Quito inesperado

De

Quito no es tan solo una ciudad. Su carácter de Patrimonio de la Humanidad implica mutaciones y recomposiciones urbanas radicales que condicionan el desarrollo de la urbe en su totalidad, especialmente de su Centro Histórico, y afectan desde la vida cotidiana de sus habitantes hasta los asuntos relacionados con la planificación y las regulaciones urbanas. Esta obra investiga tales aspectos a través de una mirada histórica que arranca en 1908 y culmina en 1996 a la vez que incluye la investigación de campo en la población de nueve barrios considerados arquetípicos. El punto focal de la investigación es la necesidad de comprender los impactos que genera la ciudad patrimonio en las expectativas y percepciones de los habitantes del Centro Histórico de Quito a fin de generar prácticas adecuadas de planificación, rehabilitación y conservación integradas con la vida de sus moradores.


Publicado el : martes, 02 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821844773
Número de páginas: 316
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Quito inesperado

De la memoria a la historia crítica

Karine Peyronnie y René de Maximy
  • Editor: Institut français d’études andines, Abya Yala
  • Año de edición: 2002
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844773

OpenEdition Books

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Edición impresa
  • Número de páginas: 316
 
Referencia electrónica

PEYRONNIE, Karine ; MAXIMY, René de. Quito inesperado: De la memoria a la historia crítica. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2002 (generado el 19 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/3645>. ISBN: 9782821844773.

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Quito no es tan solo una ciudad. Su carácter de Patrimonio de la Humanidad implica mutaciones y recomposiciones urbanas radicales que condicionan el desarrollo de la urbe en su totalidad, especialmente de su Centro Histórico, y afectan desde la vida cotidiana de sus habitantes hasta los asuntos relacionados con la planificación y las regulaciones urbanas. Esta obra investiga tales aspectos a través de una mirada histórica que arranca en 1908 y culmina en 1996 a la vez que incluye la investigación de campo en la población de nueve barrios considerados arquetípicos.

El punto focal de la investigación es la necesidad de comprender los impactos que genera la ciudad patrimonio en las expectativas y percepciones de los habitantes del Centro Histórico de Quito a fin de generar prácticas adecuadas de planificación, rehabilitación y conservación integradas con la vida de sus moradores.

Índice
  1. Advertencia

    Karine Peyronnie y René de Maximy
  2. Primera parte. El centro de quito una visita guiada a traves del siglo

    1. Introducción a la primera parte

    2. Capítulo I. Una ciudad en la sierra

      1. Razones circunstanciales y factuales
      2. La organización de la investigación
      3. La delimitación del centro histórico de Quito
    3. Capítulo II. Los Años Bisagra

      1. Diario El Comercio: un balcón sobre el año 1908
      2. Primero el hábitat
      3. Y finalmente, las molestias y su impacto en el medio ambiente
      4. Otro caso de laxismo de parte de las autoridades elegidas
      5. Otros problemas coyunturales
      6. 1946, la prensa y los testimonios
    1. Capitulo III. El centro histórico actual

      1. 1996: meditación a la madrugada
      2. La inserción del centro histórico en el movimiento de las transformaciones urbanas
      3. Consecuencias urbanísticas del sitio
      4. El centro histórico según el Atlas de Quito
    2. Algunas imágenes de quito en 1909

  1. Segunda parte. El centro y sus barrios: espacio de vida

    1. Introducción a la segunda parte

    2. Capítulo IV. La actualidad sin historia de un centro histórico

  2. Tercera parte. El paisaje urbano a fines del siglo XX

    1. Introducción a la tercera parte

    2. Capítulo V. El decorado y su reverso

      1. El concepto de conservación del patrimonio
      2. Marco institucional y reglamentario de la conservación
      3. Los actores nacionales y locales
      4. Participantes extranjeros
      5. Los lugares de recordación
      6. Actores inidentificables
      7. Los límites del centro histórico: historia en varios episodios
    1. Capítulo VI. Puntos de vista de los transeúntes y residentes

      1. El centro histórico y los transeúntes
      2. El patrimonio, su salvamento y las acciones de rehabilitación
      3. Percepción del centro histórico
      4. Modificaciones deseables para mejorar y conservar el centro histórico
      5. La ciudad y el centro histórico: su mantenimiento y conservación vistos por los quiteños
      6. Los problemas urbanos y la política municipal
      7. En resumen
  1. Conclusión. El porvenir en debate

    1. La modernidad del Centro y su devenir: ¿un discurso o un asunto urbano?
    2. Análisis de estos discursos
    3. La ciudad y su Centro
    4. Más allá del discurso, un asunto urbano...
  2. Bibliografía

  3. Lista de siglas utilizadas

Advertencia

Karine Peyronnie y René de Maximy

1¡Quito inesperado! Este título puede resultar sorprendente. Originalmente habíamos pensado en “Quito: una ciudad, un centro y sus citadinos” porque durante todo el siglo xx asistimos a una reducción funcional de la ciudad vieja en la medida en que se urbanizaba su periferia. Es verdad que desde inicios hasta fines del siglo, esta ciudad, que durante mucho tiempo había permanecido en su sitio de origen sin haberse extendido sino cautelosa, modesta y difícilmente, se encontró limitada a ser el centro y nada más que el centro de una capital cuyo distrito metropolitano alberga, hoy en día, a casi 1.4 millones de habitantes. Sin embargo, optamos por un título un poco inhabitual para reflejar el sentido de nuestro proyecto, muy diferente a todos los otros realizados sobre Quito. De hecho, no tratamos aquí ninguna imagen turística, ni tampoco una imagen común y esperada del centro “histórico” de la capital ecuatoriana. Veremos a continuación que nuestro objetivo fue ubicar la ciudad de comienzos del siglo xx en su realidad cambiante a lo largo del mismo. De esta manera, demostramos que contrariamente a lo que quiere sugerir el término “centro histórico” de Quito, este espacio central no es solo un testigo del pasado sino más bien una parte dinámica esencial, tanto en lo económico (lo que no necesariamente equivale a rentable), social y cultural del presente. Es ahí donde surge lo inesperado para la mayoría de personas interesadas en este espacio antiguo pero no congelado en el tiempo.

2Esta es la segunda parte de una investigación sobre la ciudad de Quito. La primera, titulada “Gente de Quito”, presenta los resultados de una encuesta sobre nueve barrios de esa ciudad, y ha sido publicada anteriormente (abril 2000) en las ediciones quiteñas Abya Ya-la. Hemos firmado conjuntamente los dos volúmenes. Pero si bien “Gente de Quito” era el tema de la obra anterior, esta vez el tema es el centro histórico de la capital ecuatoriana, resultado de una reflexión común que debe lo principal de su contenido a “Centro histórico de Quito: de la ciudad a un patrimonio de la humanidad. Mutaciones y recomposiciones urbanas (1908-1996)”, tesis presentada por Karine Peyronnie en la Universidad de París VII-Denis Diderot el 3 de febrero de 1999 para la obtención de un doctorado en dicha universidad. Retomamos ese trabajo, considerablemente modificado, en “Quito: un centro, una ciudad y sus citadinos” y hemos decidido firmarlo conjuntamente, considerándolo como la expresión de un mismo programa de investigación.

3Durante el año universitario 1995-96, en un taller anual previsto en el programa académico de los estudiantes de 4o y 5o año de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de la Universidad Central de Quito y en el que se inscribieron 12 de ellos, emprendimos una amplia encuesta que incluyó 1 584 familias residentes en 9 barrios considerados como referenciales, lo que justifica el título de dicha encuesta: “Estudio de los barrios arquetípicos de Quito” (EBAQ). Estos barrios fueron escogidos conjuntamente por el arquitecto Roberto Noboa, Director adjunto de la Dirección de Planificación de la Municipalidad del Distrito Metropolitano de Quito, el arquitecto Antonio Narváez, entonces Decano de la FAU, y René de Maximy, Director de investigaciones del ORSTOM, actual IRD (Instituto de Investigación para el Desarrollo). El estudio fue dirigido por A. Narváez y R. de Maximy, quien fue el responsable científico. Karine Peyronnie participó muy activamente como asistente, encargándose principalmente de las encuestas relativas al centro histórico.

4Los barrios escogidos se encuentran comprendidos dentro de las diferentes clases de una tipología establecida por R. de Maximy y publicada en 1992 en el Atlas Infográfico de Quito (AIQ), lámina 34: “Tentativa de definición de zonas urbanas homogéneas”. Dos de estos barrios, La Loma y San Juan, forman parte de su centro histórico o son simbióticos del mismo. Karine Peyronnie los ha estudiado de manera particular dentro del marco de sus actividades de doctorado. Naturalmente ella fue el alma del trabajo de campo en estos barrios, como lo fue en las investigaciones documentales, reuniones y entrevistas que constituyen la substancia de su trabajo académico. Pero todo ello, como ya hemos dicho, formaba parte de un trabajo de observación realizado paralelamente que fue también necesariamente el fruto de largas discusiones metodológicas, de intercambios de información y de reflexiones que se desarrollaron al interior del equipo que formábamos acerca de Quito, su historia, sus modos de composición urbana, su organización, su funcionamiento.

5Finalmente, como el trabajo anterior de elaboración del AIQ y la encuesta EBAQ, estos resultados tienen mucho que ver con los interrogantes urbanísticos que se plantean los urbanistas de la Municipalidad del Distrito Metropolitano de Quito a cargo de la planificación de la capital ecuatoriana y en consecuencia de la gestión de su espacio, principalmente del centro histórico, de su conservación, restauración, vida diaria y devenir urbanístico.

6Queremos dar las gracias a todos aquellos que han contribuido de cerca o de lejos a este trabajo, y particularmente a: Magdalena Pardo y a Juan Sarade, por su participación en las encuestas y en la búsqueda de las informaciones; al arquitecto Alfonso Ortiz Crespo por su acogida, por la apertura de sus archivos y por sus consejos; a Iván Cruz, observador enterado de la burguesía quiteña, narrador brillante y amigo indefectible; a los arquitectos Antonio Narváez, guía amistoso y enterado de los lugares secretos del Centro, y a Roberto Noboa, que facilitó el acceso a la documentación de la Dirección de Planificación de la Municipalidad del Distrito Metropolitano de Quito y que, entre otros, obtuvo para nosotros la autorización de sacar en mapas los datos que utilizamos de los censos de 1982 y 1990; también saludamos a Jakelin Jaramillo por su asistencia en la computarización de los mapas de estos censos; al politólogo Jorge León, director del CEDIME y fino analista de la política ecuatoriana; a tantos arquitectos ecuatorianos y extranjeros que trabajan sobre Quito, conocidos en el ejercicio de sus actividades y siempre muy participativos, entre ellos Fabián Patiño Crespo, Olga Wolson, Pedro Jaramillo, Patrick De Sutter, así como al doctor Hernán Crespo Toral y al padre Agustín Moreno, que se reconocerán, así lo esperamos, a lo largo de las páginas de esta obra; a los actuales arquitectos, que en el momento de la encuesta EBAQ participaron en la misma como estudiantes de arquitectura, y a algunos de ellos por los intercambios posteriores sobre la percepción de la ciudad de Quito y de su Centro; a todos esos amigos y a los tenderos, quiteños y transeúntes desconocidos cuyas reacciones y opiniones llenan nuestras entrevistas; al Instituto (francés) de investigación por el desarrollo, y a todos los miembros del Orstom que constituyeron el respaldo científico de este trabajo y de su entorno; al equipo del Laboratorio de Cartografía Aplicada del Centro IRD de Ile de France y particularmente a Stéphanie Bertrand; y a todos aquellos que no podemos nombrar aquí pero que no por eso están menos presentes a lo largo de nuestro estudio de Quito.

7No debemos olvidar a Annick Lehuen de Altuna y Victoria Melero de Prentice que hicieron con ciencia y conciencia la traducción de esta obra.

8Un profundo agradecimiento también a los amigos y primeros lectores críticos de la tesis que constituye la parte principal de esta obra: a los profesores Olivier Dollfus, Christian Grataloup, a los investigadores Jean Paul Deler e Yves Saint Geours, así como al profesor Henri Godard, que fue un lector lejano y seguro.

9Queremos también saludar al señor François Goudard, Embajador de Francia en Quito, que nos estimuló espiritual y materialmente a publicar este estudio, logrando, para poder realizarlo, la consiguiente y bienvenida participación financiera.

Primera parte. El centro de quito una visita guiada a traves del siglo

Introducción a la primera parte

1Los que vienen a visitar la capital ecuatoriana, sean provincianos o extranjeros, no dejan nunca de ir al centro de esta ciudad andina. Lo recorren con gusto y se dejan atrapar por una especie de encanto que impone este conjunto urbano testigo de otros tiempos. La proximidad de las montañas que lo rodean y en las que se inserta, el sitio relativamente accidentado, el cuadriculado conservado y mantenido de las calles, la animación que reina en ellas y la preferencia evidente que se le da al caminar a pie para desplazarse nutren esta visión impresionista. Lo mismo sintieron ya, a lo largo de los siglos, tantos viajeros que pasaron por esos mismos lugares. Curiosamente, los que nos han transmitido sus reacciones han descrito la ciudad, sobre todo a través de la observación crítica, de la manera de ser y de parecer de sus habitantes, o a través del significado sociohistórico de la imagen que la ciudad sugiere. Más que una ciudad, Quito fue para ellos una sociedad de gente que vivía de una manera sorprendente a sus ojos, con sus ignorancias y sus creencias, sus usos y sus costumbres muy codificados, su ritmo serrano muy particular. La ciudad es un marco que ellos sugieren sin detenerse particularmente en él, su sorpresa se expresa en el sentimiento que nos transmiten de haber dado un salto en el tiempo que envía a cada uno de ellos por lo menos medio siglo atrás. Esta impresión se perpetúa hoy, aunque de manera más contrastada, y nosotros la hemos sentido. Es una impresión que se aclara y se vuelve sumamente cautivante y atractiva apenas miramos con mayor atención lo que queda de una ciudad que fue hasta fines del siglo XIX una de las más grandes de América.

2Citamos algunas frases significativas de dos testigos del siglo pasado que conocían bien Quito y habían vivido con sus habitantes. Sin retirar nada de lo que acabamos de decir, estas citas se refieren más a grandes generalidades, a los ecuatorianos más que a los propios quiteños, o a una visión del marco urbano y a la reflexión que éste inspira a un observador venido de fuera. El primero, Manuel Villavicencio, es el autor de una geografía del Ecuador. Él escribe: “La fundación de la Presidencia de Quito fue seguida de un período colonial friolento y monótono de 275 años. (...) Si se examina la sociedad ecuatoriana de aquellos tiempos, la encontramos tranquila, pasiva, patriarcal (...) reducida a sí misma, ignorante, sin vida, sin comunicación. La gran mayoría de la gente no tenía la menor idea de la ciencia, de los acontecimientos o de los personajes importantes, y probablemente ni siquiera imaginaba que pudiera haber ciencias, acontecimientos y personajes importantes. (...) Así, mientras Europa vivía los tiempos tormentosos de Luis xiv; mientras que los escritos filosóficos de hombres ilustres llegaban a los lugares más recónditos del planeta; mientras que las colonias inglesas de América del Norte conquistaban su independencia; mientras que el Viejo Mundo era bañado por la sangre de las guerras que acompañaron la propagación de las ideas proclamadas por la Revolución Francesa, la Presidencia de Quito, cercada por sus inmensas cordilleras y por el océano, gobernada por el oscurantismo de los monjes, sabía tan poco sobre los hombres y los grandes acontecimientos externos como sabemos nosotros hoy sobre lo que ocurre en la Luna.”1

3En 1861, el testimonio de Friedrich Hassaurek, segundo, periodista de origen austríaco y embajador de los Estados Unidos en Quito en aquel entonces, refuerza las palabras del ecuatoriano Villavicencio, al cual se refiere. “Las iglesias y los conventos que, sin exageración, ocupan por lo menos la cuarta parte de la superficie de Quito, son testigos elocuentes en su silencio de la exactitud de lo que escribe el señor Villavicencio en su crítica histórica. Más de una cuarta parte de la ciudad está ocupada por conventos, con sus vastos e inútiles patios y jardines invadidos de hierbas silvestres. Pero si la décima parte de los millones que costó la construcción de estas iglesias y de estos monasterios -sin hablar de los millares de indios que perecieron bajo el látigo que les obligaba a cumplir tambaleándose la ingrata tarea de transportar sobre sus espaldas cada uno de los bloques utilizados para su edificación- hubiera sido invertido en la construcción de caminos, este país habría ocupado desde hace lustros un lugar de excepción entre las naciones civilizadas.”2

4Sin embargo, sin quitar nada a estos dos fragmentos testimoniales, ya que sería además absolutamente inaceptable reducir las palabras de los dos autores citados, afirmamos que el Quito del siglo xx tiene muchas cualidades y que los grandes momentos de sus transformaciones urbanísticas y humanas merecen ser contados. Esta visita guiada de Quito en el siglo ¿es acaso indispensable para una comprensión de simpatía de esta ciudad? A decir verdad, es la única manera de hablar juiciosamente de una entidad geográfica producida por una sociedad de humanos dispuestos a construir y vivificar su nicho ecológico.

Notas

1 Manuel Villavicencio, Geografía de la República del Ecuador, Corporación Editorial Nacional, Quito, 1984. Primera edición: Nueva York 1858. La cita está en las páginas 8 y 9 de la edición ecuatoriana de 1984.

2 Friedrich Hassaurek, Four years among Spanish-Americans, publicado en Nueva York en 1867. En 1967 la traducción al español de esta relación de viajes fue publicada en Quito bajo el título de “Cuatro años entre los ecuatorianos”, retomando la edición norteamericana de Southern Illinois University Press del mismo año, cuyo título centra mejor que el título inglés inicial el objeto de esta relación de viajes. Friedrich Hassaurek pasó cuatro años en el Ecuador en calidad de embajador de los Estados Unidos. En esta obra él relata sus observaciones y reflexiones. La cita corresponde a la página 128 de la versión española de 1967 a la cual nos referiremos cada vez que sea necesario.

Capítulo I. Una ciudad en la sierra

1Cuando en 1534 los españoles llegan a Quito, la ciudad es conocida como la capital del Inca Atahualpa. Es una de las grandes ciudades del Imperio. La situación y el sitio están particularmente bien escogidos.

2En la Sierra1, es una ciudad de alta montaña. Sin embargo, no tiene nada que ver con las que se pueden encontrar en otras partes del globo, en el Himalaya, por ejemplo, como Darjiling o Lhassa. En el ecuador, a 2.800-3.000 metros s.n.m., el clima garantiza un paisaje agrario y de buena capacidad alimenticia que hace pensar sobre todo en lo que se encuentra en montaña de mediana altura en las regiones templadas, por ejemplo en Auvernia o en las mesetas malgaches, mutatis mutandis. Es probablemente la más importante de las ciudades que jalonan el gran camino, recorriendo y uniendo las sucesivas hondonadas que caracterizan en el Ecuador la región rural del surco interandino donde las superficies agrícolas útiles, ricas en variedades de cultivos, se extienden entre los 2.000 y los 3.600 metros s.n.m. Algunos años después de su refundación por los españoles, la ciudad es puesta bajo la protección de San Francisco, seguramente por insistencia de los miembros de su orden. Su nombre se convierte en San Francisco de Quito.

3“El 29 de agosto de 1563, Felipe II firmó una cédula que establecía la existencia de una Audiencia de Quito... (...). Este importante mecanismo administrativo del ejercicio de la política durante el período colonial extendía su autoridad sobre un espacio que cubría los tres grandes componentes macrogeográficos del oeste del continente Sudamericano: las tierras altas y sus riquezas demográficas, las llanuras litorales “abiertas” hacia la metrópoli, los espacios de la cuenca amazónica y sus promesas.”2

4La capital del Ecuador se encuentra sobre un canal sinclinal de una altura promedio de 2.800 metros, que se recorre fácilmente, que constituye una microrregión, orientado longitudinalmente de norte a sur, cuyas potencialidades agrícolas han contribuido ciertamente a la elección de su establecimiento en el lugar. Es también un punto de convergencia de la red de caminos y de pistas que bajan de los valles circundantes, permitiendo la penetración de los macizos volcánicos cercanos, principalmente el de Pichincha, cuyas tierras, en el fondo de los valles, son ricas y profundas, y las pendientes mucho más accidentadas llevan de estos fondos cultivados a los pastos andinos de los páramos3, vastos terrenos de tránsito.

5Como en otras ciudades de la Sierra, la ciudad ocupa un lugar rodeado de defensas naturales. Algunas de éstas están bastante lejos y permiten a pequeñas guarniciones de soldados, colocados como centinelas avanzados en alturas fortificadas, dar la voz de alerta. Este es el caso, por ejemplo, de una colina de Pomasqui, emplazamiento preincaico situado a 25 km. al norte del Quito de entonces. Otras están cerca y proporcionan una real seguridad al sur y al este, siendo el Pichincha (4.797 m), al oeste, una barrera disuasiva. Pero si los barrancos y las gargantas abiertas por los ríos son sobre todo los que protegen las otras ciudades, en Quito, además de la profundidad excepcional de las gargantas del Machángara y de la multiplicidad de quebradas, los relieves refuerzan las dificultades de acceso, permitiendo detectar a tiempo cualquier grupo inquietante, incluso hostil, y de hacerle frente en las mejores condiciones de defensa si fuera necesario.

Figura 1: Barrios del conjunto de Quito mencionados en el texto

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6Así, el relieve es al mismo tiempo la causa de las condiciones climáticas propicias a la instalación de establecimientos permanentes y a la protección no solo contra posibles enemigos, sino también contra las precipitaciones procedentes de la costa y contra las neblinas nocturnas. El Pichincha, cuyo piedemonte forma un arco orientado del sudoeste al noreste en la parte sur del Quito moderno, curvándose hasta estar en pleno norte a la altura del Centro actual (la parte antigua), justifica el establecimiento inicial de la ciudad. Este macizo y el Panecillo, en el límite sur de la capital del siglo xvii sobre la que se eleva 300 metros, absorben la mitad de las precipitaciones4. El relieve del Itchimbia constituye también un obstáculo para las nubes vespertinas que casi todas las noches cubren con su bruma los barrios actuales de la Paz, la Pradera y la Carolina.

7Pero a pesar de las particularidades del lugar -relativamente plano, con fuentes abundantes (para la población de la época), entorno agrícola, proximidad de terrenos aptos para el pastoreo-, la situación de Quito tiene muchos puntos en común con otras ciudades de la Sierra, cada una de las cuales domina un compartimento del surco interandino cerrado por una serie de ramales transversales. El conjunto de esta montaña dividida en hondonadas, cada una con su propio microclima, de bastante densidad de población y que viven en relativa autosuficiencia alimentaria, es lo que ha hecho del Ecuador un país geográficamente heterogéneo, poco penetrable, durante siglos poco comunicado con el resto del mundo por algunos puertos poco frecuentados. Una parte del territorio ecuatoriano, la selva, es difícil por naturaleza; otra parte, la montaña, por encima de los 4.000 metros, es muy repelente. Los indios lo saben bien, y por eso han hecho de esa región la residencia de los dioses y de fuerzas oscuras poco controlables.

8Finalmente, el lugar de asiento de la ciudad de 1534 ofrece 56 hectáreas de terreno relativamente plano, favorable a la urbanización, donde las pendientes no exceden el cinco por ciento. Excelente, si se compara con La Paz (Bolivia), pero menos atractivo en este sentido que el antiguo centro de Bogotá (Colombia); sin embargo este sitio está atravesado por dos quebradas bastante pequeñas que confluyen para formar la quebrada de Manosalvas, como se ve en el plano de 17345. Además, el terreno está bordeado al pie del Panecillo por la quebrada 24 de Mayo, mucho mayor, conocida hasta la primera mitad del siglo xx como la “quebrada Jerusalén”. Esta gran quebrada, que forma parte del complejo del Machángara, nunca ha dejado de crear problemas a los urbanistas6.

9Este aislamiento del resto del mundo, al que están condenadas las ciudades de la Sierra y su población, es probablemente la causa de la constatación de Manuel Villavicencio que hemos citado en la introducción de la primera parte de esta obra. Esto explica también, en parte, el juicio, muy crítico, también citado, de Friedrich Hassaurek. Estas opiniones datan de mediados del siglo xix. Desde entonces la sociedad quiteña ha cambiado mucho. Y sin embargo, a finales del siglo xx se encuentran muchos actos de sociedad y de comportamiento que no están tan alejados de lo que dicen Villavicencio y Hassaurek por los razonamientos de costumbres y de política que los suscitan.

10Detengámonos de nuevo por un momento. Quito fue hasta principios del siglo xx una de las mayores ciudades de los Andes. Se ha conservado en su mismo estado, si no en las construcciones, al menos en el tramado de las calles y en el funcionamiento del espacio urbano que favorece o permite. Su centro sigue siendo una entidad de características muy marcadas, cuyo peso debe ser minuciosamente evaluado si se quieren entender sus particularidades. La ciudad se animó y atrajo mucho la atención desde finales del siglo pasado, pero la llegada del ferrocarril en 1908, año que se toma como referencia para el principio del período de la historia de la ciudad que vamos a considerar, marcará el verdadero comienzo del Quito moderno.

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