mucho, pero es un comienzo.
Y lo mejor de todo era que Margarita, la mujer del complicado paciente de Candela, pensaba que la
doctora Ebert había vuelto a salvar su matrimonio. Estaba convencida, y así se lo había contado a
todas sus amigas y conocidas, de que su doctora tenía “algo” fuera de lo común; porque cuando la oía
hablar, cuando escuchaba su voz, sentía paz y serenidad. La doctora Ebert le transmitía algo que no
era capaz de expresar con palabras. Y siempre terminaba su relato diciendo: “Chica, no sé
explicártelo. Tienes que pedirle hora para que te visite y lo comprobarás”.
Esa noche, Candela…
-¿Me permites?
-¿Perdón?
-Sí, que si me permites seguir a mí con la narración.
-Eso ya lo hablamos en su momento y me temo que, en esta parte de la novela, de la narración me
encargo yo. En un equipo, cada uno debe ocuparse de su cometido sin entrometerse en el de los otros,
¿no? Yo soy la narradora y tú eres la protagonista. ¿Por qué quieres cambiarlo todo ahora?
-Pues porque el ritmo es demasiado lento. Y tu estilo empieza a aburrirme. Deberías agilizar la
narración si no quieres cansar a los lectores. ¿No querrás que se pierdan el final, verdad?
-Yo no creo que mi ritmo sea lento. Procuro hacer una descripción exhaustiva de los hechos cuando
me parecen interesantes.
-A ver. Ya ibas a empezar este capítulo como siempre: frase de mi último paciente de la tarde,
pequeña explicación y cenita de viernes con Julio.
- ¿Y qué tiene ese esquema de malo?
-Nada si pretendes convertir la novela en un libro de cabecera para conciliar el sueño. A ti se te da
bien la introspección y no vendría mal que intervinieses con alguna incursión de vez en cuando para frenar
mis impulsos acelerados; pero deja que yo ponga la agilidad. Aunque presumas de conocerme más que yo
misma, déjame al menos intentar entenderme y contar mi versión. ¿Te importa?
-¿Estás segura de lo que quieres hacer?
-Muy segura.
-Bueno, no es lo acordado y sabes que puede ser peligroso; pero, por esta vez, haré una excepción.
Tiene usted la palabra, doctora.
-Muchas gracias:
Las colinas tapizadas por interminables viñedos, bañados por el sol de la Toscana, eran aún más
bonitas de como las había descrito Natalia. Ese verano pasé tres días inolvidables. La boda de mi
ayudante, compañera y amiga había sido espectacular en un entorno impresionante. Hasta me fue imposible
contener unas pocas lágrimas cuando dijo el “sí quiero”. No sé si las lágrimas fueron de alegría por verla
tan feliz o por mí, por lo mucho que la iba a echar de menos.A la boda asistió Silvia, nuestra instrumentista que, por cierto, se presentó con su novio, un
ortodoncista jovencito con el que no tardó nada en liarse en cuanto entró nuevo en la clínica. Ahora Silvia
vive como una reina ayudándole en la consulta. No se pueden ustedes hacer idea de lo bien que se lo ha
montado. Julio también vino a la boda. Llegamos por separado porque no conseguíamos ponernos de
acuerdo a la hora de hacer planes. Tampoco en este viaje. Desde luego, nuestra relación no era de lo más
perfecta. No llegamos a romper, pero tampoco estábamos juntos. No sé si me explico. En fin, no tiene
importancia.
Tratas de justificar con excusas la primera luz en el cielo que anuncia el inicio de una tempestad.
Tal vez frivolizas, te haces la fuerte, sonríes... Pero en el fondo, y también en la superficie aunque
rocíes la tristeza con muecas de tunante, te importa. Sí, te importa. Y tiemblas inmóvil. Sin que se note
tu fragilidad.
Cuchicheas a tus adentros mientras lanzas al exterior cascabeleos de supervivencia.Si se cambia interiormente, no se debe continuar viviendo con los mismos objetos.
Anaïs Nin1 8
Durante todo este tiempo los acontecimientos se dispararon y en la clínica hubo muchos cambios. El
nuevo director, mayor, rígido y de ideas fijas, se había rodeado de un equipo gestor que lo protegía como
si fueran peones de ajedrez. Yo estaba acostumbrada al anterior director, joven y más abierto a cualquier
sugerencia, siempre disponible al otro lado del teléfono. Ahora la clínica estaba dirigida por un equipo de
fríos y calculadores burócratas faltos de toda sensibilidad. Desde fuera, parecía una máquina bien
engrasada, pero todo era pura apariencia.
Mi trabajo también había experimentado un cambio de rumbo. No fui yo. Fueron mis pacientes los que
le imprimieron un golpe de timón. ¿Se acuerdan ustedes de Margarita? ¡Qué fiera de mujer! Quedó
encantada con el trabajo que hice con su marido. No crean que me fue fácil. El hombre era muy cabezota;
pero yo más. A base de mucho insistir y de mucha constancia, me hizo caso y encontró cierto alivio. A su
mujer el cambio le pareció algo milagroso. Ya no estaba permanentemente irascible y fuera de sí. Ahora
dormía y llevaba una vida, dentro de lo que cabe, normal. Y todo eso lo conseguí sesión tras sesión, los
viernes a última hora, ¿se acuerdan? Y esa fue la razón por la que Julio y yo tuvimos que dejar nuestras
clases de baile con la encantadora madame Farabef. ¡Cuánto la echaba de menos!
Aunque llevaba varios meses sin operar, mi economía no solo no se resintió sino que mejoró
considerablemente. Al principio, los pacientes empezaron a acudir a mi consulta atraídos por los elogios y
las explicaciones de Margarita. Ella estaba convencida de que tenía el deber moral de proclamar a los
cuatro vientos las bondades de mi trabajo, no como cirujana, sino en el terreno de la psicoterapia verbal.
En el amplio círculo de amistades de Margarita había todo tipo de personas, incluyendo periodistas.
Eso fue definitivo para mi lanzamiento y para que a mi consulta no solo acudieran pacientes de mi ciudad,
como hasta ahora, sino que vinieran desde los cuatro puntos cardinales del país.
Navegando en las, para mí, nuevas aguas de la psicoterapia verbal, me encontraba cada vez más
cómoda y realizada. Aunque la cirugía había sido hasta ahora mi mundo, no echaba de menos el quirófano.
De algún modo se había cumplido parte de mi sueño. Se acabaron los sustos, los postoperatorios inciertos,
las complicaciones, los sobresaltos cada vez que oía al otro lado del teléfono la voz de una recién
operada, la ansiedad, la angustia… las pesadillas.
Aproveché unas obras de remodelación en la clínica para pedir cambios en mi consulta. Sustituí las
frías vitrinas metálicas por armarios y estanterías de algo parecido a madera. Poco a poco fueron
desapareciendo de mi alrededor los paquetitos de gasas estériles, los rollos de esparadrapo, los frascos
de antiséptico, los tubitos de pomadas y las cajas metálicas con instrumental. Y las paredes de mi
despacho las fui decorando con mis propios cuadros pintados al óleo.
¿Te sientes feliz buceando en los inmensos abismos del alma humana?
Entre mis pacientes había de todo: amas de casa, empresarios, artistas, artesanos, profesores,
maestros, estudiantes, jóvenes, mayores, niños, profesionales, asalariados, banqueros, bancarios, ricos,
pobres, personas anónimas, personas con cargos de responsabilidad y hasta algún que otro personaje
famoso. ¿Quieren saber cómo murió realmente Marilyn Monroe?All you need is love.
John Lennon1 9
Los primeros rayos de sol comenzaron a entrar por la ventana de mi dormitorio. Aunque llevaba un rato
despierta, me apetecía remolonear un poco entre las sábanas.
Después de una estimulante ducha y un nutritivo desayuno, me dirigí paseando a mi consulta.
En el pórtico del templo de Leto en Delos, había una inscripción que decía:
Lo más hermoso es lo más justo; lo mejor, la salud; pero lo más agradable es lograr lo que uno
ama.
Yo no sé si ustedes estarán de acuerdo o no con el contenido de esta inscripción. Aristóteles desde
luego que no. Para él la felicidad es lo mejor, lo más hermoso y lo más grande sin separar los conceptos
de la inscripción del templo de Leto. Para Aristóteles la felicidad no es algo enviado por los dioses, sino
que se consigue mediante la virtud y cierto aprendizaje o ejercicio; porque confiar lo más grande y lo más
hermoso a la fortuna sería una gran incongruencia. El hombre feliz vive bien y obra bien. La vida humana
es para Aristóteles, preferentemente, acción y son nuestras acciones las que nos hacen felices o
desgraciados. El sabio será el más feliz de todos los hombres; y el más desgraciado de todos es, según él,
el solitario.
¿Y acaso no me estaba convirtiendo yo en una solitaria rebelde caminando por mi propio camino?
Quedaban lejanos en mi memoria los días de quirófano trabajando en equipo.
Aunque mis pacientes eran muy diferentes, con circunstancias diferentes, con vidas diferentes y
problemas diferentes, todos ellos tenían una cosa en común; todos buscaban lo mismo…
-En ese preciso momento, doctora, mientras mi novia me decía que quería dejarme, empecé a notar el
hormigueo en los dedos del pie y de la mano. Luego vino la pérdida de sensibilidad, las alteraciones
oculares, los problemas de equilibrio y finalmente la pérdida de fuerza en mis piernas…
-Desorientación espaciotemporal aún no tengo; pero a veces me pregunto qué hago yo aquí, doctora…
-Las discusiones nunca son tontas, doctora. Lo que puede ser tonto es el motivo de la discusión. Yo,
normalmente, no sé exteriorizar mis sentimientos, mi pena. Yo es que me lo trago todo…
-No se imagina, doctora, la gente con dinero lo triste que está y con cuánta soledad. La soledad de las
grandes ciudades es terrible y mata a las personas…
-Doctora, es que a mí me duele desde la punta del pelo hasta los dedos de los pies. Cuando estoy
nerviosa, noto que me duele más; y cuando estoy haciendo algo que me gusta, noto que me alivia. Si me
meto en la cama y no me duermo enseguida, me pongo tensa y agarrotada y ya no pego ojo y no descanso
en toda la noche…
-Mi madre me sometía a tal presión que llegué a pensar en tomarme unas cuantas pastillas, no para
suicidarme, sino para darles un buen susto…
-Me levanto como con una losa encima que no me deja mover. Me siento cansada, cansada de vivir.
No tengo ilusión por nada. Como si me hubieran chupado toda la energía. En mi casa no ha habido nunca
afecto ni comunicación. Me siento como un mueble más. Me limito a mantener un trato muy superficial; en
realidad no hay casi trato…
-No me deja vivir la vida con plenitud, doctora. De siempre he sentido una cosa aquí que no me deja
respirar…-Sentí de mi padre su preocupación por mí; pero nunca me dijo: hija cuánto te quiero. Según él esas
cosas no se decían, esas cosas se demostraban…
-Discuto mucho con mi marido. Él ve las cosas de una forma y yo las veo de otra y nuestra relación se
limita a atacar, atacar y atacar…
-Estoy hundida. Estoy desesperada. No sé dónde acudir. Tengo mucho miedo, doctora. Ya he pasado
por psicólogos y psiquiatras y lo único que me han hecho es atontarme con pastillas y sigo con mi tristeza
y mi angustia. Tengo miedo, doctora. Tengo miedo al sufrimiento. Tengo miedo a la muerte. La vida me
sonreía y yo sonreía a la vida. Yo era la persona más alegre y más activa del mundo. Me he pasado la vida
animando a los demás. Antes rebosaba optimismo y vitalidad. Siempre estaba haciendo cosas. Era una
persona feliz, doctora; y ahora ya me ve en el pozo en el que me he caído; y no sé cómo salir de él…
Aristóteles, al igual que otros hombres sabios de la Grecia Clásica, pensaba que la felicidad era el fin
de todo lo humano. Por lo tanto, la felicidad no debía estar en la diversión, ya que sería absurdo que el fin
del hombre fuera la diversión. Más bien consideraba que una vida feliz debía ser considerada como la
vida conforme a la virtud y a la sabiduría, y esta debía conseguirse con el esfuerzo, no con la diversión.
-¡Doctora Ebert!
-Hola Yolanda, ¿qué tal todo?
-Bien, bien. Todo bien… como siempre –contestó Yolanda rebuscando en el fondo de su bolso.
-Oh, estupendo…
-Haces mala cara, Candela. ¿Te encuentras bien?
-Sí, gracias, muy bien. Un poco preocupada. Nada más.
-¿Preocupada? –Yolanda dejó de rebuscar en el fondo de su bolso.
-Por un paciente.
-¿Puedo ayudarte? Si necesitas hacerme alguna consulta sabes que puedes contar conmigo. ¿Tienes
tiempo? Te invito a tomar algo cerca y me cuentas. Quizá contármelo te alivie.
-Me han dado una mala noticia –comencé a contar con una taza de té frente a Yolanda-. Uno de mis
pacientes ha hecho realidad su sueño.
-No entiendo.
-Tenía catorce años y todo lo que un chico de su edad puede desear: dinero, un buen colegio, una
buena familia, amigos... ¿Qué buscaba en realidad?
-¿Y el problema?
-La primera vez que su madre lo trajo a mi consulta me dijo que su sueño era morir de sobredosis en
una discoteca haciendo lo que más le gustaba... ¿Qué hubieras hecho tú?Es evidente. La imperfección
acerca, une,
aunque desconcierte, desmorone incluso.
José Albi2 0
Si a ustedes les gusta la playa en invierno, ¡vénganse conmigo! Una de las mejores cosas que tiene
vivir en una ciudad a la orilla del mar es poder disfrutar de la playa todo el año. A veces me siento en la
arena, atrapo el calorcito del sol y me quedo hipnotizada con el movimiento de las olas, las caprichosas
formas de la espuma, los reflejos de la luz sobre la arena mojada y ese tipo de cosas.
Prueben ustedes a escribir en un papel ficticio sus problemas y todos sus asuntos pendientes. Imaginen
que lo enrollan con esmero para que quepa por el cuello de una hipotética botella de cristal y la cierran
con un tapón de corcho. Supongan que la tiran con todas sus fuerzas al agua y contemplan plácidamente
cómo se va alejando mientras flota a la deriva, zarandeada sin misericordia por las olas.
No estaba en ninguna playa sentada sobre la arena acompañada por el calorcito de los rayos del sol.
Estaba sentada en la cafetería de la clínica con los restos de un plato combinado y una novela que me
ayudara a despejar mi mente. Una voz conocida se impuso sobre las voces de fondo de otros comensales.
-¡Hola Candela!... ¡Mmmmh… si a la doctora le gusta la mitología griega! Muy apropiado el mito de
Selene.
Yolanda Hado estaba de pie frente a mí haciéndose la encontradiza. Ella jamás comía en la cafetería
de la clínica y, la verdad, no era un lugar de paso. Supongo que querría hablarme de trabajo y le vino muy
bien mi libro. El mito de la diosa Selene sería la excusa perfecta para comenzar una profunda disertación
sobre los enigmas del alma humana (ella prefería referirse a los conflictos de la mente humana). Si les
apetece y tienen tiempo, anímense a leer el mito de Selene. Les gustará.
-Hola Yolanda, ¿vienes a comer?
-No gracias. Ya he comido. Oye, ¿tienes un minuto?
-¡Claro! Siéntate y charlamos un rato.
-Verás, una de mis pacientes me ha dicho que ha ido a tu consulta…
-¿Sí? No sabía nada. De haberlo sabido te lo hubiera comentado.
-No importa. Ya sé que ella no te ha dicho que es paciente mía. Pero no es por eso. No me molesta. Al
contrario; y por eso quería que habláramos. Juntas podemos hacer un buen trabajo. Mi paciente… quiero
decir, nuestra paciente, dice que está mejor, más tranquila y más animada desde que la has visitado. Yo
también se lo he notado y por eso le he disminuido la medicación…
-No sabes lo que me alegro –le interrumpí ansiosa por expresarle mi alegría-. No me has dicho el
nombre. Si quieres subimos a mi despacho, saco su historia clínica y la comentamos. ¿Te parece bien?
-Oh sí, es perfecto. Podemos hacer una pequeña sesión clínica. Aún tengo un poco de tiempo hasta que
empiece la consulta esta tarde.
Nunca desde que empecé a trabajar en la clínica había hablado de trabajo con la doctora Hado.
Mantuvimos una charla entre colegas en tono muy afectuoso. Hasta empezaba a parecerme simpática.
Antes de entrar en mi consulta, sonó el teléfono móvil de Yolanda Hado. Mientras ella atendía su
llamada yo le pedí a la recepcionista las llaves de mi despacho. La doctora Hado seguía hablando en voz
baja unos pasos detrás de mí. Una vez dentro, yo comencé a encender las luces y a conectar el ordenador a
la vez que ella se despedía dando por terminada la conversación telefónica. Con su móvil todavía en la
mano, se sentó junto a mí. Tecleé mi código de acceso para abrir el fichero de pacientes y le pregunté el
nombre de su, bueno, de nuestra paciente.-Se llama Soledad Gris.
-So-le-dad-Gris –repetí yo en voz baja acompañando el movimiento de mis dedos sobre el teclado.
-Es un caso típico de depresión reactiva con un importante componente de ansiedad –me aclaró la
doctora Hado mientras guardaba su teléfono móvil en el bolsillo exterior de su bolso de mano.
-Ya me acuerdo. ¡Ya sé quién es! Se pasó casi todo el tiempo hablándome de su hijo el pequeño. Le ha
marcado profundamente.
-Sí, no lo ha podido superar. Y así está. Además se culpa de todo. Está convencida de que si le
hubiera prestado más atención, si hubiera estado más pendiente de él, nada de esto le hubiera sucedido.
-Me dio mucha pena lo que me contó…
-No, no, no, no. Un paciente no debe darte nunca pena –me interrumpió con vehemencia la doctora
Hado-. Somos profesionales y debemos mantener nuestra cabeza fría para poder ayudarles. Nuestra
compasión no los va a curar. Si te involucras demasiado en las tristes historias de tus pacientes, acabarás
peor que ellos y te quemarás antes de tiempo. ¿Crees que puedes llevarte a casa todos los conflictos
psicológicos de tus pacientes, sus frustraciones, sus desengaños, sus inadaptaciones… sus fantasmas?
Me quedé inmóvil tras los consejos de Yolanda Hado. Parecían sinceros, fruto de una larga
experiencia profesional. Pensé que, en cierto modo, tenía razón. Mi preocupación no curaría a nadie, solo
me desgastaría inútilmente. Pero, en el fondo, me resistía. Había empezado a atender historias terribles,
conmovedoras. Había empezado a escuchar a mis pacientes y eso había hecho que empezara a escucharme
a mí misma y a prestarle más atención a ciertas facetas de mi vida que tenía desatendidas.
Al terminar esa tarde la consulta, llamé a Julio. Me apetecía muchísimo quedar con él. Y luego me
acomodé en el sillón de mi despacho y continué con Aristóteles: …en cambio divertirse para afanarse
después parece, como dice Anacarsis, estar bien; porque la diversión es como un descanso, y como los
hombres no pueden estar trabajando continuamente, necesitan descanso. El descanso, por tanto, no es
un fin, porque tiene lugar por causa de la actividad.Los espejos se emplean para verse la cara.
El arte, para contemplar el alma.

George Bernard Shaw2 1
-¿Se puede?
-Sí, claro. Entra Yolanda. ¡Adelante!
¡Yolanda Hado en mi despacho! Y sin avisar. Empecé a notar un extraño desasosiego. Lo de compartir
pacientes tenía su lado bueno, pero hacía que me sintiera observada y, sobre todo, evaluada por la célebre
doctora Hado. Hasta ahora se había mostrado amable, simpática y colaboradora; pero así se suele mostrar
todo el mundo al principio. La llegada de tensiones y críticas a mi trabajo solo era cuestión de tiempo. La
verdad, hubiera preferido tenerla alejada de mi consulta y de mis pacientes.
-¿Problemas con la informática? –me preguntó al sentarse frente a mí.
-Sí. No sabes lo que odio estos chismes cuando no obedecen y deciden hacer lo que tú no quieres que
hagan. Estoy escribiendo un artículo y anoche quise grabar las últimas correcciones…
-Y no se grabaron…
-¡Exacto! Ahora tengo que corregirlo de nuevo y no sabes la gracia que me hace. Espero que esta
última corrección se grabe porque si no me va a dar un ataque.
-¿Un ataque?... ¿de nervios? ¿Y qué iban a pensar tus pacientes? Mi querida Candela… no intentes
luchar contra los duendes de la informática. Tranquilízate. Piensa que el haber perdido las últimas
correcciones no es un problema sino una oportunidad que te ofrece el destino para poder hacer mejor ese
trabajo. Solo hay que vencer la pereza inicial. Créeme, doctora, si en lugar de ver contratiempos, ves
oportunidades de mejorar, en vez de fruncir el ceño, se te dibujará una sonrisa y lo que tengas que hacer lo
harás con buen ánimo. Uno de mis novios estaba escribiendo una novela. Después de hacer las últimas
correcciones en el texto, sin saber porqué, su ordenador se rebeló y no las grabó. Al principio le contrarió
mucho, pero le sirvió para inspirarse y perfeccionar el siguiente capítulo.
A mi ceño fruncido se le debió añadir una cara de idiota impresionante. Era evidente la bondad de los
consejos de la doctora Hado, pero tenía la impresión de haber dejado al descubierto uno de mis puntos
débiles. Y no sabía por qué, pero no me gustaba tener a Yolanda como espectadora.
Estás atrapada por la incertidumbre y percibes una claraboya en tu expediente. Sin embargo,
parcheas tus titubeos y decides disimular euforia.
-¡Qué gran consejo! A partir de ahora cada vez que tenga algún problema con mi ordenador me
acordaré de ti y pondré en práctica lo que me has dicho –dije para darme una salida digna-. Y, ¿cómo es
que has venido a verme? ¿Algún problema?
-No. Ningún problema. Al contrario. He venido porque la hija de uno de mis pacientes toca el
violonchelo en un quinteto de cuerda. Su padre me ha conseguido unas entradas para el concierto de esta
noche y he pensado en ti. ¿Te gustaría venir conmigo?
Noté un confortable calorcito subiendo por mis brazos y cómo se iban relajando todos los músculos de
mi nuca.
Deseas confiar y te rindes a un leve coqueteo con tu ingenuidad. Tu mente vuela, vulnerable, y tus
sentidos palmotean por una muestra de afecto.-¡Qué detalle! Claro que sí. Muchísimas gracias por haberte acordado de mí.
-No tienes por qué darlas. Pensé que te vendría bien un poco de buena música para que desconectes y
despejes tu mente después del trabajo. El otro día te vi demasiado involucrada. La empatía es buena, pero
con medida. Es normal que te pasen estas cosas ahora, recién llegada al complejo mundo de la psiquiatría;
pero, con el tiempo, aprenderás.
Sus palabras cortaron esa plácida tibieza subiendo por mis extremidades y, de repente, volvió la
tensión a mi nuca. Me recordaba a ese tipo de personas que necesitan tener a todo el mundo humillado a
sus pies fingiendo generosidad.
Presientes un aguacero tóxico a tu alrededor. Profetizas un tornado contigo en el centro y te
reprochas, quejosa y lúgubre, haberte dejado llevar sin lanzar a la luna, tu única confidente ahora, ni
siquiera un maullido.
-Vale. Aprenderé a despejar mi mente escuchando buena música. Poco a poco.
-Estupendo. Te gustará. Veo que sigues con Aristóteles -me dijo con los ojos fijos en el libro al verlo
sobre la mesa del despacho.
-Sí. Me… ayuda… a… despejar mi mente.
-Pues prueba con Séneca. Y ya me dirás qué te parece.
-Séneca… ¡Vale! –le dije con la misma cara de idiota que ya deseaba arrancar de mi rostro.Igual virtud es moderarse en el gozo que moderarse en el dolor.
Lucio Anneo Séneca2 2
Si ustedes buscan en el Diccionario de la Lengua Española el término catarsis, podrán leer que en su
cuarta acepción lo define como eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio
nervioso.
Todos necesitamos sentir esa purificación interior que nos produce el desahogarnos, el contar nuestras
preocupaciones a alguien. Para conseguirlo, lo normal es recurrir a la vecina que nos cruzamos por la
calle, a la cajera del supermercado, al taxista, a la amiga que nos tropezamos en el metro; pero, sobre
todo, recurrimos a nuestro peluquero.
El objeto de estos catárticos monólogos suelen ser chismes, trivialidades, pequeñeces sin importancia,
pero que nos molestan como si se tratara de una minúscula piedrecilla en nuestro zapato. ¡Y qué alivio al
quitárnosla!
Cuando lo que perturba nuestra mente son asuntos de mayor importancia, entonces, o nos los
guardamos sin contarlos a nadie durante años y años, o buscamos a alguien que esté obligado a guardar
nuestro secreto. Precisamente sobre esto hay notables estudios publicados: lo que más valoran los
pacientes es ser escuchados por profesionales que tienen prohibido revelar cualquier confidencia. Mis
pacientes, tras referirme en la consulta asuntos que jamás habían contado a nadie, se iban con un grato
efecto de limpieza interior.
¿Y yo? ¿A quién podía recurrir para que me escuchara? Mi relación con Julio no pasaba por uno de
sus mejores momentos y no quería cargarle con mis preocupaciones y mis tonterías. Gracias al correo
electrónico seguía en contacto con Natalia. Todas las semanas me mandaba alguna foto digital para
mantenerme bien informada de la marcha de su nuevo negocio. Las dos nos contábamos nuestras cosillas,
siempre superficiales, pero sin profundizar demasiado, ya que impone respeto dejar escritos algunos
temas. ¿La doctora Hado? Francamente, me empezaba a asfixiar; hacía que me sintiera observada e
incómoda, ¡muy incómoda! A ella sería a la última persona a la que confiaría mis más íntimas inquietudes.
Siempre estaba analizando e interpretando hasta el más insignificante detalle. Muy agobiante para mi
gusto.
Llegados a este punto, había que buscar a otra persona. Y, para ello, decidí una tarde hacerme la
encontradiza.
-¡Madame Farabef! ¡Qué alegría volver a verla! ¿Se acuerda de mí?
-Oh, sí, claro que me acuerdo. Tú venías a clase con el pequeño Julio. Recuerdo tu cara de niñita
asustada del primer día…
-¡Qué casualidad encontrarla aquí!
-¿Casualidad? Yo no creo en la casualidad. Nada sucede por azar, querida –me dijo con la autoridad
que solo la edad y la experiencia pueden dar-. ¿No tendrás prisa, verdad? No… claro que no. Anda, pasa
conmigo y charlaremos.
Entré a la academia siguiendo sus pasos. A la derecha había una puerta en la que nunca antes había
reparado. La abrió y me invitó a entrar con un amable gesto. Nos encontrábamos las dos en una pequeña
salita, acogedora y silenciosa, decorada con un gusto exquisito.
-Querida… toma asiento, por favor. Ponte cómoda.
Me acomodé en un mullido sillón junto a una de las lámparas de pie que iluminaban la estancia con luz
tenue. El entorno era cálido. Madame Farabef se sentó junto a mí y, con una voz suave, retomó su
intervención.-Vamos a ver qué te trae por aquí…
Tomó mi mano entre las suyas y cerró los ojos. Me sentí rescatada por el suave tacto de su piel. Estaba
sorprendida; pero, sin embargo, algo me decía que podía confiar en lo que estaba haciendo mi antigua
profesora de baile.
-¡Mmmmmh! Tienes luz, querida… –dijo mirándome con su ceño levemente fruncido-. Poder para
curar, no; pero tienes mucha luz en tu interior que puedes utilizar para guiarte por el laberinto de la vida y,
también, para guiar a otros. Debes comprender que la vida siempre es la que elige por nosotros, aunque
algunas veces nos deje creer que la elección es nuestra. Déjate llevar. No ofrezcas una resistencia inútil
que te agotará y te hará más vulnerable. Déjate llevar, pero mantente fiel a tus principios. Ese debe ser tu
límite que nunca deberás traspasar. La luz que tienes, en ocasiones, te permitirá ver el futuro; no intentes
cambiarlo porque empeorarás las cosas. Lo que sí debes hacer es prepararte y protegerte para no sufrir en
vano. Adáptate a las circunstancias que no esté en tu mano cambiar y acéptalas con serenidad. Cuando
dudes, elige la opción más simple, la más sencilla; porque las cosas auténticas son simples y sencillas…
como el amor verdadero.
Había ido buscando alguien con quien hablar y no había abierto la boca excepto para despedirme. Aún
había luz cuando salí de la academia de baile. Caminé un poco aturdida mientras buscaba algún sentido a
lo que acababa de oír. Nunca antes me habían hablado de esa forma. Paseaba con la mirada acomodada en
la lejanía cuando, al pasar cerca de un quiosco, algo captó mi atención. Me fijé en una revista del
expositor. En la portada aparecía la foto de alguien conocido. Era uno de mis pacientes.
Germán Chado estaba considerado una de las personas más influyentes del país. Tras una brillante
trayectoria en el mundo empresarial, preparaba su desembarco en la política. Había reservado la visita a
mi consulta con otro nombre para evitar una incómoda expectación en la clínica. Supo de mí por los
reportajes que la prensa me había dedicado en aquellos días y, supongo, le infundieron confianza.
No le faltaban motivos que justificaran sus habituales crisis de ansiedad somatizadas con bruscas
subidas de tensión arterial, dolores de cabeza, palpitaciones, dolor torácico, dolor abdominal,
irritabilidad… En su historia clínica quedaba reflejado el daño que le produjo la autoritaria educación a
la que fue sometido por su padre. Nunca acabó de superar los malos tratos y las vejaciones con que
pretendieron educarle. Le pesaba como una losa cómo proyectó sobre sus hijas los fantasmas de su pasado
y cómo volcó sobre ellas injustamente sus traumas no superados.
Al terminar su pormenorizado relato me dijo que me acababa de contar episodios y detalles de su vida
que nunca antes se había atrevido a confesar a nadie; pero entonces, al hacerlo, empezaba a sentirse, de
alguna forma, liberado de la pesada carga que llevaba soportando toda su vida.
Todo encajaba como las piezas de un rompecabezas. No había razón para pensar otra cosa. Fue una
buena dosis de intuición lo que me empujó a pedirle una exploración ecográfica de su abdomen. Algunos
días más tarde, los análisis y el TAC confirmaban el diagnóstico. Mi paciente padecía un infrecuente
tumor que producía una excesiva cantidad de noradrenalina y adrenalina. Estas eran las responsables de
sus síntomas, similares a los provocados por una neurosis de angustia.
No sabía cómo expresarme su gratitud. Era muy consciente de que, además de escucharle, le había
salvado la vida. Se sintió doblemente curado: por un lado, los cirujanos lo liberaron de su tumor y, por
otro, se sintió limpio de la pesada losa que oprimía su alma al atreverse a contar lo que nunca antes había
contado.
Comencé a leer el extenso artículo que le dedicaban en la revista. Mi famoso paciente le había cogido
el gusto a airear su vida. No solo me la había contado a mí sino a alguien más.Pido perdón
por confundir el cine con la realidad,
no es fácil olvidar Cahiers du cinéma,
le Mac Mahon,
eso pasó,
son olas viejas con resacas de la nouvelle vague.
Luis Eduardo Aute2 3
Querida Candela:
Ayer leí tu último e-mail y me alegró mucho saber que las cosas te van bien y que tus sueños se van
cumpliendo. Nosotros aquí estamos bastante liados. Hemos comenzado las obras para construir una pista
de tenis en el jardín. Aunque no está demasiado cerca de la casa, se nota el ruido de las máquinas y,
sinceramente, estoy deseando que se acaben.
¿Sabes? Ya estamos haciendo reservas para dentro de cuatro meses. Dicen los que entienden del tema
que, para llevar tan poco tiempo, los resultados vaticinan un negocio próspero. Y mi italiano va
progresando. Cada vez se me entiende mejor.
A ver cuándo vienes a pasar unos días con nosotros para relajarte.
Un abbraccio ed a presto.
Natalia
Ya eran más de las once de la noche cuando pude abrir mi buzón de correo electrónico y leer el último
e-mail de Natalia. No lo pensé dos veces y comencé a teclear para contarle mi conversación (más bien
monólogo) con madame Farabef y lo mucho que la echaba de menos.
Nunca valoramos las cosas hasta que las perdemos y yo empezaba a valorar el poder contar con
alguien que te escuche tomando un café, contar con alguien cerca que te pueda aconsejar en un momento de
incertidumbre.
Terminé mi e-mail agradeciendo su invitación y prometiéndole que pronto iría a verla. Apreté la tecla
de “enviar”. Apagué el ordenador. Apagué también la vela que me gusta tener encendida junto a él por las
noches y me fui a dormir.
En mi mente no dejaban de juguetear las palabras de madame Farabef.
Eran más de las dos de la madrugada y sus frases seguían bailando traviesas en mi cerebro. Se
hicieron más de las cuatro y seguía sin poder dormir. Al final, no recuerdo a qué hora, caí rendida frente al
televisor acunada por una película de Hitchcock cuyos protagonistas, la entrañable Thelma Ritter, Grace
Kelly y James Stewart, miraban todo el rato por una indiscreta ventana. Aunque la velada comenzó con
Crimen Perfecto. En esta película un celoso marido quiere matar por encargo a su infiel esposa. Cuando
el plan sale mal, este empieza a improvisar pruebas falsas para inculpar a su mujer y despistar a los
investigadores. Al final, tras el inevitable error fruto de tanta precipitación, se descubre la verdad sobre la
trama urdida por él. ¿A que les suena mucho?
A la mañana siguiente, todo mi cuerpo estaba pesado y mi mente embotada. Entré por inercia a la
clínica hasta llegar a la recepción para coger las llaves de mi despacho.
-Hola Marila, ¿cómo va todo? –pregunté a la recepcionista.
-Hola doctora. Aquí tiene sus llaves –me contestó sin mirarme-. El jefe de personal ha dejado un
recado para usted.
-¿Sí?
-Quiere que, en cuanto pueda, vaya a su despacho –continuó sin levantar la vista del mostrador.
-Gracias Marila –concluí mientras apretaba instintivamente las llaves que sostenía en la mano.Pasé la mañana atendiendo a mis pacientes sin pensar en el motivo por el que quería verme el jefe de
personal. Al terminar, le llamé para preguntarle si era buen momento para ir o si, por el contrario, estaba
ocupado. Mientras caminaba hacia su despacho me percaté de que todos contestaban a mi saludo sin
mirarme, y eso empezó a intranquilizarme.
-¿Se puede?
-Adelante –contestó una voz desde el interior del despacho.
Tras unos asépticos pero educados saludos, comenzó la demanda de explicaciones.
-Hemos recibido una carta del despacho de abogados que representa a uno de tus pacientes. ¿Germán
Chado es paciente tuyo?
-Sí –contesté escuetamente.
-Tu paciente quiere que realicemos una discreta investigación interna para averiguar cómo se han
filtrado a la prensa algunos datos muy íntimos de su historia clínica. Él te está muy agradecido por lo bien
que lo trataste y, por eso, quiere que este asunto lo llevemos con la máxima discreción y evitemos así
crear un escándalo.
-Bien. Pero ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?
-Sus abogados argumentan que durante sus visitas a tu consulta te contó detalles sobre su vida privada
que NUNCA a NADIE –y enfatizó estas dos palabras- había desvelado. Muchos de esos detalles han
salido publicados con posterioridad en un conocido medio de comunicación. Y se supone que la
responsable de guardar el secreto profesional y de custodiar los datos personales de su historia clínica
eres tú.
-Yo no he revelado a ningún periodista nada que estuviera sujeto al secreto profesional. Cuando en
alguna entrevista he necesitado hacer referencia a algún paciente, he contado con su consentimiento. No
recuerdo haber hablado con ningún periodista sobre mi paciente Germán Chado. Sobre la custodia de los
datos de las historias clínicas, hace tiempo que no utilizo las clásicas historias en papel. Las informaticé.
Están guardadas en mi ordenador y para acceder a ellas se necesitan dos claves de acceso que solo yo
conozco.
Ambos guardamos un prolongado silencio. Sentí que con mis últimas palabras no había hecho más que
empeorar mi situación. Si los historiales clínicos de mis pacientes estaban perfectamente custodiados y
solo yo tenía acceso a ellos, ¿quién más que yo podía haber revelado su contenido a la prensa?
-Bien. No quiero molestarte más –dijo el jefe de personal rompiendo el incómodo silencio mientras se
levantaba de su asiento.
Me acompañó hasta la puerta de su despacho y ambos salimos de él. Cuando pasábamos a la altura de
la sala de juntas se despidió de mí y entró en ella. Al abrir la puerta pude ver sentados alrededor de la
mesa al director de la clínica flanqueado por varios compañeros entre los que estaban Julio y Yolanda
Hado. Supuse que esa era la comisión de ética y deontología que se encargaría de hacer la “discreta”
investigación de mi caso.
No puedes suplicar, ni defenderte. Ni siquiera sabes qué pasa.
Giras entre la desazón y la incredulidad. Quisieras volverte incorpórea para cavilar desde la
absoluta ingravidez.
De vuelta a mi despacho intuía que todo lo que debían investigar ya estaba investigado. En sus mentes
ya habían dictaminado un veredicto contra mí. Solo debían encontrar un argumento correctamenteplanteado. Era fácil sospechar de una compañera que había salido con relativa frecuencia en los medios
de comunicación y que había tenido contacto con numerosos periodistas en los últimos meses. Tal vez
pensaron que había sucumbido a alguna tentadora oferta.
Pasé un buen rato sentada frente al ordenador cautivada por el parpadeo del cursor. Pensaba cómo
demostrar mi inocencia. De repente todo se volvía contra mí. Me sentía cansada. Salí de mi despacho
hacia uno de los lavabos del otro lado del pasillo para refrescarme. Desde su interior oí pasar a Julio y a
Yolanda.
-Qué se puede esperar de alguien con el ego inflamado por la popularidad –era la voz de la doctora
Hado-. ¿Conoces algún cirujano plástico sin un marcado afán de notoriedad? Y añade que últimamente se
ha estado dedicando a la práctica del intrusismo metiéndose en una especialidad que no es la suya.
¡Seguro que no es capaz de distinguir un neurótico de un psicótico!
Me quedé junto a la puerta del lavabo sin atreverme a salir. Si las palabras de Yolanda hirieron mi
autoestima, el silencio de Julio sin atreverse a pronunciar una sola palabra en mi defensa, me produjo un
efecto desolador.
De camino a casa decidí quedarme un rato paseando para despejarme e intentar recuperarme. Me
sorprendió ver sentada, en uno de los bancos, a madame Farabef.
-Hola querida. Te estaba esperando.
-¿Me estaba esperando aquí? Si ni siquiera yo sabía que iba a pasar por este jardín.
-Oh, no es lo que te figuras. No tengo una bolita de cristal para ver dónde vas a estar. Esta vez ha sido
Julio. Me lo ha contado todo y me ha dicho que probablemente te encontraría en el segundo banco a la
derecha. Es tu favorito, ¿no? El pobre está destrozado sin saber qué pensar ni qué hacer. No se atreve a
llamarte y me ha dicho que quizá, en tu situación, querrías hablar conmigo.La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira.
Jean-François Revel2 4
Querida Candela:
Por fin se terminaron las obras de la pista de tenis. Ha quedado espectacular. La superficie no es
demasiado rápida y le da un bote muy homogéneo a la pelota. Además, han puesto unos asientos
comodísimos que parecen de coches de competición para descansar al borde de la pista. Y una nevera
para los refrescos. ¡Todo un lujo, pequeña! La semana próxima estará instalada la iluminación para poder
jugar por la noche.
Me muero de ganas por intercambiar unos golpes contigo. ¿Te acuerdas de las interminables partidas
de tenis en los veranos de nuestra infancia?
Tómate en serio lo de dejarte unos días libres y venirte con nosotros.
Ciao ragazza.
Natalia
No me había atrevido a contarle mis problemas a Natalia. ¡Parecía tan feliz en su nueva vida! Daba la
impresión que las palabras “contratiempo” o “preocupación” se habían disipado de su vocabulario.
Por eso no quise contarle lo mal que lo pasé tras mi conversación con el jefe de personal. Mis días
transcurrieron llenos de perplejidad y desasosiego. La comisión disciplinaria siguió con su discreta
investigación. Yo no pude hacer más que seguir a la espera de sus conclusiones. Solo me volvieron a
llamar para hacerme unas escuetas preguntas. En esta ocasión, mis contestaciones no pudieron dar
demasiada luz sobre las cuestiones que se plantearon.
Al cabo de unas semanas, también a través del jefe de personal, me notificaron que sería conveniente
que dejara voluntariamente la clínica. Aunque no quisieron responsabilizarme formalmente de nada de lo
ocurrido, mi situación profesional se tornó muy delicada.
Entonces pasé por tantas fases que ni siquiera yo podía entender mis reacciones. La etapa de
incredulidad dio paso a una inquietud por el porvenir, para tornarse a continuación en rabia e impotencia.
Lo curioso fue que, finalmente, llegó una calma desacorde con la situación. Acababan de despedirme
de un modo elegante, a pesar de que yo misma debía renunciar a un trabajo para el que me sentía
preparada y, sin embargo, comencé a sentir una especie de liberación que incluso empezó a asustarme.
¿Me estaba convirtiendo en una inconsciente? ¿Acaso no me importaba nada la reacción de mis
compañeros ante mi marcha? Precisamente eso era lo que no me preocupaba en absoluto. En el fondo,
deseaba liberarme de una doctora con apariencia perfecta y con alma (si es que la tenía) de sabueso
siempre al acecho; quería alejarme de un anestesista que organizaba cenas todavía más perfectas y que era
escrupulosamente detallista, pero que se mostró desconcertado cuando su novia, yo, le rompió los
esquemas mostrándole inquietudes que no entraban en sus previsiones.
Me hubiera gustado preguntarle, antes de nuestro definitivo distanciamiento, para qué me habló de sus
métodos tan impregnados de humanismo si cuando comencé a aplicarlos hizo todo lo posible por cortarme
las alas. ¿Es que solo le importaba mi asentimiento ante su caballerosidad? Había comenzado a quererle
después de admirarle (dicen que es importante admirar a quien se quiere), pero me decepcionó. Y también
me decepcioné. Sí. De las relaciones, del amor, de la extrañeza que supone abrir tu corazón para que
después lo pisoteen o, peor aún, lo ignoren.
Porque nuestra despedida fue así, silenciosa, sin una discusión en la que plantear dudas, sin
preguntarnos el uno al otro si merecía la pena luchar por averiguar qué sentíamos exactamente. ¿Una pena?
O una suerte. Todo depende de cómo se mire.Me miro y lloro en el espejo
y me siento estúpido, ilógico.
Marc Anthony2 5
Me resultaba muy difícil olvidarme de Julio, así, de un plumazo; como difícil resulta olvidarnos de
todos aquellos a quienes queremos o hemos querido alguna vez.
Se acercó varias veces a mí pero creo que captó mi tristeza y no se atrevió a decir nada. Yo tenía
miedo a prolongar un diálogo en el que pudiera percibir un mínimo resquicio de desconfianza. No hubiera
soportado saber que él no creyera en mi inocencia. Y preferí quedarme con la duda. Tal vez él también
tenía esa y muchas más incertidumbres; sin embargo, yo esperaba su resolución de antes para que me
tomase de la mano y me dijera que no pasaba nada, que él estaba a mi lado.
Tú eres más fuerte que él aunque todavía no lo sabes. Pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es
explorar en nosotros mismos a través de otras miradas. Y tú estás aprendiendo a dejarte mirar por
dentro.
Él estaba aprendiendo a quererte y sólo sabía hacerlo mostrando su ironía, su faceta de chico
ingenioso, seguro de sí, controlador de la situación; pero en el fondo, está más perdido que tú y ni
siquiera se atreve a reconocerlo. Por eso mismo se deja llevar por otros, por la misma Yolanda. Porque
así es más fácil. Ahora tiene miedo, también él, de pensar demasiado. ¿Es una actitud cobarde? Por
supuesto. Pero nadie es perfecto, aunque tú pensases que él sí lo era.
Yo fui escurridiza porque preferí huir de sentimientos anteriores y enfrentarme a solas a mi propia
realidad. O puede que utilizase esa situación, aun siendo negativa, para encontrarme a mí misma
alejándome de todo.
Él revoloteaba a mi alrededor. Se hacía el encontradizo. Me buscaba a la salida de una cafetería, del
videoclub, del supermercado… Pero sólo encontraba a ese fantasma ausente en el que yo me había
convertido.Tengo [...] remedios para toda clase de errores,
también recetas para desilusión.
Alejandro Sanz2 6
¿A quién pretendía engañar? Estaba sola.
No podía seguir fingiendo que no pasaba nada. En la clínica nadie me creía y, si no quería romper el
mundo idílico de mi mejor amiga, la única persona a la que podría abrir mi corazón era una extraña señora
que me presentó mi ex novio.
Todo esto pensaba en un parque poco frecuentado, el único lugar lejos de mi consulta donde aún me
creía a salvo, donde nadie me reconocería ni me juzgaría. Todo esto pensaba sentada en el segundo banco
a la derecha.
- Hola, doctora, ¿qué tal? Quería comentarle...
- Ya no trabajo en la clínica.
Pero aquel comentario parecía darle igual.
- Resulta que...
Tú, vulnerable, mientras el mundo se desenfrena a tu costado. Ventisquea la tarde y no puedes más.
La mujer no frena el habla mientras te vas derrumbando, poco a poco, sin dejar de escucharla. Su
marido, sus hijos... y su autoestima baja. Y al lado, encuentro por fortuna, la doctora arreglavidas. Una
auténtica suerte. Una galería de personajes firma las palabras de la improvisada paciente. Febril,
lanza eclipses de desdichas familiares, mientras tú tratas de esconderte en un lugar donde todo se hace
silencio. Imposible. El vértigo se apodera de ti y todos tus remedios vuelan con el torbellino de una
suave ventisca. “¿Qué hago, doctora?” Y ese eterno desorden, cíclico y sutil, que taladra el cerebro.
“Tal vez la cirugía aplaque un poco mis nervios”. Mientras, un halo turquesa pintarrajea tu rostro casi
sin desdicha. Como un pincel helado y acariciador.
-¿Qué le pasa, doctora? ¿Por qué está llorando?…algo pasó en tu cabeza y empezaste a cambiar
han puesto una reja en la ventana
de tu celda porque has querido saltar
y no tienes nada que perder, no tienes nada que ganar…
Ignacio Cano2 7
Enjugué mis lágrimas. Sequé mis manos y desplegué el último correo electrónico enviado por Natalia.
Lo había impreso en papel y lo leía una y otra vez. ¿Para consolarme? ¿Para evadirme? ¿Porque no tenía
otra cosa mejor que hacer?
“… Es preciosa la Toscana. Si no te buscas un buen abogado que defienda tu inocencia, olvídate de
todo y ven a pasar conmigo unos días. El tiempo que quieras. Nadie mejor que tú para saber qué
beneficioso resulta un cambio de aires…”
A lo lejos pude distinguir la inconfundible figura de madame Farabef acercándose. Junto a su elegante
caminar contrastaba otra figura femenina. Le acompañaba una mujer de mediana edad vestida de forma
aniñada, como si de una colegiala se tratara. Su cuerpo ligeramente encorvado. La mirada perdida en el
suelo. Su cabello, aunque bien cortado, tenía un peinado descuidado. Sus brazos entrelazados no dejaban
saber quién se apoyaba en quién.
-Hola querida, ¿cómo van tus asuntos hoy?
-Hola. ¿Mis asuntos? ¡Bieeen, muy bien! –contesté de forma un tanto irónica.
-Mira, quiero presentarte a mi sobrina Elena.
-Hola Elena.
Elena no contestó a mi saludo. Siguió mirando al suelo como si viniera contando las baldosas y no
quisiera descontarse. Madame Farabef tampoco la forzó a contestarme como si su silencio fuera lo
esperado. Nos sentamos las tres en mi banco favorito y comenzamos a hablar de trivialidades hasta que,
de repente, Elena se soltó a hablar.
-Yo sé leer y escribir. Me enfrento al papel y no sé dónde situarme. No sé cuántos cuadritos debo
dejar entre las palabras ni cuántos cuadritos debo dejar entre las líneas. Y me bloqueo. Y no he podido
estudiar. Empezaron a darme medicinas a los ocho años. Lo que más me preocupa es la escritura y la
inseguridad. Cuando voy a comprar algo doy antes mil vueltas. Entro en mil tiendas. Entro y salgo mil
veces de cada tienda para comparar los precios. Y, al final, ya no me acuerdo de lo que he visto ni del
precio que tenía. Tengo miedo a relacionarme con las personas. A veces alguien dice algo y se me queda
esa frase parásita en la cabeza y no puedo quitármela de la mente. Y hasta que no lo aclaro, hasta que no
aclaro lo que ha querido decir, no me siento tranquila. Me mareo. Noto como si bajo mis pies tuviera una
plataforma móvil. El médico me dijo que tengo una neurosis obsesiva. Para conocer bien a las personas
hay que conocer sus aciertos y sus errores. Yo he leído todos los reportajes que escribieron sobre ti. Sí,
los he leído todos y solo hablaban de tus logros con tus pacientes. No hablaban de tus fracasos y así no se
puede conocer bien a una persona. Hablar sólo de tus logros es de ser muy arrogante.
Palabras y palabras. Por fin, esas mismas flechas, las palabras, te hacen reaccionar. Tú sabes que
son un bálsamo. Te gusta escribir aunque aún no lo sepas; aunque sólo hayas volcado palabras y más
palabras en una carta o un diario. Escribes airada o débil. Y te acurrucas en un rincón de la página
para calmar tu soledad.
Elena es una niña grande y llega a los fondos de los encuentros imprevistos a pesar de unas
cuadrículas vándalas que no encajan en su delicado puzzle. Y contrasta las vanidades con el
cromatismo de lo corpóreo dejándose llevar por el encaje de la inocencia.
Ella te ha mirado a los ojos y tú, en los suyos, has encontrado todo un descubrimiento. Sus palabras
no dichas, su silencio… Os salváis mutuamente.Tenía razón. Es fácil sentirse arropado cuando se es prestigioso. Pero a ella, a esta mujer de
apariencia y ademanes infantiles, no parecía importarle el halo que rodea a quienes prueban las mieles del
triunfo. A ella le interesaba conocer el miedo que se siente ante la incertidumbre, la tristeza ante la
soledad, la vergüenza ante el desprecio, o la humillación más dolorosa que nos hace vernos como los
seres humanos que somos, sin oropeles que falseen nuestra autenticidad.Y ese algo que soy yo mismo
es un cuadro de bifrontismo
que sólo da una faz.
José María Cano2 8
¡Médico, cúrate a ti mismo!
Permanecía sentada, inmóvil, sola, con mis propios pensamientos y una creciente sensación de
desasosiego que no podía controlar a pesar de poner en práctica lo que les aconsejaba a mis pacientes
para estos casos. ¿Por qué a mí no me funcionaba?
Bueno, si el mitológico centauro Quirón, el sanador herido, el mismísimo maestro de Asclepio, no fue
capaz de curarse a sí mismo su propia herida, ¿de qué me tenía que preocupar yo?
Cuenta la mitología que el sabio centauro Quirón, medio hombre medio animal, hijo de Saturno y la
ninfa Philyra, pero criado y educado por Apolo y Atenea en el arte de la medicina, la música, la poesía, la
caza, la lucha, la profecía…, sufría terribles dolores producidos por una incurable herida. En la
infructuosa búsqueda del remedio para su mal, encontró la forma de curar a los demás, pero no a él
mismo.
Les parecerá lamentable que tenga que consolarme con un antiguo cuento, con un personaje de fábula
que nunca existió. A mí también me lo parece.
¿Por qué te culpas? ¿Por qué analizas todas tus reacciones? ¿Por qué te justificas cada vez que
buscas ese punto de encuentro con los sentimientos?
Comencé a sentir el fresco y la humedad del atardecer en mis brazos. Miré a mi izquierda cautivada
por la intensa luz anaranjada del atardecer. Así permanecí unos instantes antes de levantarme de mi banco
favorito para encaminarme a casa. El sonido de un amortiguado golpe hizo que me girara instintivamente.
Cogí con fuerza entre mis brazos el cuerpo de un hombre, entrado en años, que a punto estuvo de caerse
sobre mí. El hombre, calzado con zapatillas deportivas y enfundado en un chándal, tras recuperar la
respiración, no hacía más que disculparse al tiempo que intentaba enderezar su cuerpo y recomponer su
figura.
-Perdóneme. Debe usted perdonar mi torpeza. No sé cómo he podido tropezar.
-Tranquilícese. Intente sentarse. ¿Se ha hecho daño? ¿Le duele en algún sitio?
-No, no. Creo que estoy bien. Ha sido más el susto que otra cosa. Y gracias que me ha cogido usted
antes de caerme al suelo. Es que iba andando y me he quedado mirándola… porque usted es la famosa
doctora de las revistas, ¿no?
Asentí con un gesto entre resignado y sorprendido.
Sentirte reconocida es duro. No ser esa pizca de brizna invisible que quisieras. Te descorazonas
hasta evaporar todo residuo de euforia. Buscas el refugio dentro de ti y no lo encuentras. Huyes al
banco más oculto y siempre hay alguien que te encuentra a ti.
-Verá pues. Yo es que soy un gran admirador suyo. Porque me alegró mucho ver que aún quedan
médicos como usted que prefieren ir contracorriente. Yo, hace ya quince o veinte años ¡o más!, me
preocupé de conocer a los más famosos psiquiatras, fisiólogos, neurofisiólogos y neurólogos de entonces.
No sabía lo que era la psicoterapia en aquella época, pero intuía que nuestro pensamiento es el que hace y
deshace en nuestra vida. Ahora, a mis más de ochenta años, ya voy sabiendo algo de la vida. Leí muchos
libros, escuché infinidad de conferencias y comprendí que debía emplear los mismos medios que mehabían enfermado para curarme. Adquirí una serie de conocimientos que me permitieron curar a los demás
pero no conseguí curarme a mí. ¿Sabe una cosa?
De mis labios no salió una sola palabra, pero el hombre que acababa de conocer y que tenía sentado a
mi lado, debió percibir en mi expresión que sí quería que me dijera esa misteriosa cosa.
-Verá doctora –bajó su tono de voz y siguió hablando de forma más pausada, separando más las
palabras-, la imaginación tiene más poder que la voluntad. Todo es emocional.
Ser capaz de emocionarte sin esa culpabilidad distorsionada por el dolor ajeno. ¿Lo recuerdas? ¿O
has olvidado todo lo que te hacía vibrar de niña, de adolescente…? Esa gota indómita, mosto de la
seducción cotidiana.
Imaginar es posible. Imaginar que es posible. Y crear con la mente, con las palabras, con un
pincel… Crear con el corazón. Dejar que se desborde hasta que se sienta henchido de emociones
disparadas, hasta que no entiendas de dónde procede tanta dicha. ¿Te sientes capaz?
Nos quedamos mirando fijamente, en silencio, durante lo que a mí me pareció una eternidad. Tenía tan
cerca de mí sus penetrantes ojos verdes que podía percibir en su aliento un inconfundible olor a
salchichón y cerveza.
Quererte un poco. Envolverte con algo más que tus brazos. Y dividir tus penas en porciones para
lanzarlas al vacío. Y así, desnuda de vértigos, volver a empezar.
-Doctora, me encuentro muy tranquilo aquí por el mero hecho de hablar con usted. No tengo nadie con
quien hablar y mucho menos de estos temas. ¡Todo es psicosomático!E come tutto torna
e come tutto passa
le cose cambiano per vivere
e vivono per cambiare
il mare s'alza e abbassa
e mai una goccia si va a perdere…
Claudio Baglioni2 9
¿Nunca les ha pasado que cuando más a gusto estaban relamiéndose con un pastel o un helado, un
agudo e inesperado dolor les ha recorrido la mandíbula? Eso era lo que me acababa de suceder para
colmo de desgracias. Esperé un tiempo prudencial para ver si calmaba el dolor; pero nada, al volver a
masticar volvía inmisericorde para recordarme que debía visitar a mi dentista. Aunque lo conocía ya de
tiempo y era muy buena persona, de trato simpático, ¿a quién le apetece ir al dentista?
Sentada en la sala de espera de su consulta, me sentía ridícula con mis gafas de sol, así que me las
quité con un decidido movimiento de mi mano izquierda y me dispuse a leer el libro que llevaba para
hacer más llevaderas estas inútiles esperas.
Al rato comencé a notar entre los otros pacientes movimientos y cuchicheos que acabaron de
incomodarme. No me atrevía a levantar la vista del libro. ¡Qué paciencia! Menos mal que oí la voz de mi
dentista entrando por la puerta a rescatarme.
-Hola, Candela, estaba esperándote. Ven conmigo. Creo que tenemos apuntados unos datos tuyos que
hay que corregir.
Me levanté y él me acompañó hasta su despacho.
-He pensado que aquí estarías más tranquila a salvo de los otros pacientes. Siéntate donde quieras.
Ponte cómoda. En cuanto termine, me ocupo de ti.
Nunca había estado en su despacho. Siempre había pasado directamente al gabinete. ¡Era espectacular!
Parecía el consulado de Italia. En las paredes había banderas de la Roma, la Juve y la Lacio. En la pared
de enfrente, enmarcada y encristalada, una camiseta del Inter, ¡firmada y todo! En la vitrina había unas
miniaturas de legionarios romanos reproducidos en plomo policromado y un típico gorro de carabinieri,
flanqueado por infinidad de fotos en lugares típicos de Italia. Me senté y esperé a que mi dentista volviera
a por mí.
Sentada, casi inmóvil para no hacer ruido, para no molestar. Casi ni respiras. Observas tu entorno
para descubrir algo en él. Lo que quizás tú sueñas, lo que quizás zarandea tus entrañas y lucha por
salir al exterior. Detectiveas cada rincón con ansias de sabueso hambriento. Y, finalmente, en tu mirar,
platea una luz curiosa. Se dibuja un amago de sonrisa sin convicción.
-Bien, doctora, ya puedes pasar. ¿Se te ha hecho muy larga la espera?
-No, qué va. Me ha distraído ver todos estos recuerdos de Italia. Te debe gustar mucho.
-¿Que si me gusta mucho? Un día de estos, me hago italiano. Ahora vas a ver –me dijo mientras se
desabrochaba los botones de la bata-. Mira lo que llevo puesto.
Bajo, llevaba una camiseta azul en la que se podía leer: Fratelli d'Italia, l'Italia s'è desta, dell'elmo
di Scipio s'è cinta la testa...
-Es un fragmento de la letra del Himno de Italia, el Inno di Mameli. ¿A que mola? Me la ha regalado
hoy un paciente y me la he puesto.
Ya me podía implantar un poco del ánimo que a él le sobraba. A mi dentista la vida le sonreía y no
tenía excesivas complicaciones en su trabajo. Para él todo era maravilloso. Incluso se expresaba como un
adolescente.Me acomodé en el sillón dental y le fui explicando qué me notaba y dónde lo notaba señalando con mi
dedo índice entre mis dientes. Fue un movimiento instintivo al tiempo que recordaba que los odontólogos
odian que sus pacientes intenten señalar con su dedo el diente que les molesta. Es inútil. La mano del
paciente tapa la visión y no deja ver el interior de la boca. Me di cuenta. Sonreí y, rápidamente, aparté la
mano.
-El diente que me molesta es el de al lado del canino, abajo a la izquierda.
-¿Es una molestia constante, o te duele con el frío y el calor?
-No, no. Es solo al masticar.
-Vale. Abre bien que te eche un vistazo.
Estuvo un rato explorando mis dientes. Según me dijo, no veía ninguna caries. Pero, para asegurarse,
lo comprobaría con el radiovisiógrafo.
-Pues no. No tienes ninguna caries. ¿Lo ves en la imagen? Lo que si he visto es que tienes cierto
desgaste en las caras oclusales; o sea, por donde masticas, y eso puede hacer que duela el ligamento
periodontal. ¿Estás muy estresada últimamente? Te lo pregunto porque es posible que, sin darte cuenta,
estés apretando tus dientes todo el rato. ¿Te has fijado?
-Ahora que lo dices, sí. A veces noto que tengo los dientes apretados y cuando me doy cuenta procuro
relajar la boca.
-Bueno. Cuando eso ocurre, es seguro que te pasas la noche friccionando tus dientes. Es una manera de
liberar la tensión que acumulas durante el día. En estos casos el tratamiento que suelo aconsejar es, o bien
una férula de descarga, que es como un protector dental, o bien unas buenas vacaciones.
-¿Un viaje a la Toscana conseguiría aliviar mi ligamento periodontal?
-¿A la Toscana? ¡Qué buen sitio! De buena gana te acompañaría. ¡Qué envidia me vas a dar, doctora!
Oye, si te vas, acuérdate de traerle a tu dentista una botella de chianti.
Las excusas, a veces, son buscadas; a veces, ocurren por azar. Tú quieres huir y no te conformas
con el segundo banco a la derecha. Tal vez la huida no te lleve a ninguna parte, pero has de intentarlo.
O, tal vez, no sea una huida sino más bien una búsqueda. Y buscar, buscarse, exige paciencia y riesgo.
Uno nunca sabe dónde tiene escondido ese rincón mágico de donde brotan las emociones más sinceras.
Y averiguarlo merece la pena, aunque nos lleve toda una vida.Y es doctrina de Hipócrates que los cuerpos inmundos, llenos de humor, quanto más los
mantenemos más daño les hazemos.*
Nicolás Monardes
*En castellano antiguo, trascrito del original.3 0
Aquella mañana, la luz del sol que entraba por la ventana de mi dormitorio no consiguió interrumpir
mi apacible y reparador sueño. Lo que sí me despertó fue el sonido del teléfono.
-¿Bigamé? Huy, un bobendo, bod favod –me quité la férula de descarga que protegía mis dientes
durante la noche y continué-. Perdón. Dígame.
-¡Muy mal! Querida, me parece fatal que a estas horas de la mañana aún no estés levantada –era la voz
de madame Farabef-. Haz el favor de arreglarte rápido que tienes una paciente citada a las once y no
estará nada bien que la hagamos esperar. Es imperdonable que una mujer de tu valía se abandone. ¡Venga,
a trabajar!
Madame Farabef se había empezado a encargar de llenar mi agenda de pacientes. No permitía que
bajara la guardia. Continuamente me recordaba lo importante que era mantenerme ocupada y cumplir un
horario de actividades. Siempre me repetía que esto funcionaba igual que en el ejército: ¡Un soldado
ocioso es lo peor que hay! Me obligaba a leer trabajos y publicaciones científicas para estar al día y no
perder mi nivel de conocimientos.
Ocupar tu mente. Ocupar tu desazón de noticias, de cifras, de oscilaciones... Llenar los huecos con
certezas racionales, con estrategias, con trazos de evidencias. Todo, y algo que guardas entre tus
párpados, para no pensar.
Cuando bajé, ya me estaban esperando. Madame Farabef me presentó a mi paciente y, mientras
paseábamos, me fue contando.
-Yo era una mujer asustadiza y tímida. Nunca he sido capaz de imponerme a nadie, de ordenar nada a
nadie. Y todos se reían de mí. Nadie, ni mi padre ni mi madre, me estimulaban a querer progresar y no me
pude desarrollar por culpa de eso. Doctora, estoy aquí para ver si me puede ayudar a resolver el problema
que me he creado. ¿Cómo le podría contar tanto sufrimiento? Nunca pensé que me pudiera sentir así. Como
si me hubieran desenchufado del mundo. He llegado a una situación de absoluto y total abandono y eso me
ha llevado a una falta de coordinación personal y afectiva entre mi marido y yo.
Me quedé mirando fijamente a madame Farabef mientras ella esquivaba mi mirada con aire de niña
inocente.
Alguien quiere guardar tu ingenuidad en una urna. Quieren protegerte del peregrinaje que pellizca
tu memoria y tu inédita vocación. Guardas esas travesuras de la mente en un tragaluz y zambulles la
plenitud que no conocerás por no dejarte jugar un pulso con el día a día.
La ignorancia y la inocencia juntas de la mano sin rumbo a ninguna parte.Y esta es una de las causas potissima, por la qual el dia de hoy se hallan pocos medicos que sepan
medicina, y muchos que la escrivan.*
Bernardino Montaña de Monserrate
*En castellano antiguo, trascrito del original.3 1
No recibí ninguna llamada, ni siquiera un mensaje de mis antiguos compañeros de trabajo. De la
clínica donde antes tenía mi consulta, nadie se puso en contacto conmigo. Nadie quiso, al menos por
curiosidad, preguntarme sobre lo ocurrido. Nadie excepto Rosa, una auxiliar del quirófano donde
realizaba mis operaciones. Y no fue para preguntar sino para animarme y expresarme su confianza en mi
inocencia. Algún día, me dijo, se sabrá toda la verdad.
-¿Ya te has apuntado al gimnasio? –me preguntó madame Farabef mientras comíamos.
Aquel día, decidimos ir a comer a La Recoleta, el mejor asador argentino que habíamos probado.
Estaba situado (casi escondido) en una de las bocacalles de la avenida Antiguo Reino de Valencia. Nunca
supe si lo que más me atraía de sus platos era la sabrosa y jugosa carne que servían, o las exquisitas
patatas al horno con mantequilla que acompañaban de guarnición.
-Es muy importante –prosiguió madame Farabef- que no descuides tu forma física porque enseguida
vendrán los kilitos de más y no te gustarás y te vendrá la depresión y te encerrarás en ti misma... Y te
volverás insoportable. Método, orden y constancia, querida. Ahí está el secreto.
No sé muy bien en qué se había convertido mi querida madame Farabef: ¿en mi madre?, ¿en mi
preceptora?, ¿en mi agente de marketing?
-Por cierto, querida –continuó-, me tienes que pasar tu número de cuenta bancaria para que los
pacientes te ingresen tus honorarios. No me parece nada elegante ir con dinero por ahí. Pareceríamos
traficantes. ¿No te parece?
Todavía en los postres, se nos acercó un hombre de impecable presencia, con su pelo engominado y
oliendo a aftershave como si acabara de afeitarse. Saludó con una especie de reverencia a madame
Farabef y esta, al instante, me lo presentó con una sonrisa en sus labios.
Mi siguiente paciente era un antiguo alumno de la academia de baile. Madame Farabef me hizo un
resumen de su currículum y, sin más, comencé a escuchar su relato.
-Doctora, quiero decirle que tengo muy buenas referencias de usted y que estoy seguro que me van a
ser muy útiles sus consejos. Verá, yo me siento un hombre fracasado. Desde pequeño me crié en un
ambiente familiar muy autoritario. Mi madre lo controlaba todo, lo dominaba todo. A mi pobre padre lo
llevaba mártir. Hoy a eso se le llamaría maltrato psicológico o chantaje emocional.
¿Qué mujer no quiere controlarlo todo a su alrededor? –pensé.
-Mi padre era un hombre muy vital -prosiguió mi paciente-, con una gran capacidad de trabajo.
Disfrutaba con un montón de aficiones que, poco a poco, fue restringiendo para complacer a mi madre. Se
fue encerrando en su mundo, cada vez más restringido, y se dedicó exclusivamente a su trabajo. Y,
mientras, ella gozaba tiranizándolo.
-Ya. Y siempre se ha escudado en el ejemplo de sus padres para justificar su falta de decisión a la
hora de comprometerse con una mujer. ¿Por miedo a convertirse en un pelele en sus manos? ¡Muy bonito!
Es muy cómodo encontrar siempre un culpable que justifique nuestros propios bloqueos y fracasos. Su
inseguridad es el resultado del miedo a la vida misma. Ante el miedo nos podemos cargar de valor y
enfrentarnos a él o huir. Y esta última opción siempre es decepcionante. ¡Siempre!
De pronto, sin saber por qué, te conviertes en un torbellino y avasallas a tu paciente para que
reaccione. ¿No necesitarías a alguien que, como hoy tú, te grite unos reproches al corazón?Apolo fue médico y poeta, por ser estas artes tan afines que ninguna más (…), que si el médico
templa los humores, la Poética enfrena las costumbres que de los humores nacen.*
Ildefonso López Pinciano
*En castellano antiguo, trascrito del original.3 2
Desperté con una sensación muy grata. Recordaba mi sueño al detalle. En él, madame Farabef me
llevaba a un pequeño bar en el centro antiguo de la ciudad. Nos sentamos en una de las mesas más
alejadas de la barra. El local tenía un aspecto antiguo pero cuidado. Apetecía estar allí.
Atendía la barra, con desparpajo, una mujer de unos sesenta años peinada con un rubio platino.
Mostraba una expresión sonriente aderezada con abundante maquillaje. Toda su estampa irradiaba una
bondadosa vitalidad.
Cuando sus ojos se fijaron en los míos, me desperté.
¿A dónde pretendes llegar cerrando los ojos? ¿Quién te ha dicho que es imposible abrirlos y
encontrarse con la luz reflejada en la punta de la nariz? Presientes la providencia entre las tablillas de
un abanico desde donde la perspectiva es inasible. Entre ellas te escabulles, ebúrnea y difusa a un
tiempo. El sueño te ha secuestrado para refrescar algunos remiendos y convertirlos en promesas. Por
fin, vapuleas tu deseo en un vaivén de veleta.
Bajé las escaleras de dos en dos para no hacer esperar a madame Farabef, pero fue inútil. Paseaba por
la acera cuando me vio aparecer.
-¡Un día espléndido! ¿Verdad, querida?
-Sí, es precioso.
-Hoy te veo mucho mejor. ¿Has descansado bien esta noche?
Sin esperar mi respuesta, madame Farabef me cogió del brazo para explicarme que me iba a presentar
a una gran amiga suya. Caminamos hasta adentrarnos en las angostas y sombrías callejuelas del viejo
centro.
Unos metros antes de llegar, señaló un pequeño bar de tapas antiguo pero restaurado. Cuando
entramos, saludó efusivamente a su amiga tras la barra.
-¡Querida Lupe!
-¡Amparo, qué alegría volver a verte! Hacía ya mucho tiempo…
-Lupe, te quiero presentar a una joven. Se llama Candela.
-Candela. ¡Qué bonito nombre!
Solo fui capaz de articular un escueto saludo ante la mujer que en mi sueño atendía la barra de su bar
con la misma bondadosa sonrisa que ya conocía mi subconsciente.
-Sentaos y poneos cómodas. Enseguida estoy con vosotras. ¡Qué alegría, Amparo!
Madame Farabef y yo nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la barra. Permanecí en
silencio con la misma emoción que experimenté en mi sueño. Mi asombro me desconcentraba e impedía
atender a las palabras de mi amiga y consejera.
Al cabo de un rato, Lupe se nos acercó. Puso sobre la mesa una bandeja y repartió tres vasos con lo
que parecía ser un combinado de frutas. Se sentó con nosotras y nos invitó a beber.-¡Amparo! ¡Qué sorpresa! ¡Cuánto tiempo! ¿No? –insistió Lupe.
-Sí, demasiado tiempo –contestó pensativa madame Farabef-. Te he traído a esta jovencita porque
quiero que…
-Mi buena Amparo, ¡no has cambiado! –interrumpió Lupe-. ¿Lo mismo que la última vez?
-No exactamente. Ella ya ha comenzado a caminar por su propio camino, pero ahora debe encontrarse
a sí misma para andar el siguiente trecho. Necesita conocerse un poco más. Ha comenzado a caminar a
ciegas y necesita ver.
-¡Mmmmmmh! Ya entiendo –dijo Lupe bajando la cabeza.
Aquella mujer, que desbordaba energía tras la barra de su bar, me cogió las manos y me dijo:
-Ahora presta atención a tus pensamientos.
Sin yo pretenderlo, cerré los ojos de forma inmediata. A una velocidad vertiginosa empezaron a llegar
a mi mente una gran cantidad de imágenes. ¡Era Lupe! Y empecé a sentir un intenso dolor, angustia,
tristeza, más dolor, desesperación, oscuridad, mucho más dolor y confusión. Cuando fui capaz de abrirlos,
encontré frente a mí la bondadosa sonrisa de Lupe.
Ves, en realidad, lo que quieres ver. Nadie te guía aunque tú lo presientas. Y, sin embargo, la calma
de un ser compasivo balancea el aire hasta hacerte creer, algo que nunca debiste olvidar, que eres
libre.Dormida, en el murmullo de tu aliento
acompasado y tenue,
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende.
¡Duerme!
Gustavo Adolfo Bécquer3 3
Tenía a madame Farabef frente a mí hablando por su teléfono móvil:
-Le atenderá a las tres de la tarde… No, por la mañana no es posible. La doctora tiene toda la mañana
ocupada… Sí, no hay pérdida: en el segundo banco a la derecha… Correcto… Adiós señor, que tenga un
buen día.
Madame Farabef colgó el teléfono y continuamos con nuestra charla.
-La paciente de las diez ya se está retrasando. No me gusta tener luego que hacer esperar a los que
vienen a su hora.
-Perdón por el retraso –dijo acalorada la paciente de las diez.
Venía con paso apresurado, pero su rostro reflejaba satisfacción y alegría. Sin esperar a que yo le
preguntara nada, comenzó a relatar de forma fluida y entusiasta cómo le habían cambiado las cosas tras su
primera visita conmigo. Oyéndola, era evidente que había sido una buena paciente y que había puesto en
práctica, con éxito, mis consejos.
-Y cuando me sobran los motivos para estar mal, cambio. Me pongo bien, sonrío y así ganamos todos.
¿Para qué nos tenemos que enquistar en las cosas malas? ¡Es inútil! He decidido volver a sentir la vida.
Con pasión, con frescura, con ironía. A veces, con descaro; a veces, con un toque de ternura.
Esa tarde terminé la consulta a tiempo para que madame Farabef no llegara tarde a su academia de
baile.
-Quería decirle algo –le abordé tímidamente.
-Dime, querida. Conmigo puedes hablar con confianza.
-He visto mi futuro en un sueño. Pero no tengo ni idea de cómo conseguirlo. No sé qué debo hacer y
me da miedo equivocarme y estropearlo todo.
-Querida, cuando tengas mi edad, recordarás algunos momentos de tu vida y te cuestionarás qué te
impidió disfrutar de ellos. Te preguntarás por qué te quedaste paralizada desaprovechando las
oportunidades de vivir con verdadera pasión –hizo una breve pausa y prosiguió-. A partir de ahora se te
plantearán muchos interrogantes que deberás responder tú misma. Yo no podré ayudarte. Deberás buscar
en tu interior.Ríete del espejo.
Desbarata la imagen rigurosa que muestra
y juega con la línea
buscando lo irreal, lo que no existe.
Pedro José Moreno Rubio3 4
Querida Candela:
Recuerdo muchas veces nuestro juego de la infancia y aún me parece increíble que fuésemos capaces
de remontar aquel 5-O hasta forzar un desempate.
¿Lo recuerdas tú? Perdimos el primer set, pero no el partido. Fuimos las vencedoras de la tarde.
Éramos unas niñas y deseábamos ganar con todas nuestras fuerzas, pero el aplauso del público, la
ovación que recibimos, mucho mayor que la propinada a las vencedoras del torneo, nos hizo aprender una
importante lección que, estoy segura, recordaremos siempre: nunca debemos tirar la toalla.
Jamás nadie debería sentirse derrotado antes de haberlo intentado TODO.
Por muchos años que pasen, no deberías olvidar aquella lección que también nosotras dimos a quienes
creían saberlo todo.
Ahora te pido que des un salto en el tiempo y en el espacio y te vengas unos días a la Toscana porque
te necesito. Necesito una pareja de dobles y solo puedes ser tú.
Yo también espero que algunos sentimientos regresen y ya no busco excusas. Creo las ocasiones. Te he
apuntado conmigo en un torneo de tenis, como en los viejos tiempos, y estoy segura de que no me fallarás.
Llámame en cuanto recibas este e-mail y lo digieras, para confirmarme el vuelo en el que llegarás.
No admito una negativa.
Besos,
Natalia
Me disponía a consumir de forma frenética las primeras horas de la mañana, pero mi cabeza aun
permanecía aletargada. No pude dejar de escuchar la conversación, a través de su teléfono móvil, de una
joven sentada a mi lado:
-Me sentí fatal, muy, muy mal. Me fui a urgencias y el médico me dijo que no había salido nada en las
exploraciones. Que lo que tenía era una crisis muy fuerte de ansiedad. Es que antes terminaban los
problemas y no pasaba nada, pero ahora no. Estaba como si se me hubiera caído el mundo encima. Se me
quitó el apetito, dejé de dormir, de descansar. Me siento fracasada y creo que lo que estoy necesitando es
un cambio de verdad.
Permanecía sentada observando el ir y venir de las personas a mi alrededor. Me preguntaba si, en
realidad, era un ser libre o una marioneta atrapada entre los hilos del destino.
Sales de tu escondite y te deslizas entre llamadas a ocupar unos asientos impersonales por ver si
recuperas un equilibrio tal vez efímero. El ajetreo bombea las somnolencias y, entonces, sometes tus
impulsos a un ceniciento beso de hélices donde has depositado tu secreto pacto con la esperanza.
-Pasajeros del vuelo de Alitalia cuatro tres nueve con destino a Siena, diríjanse a la puerta de
embarque número seis –oí por los altavoces del aeropuerto.
Me acomodé en el asiento 12A. A mi lado viajaba un pasajero con pinta de ejecutivo, con su maletín y
todo. Hasta olía a ejecutivo. Solo cruzamos algún amable gesto en todo el viaje. El pobre se quedó
dormido mientras leía un libro de autoayuda en edición de bolsillo. ¡Las diez claves del éxito! ¡Sea feliz
alcanzando el éxito! ¡Conózcase a sí mismo! ¡Corrija sus zonas erróneas! ¡La felicidad en diez pasos!
¡Diez pasos hacia la felicidad! O qué sé yo qué título le habrían puesto. Lo más irónico era que usaba
como señalador el papelito del prospecto de un relajante muscular.
¿En qué joya de la literatura mundial leería que, si cubría su calva con un bisoñé, incrementaría su
poder de persuasión ante sus clientes? ¿O lo vería en uno de los episodios de Los Simpson? ¿Me permiten
una reflexión muy personal? El día que los dermatólogos dejen de quedarse calvos, empezaré a creerme lode las lociones crecepelo.
No pude o no quise controlar una silenciosa carcajada que brotó caprichosa de lo más profundo. Yo
me dediqué a seguir leyendo Match Ball, la revista que había comprado en el aeropuerto sobre el
fascinante deporte del tenis. La vida –pensé- es como el tenis: hasta el último punto, no hay nada decidido;
porque, aunque tu contrincante disponga de una pelota de partido, tú aún puedes ganarlo.A esa muchacha que fue Piel de Manzana
se le quebró el corazón de porcelana,
se le bebieron de un trago la sonrisa.
La primavera con ella tuvo prisa.”
Juan Manuel Serrat3 5
No estaba convencida de nada. Solo me sentía rodeada de caras extrañas, maletas extrañas, pasillos
extraños...
¡Qué alivio ver un rostro familiar! Y gritamos, nos abrazamos, saltamos como buenas latinas. Sin
vergüenza a las miradas. Dejamos correr libres unas lagrimitas. Las suyas, de emoción. Las mías, de
alivio.
-¿Puedo? –le pregunté a mi amiga Natalia señalando el botón para quitar el techo de su C-70 cabrio.
-Por favor, doctora, proceda –me contestó sonriente.
Me quité las gafas de sol. Necesitaba sentir la luz y el calor en mi piel. Extendí mis brazos y mi alma.
A medida que nos alejábamos del aeropuerto y nos adentrábamos en el campo, se respiraba un aire más
limpio, más fresco.
Comenzabas a sentirte otra, a ver el mundo desde el otro lado, desde la distancia que, a veces, da la
indiferencia previa hasta transformarse en deseo. Aspirabas la agitación de sentirte acariciada por un
abanico de diluvios. Sin formulismos, te fundiste con la fugacidad del momento y rozaste, sin pensar en
nada más, algo parecido a la felicidad.
Natalia me acompañó a mi habitación donde me esperaba una estupenda sorpresa. Encima de mi cama
había una bolsa con dos raquetas de última generación.
-¡Con el cordaje especial para liftadores! –grité emocionada.
-Y a tope de tensión, como a ti te gustaba, para dirigir bien el golpe –añadió Natalia golpeando las
cuerdas de una de las raquetas-. Nos pondremos en forma otra vez. Jugaremos por las noches para evitar
el calor.
No pude reprimirme. Interrumpí la explicación del plan de entrenamiento y volví a comportarme como
una histérica quinceañera. Dejé libres mis emociones y acabé llorando; pero, esta vez, a lo bestia.
Te dejaste ir, llevar, ser… Sin otro acompañamiento que las lágrimas. Otra vez, pero esta más
intensas. Cargadas de minutos, de horas, de años callados que acompañaron ese sumergirte en las
profundidades de otros para hacerles sentir mejor. Y tú querías ser, estar, sentir contigo; pero no
sabías cómo. No te lo planteaste siquiera. Tus investigaciones iban por otro lado, tan de lado que se
alejaron por completo de ti.
Así quedaste. Desnuda de emociones propias por no saber canalizarlas. Por eso te sentabas en un
banco esperando quién sabe si a los demás o a ti misma desdoblada entre los murmullos de las hojas. O
tal vez deseabas verte reflejada en un problema de un paciente fantasma para, a través de una terapia
a brote de intuición, retomar algo de aire e iniciar el primer paso hacia tus propios deseos.
Y, sí, lloraste como una posesa a quien ya no le importa fingir. Se ha activado un pequeño recurso
para resolver tu conflicto con parte del mundo, tu propio desconocimiento. Una locura sana e intensa
se apoderó de ti hasta reconocerte o, mejor aún, descubrirte.
Ahora, sólo ahora, sabes, por fin, que eres capaz de vibrar.Los placeres puros, sin mezcla, son los que nacen de los colores que llamamos bellos, de las formas
y de la mayor parte de los perfumes y sonidos; todos los goces, en suma, cuya ausencia no es penosa ni
sensible.
P l a t ó n3 6
Pasé la tarde durmiendo en mi habitación. Desperté y quedé atrapada por los cálidos colores del
atardecer enmarcado por uno de los ventanales que daban a poniente. Me fui observando. Mis músculos
estaban relajados. Mi nuca había dejado de existir. Mi mente se había liberado de preocupaciones.
Comenzaba a tener una especial percepción de mí misma y toda mi atención estaba puesta en el canto de
los gorriones, al otro lado del ventanal.
Hice un par de inspiraciones profundas para cargarme de aire renovado. Sonreí y me encaminé hacia
la ducha. Agradecí con una calma extraña cómo corría el agua y el jabón por mi piel. Me sentí nueva y
reconfortada.
¿No te reconoces? ¿Creías acaso que la vida se compone de carreras para alcanzar la
supervivencia? ¿Y las motas de felicidad? ¿Alguna vez habías atrapado un instante para apropiarte de
todas sus sensaciones cálidas? ¿Acaso nunca contemplaste tu derecho a la dicha? ¿O creías que el
entusiasmo por la vida era algo remoto, ajeno a ti, imposible…?
Salí de la habitación con mi pelo recogido, una falda ibicenca blanca y un top azul turquesa sin
espalda anudado al cuello. Cómoda y libre. Sin más adorno que unos pendientes largos de cristales
celestes. Fui paseando por el jardín que rodeaba el hotel. La brisa movía el vuelo de mi falda y dejaba ver
un poco mis sandalias blancas con incrustaciones turquesas. Era como tener estrellas fugaces en mis pies.
Con mis ojos cerrados, aspiré el aroma a césped recién cortado más intenso con la humedad del atardecer.
Alrededor de una mesa, había unos sillones de mimbre con un aspecto muy confortable y decidí sentarme.
-¡Candela!
Me giré hacia la voz de Natalia.
-Hola Natalia. ¡Qué bien se está aquí! Ya me encuentro mucho mejor.
-Hija, es que hasta te ha cambiado la expresión. Vuelves a tener ese brillo tan gracioso en tus ojos. Y
me encanta verte sonreír… Había pensado que esta noche podíamos quedarnos a cenar aquí. ¡Vas a ver
qué cocineros tenemos!
Natalia, su marido y yo disfrutamos de una animada conversación durante la cena, recordando viejos
tiempos.
-Natalia, gracias por obligarme a venir.
-¡Qué tontería! Quiero que te sientas como en casa.
Era cierto. Desde que llegué a la Toscana, comencé a sentirme aliviada. Como cuando vuelves a casa
después de un duro día de trabajo.
Volviste a ti después de muchos años. A tu infancia repleta de fragancias olvidadas, a la amistad
sincera… Retornaste a sabores no impuestos, a mezclas de risas y revuelos, a paletas de colores
emborrados hasta transformarse en grises. Volviste a ser tú aunque nunca te diste cuenta de que te
habías ido.
-Esta tarde me he sentado un rato a contemplar el jardín y, con tanto colorido a mi alrededor, he
recobrado la necesidad de ponerme a pintar.-¿Pintar dices? Pues habrá que ponerle remedio a eso –aclaró Natalia con un reojo cómplice hacia su
marido.Si tú me inventas de nuevo me hago de barro,
invéntame como quieras, más alto, más bajo.
Y como condición solamente propongo
que sepas quererme si un día me rompo.
Sergio Dalma3 7
Esa mañana, Natalia y yo, nos fuimos de compras. Cargamos el maletero de su coche con un caballete,
varios lienzos, una paleta, pinceles, espátulas, un frasquito de esencia de trementina y un montón de tubitos
de pintura al óleo.
Natalia me ayudó a instalar mi estudio de pintura en la terraza cubierta de mi habitación. Era un buen
lugar para pintar. Tenía buenas vistas y, al mismo tiempo, estaba resguardado del resto de los huéspedes
del hotel. Un remanso de tranquilidad y de inspiración.
Al pintar un cuadro, lo importante es saber cuál es el punto de darlo por terminado para no
estropearlo. ¡Hay que saber parar de pintar!
Y hay que saber parar de pensar.
Pasé los siguientes días pintando y jugando al tenis. Toda la energía contenida en mi interior se iba
liberando pincelada a pincelada; raquetazo tras raquetazo.
- ¡Candela, es precioso! ¡Para! ¡No sigas pintando! –exclamó Natalia al ver mi primer cuadro-. ¡Es
impresionante! Has conseguido una combinación de formas y colores muy sugerente. Lo voy a colgar en la
entrada. ¿Qué te parece?
Me pareció el mejor elogio que se le podía hacer a mi pintura.
Una noche mientras cenábamos, tras pasar un par de horas jugando al tenis, se nos acercó una de las
huéspedes del hotel.
-Discúlpenme. En recepción me han indicado que debía hablar con una de ustedes. Busco a la
responsable de relaciones públicas del hotel.
-Ya la ha encontrado –se adelantó Natalia-. Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
-Me llamo Luccia Vercelli –continuó, entregándole una tarjeta de visita-. Soy marchante de arte…
-¡Oh!... ¡Vaya!... Por favor, siéntese –le indicó Natalia.
-Me ha llamado la atención el cuadro que han colgado en la recepción del hotel.
-¿Le ha gustado?
-¿Que si me ha gustado? Me parece una obra con una extraordinaria frescura. He visto que lo firma una
mujer y me gustaría, si fuera posible, que usted me pusiera en contacto con la pintora.
Natalia me miró. Yo miré a Natalia e intercambiamos algunos discretos gestos de complicidad.
La suerte se le aparece a quien la busca y a veces se presenta en forma de objeto, de palabra o… de
mujer. A veces es alguien sin más que mira nuestras ilusiones con ojos de complicidad. Alguien que
valora nuestros sueños como si fueran los suyos propios. Sabe apreciar nuestro esfuerzo, nuestra
creación, nuestra sensibilidad. Entonces, se abre ante nosotros un abanico de posibilidades y, como
por arte de magia, la vida cambia por completo.-Le presento a la Dra. Candela Ebert, la autora del cuadro.
-¡No me diga! Encantada de conocerla –me saludó con un simpático gesto mientras me tendía su
mano. ¿Y es doctora?
-Sí, soy médico –contesté escuetamente.
-¿Y qué especialidad es la suya?
-¿Mi especialidad? –hice una pausa antes de continuar-. Mi especialidad es el alma humana. El
traumatólogo es el médico que se ocupa de los huesos. El cardiólogo es el que se ocupa del corazón. De la
sangre se ocupa el hematólogo. El neumólogo se ocupa de los pulmones; pero ¿qué médico se ocupa del
alma humana?La casualidad no es, ni puede ser, más que una causa ignorada de un efecto desconocido.
V o l t a i r e3 8
Lo mejor de las vacaciones es despertarte cuando ya no puedes dormir más; pero, en esta ocasión,
prefería levantarme temprano para saborear el silencio adornado por el piar de los gorriones, la brisa
todavía fresca y las luces y sombras producidas por los primeros rayos del sol sobre la vegetación de las
colinas que rodeaban mi habitación.
Estaba sentada frente al lienzo aún en blanco. Una cosa era pintar un cuadro y que saliera bien por
casualidad y otra, muy distinta, repetir la jugada sin bajar el nivel. El estimulante sabor de un zumo de
frutas parecía ir despejando mi cabeza. De repente, afloraron a mi memoria las palabras de un célebre
cirujano que conocí durante mi residencia: ¡Concentración! ¡Control! ¡Precisión! Siempre las repetía en
voz alta a su equipo antes de comenzar cualquier intervención quirúrgica. Así que me despojé de toda
concentración, de todo control y precisión; miré la paleta y me observé con detenimiento porque lo que
deseaba era que mi mente vagara dispersa y libre al compás de mis emociones, de mis sentimientos, de las
sensaciones que me producía aquel derroche de aromas y luces.
Cambié el carboncillo con el que me disponía a trazar un boceto por una espátula rebosante de color y
comencé a acariciar el lienzo con libres y espontáneos movimientos de muñeca.
A media mañana conseguí, sin pretenderlo, fundir el cielo con la tierra en un horizonte de imaginación.
Me alejé unos pasos. Contemplé mi obra. Me sentí satisfecha y libre.
-Buon giorno! Come stai?
-Buon giorno, Luccia! –contesté apoyándome en la balaustrada de la terraza.
-¡Espléndida mañana!
-Sí. ¡Muy, muy espléndida!
-Pones cara de satisfacción.
-Quizá. No sé. ¿Puedes subir? Quiero mostrarte algo.
-Ok. Voy presto… ¡Súbito!
Esperé junto a la puerta a que subiera Luccia. La conduje hasta mi terraza para que viera el cuadro
recién terminado. Se quedó contemplando el lienzo en silencio, sin mover un músculo, sin hacer el más
mínimo gesto. Sin quitar la vista del cuadro, se dejó caer en mi silla.
-¡Bravo, amiga mía! ¡Fantástico! ¡Es bellísimo! Fatto con il cuore. Qué envidia ser capaz de crear tanta
belleza –dijo, con muestras de una repentina tristeza, sin dejar de mirar al óleo -. ¿Sabes que yo estudié la
carrera de Bellas Artes? Todo el mundo había depositado en mí grandes expectativas. Sí, todo el mundo.
A medida que fui pintando, se fueron disipando mis ilusiones, mis proyectos, mis sueños. Mis
exposiciones se podían contar por rotundos fracasos. Nunca nadie compró un cuadro pintado por mí. Y no
era cuestión de consolarme a costa de Van Gogh; aunque estuve tentada de hacerlo. Al principio me
resistía; buscaba culpables por todas partes; pero, poco a poco, me di cuenta de que el único culpable era
mi falta de talento. Lo pasé muy mal. Estaba sumergida en un constante estado de frustración…
-¿Y ansiedad? –le interrumpí.
-Sí.
-¿Y angustia?
-Sí.-¿Y cualquier pequeña cosa te irritaba?
-También.
-Ya –mantuve apretados mis labios con fuerza.
-No puedes hacerte una idea.
-Claro –contesté como si mantuviera un monólogo ante el espejo.
-Pero lo superé…
-¿Sí?
-Me dediqué a explorar en mi interior para buscar algún sentido a lo que me sucedía. Busqué qué
capacidades podía desarrollar. Aunque, en algunas ocasiones, no sabía si estaba huyendo de mi pasado o
si buscaba en mi futuro. Tenemos la mala costumbre de estar mirando lo que no somos capaces de hacer en
lugar de desarrollar lo que sí podemos conseguir. ¿Nunca has necesitado que se produjera un milagro para
poder seguir viviendo?
-Sí.
-Yo tuve que aprender a llevarme bien conmigo misma. En ocasiones no me soportaba. No me
entendía. Pero en el fondo me sentía guiada, cuidada, mimada por la providencia. Por una de esas
inesperadas casualidades de la vida, me vi obligada a seleccionar cuadros de otros pintores para
organizar una exposición. Gustó mucho y me di cuenta de que, aunque no tenía talento para pintar, sí lo
tenía para descubrir el de los demás. Mi habilidad para distinguir una buena obra de arte me ha llevado al
éxito como marchante. En lugar de tratar con el lienzo, me dedico a tratar con los artistas. ¿Te das cuenta?
Era como si hubiera estado jugando a un deporte equivocado. Como si pusiéramos a Sylvia Farina Elia a
jugar al baloncesto.
-¡Eh! Tú entiendes de tenis.
-Adoooooooro el tenis –contestó efusiva Luccia.
El resto del día lo pasamos juntas hablando de nuestras vidas. Comimos juntas. Jugamos al tenis
juntas. Me sorprendió el estilo de su revés a una mano y su elegancia en el saque: aunque no eran muy
potentes, sí los sabía colocar ajustados a las líneas. Tras dos horas de tenis y una buena ducha, decidimos
reponer fuerzas.
-El ejercicio me ha abierto el apetito.
-¿Sabes lo que me apetece un montón? –le pregunté.
-¿Un helado?
-No. Me muero por unas tortitas con nata –le respondí abriendo de par en par mis ojos.
-¿Con sirope de chocolate?
-Con sirope de chocolate.
-Es mi terapia favorita. No hay estado de ánimo decaído que se resista a unas tortitas recién hechas
acompañadas de nata y sirope de chocolate.
-Cuando era pequeña –comencé mi narración mientras nos sentábamos- me encantaban las jarritas de
cristal donde te sirven el sirope; me parecían muy elegantes. Las cogía con mucho cuidado por el asa. Yme gustaba hacer dibujos con el hilito de chocolate que caía por las tortitas y la nata. Pero un día, sentada
en una cafetería cerca de la barra, donde los camareros preparaban los servicios, se rompió el encanto de
las elegantes jarritas. Iba de un lado a otro con mi mirada curiosa hasta ver cómo uno de los camareros
rellenaba una de esas preciosas jarritas apretando, de forma bastante displicente, un horrible bote de
plástico blanquecino en el que se podía leer con unas enormes letras mayúsculas de diferentes colores:
SIROPE DE CHOCOLATE.
-¡Qué desilusión!
La tertulia duró toda la merienda y la cena. Tenía tantas cosas que contar y que escuchar. La vida de
Luccia me iba pareciendo cada vez más fascinante y comenzaba a admirar su personalidad y su fortaleza.
Paseando por el jardín, decidimos tumbarnos en el césped por si la fortuna nos regalaba alguna estrella
fugaz. Continuamos la charla con la mente refugiada en las estrellas. Llevaba todo el día queriendo hacerle
una pregunta y, sin pensármelo, me lancé.
-¿Y cómo es que hablas tan bien el castellano?
-Oh, sí, bueno. Eso es porque, a los quince años, mis padres decidieron enviarme a Inglaterra a
perfeccionar mi inglés.
-¿Perdón? –pregunté sorprendida.
-Sí, ya sé que suena extraño; pero lo cierto es que tiene una explicación lógica. Durante el curso de
inglés, conocí a un chico español…
-Ah, bueno. Eso lo explica todo –dije con un tono socarrón.
-La primera vez que pudimos hablar, por supuesto en inglés, yo sentí como si se me fuera a parar el
corazón y a él, según me dijo luego, se le aceleró sin control. No nos conocíamos de nada y, sin
pretenderlo percibimos algo muy intenso. Era un verdadero encanto el españoleto. Era ingenioso,
despierto y sabía captar tu atención con su labia. Me encantaba oírle hablar. Cuando ese verano volví a
casa, si cerraba los ojos, podía recordar el olor de su colonia y me recordaba los ratos que pasamos
esperando por la noche el autobús, con mi cabeza apoyada en su hombro, mientras hablaba de su ciudad,
de su familia, de sus amigos, de sus proyectos e ilusiones. Me quedaba embobada escuchándole. Le
gustaba hacer deporte. Se le daba bien el tenis, pero le apasionaba el fútbol. Tocaba el piano y se defendía
con la guitarra. ¡Y sabía bailar! En aquella época no se había inventado el Messenger ni los sms; así que
nos escribíamos, nos llamábamos por teléfono. Nuestros padres se gastaron una fortuna en llamadas
internacionales. Y, cuando podíamos, viajábamos para poder estar juntos. Así durante varios años, hasta
que…
-¿Hasta qué…?
-Y también sabía cocinar. Un día, me explicó, en tres idiomas, la verdadera receta de la paella
valenciana. Era tan detallista. Siempre se acordaba de nuestras fechas importantes. Teníamos aniversarios
de todo tipo. Y era muy romántico. Su canción favorita, me decía, era Julia porque cuando escuchaba esa
canción de los Beatles, parecía que me estaban describiendo a mí. Y me susurraba al oído algunos
fragmentos de esa canción: Julia, ojos de concha marina. Sonrisa de viento (…) Y yo canto una canción
de amor, Julia. Tu pelo flotando en el cielo brilla al sol…
-Y… dime. Cuando conociste a Julio… ¿llevabas el pelo largo? –le pregunté girando la cabeza para
poder ver su cara.
-¿Largo? Larguísimo. Lo llevaba mucho más largo que…
Luccia se quedó paralizada. Aunque sabía que yo la estaba mirando, ella no parpadeó. Y, entre
nosotras, un tenso silencio decía más que un millón de palabras.
-¿Por qué le has llamado Julio? No recuerdo haberte dicho su nombre –dijo Luccia con un tono de vozdiferente.
-No sé. No sé por qué le he llamado Julio. Entonces, ¿no se llamaba Julio?
Después de otro largo e incómodo silencio, Luccia giró la cabeza hacia mí dibujando entre sus labios
una cada vez más amplia sonrisa que a los pocos segundos desembocó en una explosiva carcajada. Y
también yo comencé a reír con grandes y contagiosas carcajadas. No podíamos dejar de reír; y eso que lo
intentamos, pero la fuerza de nuestros labios apretados no era suficiente para contener nuestras risotadas.
Aquella noche de verano, la fortuna nos quiso conceder una lluvia de sonrisas fugaces.
¿Un recuerdo común? Aunque queráis creer que solo es una coincidencia, ambas sabéis que no es
así.
Las casualidades no existen.
Reís en el péndulo de la tramoya, pero es duro compartir un amor, aunque no sea al mismo tiempo.
Todas pensamos que nuestra vivencia fue única, la más intensa, la más febril.
Ríes. Sí. Porque nunca renunciarás a la magia de sentirte perenne.
No podría decirles exactamente cuánto tiempo permanecimos en el césped presas de nuestras
incontrolables carcajadas. Lo que sí recuerdo es la liberación que sentí y lo a gusto que dormí aquella
noche… Pero nunca más volvimos a hablar del tema.Haz de tu vida un sueño
y de tu sueño una realidad.
Antoine de Saint Exupéry3 9
Tal y como acordamos tras mi primer contacto con Luccia, preparé mi participación en una exposición
colectiva de las que solía organizar en una de sus galerías. Ese verano pinté siete cuadros y los siete se
vendieron en los tres primeros días tras la inauguración. No estaba nada mal para ser una debutante.
Tras mi éxito inicial, Luccia y Natalia me convencieron para que siguiera pintando. A mi amiga se le
ocurrió habilitar uno de los salones del hotel como sala de exposiciones. Y me sugirió que prolongara mi
estancia en la Toscana para dedicarme a pintar.
-¿Quién sabe? –me dijo-. Algunos pintores legendarios se alojaron en habitaciones de
establecimientos que luego se han convertido en lugares de peregrinación artística. Y no tenían estas
vistas.
Cada historia es distinta. Y solo el tiempo decide qué es permanente y qué es fugaz. Nadie sabe más
que las olas del mar con sus idas y venidas, sus susurros enigmáticos y su cambiante despertar.
Natalia y su marido, dedicados a dirigir su hotel. Yo, dedicada a sacar de lo más profundo de mi ser
pinceladas y matices dormidos largo tiempo en mi interior. A medida que pintaba mis cuadros, iba
recuperando la confianza en mí misma y me encontraba cada vez más animada. Pintaba movida por una
fuerza desconocida que me quemaba y emocionaba al mismo tiempo.
Muchas personas, tras contemplar mis cuadros, me decían que les producía un efecto reconfortante.
Que sentían sus mentes esclarecidas y serenas. A otros les evocaba emociones y sentimientos casi
olvidados.
-He colgado uno de sus cuadros en mi despacho y, cuando estoy abrumado, lo miro y, no sé por qué,
me siento mejor.
-Me relaja mucho contemplar sus cuadros.
¿Había conseguido con mi pintura aliviar un poco el sufrimiento humano?
-No puedo dejar de mirarlo. Sus imágenes cautivan mi atención y noto un creciente sosiego.
Pero fueron las palabras de un conocido crítico de arte las que hicieron que todo cobrara sentido.
-Querida Candela. Su obra tiene luz, mucha luz.
Entra la luz por tu ventana cuando menos te lo esperas. Cuando, sin dejar de mirar a tu alrededor y
a tus propias sombras, descubres un brillo especial entre las rendijas de las persianas y decides abrir
de par en par los cristales para dejar entrar el aire helado y luminoso de una mañana cualquiera.
Comprendí entonces que, gracias a mis enemigos, a las circunstancias adversas, a mis fracasos, a mis
torpezas y equivocaciones, se estaba haciendo realidad mi sueño.
Y seguí pintando en la terraza de mi habitación, sentada ante el lienzo medio desnuda. ¿Se acuerdan
ustedes del Diario de Noah? ¡Qué gran película!Finis origine pendet
El final depende del principioNo hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.
Juan Manuel SerratEPÍLOGO I
Julio y Yolanda Hado, se disponían a regalarse una íntima velada de viernes. Yolanda, desde la ducha,
le iba comentando a Julio qué películas eran sus preferidas para ir a ver esa noche. Julio, como era en él
habitual, estaba en la cocina con los cinco sentidos en su cena; aunque, a veces, el sexto se disparaba y
mezclaba con los vapores.
Allí, solo, le gustaba dar rienda suelta a sus pensamientos. O, al contrario, no pensar en nada. Como
hacía últimamente. Aunque esa noche, tras finalizar y contemplar el resultado, se sintió extrañamente
alegre.
-¿Te falta mucho, Yolanda? Tienes que ver qué platos tan espectaculares me han quedado. Están para
comérselos con los ojos. Lástima de foto. Oye, ¿no tendrás una cámara fotográfica para que inmortalice mi
efímera obra de arte?
-No –contestó Yolanda desde el vestidor mientras terminaba de secarse-, pero puedes utilizar mi
móvil. Tiene una cámara con una buena resolución.
-Bueno, supongo que servirá. Mejor eso que nada.
-Está en mi bolso. Lo he dejado en el mueblecito de la entrada.
Julio puso los dos platos sobre la mesa y los orientó con sumo cuidado. Sacó del bolso el teléfono
móvil y comenzó a apretar botones para acceder a la función de cámara. Un clic, “Menú”. Otro clic,
“Archivos multimedia”. Otro clic, “Cámara”… Julio no pudo resistir la tentación de volver un clic atrás y
entrar en los archivos de vídeo y fotos que tenía Yolanda almacenados en la memoria del móvil.
En su cara se dibujó una sonrisa de niño pillo cotilleando a escondidas lo que Yolanda tenía guardado.
Fue viendo fotos y breves secuencias de vídeo hasta que una de ellas hizo que le cambiara la expresión de
su semblante. ¿Qué era eso? ¿La voz de Candela? ¿El despacho de Candela? Y un primer plano de sus
manos tecleando en el ordenador las claves de acceso a su archivo de pacientes.
La doctora Hado había terminado de secarse y salía de su habitación.
-Julio, cariño. ¿Puedes acabar de subirme la cremallera del vestido?... ¿Julio? ¿Dónde estás cariño?
¿Julio? ¿Cariño? Julio… ¡Julioooooo!Y perdona si algún día pretendí
que no fueras tú misma.
Alex UbagoEPÍLOGO II
Sabes que no es mérito lo tuyo. Sentado ahí, en ese frío banco del aeropuerto, meditas sobre el
email que no te atreviste a enviar. Es fácil ahora, con la verdad en la mano, tomar decisiones. Pero hoy
sufres tú el miedo de no saber qué decidirá ella cuando te vea en la Toscana, donde se mezclarán
perplejidades.
Te pusiste en mis manos como se puso Candela. ¡Qué excusa, volver a visitar a vuestra profesora de
baile!
Si algo aprendí a lo largo de los años fue a captar el dolor. No tanto el físico como el dolor de los
adentros, el que más nos tambalea y desconcierta. Difícil de expresar, difícil de entender. Menos aún
por uno mismo. ¡Cuántos malos entendidos al intentar expresar a otros nuestra infelicidad! Las
palabras se enredan. Las causas se confunden.
Pero algunos sentimientos no pueden esconderse. Candela se iluminaba cada vez que tú aparecías
en nuestras conversaciones. ¡Cómo no proporcionarte la dirección de tu sueño! (¿y del suyo?) Incluso
aunque debas ganártela, aunque no la merezcas del todo.
Es difícil saber qué merecemos. Cada persona es un círculo. Si la mereces, la tendrás. Ella
hibernará en tu hueco. Tú calentarás su orfandad.
Intentarás pintarrajear excusas en su lienzo; pero ella las cerrará todas con la luz de sus ojos, con
su boca, con ese silencio íntimo que, por fin, os pertenece.
Mme.Farabef

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