Rosa limensis

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Rosa limensis es un ensayo interdisciplinario de historia cultural que resalta los orígenes religiosos del nacionalismo peruano. Basaso en los expedientes inéditos del proceso ordinario (1617-1618) y apostólico (1630-1632) de beatificación y canonizacíon, el libro analiza el universo místico y visionario de santa Rosa de Lima (1586-1617), la primera santa america. Pese a haber sido cuestionada por la Inquisición limeña e identificada con las herterodoxias alumbradistas españolas, aquí se rastrean los modelos católicos de piedad femenina y las fuentes intelectuales que explican la rigurosa vida penitencial de la santa limeña.


Publicado el : miércoles, 24 de julio de 2013
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EAN13 : 9782821827981
Número de páginas: 480
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Rosa limensis

Mística, política e inconografía en torno a la patrona de América

Ramón Mujica Puntilla
  • Editor : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, Institut français d’études andines, Fondo de Cultura económica
  • Año de edición : 2004
  • Publicación en OpenEdition Books : 24 julio 2013
  • Colección : Historia
  • ISBN electrónico : 9782821827981

OpenEdition Books

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Referencia electrónica

MUJICA PUNTILLA, Ramón. Rosa limensis: Mística, política e inconografía en torno a la patrona de América. Nueva edición [en línea]. Mexico: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2004 (generado el 09 noviembre 2013). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/cemca/2303>. ISBN: 9782821827981.

Edición impresa:
  • ISBN : 9789681678913
  • Número de páginas : 480

© Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2004

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

Rosa limensis es un ensayo interdisciplinario de historia cultural que resalta los orígenes religiosos del nacionalismo peruano. Basaso en los expedientes inéditos del proceso ordinario (1617-1618) y apostólico (1630-1632) de beatificación y canonizacíon, el libro analiza el universo místico y visionario de santa Rosa de Lima (1586-1617), la primera santa america. Pese a haber sido cuestionada por la Inquisición limeña e identificada con las herterodoxias alumbradistas españolas, aquí se rastrean los modelos católicos de piedad femenina y las fuentes intelectuales que explican la rigurosa vida penitencial de la santa limeña.

Índice
  1. Agradeciemontos

  2. Presentación

    Josep Ignasi Saranyana
  3. Prólogo a la edición Mexicana

  4. Prefacio

    David A. Brading
  5. Introducción

  6. Capítulo 1. Mujeres visión arias: las vasijas de barro bien y mal amasadas

    1. 1. Orígenes de la profesión beateril
    2. 2. Lima y las ˝alumbradas˝
    3. 3. Las fuentes intelectuales de Santa Rosa de Lima
  7. Capitulo 2. Anatomía de la melancolía: Santa Rosa de Lima y el doctor Juan del Castillo

    1. 1. Alcances históricos del mal melancólico
    2. 2. Las mercedes ο heridas del alma
    3. 3. El "examen de conciencia"
    4. 4. El nexo con Santa Teresa de Jesúsy los peligros de la nueva espiritualidad laica
    5. 5. Los tres tópicos teresiaños
  8. Capítulo 3. Rosa y su telogía del ícono: el poder de las imágenes

    1. 1. El culto a la Eucaristía
    1. 2. El significado del ancla
    2. 3. El "desposorio mistico" y las imágenes portentosas
    3. 4. Las artes manuales, el Apocalipsis y el criollismo
    4. 5. El ícono de la Rosa muerta ο dormida
  1. Capítulo 4. Rosa ο la virgen Astrea: el fundamento mítico de una sacra política indiana

    1. 1. Santa Rosa de Lima: la "Aurora de Indias"
    2. 2. La Virgo in Sole; una inmaculada indiana
    3. 3. Santa Rosa de Lima y la Virgen de Guadalupe
    4. 4. Fray Gonzalo Tenorio y el "desposorio místico" de Dios con su primera santa mestiza americana
    5. 5. Juan de Espinosa Medrano y Santa Rosa de Lima: el blason del criollismo
  2. Capítulo 5. Los legados de la Rosa Astrea

  3. Conclusión

  4. Cronología de la vida y culto a Santa Rosa

  5. Apéndice 1

  6. Apéndice 2

  7. Apéndice 3

  8. Apéndice 4

  9. Referencias bibliográficas

Agradeciemontos

1Este estudio constituye la versión corregida y ampliada de mi ensayo "El ancla de Rosa de Lima: mística y política en torno a la patrona de América", publicado en Santa Rosa de Lima y su tiempo por el Banco de Crédito del Perú en 1995 junto con las investigaciones de José Flores Araoz, Luis Eduardo Wuffarden y Pedro Guibovich Pérez. Esa obra, coordinada por Luis Nieri, fue el resultado de años de trabajo encaminados a presentar una ambiciosa exhibición de arte sin antecedentes en el Perú, la cual fue inaugurada simultúneamente en la catedral de Lima, en el convento de Santo Domingo, en la casa de Osambela y en el santuario de Santa Rosa. Sin la recopilación histórica que realicé para esa ocasión, por no mencionar los objetos y lienzos virreinales fotografiados por Daniel Giannoni para la muestra, este estudio no hubiera sido posible. Mis reconocimientos para Álvaro Carulla del Banco de Crédito del Perú por permitirme utilizar este material gráfico. Mi agradecimiento más sincero también a Jacques Bartra Calixto, diplomático peruano y novelista, por su traducción del inglés al español del prólogo de David A. Brading.

2La presente coedición del Instituto Francés de Estudios Andinos, del Banco Central de Reserva del Perú y del Fondo de Cultura Económica se debe a la generosa acogida y gestion de Jean Joinville Vacher, director del IFEA, a la paciente labor de edición realizada por Anne-Marie Brougère y a la cuidadosa corrección total de la obra realizada por Maria del Carmen Ghezzi.

3Son varias las personas que han colaborado en enriquecer el marco teórico y documental de este libro. Abordé el tema gracias a José Flores Araoz,pionero en los estudios de iconografía rosariana y amigo entrañable, quien desinteresadamente me brindó valiosas informaciones inéditas. A él, mi agradecimiento especial. El Padre José Ignacio Saranyana, profesor de Teología en la Universidad de Navarra y Director del Instituto de Historia de la Iglesia de la citada universidad, gran especialista en la influencia joaquinita en América, me brindó un estimulante apoyo con su espléndida presentación. A través de agudas conversaciones, David A. Brading, profesor de historia mexicana en la Universidad de Cambridge, enriqueció mi comprensión del culto novohispano a la Virgen de Guadalupe. Dejo constancia de mi deuda de gratitud por su valioso prólogo. Sor Ana María de Jesús, priora de la clausura limeña de Santa Rosa de Santa María, me permitió acceder al Proceso Ordinario de beatificación que se guarda celosamente en su convento. Con enorme gentileza, Laura Gutiérrez Arbulú, directora del Archivo Arzobispal de Lima, me dio acceso al Proceso Apostólico de canonización. Gracias al Padre Julián Heras OFM, Giannoni pudo fotografiar en el convento de los Descalzos la pintura sobre metal que reproducimos en la figura 9. Héctor Schenone, con amable generosidad ha revisado cuidadosamente la edición haciéndo invalorables criticas constructivas. Juan Carlos Estenssoro me introdujo a los villancicos dedicados a Rosa que en los siglos xvii y xviii compusieran Tomás de Torrejón y Velasco, y Rafael Antonio Castellanos. Scarlett O'Phelan Godoy gentilmente me facilitó algunas de sus notas personales del Archivo de Indias en Sevilla, sobre las rebeliones indígenas del sur andino. Rafael Ramos Sosa, de este mismo archivo, me ahorró otro viaje a España trayéndome a Lima fotocopias de los expedientes del siglo xviii relativos a estas rebeliones. Iván Hinojosa me proporcionó el inventario de 1784 de la iglesia de San Juan Bautista de Coporaque donde se menciona el libro de Cofradías de Santa Rosa. Con gran generosidad y paciencia amical, José Antonio Pancorvo me asistió con las traducciones castellanas del latin. Fernán Altuve-Febres Lores me sugirió, con acierto incisivo, revisara el tratado rosariano de Francisco Bilbao. En México, José Pascual Bushó me abrió las puertas de los fondos reservados de la Biblioteca Nacional e Hilda Palermo, alta funcionaria de la embajada del Perú en Ciudad de México, gestionó los permisos para mis visitas al archivo de la catedral en dicha ciudad. Jaime Cuadriello me introdujo al Instituto de Investigaciones Estéticas y me develó prodigio tras prodigio en una visita brillante y erudita, guiada por él, al Museo de la Basílica de Guadalupe. También en México, Helena Isabel Estrada de Gerlero me dio el derrotero para encontrar el manuscrito anónimo no vohispano de 1798 en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México. Desde los Estados Unidos, en reiteradas ocasiones Ariadna Garcia Bryce me envió material bibliográfico para este estudio. También me siento en deuda con Lara Diefenderfer, cuya solicitud informai de asesorarla en su tesis doctoral me obligó a definir conceptos y a trabajar cabos sueltos históricos que no figuraban en las biografías oficiales de Santa Rosa. Ella también me proporcionó la información referente al índice de libros prohibidos de 1632, donde se menciona una Vida de Santa Rosa escrita por Jaime Blanco. Nancy E. van Deusen me introdujo a la anacoreta granadina del siglo xvii, Maria de Santa Rosa. Fernando Fuenzalida Vollmar me remitió al Pastor de Hermas como derrotero para comprender la metáfora del Cristo cantero rosariano. Con sus lecturas de mis manuscritos, mi esposa Claudia Balarín matizó esta obra de forma decisiva y sin su compañía y agudas sugerencias este trabajo no sería el mismo.

Presentación

Josep Ignasi Saranyana

1El libro, que el lector tiene en sus manos, obra madura del historiador limeno Ramón Mujica Pinilla, nos introduce en un tema poco explorado por la americanística. Aquí se describe el proceso histórico y social que convirtió a Santa Rosa en un símbolo político-religioso del virreinato limense, comparable en importancia al que sufrió la Virgen de Guadalupe en México, y se afrontan muchos interrogantes sobre los orígenes del nacionalismo andino-criollo. Pero, no sólo eso. Esta monografía abarca muchas otras cuestiones.

2Santa Rosa de Lima, cuyo nombre original era Isabel Flores de Oliva, fallecida en 1617, beatificada en 1668, declarada patrona de la Ciudad de los Reyes en 1669 y protectora de Filipinas en 1670, y canonizada en 1671, puede contemplarse, al menos, desde dos perspectivas:

  1. la Rosa-de-la-historia, es decir, la mujer de carne y hueso que vivió en Lima entre 1586 y 1617, practicó una determinada ascética cristiana, recibió innumerables mercedes espirituales, trató con confesores (dominicos y jesuitas) y expertos laicos en lides místicas (como el médico Juan del Castillo), y promovió una renovación de las costumbres en su entorno familiar y social, pretendiendo incluso una reforma del beaterio limeño; y
  2. el imaginario rosariano, es decir, la posterior recepción de esta Rosa, susceptible de encuadrarse en la historia politico-social, de las mentalidades y de la religiosidad popular.

3Mujica aborda las dos tareas con encomiable erudición y capacidad, aportando conclusiones novedosas e inquietantes. Por su originalidad, quizá deba destacarse su trabajo histórico-político por encima de su contribución biográfica, aunque esta ultima sea notable.

4No es cuestión menor, evidentemente, rescatar tantos detalles biográficos de la santa; aislarla de la corriente alumbradista limena, zanjada con el auto de fe de 1625, que incluso salpicó a su confidente Juan del Castillo; sustraerla de las causas inquisitoriales posteriores, que implicaron al beaterio limense a mediados del XVII y señalar hipotéticas fuentes de inspiración literaria de Rosa.

5Con respecto a esto último, Mujica intuye que la virgen limeña no era iletrada, como ella presume repetidamente. Sospecha que Rosa habría acudido a la estrategia defensiva de la mujer débil e ignorante, "mujercilla ruin y flaca", mujer instrumento pasivo de Dios, para evitar mayores roces con sus confesores o para no despertar sospechas de los inquisidores (seguiria el ejemplo de Teresa de Jesús). La calificación de "rústica iluminada", por parte de los confesores y testigos del proceso de beatificación,1 no respondería a la verdad de lós hechos. En efecto, las descripciones de los estados de vida espiritual, que se desprenden de sus conversaciones con los directores de conciencia, como estos testificaron en la causa de beatificación, sugieren un excelente conocimiento de la teología espiritual. "Un análisis minucioso de sus sofisticadas técnicas de contemplación, por no mencionar sus variadas mortificaciones y devociones, apuntan a las lecturas piadosas con las que la virgen limena esta[ría] familiarizada." Mujica adivina influencias (y posibles lecturas) de San Francisco de Asís, Juan Taulero, Heinrich Susón, Juan Ruysbroeck, Santa Catalina de Siena, Gregorio López, Luis de Granada, Santa Teresa de Ávila, Alonso de Villegas y otros; a no ser que, como en el caso de Santa Catalina, sus confesores hayan expresado las vivencias de la limense según las categorías apriorísticas de ellos mismos; o, como otra posibilidad, que ella haya leído algunos tratados o manuales inspirados en los autores espirituales que hemos referido. Cabe también, en el supuesto de que no disimulara, que la beata limense haya vertido sus particulares experiencias en los moldes que le facilitaban los consultores, como se advierte por las conversaciones que mantuvo durante dos días con el doctor Juan del Castillo (ella exponía y preguntaba después que "cómo era aquello").

6Es preciso reconocer, además, que Rosa conoció muy bien la Sagrada Escritura, y que cita correctamente los tópicos más socorridos por los maestros de la vida espiritual, no sólo en las referencias de segunda mano, aportadas por sus confesores y confidentes, sino también en sus dibujos originales que se conservan. Como es sabido, de ella sólo tenemos alguna carta autógrafa y unos dibujos emblemáticos2 que expresan sus experiencias interiores. En taies dibujos hay textos bíblicos de su puño y letra.

7Mujica dedica los dos primeros capítulos a la Rosa-de-la-historia. En ellos se revela experto sobresaliente en teología espiritual e historia de la teología, con un saber nada común acerca de los fenómenos místicos sobrenaturales y un conocimiento preciso de los debates seiscentistas sobre los caminos de contemplación. Esta primera parte, tan amena y documentada, no es, con todo, la aportación que más complace al autor de la obra. Y eso que en ella se aducen fuentes desconocidas (como el códice del Archivo Histórico Nacional de Madrid, que contiene las calificaciones inquisitoriales sobre dos opúsculos de Juan del Castillo) o fuentes preteridas (como el extenso sermon pronunciado por el franciscano Gonzalo Tenorio, con motivo de la beatificación, editado por Jacinto de Parra en 1670).

8A continuación vienen los capitulos, a mi juicio más interesantes y novedosos, referidos a la utilización sociopolítica del imaginario rosariano. Mujica se revela aquí como iconólogo consumado, desarrollando la idea de que la santa criolla (¿y mestiza?) se convirtió en poco tiempo en un ícono político de primer orden. Lo fue para la monarquía hispana, como el fruto maduro de la misión encomendada por la Sede apostólica al Patronato Real (no se olvide que el proceso apostólico se inició en tiempos de Felipe IV y que la canonización llegó a fines de aquel reinado). Lo fue para las tres órdenes religiosas más influyentes del virreinato, pues ella usó primero el sayal franciscano y posteriormente tomó (a título privado) el hábito terciario dominico, y tuvo seis confesores dominicos y cinco jesuitas, que alabaron sus virtudes, especialmente los jesuitas, contribuyendo, de esta forma, a la reconciliación y comunión de unos y otros. Lo fue para los criollos americanos (no solo peruanos, sino también novohispanos, al menos en la segunda mitad del XVII y primera del XVIII), que vieron en ella la piedra legitimadora y fundacional de una espiritualidad indiana distinta, aunque emparentada con la europea, y el apoyo para reivindicaciones americanistas frente al descrédito sembrado por algunos europeos acerca de la capacidad de los nacidos en el Nuevo Mundo ("antes de que Guadalupe se convirtiese en emblema nacional mexicano, Rosa fue el blasón y la bandera del criollismo novohispano"). Lo fue para los gremios artesanales limeños, por el primor con que Rosa practicó los trabajos manuales u oficios (dibujos y bordados) y los empleó para expresar sus sobrenaturales arrobamientos. Lo fue para los mineros, al enaltecer los obrajes con sus visiones, apelando a las canterías para expresar las mercedes de Dios, confiriendo así sentido y trascendencia sociopolítica a los trabajos de rango inferior. Lo fue también para los indígenas peruanos, a partir del XVIII, quizá por sus supuestos orígenes mestizos,3 al ser asumida por los caciques cusqueños como la santa que habría vaticinado el retorno profético de un Inca católico, que habría de restaurar el ya utópico imperio austroandino, desarticulado por la dinastía borbónica (los alzamientos indígenas entre 1750 y 1783 tomaron como bandera taies profecías).4 Lo fue para los afroamericanos, por la amistad y trato que mantuvo con los esclavos y la protección que les brindó, obrando entre ellos muchos de sus primeros milagros, por lo que su devoción se difundió entre las cofradías de negros hasta bien entrado el siglo xix. Lo fue, en suma, para la renovación religiosa peruana, que, tomando pie de los temas rosarianos, se expresó en un barroco mestizo, esplendoroso, deslumbrante, desconocido en Europa, que también extendió su influencia al virreinato novohispano.

9Por todo ello, Mujica sostiene que Rosa de Lima recapitula el proceso espanol de restauración religiosa, iniciado en la metrópoli antes de Trento y confirmado después por este Concilio, trasplantado al lejano Perú con un siglo de retraso. "La rústica iluminada" se habría convertido, en tal contexto, en el ícono de un imaginario, que, derrotado en el campo de batalla y en la política europea, se desquitaba en el Nuevo Orbe. Su influjo provocaría una relectura del ayate del Tepeyac, cuyas rosas serían una profecía de Santa Rosa de Lima. Y, así mismo, las armas de la Ciudad de Lima, Ciudad de los Reyes (por haber sido fundada en la fiesta de la Epifanía),5 serían reinterpretadas a la luz del criollismo rosariano, de modo que la estrella, símbolo del lucero que guió a los Reyes Magos hasta Belén, sería ahora Santa Rosa, la estrella que coronaba a los reyes españoles con la triple corona de hierro (fortaleza), plata (claridad y limpieza) y oro (su superioridad sobre todos los reyes de la tierra).

10En este desarrollo tendría una trascendencia especial la interpretación apocalíptica de la santa. Mujica reconoce, al concluir su monografía, que la historia del culto rosariano" si algo demuestra es que la exégesis del Apocalipsis sirvió al criollo americano como herramienta dialéctica para consolidar y expresar su sentido de identidad en torno a su propia función escatológica dentro de la historia de salvación cristiana". "[El criollo] utilizó la teología y la escatología como un método de lectura para convertir a los americanos en herederos de todas las promesas divinas reservadas para el pueblo elegido por Dios." De esta forma, en el esquema apocalíptico tradicional, la santa limeña se transfiguró en un signo que confirió a la raza criolla o mestiza un significado salvífico universal.

11Todo ello, y más cosas, encontrará el lector en este libro, de pulcra prosa y admirable orden.

Notas

1 Hubo dos procesos: el ordinario (1617-1618) y el apostólico (desde 1630). En el segundo, que revalidó el primero, se aumentó considerablemente el número de testigos, repitiendo pocos del primero, y se amplió las preguntas de los cuestionarios.

2 Se trata de dos pliegos con collages emblemáticos en papel y tela de distinto color, "acertijos místicos" y mensajes de puno y letra de la santa, hallados en 1923 por el dominico Luis G. Alonso Getino en el convento limeno de Santa Rosa de las Monjas, que Mujica reproduce infra, en las figuras 31 y 32, y comenta ampliamente en el capítulo segundo, en el epígrafe titulado "Las mercedes o heridas del alma".

3 Abuelos paternos nacidos en España y abuelos maternos puros indios convertidos al cristianismo.

4 Bajo el régimen borbónico según un memorial reproducido por Mujica, redactado por el franciscano Antonio Garro, impreso clandestinamente en Lima hacia 1748 y difundido por los también minoritas Isidoro Cala y Calixto de San José Túpac Inca ya no se cumplían ni las leyes de la Iglesia ni las leyes de Indias ni las leyes de la Corona. "¿Acaso —escribe Mujica— se habían revocado los títulos nobiliarios concedidos a los indios de sangre real por Carlos V?, ¿acaso se habían anulado las disposiciones posteriores de Carlos II y Felipe V (1683-1746) que autorizaban el ingreso de los indios y mestizos americanos al sacerdocio, a las universidades y a los oficios públicos?, parecían preguntar los dos frailes enardecidos. Pese al pacto de fidelidad asumido por los 'vasallos' indígenas, el gobierno espanol violaba sistemáticamente su parte de este contrato sagrado al discriminar contra ellos."

5 Fue elegida patrona de Lima, con dispensa pontificia, siendo todavía beata, dos años antes de su canonización.

Prólogo a la edición Mexicana

1Desde que en el 2001 salió a la luz la primera edición peruana de Rosalimensis: mística, política e iconografía en torno a la patrona de América,ampliando un estudio publicado en 1995, investigadores de diversas latitudes y disciplinas han recogido los postulados de esta obra para explorar derroteros documentales y replantear lecturas históricas referentes a la primera santa americana.1 Exponer todo ello me obligaría a ampliar el marco de estudio de este libro o introducir nuevos capítulos complementarios. He preferido no hacerlo.

2Tal como fue planteado, el libro ya tiene vida propia y cumple con su doble cometido original: delinear las corrientes de espiritualidad religiosa que a finales del siglo xvi e inicios del xvii forjaron el pensamiento místico de la primera santa americana y analizar la dimension política de su culto religioso.

3En el año 2000 la version manuscrita de este libro entregada en Lima para su publicación a un prestigioso sello editorial universitario, cayó en manos —sin mi conocimiento— de un censor religioso que paralizó la edición por cerca de un año. El incidente fue —pese a todo— aleccionador. Me permitió vislumbrar el nervio oculto que sin querer había tocado. Al parecer se consideraba heterodoxa y osada la posibilidad misma de someter el culto y los expedientes de canonización de santa Rosa al asedio interdisciplinario de la historia. Era cierto que esta metodologia de análisis servía de herramienta científica para comprender los procesos sociales e históricos en los que transcurría la vida terrestre de los santos. Pero Rosa limensis iba demasiado lejos al equiparar el culto novohispano a la Virgen de Guadalupe con el culto peruano a santa Rosa de Lima. También parecía un error histórico pretender que el culto religioso a la santa limena generase imaginarios políticos que plas- maron las diversas etapas por las que atravesó la conciencia y el pensamiento criollo virreinal y republicano. Si esto fuera cierto, la comunidad científica nacional e internacional ya lo habría sabido. Remití a los interlocutores de mi censor a los documentos históricos probatorios que hablan por sí mismos: el culto a santa Rosa convertido en teología política legitimó distintas agendas ideológicas: primero exaltó el ideario imperial hispano y su proyecto de monarquía católica universal, luego fomentó el discurso patriótico criollista virreinal y terminó por justificar, a principios del siglo xix, el republicanismo insurgente que sustentó la gesta emancipadora americana. Pese a lo sostenido, para evitar censuras y mutilaciones del texto recurrí a otra casa editora.

4En realidad, las hagiografías o vidas de los santos son un género literario que no pretende hacer una biografía histórica, en un sentido moderno. Estas delinean los modelos de perfección cristiana y proporcionan una guía didáctica de las virtudes heroicas de los santos con el fin de deleitar e instruir —delectare et docere— a los fieles de la Iglesia. Desde este punto de vista, las hagiografías constituyen para la historiografía una fuente inagotable de información empirica, antropológica y sociológica. Lo que le concierne al historiador no es la veracidad científica del hecho real sino la cultura simbólica que permite creer en la realidad de aquellos hechos. No se pretende someter el milagro o las visiones sobrenaturales de los santos a una evaluación científica. No son los hechos en sí mismos sino la percepción colectiva de éstos lo que configura la cosmología sacral que les da existencia, sentido y significación. Lo que se analiza son los supuestos teóricos —incluso metafísicos— que interpretan la realidad y ficccionalizan la historia.

5Por otro lado, el empleo político de la santidad no era un fenómeno nuevo ni americano. Se remontaba por lo menos al siglo vi de la era cristiana. Ya en el antiguo imperio bizantino el culto a los santos patronos generó tal patriotismo cívico —tal sentido de lealtad y solidaridad grupal en sus comunidades de origen religiosas o urbanas— que durante la controversia iconoclasta bizantina el emperador mandó destruir todos los iconos milagrosos de los santos para quedar como imagen exclusiva de Dios sobre la tierra (Brown 1989, 275-276). Durante la Edad Media europea, el Renacimiento italiano y la Contrarreforma española, el culto a los santos fue pieza clave en el desarrollo y prestigio de las ciudades y de su inserción a la estructura institucional de la Iglesia. De hecho, tras el Concilio de Trento la monarquía hispana se esmeró por utilizar los espacios públicos de las ciudades del Nuevo Mundo como plataforma simbólica para hispanizar a las nuevas poblaciones aborígenes. Convirtió sus fiestas reaies y religiosas en espectáculos edificantes que escenificaban los programas aculturadores de la monarquía. La Ciudad de los Reyes no fue una excepción. Su fundación y proceso de urbanización se sobrepusieron a su hispanización que consolidó los modelos contrarreformistas de santidad urbana. Las beatas, visionarios, predicadores, teólogos místicos y obispos reformistas eran los actores de las nuevas urbes indianas. Por ellos florece una fervorosa literatura hagiográfica que exalta las figuras locales auroleadas de santidad o las imágenes milagrosas de culto pintadas o esculpidas por artífices nativos. Con ello se demostraba el triunfo de la fe católica en Indias pero dejando entrever las rivalidades religiosas, sociales y políticas entre los peninsulares y los criollos americanos.

6Tal como lo reconoce el cronista sevillano don Gonzalo Andrés de Meneces y Arce, en 1669, durante las fiestas limenses por la beatificación de Rosa de Lima, los panegíricos a la santa alternaban con las alabanzas a la Ciudad de los Reyes y a su población espiritualmente refinada.2 El propio virrey de los reinos del Perú, don Pedro Fernández de Castro y Andrade, conde de Lemos, tuvo a su cargo estas festividades y fue retratado en brioso caballo chileno, vestido en costosas galas de azul y plata sosteniendo el estandarte bordado con la efigie de Rosa (Fig. I).3 Esta pintura ecuestre conmemoraba un episodio preciso: la elección de santa Rosa como patrona de Lima (Mugaburu 1935,114). Siguiendo la tradición impérial de Constantino el Grande de desfilar ante su pueblo con el Lábaro, el blason de sus victorias militares, por la tarde del 19 de agosto de 1669 el conde de Lemos —como capitán general— salió a caballo de Palacio portando el pendón triunfal con el retrato de su santa patrona bordado por el cabildo de la ciudad.4 Con este desfile se cerraba el octavario de fiestas a Rosa de Lima y se daba inicio a la gran procesión final en loor de la virgen indiana.5 Es difícil saber si el mencionado retrato ecuestre del virrey era el mismo retrato que durante las fiestas a Rosa se exhibió en el Convento de Santo Domingo de Lima y que formó parte de un complejo programa iconográfico donde figuraban los retratos de cuerpo entero de los valerosos héroes de la Casa de Austria española y de la Casa de Borgoña acompañados de crecidos lienços representando sus victoriosas batallas navales y militares. Pero en la propia capilla del convento donde estaba el sepulcro con los restos incorruptos de la santa, se había decorado con pinturas de las sibilas de la Antigüedad clásica, de la virgen y los ángeles para evocar el sentido predestinado y profético de estas celebraciones imperiales (Meneses y Arce 1670, 134-135). Según algunos cronistas, la Sagrada Congreción de Ritos en Roma había beatificado a Rosa de Santa María para que en el Nuevo Mundo sus virtudes sirvieran de ejemplar o modelo de santidad.6

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