Sociedad y gobierno episcopal

De

A lo largo de su memorable gobierno, entre 1673 y 1699, el obispo Manuel de Mollinedo y Angulo recorrió varias veces la diócesis del Cuzco, con el propósito de imponer disciplina entro del cuerpo eclesiástico y a la vez consolidar su autoridad frente a los poderes locales. Este libro recoge los expendientes de esas visitas que, sin duda, constituyen fuentes esenciales no solo para el estudion de la obra del prelado, sino de la sociedad y de la economía surandinas en su conjunto. De ellas se desprende un complejo cuadro social, en el quu las doctrinas tuvieron un papel ciertamente fundamental como centros de irradiación de una ideología cohesiva. Por ello las visitas de este singular obispo, célebre como cortesano, político y mecenas de las artes, revelan aspectos cruciales de la historia eclesiástica y cultural de los Andes del Sur durante el último cuarto del siglo XVII.


Publicado el : jueves, 20 de diciembre de 2012
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EAN13 : 9782821826564
Número de páginas: 248
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Sociedad y gobierno episcopal

Las visitas del obispo Manuel de Mollinedo y Angulo (Cuzco, 1674-1694)

Pedro Guibovich Pérez y Luis Eduardo Wuffarden
  • Editor: Institut français d’études andines
  • Año de edición: 2008
  • Publicación en OpenEdition Books: 20 décembre 2012
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821826564

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  • ISBN: 9789972623608
  • Número de páginas: 248
 
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GUIBOVICH PÉREZ, Pedro ; WUFFARDEN, Luis Eduardo. Sociedad y gobierno episcopal: Las visitas del obispo Manuel de Mollinedo y Angulo (Cuzco, 1674-1694). Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2008 (generado el 04 agosto 2016). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/380>. ISBN: 9782821826564.

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A lo largo de su memorable gobierno, entre 1673 y 1699, el obispo Manuel de Mollinedo y Angulo recorrió varias veces la diócesis del Cuzco, con el propósito de imponer disciplina entro del cuerpo eclesiástico y a la vez consolidar su autoridad frente a los poderes locales. Este libro recoge los expendientes de esas visitas que, sin duda, constituyen fuentes esenciales no solo para el estudion de la obra del prelado, sino de la sociedad y de la economía surandinas en su conjunto. De ellas se desprende un complejo cuadro social, en el quu las doctrinas tuvieron un papel ciertamente fundamental como centros de irradiación de una ideología cohesiva. Por ello las visitas de este singular obispo, célebre como cortesano, político y mecenas de las artes, revelan aspectos cruciales de la historia eclesiástica y cultural de los Andes del Sur durante el último cuarto del siglo XVII.

Índice
  1. Introducción

    Pedro Guibovich Pérez y Luis Eduardo Wuffarden
  2. Gobierno y administración episcopales: las visitas del obispo Mollinedo (1674-1694)

    Pedro Guibovich Pérez
    1. 1. Un obispo español en Indias
    2. 2. Las primeras acciones de gobierno
    3. 3. Los itinerarios de las visitas
    4. 4. Las dimensiones políticas de las visitas
    5. 5. Las consecuencias de las visitas
    6. 6. Reflexión final
  3. Las visitas del obispo Mollinedo y sus políticas visuales: una fuente para la historia del arte colonial andino

    Luis Eduardo  Wuffarden
    1. 1. Clérigo y cortesano
    2. 2. La pinacoteca del obispo
    3. 3. Primeros esfuerzos: la visita de 1674-1676
    4. 4. El «resumen» de 1678
    5. 5. La «decencia del culto divino»
    6. 6. El esplendor eucarístico
    7. 7. Renovación y auge de la platería
    8. 8. Devociones versus «idolatrías»: la visita de 1687
    9. Epílogo
  1. Transcripción de las visitas del obispo Manuel de Mollinedo

    1. [f. 1r] Vissita que el doctor don Manuel de Mollinedo y Angulo, obispo del Cusco, del Consejo del Rey Nuestro Señor, hiso el año de 1674

    2. [f. 1r] Vissita que el doctor don Manuel de Mollinedo y Angulo, obispo del Cusco, del Consejo del Rey Nuestro Señor, etcétera, hiso el año de 1675

    3. [f. 1r] Vissita que el doctor don Manuel de Mollinedo y Angulo, obispo del Cuzco, del Consejo del Rey Nuestro Señor, hizo el año de 1676

    4. [f. 1r] Vissita que el lizenciado don 111 Andrés de Mollinedo hiso de las provincias de Aymaraes, Cotabambas y parte de la de Abancay del obispado del Cuzco el año de 1676

    1. [f. 1r] Resumen de lo que se a obrado en el obispado del Cuzco por su obispo, el doctor don Manuel de Mollinedo y Angulo

      1. [f. 2r] Resumpta y sumario de lo que se a obrado en el obispado del Cuzco
      2. Combentos y Religiones
      3. Parroquias del Cuzco
    2. [f. 1r] Resumen de la vissita eclesiástica que se hiso de los beneficios curados que ay en las provincias de Quispicancha, Paucartambo, Calca y Lares, marquesado de Oropessa y parte de la de Abancay, pertenecientes al obispado del Cuzco. Año de 1687

    3. [f. 1r] Resumen de la vissita eclesiástica que se hiso de los beneficios curados que ay en las provincias de Abancay, Aymaraes y Cotabambas, pertenecientes al obispado del Cuzco. Año de 1687

      1. Provincia de Abancay
      2. Provincia de Aymaraes
      3. Provincia de Cotabambas
    4. [f. 1r] Resumen de la vissita eclesiástica que se hiso de los beneficios curados que ay en las provincias de Caravaya, Canas, Quispicancha, Azángaro y Lampa, pertenecientes al obispado del Cuzco. Año de 1687

    5. [f. 1r] Resumen de la vissita eclesiástica que se hiso de los beneficios curados que ay en las provincias de Chilques y Mascas y Chumbivilcas, pertenecientes al obispado del Cuzco. Año de 1687

      1. Provincia de Chilques
      2. Provincia de Chumbivilcas
  1. Índice onomástico

  2. Índice toponímico

Introducción

Pedro Guibovich Pérez y Luis Eduardo Wuffarden

Hombre de iglesia, cortesano y político, el madrileño Manuel de Mollinedo y Angulo es una de las figuras centrales de la historia del sur andino durante la segunda mitad del siglo XVII. Su imagen física —erguida, imponente, hierática— aparece, entre muchos otros, en un retrato de cuerpo de entero conservado en la sacristía de la catedral del Cuzco. Mollinedo apoya la mano derecha con firmeza sobre un libro pequeño colocado, a su vez, sobre una mesa cubierta por una rica tela. Tanto ese volumen —acaso un libro de horas— como la mesa aluden a dos de las principales ocupaciones del prelado: las prácticas devotas y el gobierno eclesiástico. De acuerdo con las convenciones del retrato religioso, el pintor incluyó además tres mitras: una sobre la mesa y dos más en el piso. Mientras la primera se refiere a su dignidad como obispo del Cuzco, las otras representan a las sedes de Cuba y Puerto Rico, para las cuales había sido presentado con anterioridad por la Corona, pero que Mollinedo declinó aceptar. No era un gesto de humildad, ciertamente, sino la calculada expectativa de un destino mayor, que sería al fin la antigua capital de los incas.

En el Cuzco y su región, el recuerdo de Mollinedo se mantiene vivo hasta hoy, sobre todo en relación con su extensa labor de patronazgo artístico.

Desde un punto de vista contemporáneo, resulta cada vez más claro que esa política solo fue posible en el contexto de las extensas visitas pastorales desarrolladas durante su gobierno. De ahí que los expedientes de las visitas constituyan, sin lugar a dudas, fuentes esenciales para el estudio no solo de la obra del prelado, sino también de la sociedad y la economía cuzqueñas de su tiempo. Se desprende de ellas un cuadro social complejo, en el que las doctrinas jugaban un rol fundamental como centros de irradiación de una ideología cohesiva. Ellas también constituyeron el marco institucional para el desarrollo de las prácticas devocionales populares, a través de las numerosas cofradías fundadas por los propios indígenas, algunas veces al margen del control eclesiástico.

Como lo han hecho notar otros autores, las doctrinas fueron además núcleos de explotación económica del campesinado. Sin embargo, reducer la relación entre la población indígena rural y los curas a la simple extracción del excedente sería falsear una realidad histórica bastante más rica, en la que los lazos establecidos fueron muy diversos, como lo son siempre las relaciones humanas. De la lectura de las visitas es posible entrever así un medio rural cruzado por tensiones entre los representantes de la Iglesia y la Corona —esto es, entre los curas y los corregidores— por el acceso a la mano de obra indígena y por los fondos de las cajas de las comunidades. En ese mundo la Iglesia —o quizá convendría mejor decir, el clero— se muestra como un cuerpo poco cohesionado. Así, por ejemplo, se remontaba a fines del XVI la competencia entre religiosos regulares y seculares por el control de las doctrinas, ya que estas proveían de recursos, pero también de poder sobre los pobladores.

A lo largo del siglo XVII, tanto en la diócesis del Cuzco como en otras circunscripciones eclesiásticas del virreinato, habría un paulatino repliegue del clero regular frente al secular, como consecuencia de la secularización de las doctrinas rurales. Mollinedo se servirá de las visitas para reforzar la autoridad del clero secular, sujeto a su inmediata jurisdicción. Durante sus grandes recorridos, el obispo y sus visitadores administran justicia, extirpan las idolatrías, disponen el aumento de la rentabilidad de los bienes de las doctrinas, ordenan la mejora de las condiciones materiales y de ornato de las iglesias, entre otras medidas. En suma, en el contexto de las visitas el obispo gobierna de manera efectiva y directa.

El estudio y la edición de las visitas pastorales del obispo Mollinedo era un proyecto que teníamos desde hace varios años, conscientes de la necesidad de darlas a conocer de forma íntegra y fidedigna, tanto al investigador como al lector interesado. Deseamos agradecer, en primer lugar, al Instituto Riva-Agüero, Escuela de Altos Estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por el decisivo apoyo brindado a nuestra investigación y a la publicación del presente libro. También queremos expresar nuestra gratitud a Anne Marie Brougère y Manuel Bonilla, del Instituto Francés de Estudios Andinos, por su dedicado trabajo de producción editorial. A José Antonio Rodríguez Garrido, José Carlos de la Puente Luna y Nicanor Domínguez debemos diversas lecturas y sugerencias a nuestros estudios preliminares. Hugo Pereyra Plasencia y Héctor Huerto nos proporcionaron copias de las visitas conservadas en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Mención especial merecen Carla López Medina y Roberto Niada Astudillo, ambos egresados de la especialidad de Historia de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por la transcripción paleográfica de los documentos y su ayuda en la elaboración de los índices onomástico y toponímico que la acompañan.

Gobierno y administración episcopales: las visitas del obispo Mollinedo (1674-1694)

Pedro Guibovich Pérez

«Floreció en su tiempo el obispado así en letras como en decencia del divino culto» (Esquivel y Navia, 1980, II: 174-175). En estos términos, Diego de Esquivel y Navia describía en sus Noticias cronológicas de la gran ciudad del Cuzco el gobierno del obispo Manuel de Mollinedo y Angulo. Cronista y deán del cabildo de la catedral de la antigua capital de los incas, Esquivel y Navia, al mismo tiempo que expresó su admiración por la labor realizada por el célebre prelado, anotó algunos incidentes con el fin de ilustrar las conflictivas relaciones de Mollinedo con su cabildo catedralicio. La información que el deán proporciona es valiosa por su interés histórico y porque es un testimonio de cuán vivo estaba en la memoria de la jerarquía eclesiástica el recuerdo de la administración de Mollinedo. No era para menos. Fue la más prolongada de la historia del obispado cuzqueño: 26 años. A ello se suma su enorme acción de gobierno. La fundación de monasterios, la construcción de numerosas iglesias y la reforma de la administración económica del obispado se contaron entre sus principales tareas. El marco general en el que se llevaron a cabo las primeras y principales acciones de gobierno del prelado fue la visita eclesiástica realizada entre 1674 y 1676. Luego de una interrupción de seis años, entre 1682 y 1683 se realizó la segunda visita; en 1687 la tercera; en 1692, la cuarta; y en 1694, la quinta, y última, inspección del obispado.

No obstante su importancia, las visitas del obispo Mollinedo no han merecido hasta la fecha la atención que se merecen dentro de los estudios de historia colonial1. Esto se debe en gran medida a la manera en que se ha interpretado (o malinterpretado) su gobierno. Durante la década de 1950 se produjo en el Cuzco un renacimiento de los estudios de historia regional. Parte importante en este proceso le correspondió al Instituto Americano de Arte, entidad privada creada con el fin de promover la conservación del patrimonio artístico y monumental de la ciudad. Algunos historiadores locales vinculados al Instituto y a la Universidad de San Antonio Abad dedicaron monografías al estudio de lasartes plásticas durante el siglo XVII y, por consiguiente, a la labor de su principal promotor, el obispo Mollinedo. A esa época se debe la consagración de la figura de este como mecenas de las artes. Muestra de ello son los estudios de autores como Isabel Ruzo (1958), Jesús Covarrubias Pozo ((1958), Horacio Villanueva Urteaga (1959), Jorge Cornejo Bouroncle (1960) y Julián Santisteban Ochoa (1963); y, en tiempos más recientes, los de José de Mesa & Teresa Gisbert (1982) y Carmen Pardo (2004).

A la imagen de obispo mecenas de las artes plásticas se sumó, a fines de los ochentas e inicios de los noventas del siglo XX, la de patrón de las letras. Ello en el marco de la conmemoración del cuarto centenario de la fundación de la Universidad de San Antonio Abad. Una vez más, Horacio Villanueva Urteaga, que había venido dando a conocer diversos estudios sobre los orígenes de la universidad desde los años 50, publicó el expediente completo de los autos de establecimiento de ese centro de estudios (Villanueva Urteaga, 1987).

La imagen de Mollinedo que prevalece en la historiografía hasta nuestros días es la del obispo mecenas de las artes y las letras, la cual ha relegado a un segundo plano otros aspectos de su gobierno, en particular su proyecto por una mejor administración eclesiástica. En tal sentido, resulta de enorme interés la publicación de la extensa encuesta acerca de los curatos del obispado del Cuzco realizada en 1689 por mandato de Mollinedo en cumplimiento de una orden real. La encuesta requería información social, económica y demográfica muy detallada de cada uno de los curatos (Villanueva Urteaga, 1982). En este punto quizás convendría señalar que, no obstante su riqueza de información, la encuesta no ha sido lo suficientemente estudiada por los investigadores del sur andino colonial.

Pero el obispo Mollinedo fue mucho más que un activo mecenas y un fiel ejecutor de las órdenes reales. Fue un hábil administrador de su diócesis. De allí que promoviese la realización de extensas visitas eclesiásticas. La escasez de investigaciones sobre estas se debe, en parte, a que los estudios se han orientado hacia la figura del prelado, pero también a que la consulta de los originales no es fácil. Hace ya mucho tiempo que desaparecieron de los archivos eclesiásticos del Cuzco. Afortunadamente, se guardan copias de estos valiosos documentos en la sección Audiencia de Lima, del Archivo General de Indias, en Sevilla2. El primero en dar una noticia breve de su existencia fue Rubén Vargas Ugarte (1938: 118). Más tarde, Villanueva Urteaga publicó sumillas de las visitas, aunque bastante incompletas (1959: 54-56), y Waldemar Espinoza Soriano hizo hace pocos años una transcripción poco cuidada de las mismas (2001; 2003)3. Las visitas pastorales, como trataremos de mostrar, ameritan ser estudiadas, pues constituyen un excepcional testimonio para entender el ejercicio del gobierno episcopal en el contexto colonial. Mediante ellas, Mollinedo no solo se propuso restablecer la disciplina del clero, sino también, al mismo tiempo, extender y fortalecer la autoridad episcopal sobre el cuerpo social.

Para entender la relevancia histórica y el significado político de las visitas pastorales del obispo, importa ocuparse, en primer lugar, de su biografía, como paso previo al comentario de sus iniciales acciones de gobierno en la diócesis del Cuzco. Como se verá, la trayectoria del prelado en España aporta algunos elementos para la comprensión de sus acciones en el virreinato peruano. Luego se trata de las visitas, cuyo análisis ocupa la mayor parte de este texto, debido a que constituyeron las prácticas de gobierno episcopal más importantes, tanto por su duración como por las medidas dictadas y la población involucrada en ellas. Los itinerarios de las visitas, sus implicancias y consecuencias políticas son analizados en detalle en los dos apartados finales. Conviene empezar en orden y con el protagonista central de esta historia: el obispo Manuel de Mollinedo y Angulo.

1. Un obispo español en Indias

Como muchas otras biografías de prelados célebres del siglo XVII, la de Mollinedo está aún por escribirse. Por su testamento, fechado en Madrid el 30 de diciembre de 1671, es posible reconstruir parte de su trayectoria antes de su arribo al Perú. Allí declaró ser hijo legítimo de Francisco de Mollinedo, oriundo del valle de Mena en las Vegas de Bárcenas, consejo de Bortedo, en las montañas de Burgos; y de María Morena, oriunda de Madrid. Fue alumno en el colegio de San Jerónimo de Lugo en Alcalá de Henares, y, años más tarde, rector del mismo. Al parecer, también estudió en la Universidad de Alcalá, donde obtuvo los grados de maestro y de doctor en Teología. Sirvió sucesivamente en las iglesias parroquiales de Santiago el Nuevo, en Talavera, y de Santa María la Blanca, en Alarcón (AHP, 1671: fs. 938r-947r). También fue examinador sinodal y visitador en el obispado de Toledo, teólogo conciliario en el Consejo de Castilla y cura de la parroquia de Nuestra Señora de la Almudena en Madrid4. Fue nominado para los obispados de Cuba y Puerto Rico, pero no los aceptó porque, al parecer, Mollinedo ambicionaba una sede de mayor importancia. La oportunidad no tardó en llegar. La reina Mariana de Austria lo presentó para el obispado del Cuzco y, en 1670, el papa Clemente X concedió las respectivas bulas para que ocupase el cargo, vacante por la promoción de Bernardo de Isaguirre al obispado de La Plata. Antes de partir rumbo a su nueva sede, Mollinedo otorgó diversos poderes para la administración de sus bienes en Madrid y la obtención de mayores beneficios eclesiásticos5.

El prelado se embarcó en Sevilla y llegó a Lima el 9 de diciembre de 1672. Como la mayoría de las autoridades coloniales, el obispo trajo consigo a un grupo de familiares, y en ellos se apoyó inicialmente con el fin de consolidar su posición y lograr una gestión exitosa. En compañía del prelado, hizo el viaje desde España su sobrino el licenciado Andrés de Mollinedo, quien en poco tiempo y al amparo de su protección, alcanzó enorme poder en el obispado. Andrés de Mollinedo se convirtió en el secretario privado de su tío y concentró en su persona los importantes cargos de comisario del Santo Oficio y de cura del Hospital de Naturales de la ciudad, este último considerado muy rico. Fue además su principal colaborador en las tareas de gobierno, en particular en las visitas de la diócesis. También con el prelado vino de España el capitán Antonio Ortiz de Luengas, quien era su tío materno. En 1682 llegó a ser alcalde del Cuzco y, años más tarde, fue designado procurador del cabildo de esa misma ciudad (Guibovich, 1994: 159-160).

Antes de la llegada del obispo, otros parientes se habían establecido en el virreinato. Un sobrino, Tomás de Mollinedo, residía aquí desde 1671. Su carrera antes de 1678 es desconocida, pero resulta interesante notar que su ascenso coincide con el gobierno de su tío6. También se sabe que, durante los años del gobierno del obispo, otros sobrinos, Gaspar y Lucas de Mollinedo, habitaron en el Cuzco. Del primero no se tienen noticias, mientras que el segundo ejerció, en 1676, el cargo de administrador de los diezmos del obispado (Guibovich, 1994: 160). La familia no era numerosa, pero sí influyente.

Mientras el obispo permanecía en Lima, alistando su viaje y acaso meditando acerca del futuro de su entorno familiar, uno de los sobrinos, Andrés de Mollinedo, partió rumbo al Cuzco. Una vez en esta ciudad, el 24 de enero de 1673, presentó en el cabildo de la catedral la bula y el poder otorgado por el nuevo obispo, suscrito en Lima el 16 de diciembre de 1672, mediante el cual lo autorizaba a tomar en su nombre el gobierno de ese obispado. Ese mismo día, el cabildo lo reconoció como tal (Guibovich, 1994: 158). Luego de un demorado viaje, el obispo hizo su entrada en el Cuzco el 23 de noviembre de 1673.

2. Las primeras acciones de gobierno

Una de las primeras tareas a las que se dedicó Mollinedo, una vez tomada la posesión de su sede, fue conocer cuál era el estado de su clero y, en particular, de su cabildo eclesiástico, con el fin de reformar lo que fuese necesario. Para ello realizó una visita a la catedral, lo que equivalía a una revisión de la labor de sus canónigos. Como cabeza del cabildo se hallaba Alonso Merlo de la Fuente, quien fue sujeto pasivo de una «pesquisa secreta» por orden de Mollinedo. Durante ella, el obispo debió de hallarlo responsable de ciertas irregularidades en la administración capitular, ya que, en marzo de 1674, ordenó embargarle temporalmente la renta de su canonjía (AAL, Apelaciones del Cuzco: leg. 23).

La visita a la catedral fue el punto de partida de la inspección del obispado. No es posible saber cuándo y cómo el obispo proyectó lo que sería su más ambiciosa tarea de gobierno. Pero lo más probable es que su experiencia como visitador en el obispado de Toledo fuera la que le hizo concebir la necesidad de hacer algo similar en el Cuzco. Pero también cabe la posibilidad de que, llegado a su sede, tomara conocimiento del hecho de que desde hacía muchos años no se practicaba ninguna visita episcopal.

El obispado del Cuzco había sido escenario de diversas visitas desde el siglo XVI, pero las de Mollinedo habrían de ser las más extensas e importantes. En aquel siglo, el obispo Juan de Solano había emprendido la visita general, pero la rebelión de Francisco Hernández Girón interrumpió su realización, al parecer, al poco tiempo de haberse iniciado (Contreras y Valverde, 1982: 87). A fines del siglo, Gregorio de Montalvo también emprendió una inspección de la diócesis, pero tuvo que suspenderla al tener que asistir al IV Concilio Limense (Contreras y Valverde, 1982: 102).

A comienzos del siglo XVII, el obispo Lorenzo Pérez de Grado se propuso hacer una inspección general. En cumplimiento de una real cédula de 1622, al año siguiente realizó la visita, pero se desconocen los detalles de la misma (Lissón, 1944-1956, V: 9, 31, 36). Avanzado dicho siglo, entre 1645 y 1647, el obispo Juan Alonso Ocón logró lo que no había podido hacer ninguno de sus antecesores: completar la visita7. En una carta al rey, suscrita en 1648, manifestaba que había inspeccionado su diócesis «sin que una sola yglesia parrochial en todo él aya dejado de gozar de mi presencia, con que he conocido todos los curas y entendido como testigo ocular de la manera que cada uno acude a sus obligaciones». Añade que visitó las provincias «adonde después que esta yglesia se fundó, no ay memoria huviese puesto otro obispo sus plantas. Estas son las de Caravaya, Aymaraes, Cotabambas y Chumbivilcas», de muy difícil acceso. La inspección tuvo como resultados, entre otros, «el adorno de las yglessias que esperando los curas, que las avía de ver, se han estremado en repararlas, pulirlas y en prevenir ornamentos, piezas de plata para la mayor decencia de la celebración del culto divino» (AGI, Audiencia de Lima, 1648b). Algo similar, como se verá más adelante, sucedió a raíz de la visita de Mollinedo.

3. Los itinerarios de las visitas

Cuando Mollinedo llegó al Cuzco, habían pasado treinta años desde las visitas del obispo Ocón. Esta situación pareció convencer al nuevo obispo de la necesidad de no postergar su realización. Partió del Cuzco el 3 de agosto de 1674 «para las provincias del Collao y Canas que son las más rígidas y destempladas desta comarca», según él mismo escribió. Hizo posada en San Sebastián, siguió a Oropesa, Urcos, Quiquijana, Checacupe, Cacha y Sicuani. En este último poblado, el 11 de agosto, dio inicio oficialmente a la visita. Luego continuó a Ayaviri. El viaje a este último lugar fue bastante difícil por la accidentada geografía, tal como lo describe el mismo prelado:

«concluida la visita de Sicuani, con las disposiciones saludables que pude, salí para Ayaviri y para atravesar la sierra de Vilcanota, segundos Alpes deste Nuevo Mundo, hize posada en la Agua Caliente, sitio al pie de aquella altíssima sierra, llamada así porque brotan por allí unos borbotones y manantiales de agua hirviendo y humeando con olor grave de azufre. Passé allí el día siguiente para el tambo de Chungara (llaman acá tambo los que ventas en España) y, aviendo vencido la cumbre de Vilcanota, llegando ia al llano, quise usar de una litera que llebaba por ser todo lo restante del viaje por tierra llana» (72)8.

En un terreno tan accidentado, el obispo estuvo expuesto a diversos peligros:

«Mas las ciénagas y tremedales eran tales, que una de las mulas se encenegó y me ví en riesgo manifiesto de caída, mas quiso Nuestro Señor que arrancó la mula en pelo y rompiendo las sinchas y pretal del sillón, dejó libre con la litera en vago, con que pude llegar a Chungara. De aquí passé a Pacochuma, una estancia casera del capitán Francisco Casorla, en cuia capilla el día siguiente confirmé cinquenta y dos personas. Y salí para Ayaviri» (72-73).

Tras muchas penalidades llegó a Ayaviri el 17 de agosto. Continuó a Pucara, Lampa, Cabanilla, Cabana y Mañazo. En este último pueblo nuevas penalidades esperaban al prelado y a su séquito:

«Aquí –escribe el obispo en su relación de la visita– se passó alguna mortificación por ser el temple rígido y aver llegado al lugar serca de las dos de la tarde, donde yo y mi familia no allamos repuesto alguno ni agua sino corrupta y de mal olor, circunstancias que no me desassonaron por cogerme prevenido para qualquier trance de tribulación o trabajo que en prosecusión del mynisterio episcopal me sucedie [se]»(75).

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