Vencer la derrota

De

La investigación se apoya en el archivo judicial de la rica alcaldía mayor de Villa Alta, donde cerca de un centenar de pueblos producía mantas y grana. Entre estas comunidades, la de Yasona - hoy Yatzona - permanece casi desconocida en la documentación antes de 1674 y después de 1707. Pero en ese corto periodo se manifiesta toda una serie de tensiones en lo interno y en lo regional. Los principales nobles (caciques) de Yasona toman la cabeza de dos bandos y manipulan formas rudimentarias de democracia, en pro y en contra de las tradiciones, de la Iglesia, de la autoridad del alcalde mayor. Desde Yasona intentan confederar la oposición política e integran la audiencia de México en su juego con el mecanismo de las reales provisiones. Con la tragedia de Cajonos en 1700, todo queda sesgado y Yasona se reincorpora en la pax hispanica... Durante un breve lapso este grupo humano vive tiempos difíciles ; el pueblo oculta sus prácticas religiosas, las elites se enfrentan y contaminan con sus luchas toda la provincia, las familias se desgarran, las mujeres a veces expresan un estoicismo digno de Sénéca.


Publicado el : miércoles, 24 de abril de 2013
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EAN13 : 9782821827875
Número de páginas: 295
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Vencer la derrota

Vivir en la sierra zapoteca de México (1674-1707)

Thomas Calvo
  • Editor : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos
  • Año de edición : 2010
  • Publicación en OpenEdition Books : 24 abril 2013
  • Colección : Historia
  • ISBN electrónico : 9782821827875

OpenEdition Books

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Referencia electrónica

CALVO, Thomas. Vencer la derrota: Vivir en la sierra zapoteca de México (1674-1707). Nueva edición [en línea]. Mexico: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2010 (generado el 20 febrero 2014). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/cemca/1154>. ISBN: 9782821827875.

Edición impresa:
  • ISBN : 9786077764366
  • Número de páginas : 295

© Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2010

Condiciones de uso:
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La investigación se apoya en el archivo judicial de la rica alcaldía mayor de Villa Alta, donde cerca de un centenar de pueblos producía mantas y grana. Entre estas comunidades, la de Yasona - hoy Yatzona - permanece casi desconocida en la documentación antes de 1674 y después de 1707. Pero en ese corto periodo se manifiesta toda una serie de tensiones en lo interno y en lo regional. Los principales nobles (caciques) de Yasona toman la cabeza de dos bandos y manipulan formas rudimentarias de democracia, en pro y en contra de las tradiciones, de la Iglesia, de la autoridad del alcalde mayor. Desde Yasona intentan confederar la oposición política e integran la audiencia de México en su juego con el mecanismo de las reales provisiones. Con la tragedia de Cajonos en 1700, todo queda sesgado y Yasona se reincorpora en la pax hispanica… Durante un breve lapso este grupo humano vive tiempos difíciles ; el pueblo oculta sus prácticas religiosas, las elites se enfrentan y contaminan con sus luchas toda la provincia, las familias se desgarran, las mujeres a veces expresan un estoicismo digno de Sénéca.

Índice
  1. Alguna vez…

  2. Presentación

    Beatriz Rojas
  3. Qué desventuras (históricas) llevaron al autor a la sierra zapoteca

    1. Hacer la historia de una historia
    2. Todos cerriles y montaraces
    3. Los de Cajonos: “una gente sediziosa, apostata y revelde”
  4. Capítulo I. Asesinatos en la sierra (1674-1676)

    1. Del efecto del aguardiente entre los Atridas (1674)
    2. Incendio criminal y muerte de un alcalde de Yasona (1676)
    3. Del interés de nuestras fuentes judiciales
    4. 1674-1676: entre dos generaciones
    5. La década de 1670: las rupturas de un tiempo de espera
  5. Capítulo II. Crónicas aldeanas: los trabajos, los días (y los desvelos) en Yasona (1674-1707)

    1. “Como su sangre son sus tierras”
    2. Las envolturas de la vida cotidiana
    1. ¿Existió un “cambio de siglo”?
    2. “Familias, os odio” (André Gide)
  1. Capítulo III. El universo hispánico, entre apariencias y realidades del poder

    1. El señor alcalde mayor: ¿entre la sombra de Dios y la del rey?
    2. El tesorero Andrés de Aramburu, alcalde mayor (1652-1653): un caso ejemplar
    3. Un parteaguas en la memoria colectiva: el gobierno de don Juan Manuel (1687-1691)
    4. Una presencia hispánica modesta en los pueblos
    5. La villa de San Lldefonso de Villa Alta: una cabecera dependiente
  2. Capítulo IV. Caciques, nobles y macehuales, o las delicias de las laceraciones

    1. Un banco de pruebas: Xoxocotlan y su “bramadero” en 1680
    2. Ser cacique en la sierra, hacia 1700
    3. Los caciques o el arte de sobrevivir en la sierra
    4. ¿La democracia en el pueblo?
    5. La afirmación de las luchas de facciones en Yasona (1680-1692)
  3. Capítulo V. Yasona y la dinámica contestataria de los años 1690

    1. Don Joseph y el gobierno desde la sombra (1692-1695)
    2. Don Pablo de Bargas: un reinado absoluto (1695-1700)
    3. Don Joseph y don Phelipe en el meollo de la política regional: las reales provisiones
  4. Capítulo VI. El problema de la creencia en la sierra zapoteca hacia 1700: los hombres

    1. Unos dudosos agentes de aculturación
    2. Hacia una sociología del “maestro diabólico”y de otros
    3. Libros y aprendizaje de las “artes diabólicas”
    4. Unanimismo y conflictos generacionales
  5. Capítulo VII. El problema de la creencia en la sierra zapoteca hacia 1700: universos mentales y estructuras organizativas

    1. ¿Un inmenso movimiento de contrición (obligado)?
    2. Entre dos religiones: las estructuras organizativas
    3. La religión de los zapotecos de la Sierra hacia 1700: enunciados y presupuestos
    4. La Iglesia zapoteca, sus hombres y sus espacios
  6. Capítulo VIII. El problema de la creencia en la sierra zapoteca: los dioses y las prácticas

    1. 1700: el fin de una armonía
    2. Una religión del sacrificio sangriento
    3. Panteón e ídolos
    4. Yasona: una gestión política de la práctica religiosa
    5. El metamorfismo religioso en acción en la sierra
  1. Conclusión Crisis y revolución en la sierra

  2. Apéndice I. Confesión e interrogatorios de la comunidad de Yasona frente a las autoridades religiosas (20-11-1704)

  3. Apéndice II. Confesión de Fabián de Bargas (de Betaza) delante del alcalde mayor (14-1-1704)

  4. Apéndice III. Confesión de Fabián de Bargas (Betaza) delante del juez eclesiástico

  5. Apéndice IV. Procesos de los archivos de la alcaldía mayor de Villa Alta en los que Yasona y sus habitantes estan involucrados (1674-1707)

  6. Bibliografía

  7. Índice analítico

Alguna vez…

1En una casa de San Felipe del Agua, dominando el valle de Oaxaca, se recreó una abadía de Thélème, tal como la dibujaron los sueños utópicos de Rabelais por octubre-enero de 2004-2005: La compartieron, auspiciados como investigadores-invitados del ciesa-Istmo, Beatriz Rojas, preocupada por sus configuraciones regionales, atando cabos de Zacatecas a Oaxaca; Jean Meyer, que redescubrió la Cristihda, también en Oaxaca, con otros matices; hacia el final se adhirió Odile Guilpain, en busca de diálogo entre pueblo revolucionario y autoridades. Pronto, mi tarea en ese convento, se definió: me correspondía, cada atardecer, entre mezcal y botanas, narrar la fechoría del día. Quiero decir, de algún día de 1674-1707: uno que otro robo más o menos sacrilego, alguna paliza sobre el lomo de algún marido, engañado por demás, alguna picardía o ocurrencia, todo procedente de la sierra, allá por Villa Alta.

2Conforme contaba los hechos, entre broma y discusión, los personajes iban creciendo, se apoderaban de mí, su lógica se hizo mía. Después sólo hubo que escribir. En cierta forma, mis tres correligionarios de esa abadía son un poco coautores –eso sin mencionar el mezcal-. Pero la coparticipación no queda aquí: la Yasona de entonces no regresaría a la vida sin el apoyo del ciesas, de sus sucesivos directores generales (Rafael Loyola, Virginia García Acosta), de los coordinadores e investigadores del ciesas-Istmo, Paola Sesia, Salomón Nahmad, Daniela Traffano, Víctor de la Cruz, Rodrigo de la Torre.

3No olvidaré tampoco al director del Archivo Histórico Judicial de Oaxaca, Israel Garrido Esquivel, ni a sus colaboradoras, Anel Josefina Terán Flores, Sofía Martínez Santiago. Atentos, eficientes, me ayudaron a recorrer cada día el camino que me llevaba a la sierra, sus nubes, su gente.

4Finalmente, confieso que sólo fuí un amanuense que, en la calma de Saint Martin du Tertre (allá por la dulce Francia), escribió al dictado de don Pablo de Bargas, don Phelipe de Santiago y don Joseph de Selis: ¡que se les responsabilice por todo! Éstas son sus obras.

Presentación

Beatriz Rojas

1Hace tiempo que Thomas Calvo busca un quiebre histórico que, con serios fundamentos, sitúa ahora hacia finales del siglo xvii y principios del xviii. En esta ocasión prosigue su búsqueda en un contexto y una geografía que no había frecuentado anteriormente, la del pueblo de indios de Yasona, situado en el corazón de la sierra zapoteca. No estoy segura de que haya encontrado lo que buscaba; sin embargo, sí encontró un excelente tema de investigación, que yo describiría de esta forma: “dilema de un pueblo que se encuentra en una bifurcación y debe proseguir su marcha”. ¿Cuál es el dilema en que se halla? En primer lugar, hay que aclarar que no sólo este pueblo enfrenta este dilema, todos los pueblos de la sierra lo enfrentan también, pero cada uno con estrategias diferentes: ¿deben continuar con sus antiguas costumbres, la veneración de sus ancestros, la práctica de idolatrías, la resistencia pacífica a la imposición de nuevas creencias, o deben acatar la nueva ley? Es éste el dilema que deben enfrentar, no nada más Yasona sino Yalálag, Cajonos, Yaeé, Tabaá, Betaza, Temaxcalapa, entre otros.

2El escenario: la historia que Thomas Calvo cuenta se desarrolla entre 1674 y 1707 en la alcaldía mayor de Villa Alta, una de las más ricas de la Nueva España, o por lo menos así la veían las autoridades novohispanos debido a las ganancias que dejaban a la Hacienda Real y al titular de esta alcaldía, la explotación de la grana cochinilla y la fabricación de manta. En esta jurisdicción de extensión considerable, montañosa y presidida por un gran pico, el Zem-poaltépetl, con una altura de 3 396 metros, se alojaba un centenar de pueblos de indios, aunque con anterioridad eran más pero desaparecieron por efecto de una caída demográfica, menos traumática que en otras regiones, y de la política de congregación practicada por el gobierno español. Estos pueblos tenían diferentes orígenes, unos eran zapotecos, otros mixes y, los menos, chi-nantecos, que hablaban los dialectos cajonos y netzicho.

3Fue una zona conquistada por la fuerza y catequizada por los religiosos dominicos, secundados posteriormente por el clero secular. Por ser una gran productora de grana, estableció relaciones comerciales desde muy temprano, regenteadas por el alcalde mayor; si bien esa actividad ocasionó una continua entrada de transeúntes y comerciantes españoles, muy pocos extraños se establecieron. No creció ningún pueblo español y eran contados los dueños de hacienda de esta clase. Esto dio por resultado, como en otras zonas de frontera, una libertad casi total a los pueblos para vivir según su costumbre, situación que por lo demás respondía a la clase de gobierno impuesto por la corona española: las repúblicas de indios tuvieron tantas o más libertades que las que disfrutaban las repúblicas de españoles. Sin embargo, la práctica de los repartimientos fue en esta zona el dolor de cabeza de los pueblos.

4Presentado el escenario: ¿de qué trata la obra? Es la historia de unos pueblos que por efecto de varios acontecimientos se vieron inmiscuidos en interminables asuntos judiciales. Lo anterior no asombra, pues ¿cuál pueblo de la Nueva España no se vio inmiscuido en algún momento de su vida en asuntos jurídico-legales? Aquí lo que resalta primero es la sensibilidad del historiador que, como diestro artesano, logra desentrañar de los intrincados legajos –cualquiera que haya tenido uno en sus manos sabe lo que esto significa-, los días y las penas de unos pueblos, que después de más de 150 años de conquista, siguen manteniendo una ciudadela interior, a la que no tienen acceso los extraños. Esa parte escondida salió finalmente a la luz, y permite al historiador descifrar qué es lo que cohesiona y da sentido a la vida de los pueblos, registrar sus puntos débiles y cómo se da la lenta transformación y la integración a un mundo regido por valores y prácticas diferentes. Es, en fin, una etapa en la historia de la lenta aculturación de los pueblos de la sierra oaxaqueña, que permite registrar un proceso irreversible, el del fin de una cultura y el nacimiento de otra.1

5Esta acuciosa investigación trata y retrata la estructura mental y material que caracteriza a una cultura que se desintegra para engendrar una nueva. Ofrece un panorama muy completo de esa sociedad, permite leer lo social, lo económico, lo jurídico, lo geográfico y lo religioso. Es una pintura realista tanto de la fragilidad de esa sociedad como de su resistencia. Si este libro pudo escribirse se debe en gran medida a la riqueza de sus fuentes y a la lectura que el autor hizo de ellas. Basada fundamentalmente en expedientes judiciales, la información fluye directamente de los pleitos y denuncias que caracterizan a la sociedad del antiguo régimen, nutrida por la confrontación de los diversos intereses que engendra ese mundo corporativo. Información que, pese a su riqueza y su abundancia, con frecuencia es ignorada o sacada de su contexto. En este trabajo no fue ése el caso, de modo que la mayor virtud del autor es que dejó hablar a las fuentes y valoró cada uno de los conflictos existentes para explicar el carácter y la situación anímica de esta sociedad. Logró localizar los móviles de conductas difíciles de descifrar; el comportamiento de los principales actores y las razones que los impulsan; las estrategias utilizadas por los pueblos para apoderarse de los espacios políticos, públicos o religiosos, cómo es la utilización de los cargos de república, o los tianguis, e incluso las alianzas matrimoniales que les permiten conservar sus costumbres. Pero, sobre todo, expone la forma en que esa sociedad funciona: el recurso a la querella y lo que esto significa. Es quizás esto lo que más resalta en esta obra, porque sitúa en su exacto contexto los conflictos, que se vuelven en alguna forma los motores de la historia: asesinatos, infidelidades, venganzas, denuncias, castigos y penas, son los acontecimientos que arman una historia por demás humana. La parte institucional aparece sólo para dar testimonio de estos acontecimientos y para tratar de encausar a los pueblos por la vía correcta, como lo muestran las diligencias efectuadas por los alcaldes mayores y sus tenientes, los religiosos y los clérigos, que no son sino actores en segunda fila.

6¿Cómo calificar la obra que nos ofrece Thomas Calvo? El autor, que se estrenó en la historia demográfica y cuantitativa, posteriormente se interesó en la historia social y de las mentalidades, y pasa en esta ocasión a la microhistoria, ¿encontró en está la respuesta a sus inquietudes y cuestionamientos? Si de metodología se trata, diré que las anteriores experiencias se acumulan y nutren la visión de un historiador en su madurez: aprecia la importancia del número pero no se deja impresionar por él, sabe que el factor demográfico es importante para mantener viva una cultura y que sin este elemento no hay esfuerzo que valga, por lo mismo los maestros en idolatría recurrieron a los “librillos” por que ya no se transmitía este saber directamente, como en tiempos de sus abuelos. Su práctica de la historia social y de las mentalidades le permite valorar los cambios que estos pueblos vivieron por la adopción electiva de la cultura del conquistador, voluntaria y no impuesta. ¿Por qué optaron por la teja y abandonaron la paja? Y la misma pregunta vale para el uso de muías, arados y yuntas. ¿Por qué un grupo del pueblo está en favor de seguir practicando la idolatría y otro se inclina por abandonarla?, ¿cómo entreverar todos los ámbitos? Por esto esta historia no se podía contar de otra forma más que por medio de la microhistoria; sin embargo, es esto y más, pues trasciende el pequeño universo del que se ocupa, para hacer de esta narración una parte de la historia universal: la de todos los pueblos que han vivido y sufrido, rechazado y aceptado un gran cambio cultural.

Notas

1 “Le collapsus amérindien est irreparable, essentiellement, parce qu'il atteint les facultés reproductives de la vie et de la culture, de la vie donc de la culture... Sans la mémoire biologique la mémoire culturelle est anéantie. Sans la mémoire culturelle, la mémoire biologique n'est que une pâte molle sans empreinte...”. Pierre Chaunu, De l'histoire à la prospective, Paris, Laffont, 1976, pp. 231-232.
[“El colapso amerindio es irremediable, escencialmente porque afectó las facultades reproductoras de la vida y de la cultura, de la vida y por tanto de la cultura... Sin la memoria biológica la memoria cultural es aniquilada. Sin la memoria cultural, la memoria biológica no es más que una masa fofa sin huella...”.]

Qué desventuras (históricas) llevaron al autor a la sierra zapoteca

A la escala del tiempo de nuestro planeta, la empresa aparece, por cierto, como irrisoria.
Alain Corbin1

Hacer la historia de una historia

Del derecho de un historiador que se plantea problemas, en lugar de agotar inventarios.
Lucien Febvre2

1Lucien Febvre tituló la introducción a la obra de la que procede este epígrafe: “Formular la pregunta”. En mi profesión de historiador hice de estas palabras mi primer artículo de fe, sobre todo porque, habiendo empezado mi aprendizaje como historiador cuantitativista, era cómodo plantear a las cifras las más osadas interrogantes. Las cifras nunca se rebelaban: ¿cómo abordar las pulsiones sexuales de las poblaciones de antaño, el autocontrol de las prohibiciones de Cuaresma y de Adviento? La curva estacional de las concepciones brindaba sus respuestas. ¿Cómo elaborar un panorama de las devociones en la sociedad urbana? El inventario de los cuadros religiosos por sus temáticas, entre aquellos que obraban en manos de particulares, constituía un primer esbozo de respuesta.

2Me encontraba, por tanto, pleno de experiencias y de certidumbres cuando, en octubre de 2004, me instalé en Oaxaca. Mi proyecto era sencillo: desde hacía algunos años, e incluso decenios, se agitaban en mi mente dos grandes interrogantes: ¿De qué manera la monarquía católica, tal como se autopro-clamaba, había logrado perdurar durante tres siglos en la extensión de cuatro continentes, con ayuda de una tecnología que en lo fundamental no había evolucionado desde el imperio romano, y con recursos humanos que probablemente no eran mucho mayores de 15 a 20 mil funcionarios, soldados, clérigos, hacia 1645? En esto, ciertamente, tenía algo que ver no sólo lo “católico” sino también lo “monárquico” –así como su entorno–, combinándose el todo dentro de una cultura imperial que intento abordar en toda una serie de trabajos.

Alcaldía de Villa Alta

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3Puesto que navego en los espacios infinitos se apoderó de mí otra curiosidad que se transformó luego en una inquietud intelectual: hacia 1692, el planeta, en su totalidad, desde la India hasta Lombardía, pasando por Hispanoamérica, fue recorrido por fuertes turbulencias, primero meteorológicas (una sucesión de años en extremo lluviosos), luego frumentarias y finalmente epidémicas. En el mundo hispánico esto se prolongó por medio de una serie de sacudidas sociales y políticas, a veces trágicas (ciudad de México, Tlax-cala en junio de 1692; Tuxtla en mayo de 1693), o simplemente dramáticas (Puerto Rico, 1691; ciudad de México, una vez más, en 1696), e incluso tragicómicas (Guadalajara, junio de 1692).3 Como en toda crisis, hubo quien se aprovechara: las rentas decimales se dispararon en Nueva España (y probablemente en otras partes también). Y el Estado aprovechó el tiempo de represión –que siempre llega– para reforzar una autoridad que, a lo largo del siglo xvii, había tendido a aflojarse dentro del imperio español.

4Por consiguiente, fue una monarquía en proceso de renovación, en medio de cierto número de ruinas –en particular las ruinas humeantes del palacio virreinal de la ciudad de México-, la que tuvo que enfrentar una nueva crisis, la de 1700 y del cambio de dinastía. Quizás haya sido éste el motivo por el que pudo superarla con relativa facilidad, por lo menos en el contexto americano.

5En tales condiciones, era grande la tentación de tratar de unir las dos “preguntas”: ¿con cuáles miradas se observaban recíprocamente el Estado y sus sùbditos, en ocasión de ese traumatismo multiforme de los años que van de 1690 a 1700? Era posible albergar la esperanza de observar cuáles transformaciones se estaban gestando, endurecidas en el fuego de las pruebas y de la impugnación. Y esto permitía que una monarquía, de la que se decía que se encontraba agonizando, volviera a cobrar un nuevo ímpetu, por un siglo más, durante el cual la palabra “despotismo” estaría a la orden del día.

6Ante interrogantes de tal magnitud, y tomando en cuenta las “exigencias en materia de resultados” –y ante todo por mi propio bienestar intelectual–, había dado prioridad hasta entonces a las grandes conmociones y a los fenómenos sobresalientes, con una documentación reunida en los principales yacimientos documentales: era gratificante tratar de comprender los intereses en juego, las transformaciones (tanto en el ámbito social, como en el de la liturgia real) desde Madrid, México, Lima o Manila. Pero esto equivalía a navegar mucho, e incluso a realizar un sencillo sobrevuelo: los matices con frecuencia se desvanecían, sin hablar de la dificultad para captar las reacciones de los sujetos más numerosos, pero también de los más modestos: los indios.

7Había llegado la hora del cruce de las problemáticas; convenía aprehenderlas con la mayor coherencia posible, primero geográfica –centrarse en un estudio regional– y luego humana –era preciso contar, en lo posible, con una fuerte impronta indígena–. Armado con estas ambiciones, y esta ingenuidad, me lancé al asalto de la diócesis de Oaxaca a finales del siglo xvii –que correspondía en parte a los límites del actual estado del mismo nombre-, con “la pregunta”, seguro de poder obligar a los distintos archivos a responderme en un breve plazo (algunos meses...). Con la certeza que albergaba, por supuesto descartaba de antemano aquellas fuentes que me habrían permitido emprender una historia económica o social de la coyuntura regional –los registros parroquiales, por ejemplo– y que ya había hecho hasta la saciedad durante mis años de aprendizaje. Además, esto no me habría brindado sino el simple zoclo sobre el que reposaban las respuestas que esperaba.

8¿Por qué no decirlo? Las primeras semanas que estuve en Oaxaca formulé “la pregunta” y obtuve una casi total ausencia de respuestas. Es verdad que me llegaban algunas, pero eran estereotipadas (habría obtenido las mismas en Madrid o en la ciudad de México) o fragmentadas. Los archivos, a su modo, oponían resistencia. Las preguntas que formulaba ¿no eran las apropiadas? o ¿acaso la escala seleccionada, la escala regional, no era la adecuada? A pesar de su obispo, Antequera-Oaxaca no poseía la fuerza de cohesión de una Guadalajara que encabezaba un “nuevo reino”, el de la Nueva Galicia; y ni siquiera de una Puebla, más hispánica, que ejercía un control más estricto sobre un espacio que abarcaba desde Veracruz hasta los linderos de la cuenca de México. Oaxaca experimentaba grandes dificultades para acomodarse con un mosaico de unas veinte alcaldías mayores que miraban, ya fuera hacia el Pacífico o hacia el Golfo de México, y con una diversidad étnica tan amplia: con los mixtecos hacia el occidente, los zapotecos al centro-este y los zoques al noreste, un total de 16 grupos comparten la geografía del actual estado.4 La coherencia se encontraba quizás en un grado inferior, el de la propia alcaldía mayor. Se abría una pista: el Archivo Histórico Judicial de Oaxaca (en adelante ahjo) había concentrado los vestigios de los archivos judiciales de las ex alcaldías mayores del actual estado. Bastaba con adentrarse en él. Inmediatamente un nombre atrajo mi atención. En primer lugar, porque respondía a mis viejos fantasmas de historiador de la Colonia, como sinónimo de riquezas inconfesables, obtenidas por los funcionarios por medio del sistema perverso del repartimiento de mercancías (una especie de tributo impuesto a los indios): Villa Alta. Pero, sobre todo, porque el volumen total del archivo de esta alcaldía mayor, situada en la sierra norte zapoteca, era impresionante, aunque no siempre estaba en muy buen estado. Más aún, ya había sido ampliamente consultado, lo que atenuaba el choque del salto a lo desconocido.5 Por consiguiente, esta rica presa colonial también podía llegar a ser mía, permitiéndome reconstituir, gracias a su extensión, a su importancia económica y demográfica, ese tejido regional que anhelaba encontrar.

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