Viaje a la América Meridional. Tomo II

De

Enviado por el Museo de Historia Natural de París, a la edad de 23 años, el joven naturalista francés Alcide d'Orbigny recorrió durante ocho años la América meridonal (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Perú y Bolivia) y a su regreso a Francia compuso una monumental obra publicada entre 1835 y 1847 con el título de Voyage dans l'Amérique Méridionale en nueve , tomos y 11 volúmenes con más de 5 mil páginas y 500 ilustraciones. A pedido del presidente boliviano José Ballivián, en 1845 se editó un fragmento de la obra de d'Orbigny y no fue sino hasta un siglo después que la editorial Futuro de Buenos Aires publicó el diaria de viaje en cuatro tomos, cuya versión revisada se ofrece hoy a los lectores de habla castellana, al cumplir el bicentenario del hacimiento de su insigne autor. A su vasto conocimiento de las ciencias naturales, d'Orbigny anadió la fina obsérváción del etnólogo y el historiador y combinó la descripción científica con propuestas de desarrollo para los países que visitó. Las ilustraciones y su elegante prosa dan cuenta de sus extraordinarias cualidades como artista, con las que nos lego una visión fascinante y siempre actual de Sudamérica.


Publicado el : lunes, 01 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821845251
Número de páginas: 416
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Viaje a la América Meridional. Tomo II

Alcide d' Orbigny
  • Editor: Institut français d’études andines, Plural editores
  • Año de edición: 2002
  • Publicación en OpenEdition Books: 1 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821845251

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  • ISBN: 9789990564501
  • Número de páginas: 416
 
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ORBIGNY, Alcide d'. Viaje a la América Meridional. Tomo II. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2002 (generado el 17 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/6781>. ISBN: 9782821845251.

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Enviado por el Museo de Historia Natural de París, a la edad de 23 años, el joven naturalista francés Alcide d'Orbigny recorrió durante ocho años la América meridonal (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Perú y Bolivia) y a su regreso a Francia compuso una monumental obra publicada entre 1835 y 1847 con el título de Voyage dans l'Amérique Méridionale en nueve , tomos y 11 volúmenes con más de 5 mil páginas y 500 ilustraciones.

A pedido del presidente boliviano José Ballivián, en 1845 se editó un fragmento de la obra de d'Orbigny y no fue sino hasta un siglo después que la editorial Futuro de Buenos Aires publicó el diaria de viaje en cuatro tomos, cuya versión revisada se ofrece hoy a los lectores de habla castellana, al cumplir el bicentenario del hacimiento de su insigne autor.

A su vasto conocimiento de las ciencias naturales, d'Orbigny anadió la fina obsérváción del etnólogo y el historiador y combinó la descripción científica con propuestas de desarrollo para los países que visitó. Las ilustraciones y su elegante prosa dan cuenta de sus extraordinarias cualidades como artista, con las que nos lego una visión fascinante y siempre actual de Sudamérica.

Alcide d' Orbigny

Alcide Dessalines d'Orbigny, nació el 6 de septiembre de, 1802 en Couëron, cerca de Nantes. Desde muy joven, cuando vivía aj borde del mar en la ciudad de La Rochelle, d'Orbigny comienza a interesarse en los moluscos y los cefalópodos microscópicos. Publica entonces sus primeros estudios, los cuales llaman la atención del Museo de Historia Natural de París, institución prestigiosa a la que ingresa en 1824. A los 23 años, poco antes desembarcarse hacia América, crea una nueva disciplina: la micropaleontología. Consciente de las acusaciones de impostura que se hacían a cierta literatura científica, d'Orbigny se propuso escribir un texto de gran rigor cientifico sustentado en una completa y rica colección de muestras. Este objetivo está anunciado desde las primeras páginas de su obra, la que será, según advierte, "lectura para el hombre grave que busca distraerse de sus estudios y para el sabio, siempre ávido de aumentar el conjunto de sus conocimientos". Impulsado por una energía y una pasión inagotables, Alcide d'Orbigny, joven y apasionado como era, no escatimó esfuerzos y logró reunir, en cerca de ocho años, una impresionante serie de ilustraciones, de mapas, de apuntes científicos y una extraordinaria colección, en la que están comprendidos ejem­plares de geología, de mamíferos, de pájaros, de reptiles, de peces, de moluscos, de forami-níferos, de crustáceos, de insectos, así como de criptogamas y de palmeras que permitirán dar un verdadero salto a las ciencias naturales de la época. Todo ello lo confirma, por cierto, como un naturalista fuera de serie, que nos ha dejado una herencia científica excepcional.

Si bien su formación fue esencialmente en ciencias naturales, Alcide d'Orbigny mostró durante su aventura americana, una capacidad sorprendente para la etnología. Sus obser­vaciones sobre las costumbres, los trajes, la música, las lenguas nativas, son de una rara riqueza. Este rasgo profundamente humanista queda manifiesto en la actitud que asumió frente a las injusticias cometidas en suelo americano. De vuelta a Francia, Alcide d'Orbigny, naturalista excepcional, precursor de la etno­logía, ecólogo que antecedió a la disciplina, humanista determinado nos ofrece a través de las páginas de su Voyage dans l'Amérique Méridionale, un documento científico, cultural y humano de un inmenso valor que alcanzó una gran resonancia en Europa y América. Para­dójicamente, su difusión ha sido desgracia­damente restringida, en particular en los países que visitó como estudioso.

En el marco de la celebración del bícen-tenario del nacimiento de Alcide Dessalines d'Orbigny, la Embajada de Francia en Bolivia y el Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) decidieron reeditar el diario de viaje y dar a conocer, al menos en parte, las magní­ficas y sabias ilustraciones de d'Orbigny, de las que ofrecemos un centenar de ellas. Esta edición no habría sido posible sin la valiosa colaboración de TotalFinaElf, del IRD, (Insti­tuto de Investigación para el Desarrollo) y de Plural Editores.

    1. Vistazo a la historia de Buenos Aires
    2. Estadía en Buenos Aires
  1. Capítulo XIV. Viaje del Sr. Parchappe a la Cruz de Guerra

  2. Capítulo XV. Estadía en la Cruz de Guerra

    Excursión a los alrededores y regreso a Buenos Aires

    1. Estadía en la Cruz de Guerra
    2. Excursión a los alrededores
    3. Regreso a Buenos Aires
  3. Capítulo XVI. Viaje a bahía blanca

  4. Capítulo XVII. Partida y viaje de Buenos Aires al Río Negro de Patagonia

    Primera estadía en Carmen. Viaje y estadía en la Bahía de San Blas

    1. Partida y viaje de Buenos Aires al Río Negro de Patagonia
    2. Primera estadía en Carmen
    3. Viaje y estadía en la Bahía de San Blas
  5. Capítulo XVIII. Primera visita a los Patagones, seguida de su descripción. Viaje y estadía en la desembocadura del Río Negro

    Excursión, remontando el río, a la salina natural

    1. Primera visita a los Patagones, seguida de su descripción
    2. Viaje y estadía en la desembocadura del Río Negro
    3. Excursión, remontando el río, a la Salina natural de Andrés Paz
  6. Capítulo XIX. Viaje al Sur, a la ensenada de Ros

    Descripción de los Leones Marinos. Estadía a la orilla sur del Río Negro y detalle sobre un saladero. Viaje al árbol sagrado del Gualichu. Delegados oradores de los indios Aucas y excursión a la salina de piedra y a la de Andrés Paz

    1. Viaje al Sur, a la ensenada de Ros. Descripción de los Leones Marinos. Estadía a la orilla sur del Río Negro y detalle sobre un saladero
    1. Viaje al árbol sagrado del Gualichu. Delegados oradores de los indios Aucas y excursión a la salina de piedra y a la de Andrés Paz
  1. Capítulo XX. Viaje y estadía en San Javier y continuación de la descripción de los usos y costumbres de los patagones

    Cacería de avestruces. Primera invasión de los indios. Estado crítico de Carmen. Complot de los Gauchos. Segundo Viaje al Sur. Nuevo ataque de las hordas salvajes

    1. Viaje y estadía en San Javier y continuación de la descripción de los usos y costumbres de los patagones
    2. Cacería de avestruces. Primera invasión de los indios. Estado crítico de Carmen. Complot de los Gauchos
    3. Segundo Viaje al Sur. Nuevo ataque de las hordas salvajes

Capítulo XIII. Vistazo histórico a Buenos Aires y estadía en esa ciudad

Vistazo a la historia de Buenos Aires

1Antes de referirme a los acontecimientos políticos que desfilaron ante mis ojos durante mi estadía en Buenos Aires, creo necesario hacer conocer esa ciudad desde el punto de vista histórico, lo que podrá aclarar a mis lectores las causas de los movimientos políticos que suelen producirse diariamente en el seno de esta desdichada República Argentina, que, en 1824, parecía rivalizar con nuestras antiguas ciudades por los establecimientos de todo género destinados a formar una generación culta, y que ha caído, de golpe, del despotismo en la anarquía.

1828 Buenos Aires

2Algunos años después del descubrimiento de la costa del Brasil por los hermanos Pinzón, uno de ellos, don Vicente Yáñez Pinzón1, descubrió el Plata, en 1509, acompañado de Juan Díaz de Solís2, es decir, siguiendo las costas, hasta el 40° sur, reconoció una ancha interrupción que, siete años después, Solís volvió a ver solo y llamó Río de Solís, nombre que reemplazó al de Paraná Guazú, dado por los guaraníes, y que fue, después de una expedición mandada por Gaboto, cambiado por el de Río de la Plata. La primera expedición al Plata no dejó ninguna colonia. La segunda, la de Gaboto, en 15263 dejó varias, entre otras el fuerte de Sancti-Spiritu, del que he tenido ocasión de hablar. El escaso metal que Gaboto obtuvo de los indios del norte del Paraguay, le hizo perdonar no haber alcanzado el objetivo de su viaje, porque debía haber doblado el cabo de Hornos; e hizo tanto ruido con sus descubrimientos que se envió otra expedición a las órdenes de Mendoza, a quien se le dio el título de Adelantado del Río de la Plata, extendiendo su jurisdicción hasta las concesiones acordadas a Almagro en Chile y Pizarra en el Perú4. Esta expedición, tal vez la más importante que se haya dirigido a América, se componía de 3.000 hombres de armas5, con sus mujeres e hijos, sin contar la tripulación de once navios; Mendoza puso los primeros cimientos de Buenos Aires el 2 de febrero de 15356. La llamó la Santissima Trinidad y su puerto fue denominado Puerto de Buenos-Ayres7. Los naturales que encontraron eran los querandíes8, nación habituada a la vida errante y a la caza. Recibieron primero a los españoles amablemente, atraídos por los regalos que les dieron; pero pronto, cansados de proveer a la subsistencia de tantos hombres, se retiraron a cuatro leguas de allí. Mendoza les pidió, con palabras amistosas, que volvieran y siguieran a su servicio, pero el enviado creyó que convenía más a la dignidad española mandar que suplicar9. Exigió imperiosamente. Los indios maltrataron a los delegados y las hostilidades comenzaron matando algunos soldados; Mendoza se propuso vengar esa afrenta. Marchó con sus tropas y encontró a los indios a tres leguas de la ciudad. Estos rechazaron las palabras de paz, se dispusieron a combatir y atacaron a los españoles con esa furia que conservan hasta hoy: la batalla fue sangrienta y perecieron los mejores oficiales de Mendoza10. Para colmo, la discordia cundió entre ellos, y Medrano fue asesinado a puñaladas en su lecho. Poco después, Mendoza envió dos destacamentos, uno con Ayolas, para descubrir; y otro, bajo un segundo jefe, en procura de víveres. Cuarenta días pasaron sin tener noticias, y Mendoza estaba a punto de regresar a España, cuando Ayolas le hizo llegar víveres desde Corpus Christi11. Por otra parte, todos los indios de las pampas, reunidos en número de veintitrés mil12, pusieron sitio a la ciudad naciente. Fueron rechazados por la artillería, pero arrojaron flechas con materias combustibles, que pronto encendieron los techos de paja de la ciudad, y al mismo tiempo incendiaron los barcos estacionados en la Boca. Los indios fueron finalmente rechazados. Mendoza, llevando consigo cuatrocientos hombres, abandonó Buenos Aires, para remontar el Paraná. En esa época tuvo lugar la famosa aventura de aquella Maldonada, repetida, sin la menor expresión de duda, por todos los primeros historiadores: había salido de Buenos Aires en busca de un alimento que no conseguía y buscó refugio, a la entrada de la noche, en una gruta, donde encontró una terrible leona13, próxima a parir; ella la ayudó a alumbrar y ese animal, por agradecimiento, la nutrió durante algún tiempo. Maldonada fue a vivir con los indios y casó con uno de ellos. Posteriormente fue raptada, y el feroz Ruiz de Galán, habituado a los crímenes, la hizo atar a un árbol, fuera de la ciudad, para que muriera de hambre o devorada por las bestias feroces; pero, dos días después, los españoles, al ir a ver si vivía aún, encontraron a la leona y sus cachorros que la cuidaban, y la dejaron desatar sin hacer ningún daño a los visitantes.

3En 1539, los indios atacaron de nuevo; estaban a punto de apoderarse de la ciudad, cuando la aparición de dos navios postergó la última derrota, que tuvo lugar poco después, porque, en el mismo año14, la colonia fue abandonada, así como los caballos y yeguas que allí había; y los desdichados sobrevivientes fueron a aumentar la población naciente de Asunción del Paraguay. Esta provincia, ambicionada sucesivamente por los diversos partidos, permaneció, a pesar de los reveses, floreciente hasta el momento que se pensó en levantar Buenos Aires. Juan de Garay, después de haber fundado San Salvador, sobre la costa oriental del Plata, supo que la discordia reinaba entre las naciones salvajes del sur del mismo río y quiso aprovechar esa situación. Se dirigió al puerto de Buenos Aires, con sesenta hombres, y se dedicó a reconstruir la ciudad; tarea que inició el 11 de junio de 1580. Ese general supo conquistar el afecto de algunas tribus vecinas y desplegó tal actividad que, dos años después, estaba en condiciones de hacer frente a los ataques de los indios, más de lo que habían estado los tres mil hombres de la primera tentativa, que no disponían de tanta experiencia y no pudieron desplegar tanta prudencia. Ello no impidió a los indios querandíes unirse a las naciones vecinas y atacar, en 1582, en gran número a los españoles; pero Garay todo lo había previsto; y, aunque deseaba más que nada la paz, se preparó a combatir. Pudo incluso realizar tal carnicería de indios que el nombre de Matanza ha quedado, hasta el presente, a ese campo de batalla, situado cerca de Barracas, sobre el Riachuelo. Esta primera victoria afirmó la colonia naciente, y el general Garay creyó poder ir al Paraguay, gozar de lo que acababa de hacer y volver a visitar su ciudad de Santa Fe; pero, mientras regresaba, durmiendo en tierra a la orilla oriental del Paraná, en la provincia hoy llamada de Entre Ríos, fue sorprendido y matado por los indios minuanes. El coraje de que había dado ejemplo a los otros colonos fue pronto puesto a prueba. Los reinos de Europa, celosos de las extensas posesiones de los españoles, quisieron realizar también conquistas. El corsario inglés Edward Fontano15 atacó la ciudad el mismo año de la muerte de Garay (1582); pero fue en vano. Lo mismo sucedió con el proyectado ataque del famoso pirata inglés Thomas Cavendish, en 1587. Mientras tanto, Buenos Aires creció y se hizo fuerte, al mismo tiempo; no temió más por su porvenir.

4La provincia fue, en 1620, separada del Paraguay, bajo la dependencia de la cual había estado hasta entonces, porque era ridículo que un puerto dependiera de una capital distante trescientas noventa leguas; y Buenos Aires se convirtió en la capital del Río de la Plata. Al año siguiente, su primer obispo tomó posesión, de su nueva sede. Fue, por así decirlo, al mismo tiempo que se comenzó a reducir a los indios de las orillas del Uruguay. Buenos Aires tuvo una aduana, establecida en 1623; y desde entonces la sucursal, existente en Córdoba, sirvió al transporte de plata y oro del Perú a Buenos Aires. Cinco años después (1628) los holandeses de Bahía (Brasil) intentaron también apoderarse de Buenos Aires; pero los preparativos de resistencia que encontraron les impidieron realizar tentativas directas; se limitaron a arrojar proclamas llamando a la libertad, las cuales no tuvieron el menor éxito. Dos siglos debían transcurrir todavía antes de que esas ideas se presentaran y halagaran la imaginación del americano del sur; permaneció durante mucho tiempo en tranquila posesión de la capital argentina, sin que sucediera nada de notable. Los ingleses y los holandeses hicieron esfuerzos tendentes a ocupar Buenos Aires. Francia permaneció hasta 1658 como simple espectadora de esos acontecimientos. En esa época, Luis el Grande, en medio de sus vastas empresas, hizo equipar, para atacar la ciudad, dos barcos a las órdenes de Osmat, conocido con el nombre de Caballero de la Fontaine; pero, luego de un combate en que se perdieron muchas vidas de una y otra parte, el jefe de la expedición y el navio en el que iba fueron apresados, mientras los otros dos regresaban a Francia en bastante mal estado. Tal victoria, así como el desarrollo de la ciudad, la hicieron considerar un lugar de lo más importante. En 1663 se creó la Audiencia, y desde entonces adquirió rango entre las primeras ciudades del continente. Dos años después se fundó el primer villorrio vecino, el de Quilmes, situado a tres leguas al sur; ese villorrio fue poblado con los restos de la nación del mismo nombre, que se trajeron de la provincia de Tucumán, donde vivían16. La ciudad de Buenos Aires aumentó a tal punto que pronto estuvo en condiciones de enviar tropas a la banda opuesta, para expulsar a los portugueses, que querían establecerse allí. En 1698, diez y nueve años después de su primera tentativa de desembarco en Buenos Aires con tan mal resultado, los franceses realizaron una segunda, pero fueron vencidos de nuevo; y los daneses no fueron más felices en su intentona del año siguiente.

5A comienzos de 1701, se creó en Buenos Aires el primer hospital de hombres, y el primero de mujeres en 1727, mientras que el destinado a los niños abandonados lo fue mucho más tarde. Las fronteras de Buenos Aires con las posesiones portuguesas fueron siempre indecisas, por así decirlo, y continuamente tenían lugar sangrientas guerras. Los dos gobiernos deseaban terminar de una vez sus disputas; en consecuencia, España y Portugal enviaron, en 1755, los primeros comisionados de límites, encargados de fijar las líneas de demarcación; pero tales líneas nunca se establecieron antes de la caída de España, y hasta bajo la dependencia de las actuales repúblicas no están claramente definidas.

6El comercio del Plata, aunque restringido a dos navios por año, en virtud de una ordenanza de 1618, no era por eso poco activo. El Paraguay y el Alto Perú volcaban sus artículos en Buenos Aires, la cual sacaba de ello los mayores beneficios. Los productos del país habían estado, hasta entonces, exceptuados de derechos, pero esa peste de los gobiernos no tardó en introducirse en Buenos Aires. Se estableció un estanco para el tabaco en polvo, que debía venir de Sevilla o de La Habana, aunque Paraguay daba los mejores productos de esa planta. Ese impuesto provocó al principio grandes protestas; luego se acostumbraron, como en todo; por otra parte, esos derechos sólo perjudicaban a los consumidores, porque el comercio de tabaco en hojas seguía permitido al Paraguay. Las cosas mejoraron hasta tal punto que, después de un nuevo ataque general de los indios, en 1762, los habitantes, hasta entonces encargados personalmente de la defensa, fueron remplazados por tropas de línea compuestas de caballería e infantería, a sueldo de la municipalidad; era ya un gran paso de superación. Cinco años después tuvo lugar, bajo el gobierno de Bucarelli, la expulsión de los jesuítas, en todas las regiones de su gobierno, lo que significó un golpe funesto al comercio y, al mismo tiempo, a los propietarios eclesiásticos; pero se olvidó bien pronto esa medida, cuando Buenos Aires, para coronar su posición, se hizo rival de la Ciudad de los Reyes, de Lima. Fue, en 1776, erigida en Virreinato y su jurisdicción comprendía el Alto Perú (Bolivia de hoy), Paraguay y las restantes provincias al sudeste de la Cordillera de los Andes; desde entonces, el Alto Perú recibió mercaderías por tierra de Buenos Aires y le envió sus riquezas en oro y plata, para ser expedidas a Europa. Puede uno imaginarse hasta qué punto Buenos Aires debió prosperar: fue pronto una ciudad populosa, una capital de reino; sus calles se cubrieron de casas espaciosas, que, empero, dejan todavía qué desear en perfecciones. Estaban bien trazadas y provistas de veredas de ladrillos, pero el centro siempre estaba sin empedrar, sucio, fangoso; se sentía la necesidad de remediar ese inconveniente: los terrenos de los alrededores eran poco apropiados para esos propósitos y hubo necesidad de recurrir a los terrenos graníticos de la orilla opuesta, yendo a buscar materiales a la isla de Martín García, único lugar de los alrededores que podía proporcionarlos. Buenos Aires comenzó en 1794, bajo el gobierno de Arredondo, a convertirse en gran ciudad. Se introdujo la vacuna en 1805: no halló tantas dificultades que vencer de parte de los habitantes como las experimentadas en Francia. Los pobladores aceptaron con entusiasmo ese preservativo y hasta los hombres de la campaña hicieron vacunar a sus hijos. La forma en que se la introdujo mostró hacia los americanos una solicitud poco habitual en los reyes de España. Carlos IV quiso que su primer médico, don Francisco Balmis, fuera a llevar personalmente ese benéfico descubrimiento; y, para que la expedición no dejara de cumplir su finalidad, se embarcó gran número de niños, cuyos brazos conservaban cuidadosamente la vacuna, porque la fragata debía visitar México y Colombia, antes de arribar a Buenos Aires. Fue, en efecto, sólo dos años después de su partida de Europa, que la vacuna llegó a extender sus beneficios al Virreinato del Río de la Plata. Podemos imaginar los estragos que la viruela hacía en los criollos, por los que hacía en los indios privados de la vacuna, para concebir la alegría con que fue recibida en Buenos Aires. Fue conducida por una esclava negra de Montevideo, a la que se le dio la libertad y se habla hasta hoy en día de aquella época de regeneración completa.

7Hasta entonces Buenos Aires, salvo durante las primeras guerras de conquista cuando su fundación, no estaba habituada a ver su suelo convertido en teatro de guerra. El virrey Sobremonte era un hombre pusilánime, lleno de orgullo y sin ninguna capacidad. Sabía que una escuadra inglesa había sido vista en el Plata; se inquietó poco, diciendo que debían ser contrabandistas. El 25 de junio de 1806, el comodoro Home Popham hizo desembarcar y envió de 1.500 a 1.600 hombres, a las órdenes de Beresford, para atacar la ciudad, cuya población era de 40.000 habitantes. Buenos Aires sólo le pudo oponer cuatrocientos milicianos a caballo, mal equipados y poco disciplinados, que apenas pudieron resistir débilmente. En efecto, se retiraron, después de algunos tiros de fusil, de una y otra parte, y la ciudad se vio obligada a capitular; pero, una vez que el vencedor tomó posesión del fuerte, quiso dictar sus leyes. Faltó a los tratados, se apoderó del tesoro, que envió a Inglaterra, y por todos los medios posibles envileció y deshonró la conquista.

8El Virrey, en vez de tratar de sacudir el yugo de los extranjeros, partió a Córdoba, donde tuvo la audacia de hacer cantar un Te Deum, en celebración de su llegada. Empero, un francés, Liniers, capitán de navio al servicio de España, trató de suplir la nulidad del gobernante. Pasó a la Banda Oriental, convocó a los milicianos de la Colonia, reunió a seiscientos hombres bien armados y bien exhortados por el gobernador de ese lugar. A ellos se agregaron otros cien completamente equipados con el dinero de una suscripción abierta por una mujer, doña Francisca Huet. Por otro lado, los pobladores de los alrededores de Buenos Aires se reunieron; trescientos hombres, a las órdenes de Pueyrredón, marcharon contra los ingleses, mientras los habitantes de Buenos Aires sumaban a la aversión común de los españoles contra todo extranjero, el odio que les inspiraba el fanatismo. Los ingleses eran, a sus ojos, los bárbaros17, los impíos; los eclesiásticos se encargaban de intensificar esa aversión natural, atribuyendo a los ingleses sacrilegios. La superstición llegaba a tal punto que las mujeres estaban convencidas de que los ingleses tenían colas como el diablo, creencia mantenida durante mucho tiempo y que sólo desapareció en la época de las primeras alianzas entre ingleses y argentinos. Entonces Liniers, con sus tropas, a las cuales se sumaron trescientos hombres de mar de los navios españoles, los atacó; hubo varios combates, en los cuales los ingleses fueron derrotados. Se retiraron a la plaza de la Victoria, de donde también fueron expulsados por el coraje del capitán Liniers; se refugiaron en el fuerte y allí se vieron obligados a rendir las armas a los españoles. El entusiasmo era tal, durante esa contienda, que una mujer combatió al lado de su marido y un niño manejó por largo tiempo una pieza de cañón.

9Cuando Sobremonte se enteró de lo acontecido, se puso en camino con tres mil hombres; no fue recibido y se retiró a Montevideo. La acción que había tenido lugar, y el temor de nuevas agresiones hicieron que Liniers organizara una especie de guardia nacional, dividida por provincias. Esa primera victoria reveló a los criollos los secretos de su fuerza ignorada hasta entonces, o dormida bajo una ciega servidumbre. Sintieron lo que podían hacer a continuación y conocieron sus fuerzas personales. Sabían que Napoleón había invadido España, pero aún no sabían qué hacer ellos mismos.

10Empero, el comodoro Popham cruzaba sin cesar por el Plata, reclutando, día a día, refuerzos parciales. Osó finalmente atacar y consiguió apoderarse de Montevideo. Entraba, entonces, en la política de los ingleses, ser los primeros, en el momento en que los colonos estuvieran en la mayor indecisión, en solicitar la alianza de pueblos que suponían necesitados de ayuda exterior, para constituirse en nación; pero no habían calculado lo que puede la diferencia de religión en hombres fanatizados y todavía poco instruidos, y se aventuraron en vano. Atacaron de nuevo a Buenos Aires; desembarcaron el 3 de julio de 1807, en número de diez mil, a las órdenes del general Whitelocke, mientras el fuego de sus barcos protegía el desembarco. De inmediato Liniers hizo reunir los destacamentos de Quilmes y de Olivos y encontró a todos sus soldados llenos de coraje, así como a todos los habitantes. Ese primer arranque de valor se transmitió incluso a las mujeres. Los dos ejércitos, frente a frente en el Riachuelo, trataron de sorprenderse; comenzó la batalla. Las tropas de Buenos Aires fueron momentáneamente rechazadas y se retiraron a la plaza, donde, respondiendo a las propuestas de capitulación del jefe inglés, se tomaron todas las medidas para una defensa obstinada. El ejército inglés formó de nuevo, pero las escaramuzas de las guerrillas lo hostigaron de una manera extraordinaria, matándole muchos soldados sin que pudiera remediarlo. Una vez que las tropas rodearon la ciudad, Whitelocke intimó el 5 la orden de rendición; esa jornada costó, empero, caro a los ingleses. Habían penetrado en el interior en tres columnas y fueron recibidos con un coraje llevado hasta la temeridad. Las calles quedaron pronto cubiertas de cadáveres, y a medida que la lucha se hacía más tenaz, aumentaba la valentía de los habitantes. Los hombres no combatían solos; veíanse a las mujeres, desde lo alto de las azoteas, hacer llover, sobre la cabeza de los ingleses, una granizada de ladrillos y otros proyectiles. Atacados por todos lados, estos fueron obligados a atrincherarse en las iglesias, donde fueron bloqueados y obligados a capitular, a intimación de Liniers, que les impuso como condición el reembarco de sus tropas y la evacuación de Montevideo. El tratado fue firmado el 7 de junio y, como dice el historiador español Funes18, que cuenta lo ocurrido con todos los detalles deseables19, el mayor beneficio que aportó a los argentinos fue hacer que se conocieran a sí mismos.

11Las cosas habían ocurrido así en Buenos Aires; se defendieron del extranjero, sin saber a qué gobierno pertenecerían, cuando tuvo lugar, en 1808, la abdicación de Carlos IV, rey de España, en favor de su hijo; más tarde, la protesta de Carlos IV, y más tarde aún, la imposición a Fernando VII de renunciar a la corona, que pasó inmediatamente a la cabeza de Napoleón; y de la cabeza de Napoleón a la de su hermano José, a quien los diputados prestaron juramento. Se recibieron, a principios de agosto, cartas que anunciaban que Fernando VII ascendió al trono; en consecuencia, Liniers expidió las órdenes necesarias para hacer prestar el juramento de fidelidad al nuevo rey. La ceremonia se fijó para el 31 del mismo mes. Los asuntos estaban en ese estado, cuando el 13, M. Saumay, emisario de Napoleón, se presentó en Buenos Aires, con despachos dirigidos a Liniers y otros jefes20. Liniers, en razón del carácter suspicaz de los españoles, tenía, como francés, muchas consideraciones que guardar para demostrar a los argentinos que su nacimiento en nada influía sobre su conducta. Reunió a las autoridades y, en su presencia, leyó los despachos por los cuales Napoleón hacía conocer sus intenciones y pedía obediencia al nuevo rey de España. La más viva indignación provocaron en esa reunión los proyectos del emisario; se decidió de inmediato que fuera en seguida enviado de vuelta. La audiencia aprobó esa medida y se decidió que el 21 tuviera lugar el juramento a Fernando VII. La ceremonia se realizó con pompa y se ocultó cuidadosamente al pueblo la llegada del emisario francés. El 23 del mismo mes se presentó el brigadier Goyeneche, que ha jugado un papel tan grande en los asuntos de América, el cual, a pesar de ser americano, combatió siempre contra su país, a favor de España. Era enviado de la Junta de Sevilla; había sido bonapartista en Madrid, fernandista en Sevilla, aristócrata en Montevideo, donde fomentó la insubordinación, y se hizo realista en Buenos Aires.

12Por otra parte, Elío, gobernador de Montevideo, atentaba contra Liniers, porque éste era francés: la audiencia de Buenos Aires citó a Elío, pero negándose a ser juzgado, no quiso obedecer. Liniers ordenó prenderlo por la fuerza; Elío constituyó un nuevo cabildo y se declaró independiente de la capital. Eran las primeras ideas que hacían entrever las conmociones que agitarían a toda América. Elío se puso bajo la protección de Portugal, que trataba, entonces, de apoderarse de todas las provincias del Plata. En 1809, se presentaron los partidarios de Elío, el 19 de febrero, exigiendo una junta de gobierno; una parte del pueblo se declaró por ellos. Liniers, a fin de terminar con las intrigas, propuso renunciar en favor de la persona elegida por el pueblo; ellas se detuvieron por el momento. Exilóse a la Patagonia a cinco de los jefes descontentos y, sin embargo, sin duda a causa de las falsas acusaciones llevadas por Elío a la Junta de Sevilla, se nombró a Cisneros virrey, en lugar de Liniers, al cual se le otorgaron títulos honoríficos; Elío fue designado subinspector general; antes de la llegada del nuevo virrey, mandó traer, de la Patagonia, a los exilados políticos, a los que llevó a Montevideo; y después del arribo de Cisneros, arregló las cosas de manera de ponerlo completamente de su lado, contra Liniers21; de tal manera que Cisneros lo obligó a ir, hasta tal punto tenía miedo, a entregarle el Virreinato en la Colonia del Sacramento, después de lo cual entró en Buenos Aires, donde gobernó en medio del conflicto de las pasiones.

13Habiéndose enterado, el 1 de mayo de 1810, que los franceses se habían apoderado de toda España, Cisneros perdió la cabeza, y en su turbación propuso la formación de una representación nacional.

14Un partido de independientes trabajaba secretamente por la libertad del país; esos patriotas ya conocían sus derechos; por ellos, sacrificaban vida y fortuna; sin fuerzas, tenían la audacia de desafiar al poder del Virrey; sin experiencia, hallaron los medios de adormecer la vigilancia de los ministros; sin dinero, se aseguraron la cooperación del ejército; y sin autoridad, obtuvieron la aprobación general; en fin, en una reunión de nueve personas, revestidas con el poder del partido, el 25 de mayo de 1810 reemplazaron al Viney y lanzaron ardientemente el grito de libertad; ese grito que, resonando y hallando eco desde las llanuras de las pampas hasta la cumbre de los Andes, abrazó pronto en crueles guerras al suelo americano y renovó escenas olvidadas desde los tiempos tormentosos de la Conquista22.

15Los miembros de la Audiencia más recalcitrantes fueron enviados a las Canarias, con Cisneros, mientras que todos los jefes de las provincias reunían sus fuerzas, impotentes frente a Buenos Aires. Esta capital trató de formar un ejército para reducirlos; empero, algunas de las antiguas autoridades se reunieron para acordar los medios de sostener al partido de España; entre los asistentes estaba Liniers. El gobierno republicano descubrió esa coalición y todos los hombres comprometidos fueron condenados a muerte; esa primera sangre vertida por el partido republicano fue pronto seguida de la de los jefes peruanos, después de la batalla de Suipacha, ganada en octubre. Elío se negó a someterse al nuevo estado de cosas. La Banda Oriental se convirtió en teatro de guerras civiles entre él y Artigas, y las tropas enviadas al Paraguay fueron derrotadas; la chispa había inflamado los espíritus. En mayo de 1811, el Paraguay derrocó a sus jefes para ser libre; pero permaneció independiente de Buenos Aires.

16Desde entonces, la anarquía más completa reinaba en la desdichada República Argentina. La capital era presa de las facciones rivales, para las cuales todos los medios de provocar desórdenes resultaban buenos23. Las invectivas se sucedían y aquélla estaba en el estado más deplorable, mientras se libraban sangrientas batallas contra los españoles en las provincias del interior, tales como la de Montevideo, por Artigas, en 1812, y el mismo año, la que los republicanos ganaron en Tucumán. Por la misma época, los españoles, reunidos en Buenos Aires, conspiraron contra el gobierno, a instigación de Alzaga24; trataron de hacer caer todas las cabezas de los independientes y dejar vivir solamente a los españoles de nacimiento. En el momento de cometer ese crimen, fueron sorprendidos con las armas en la mano, y todos fusilados. Las batallas se sucedieron rápidamente. Buenos Aires se mostró siempre partidario de la libertad: pueden citarse las hazañas de sus ciudadanos en Salta, en 1813; en Montevideo, en 1814. Desde 1812, comenzó a faltar numerario y los gastos fueron enfrentados apoderándose de las propiedades del enemigo. Sería largo entrar en detalles, respecto al estado de Buenos Aires, sobre las acciones que tuvieron lugar de una y otra parte; un congreso general, reunido en Tucumán, proclamó, el 9 de julio de 181625, la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, independencia que realizó incesantes progresos; la lucha se hizo cada día más encarnizada en todas partes de América meridional y sangre de hermanos corrió en todos los lugares. Puede decirse que los primeros diez años no fueron más que un combate hasta 1820, época en que la anarquía más completa dominó a las provincias, que se convirtieron en pequeños Estados distintos. Se ha atribuido ese movimiento insurreccional al proyecto de Francia de coronar al príncipe de Luca y entregarle el gobierno. En 1821, el problema de un nuevo congreso general fue provocado por la división de opiniones sobre la centralización del poder o su aislamiento; esta última idea prevaleció y se encaró la organización de la constitución provincial. Martín Rodríguez fue designado Gobernador de Buenos Aires, y ese mismo año trajo la regeneración de la República Argentina. Los mayores progresos se deben a la experiencia del ministro de Relaciones Exteriores, don Bernardino Rivadavia, y a las ideas elevadas que había tomado de la civilización europea, durante su residencia en el viejo continente. Se eligió una cámara de representantes, que declaró la inviolabilidad de las propiedades, proclamó una ley de olvido y puso los fundamentos de una ley de tolerancia religiosa. La instrucción pública, sobre todo, recibió perfeccionamientos extraordinarios: se fundó una universidad, dividida en seis departamentos: ciencias sagradas, jurisprudencia, medicina, ciencias exactas, estudios preparatorios y primeras letras; se fundó un colegio de ciencias morales. Se crearon escuelas primarias, sostenidas por el Estado, en todos los villorrios; se estableció la libertad de prensa; se abolieron los derechos de importación sobre los productos del suelo y se tomó una serie de otras medidas tendentes a hacer de Buenos Aires un Estado...

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