Poder y desviaciones

De

Entre la conquista y la independencia de la América hispánica se extiende, durante tres siglos, un periodo decisivo para la formación -y la comprensión- de la América contemporánea. Después del choque inicial de civilizaciones se organiza, en medio de dificultades y contingencias, una comunidad compleja cuyas conductas familiares, religiosas y políticas oscilan entre la adaptación y la resistencia al nuevo orden colonial. Los cuatro capítulos que componen la obra ofrecen diversas apreciaciones del posicionamiento de las élites sociales amerindias e hispanoamericanas con relación a la estructura estatal española, en sus componentes metropolitano y colonial. Según nuestros autores, las prácticas de los "vencedores" o los comportamientos de los "vencidos" son reflejo de las tensiones sociopolíticas que atraviesan la nueva sociedad mestiza en gestación.


Publicado el : miércoles, 24 de abril de 2013
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EAN13 : 9782821828063
Número de páginas: 325
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Poder y desviaciones

Génesis de una sociedad mestiza en Mesoamérica, siglos XVI-XVII

Georges Baudot, Charlotte Arnauld y Michel Bertrand (dir.)
  • Editor : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, siglo veintiuno editores
  • Año de edición : 2007
  • Publicación en OpenEdition Books : 24 abril 2013
  • Colección : Etnohistoria
  • ISBN electrónico : 9782821828063

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Referencia electrónica

BAUDOT, Georges (dir.) ; et al. Poder y desviaciones: Génesis de una sociedad mestiza en Mesoamérica, siglos XVI-XVII. Nueva edición [en línea]. Mexico: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2007 (generado el 17 diciembre 2013). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/cemca/1556>. ISBN: 9782821828063.

Edición impresa:
  • ISBN : 9789682321320
  • Número de páginas : 325

© Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2007

Condiciones de uso:
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Entre la conquista y la independencia de la América hispánica se extiende, durante tres siglos, un periodo decisivo para la formación -y la comprensión- de la América contemporánea. Después del choque inicial de civilizaciones se organiza, en medio de dificultades y contingencias, una comunidad compleja cuyas conductas familiares, religiosas y políticas oscilan entre la adaptación y la resistencia al nuevo orden colonial. Los cuatro capítulos que componen la obra ofrecen diversas apreciaciones del posicionamiento de las élites sociales amerindias e hispanoamericanas con relación a la estructura estatal española, en sus componentes metropolitano y colonial. Según nuestros autores, las prácticas de los "vencedores" o los comportamientos de los "vencidos" son reflejo de las tensiones sociopolíticas que atraviesan la nueva sociedad mestiza en gestación.

Índice
  1. Introducción

  2. 1. Estrategias políticas mayas y españolas en Guatemala (siglos xv-xvi)

    Charlotte Arnauld
    1. INTRODUCCIÓN
    2. EL OMBLIGO DEL CIELO, EL OMBLIGO DE LA TIERRA
    3. LA SOBERANÍA EXTRANJERA
    4. INSTAURAR LA SOBERANÍA ESPAÑOLA
    5. INSTAURACIÓN DE UNA ADMINISTRACIÓN
    6. CONCLUSIÓN
  3. 2. Sociedad colonial y desviaciones. Marginalidad y resistencia cultural en el México de los virreyes

    Georges Baudot
    1. MARGINALIDAD AMERINDIA Y RESISTENCIA: SUPERVIVENCIAS Y RESURGIMIENTOS PRECOLOMBINOS
    2. BRUJERÍA Y DISCURSOS MARGINALES EN PRO DE UNA INVERSIÓN SOCIAL EN LA NUEVA ESPAÑA
    3. CONCLUSIÓN
  4. 3. Las redes de sociabilidad en la nueva España: fundamentos de un modelo familiar en México (siglos xvii-xviii)

  1. Michel Bertrand
    1. DE LA FAMILIA A LA RED
    2. ESTRATEGIAS FAMILIARES Y SISTEMAS DE RELACIÓN
    3. LA ESTABILIDAD FAMILIAR Y EL EJERCICIO DE LOS CARGOS
    4. DE UNA “HISTORIA DE VIDAS” A UNA HISTORIA DE GRUPO
  2. 4. Prácticas en espejo: estructura, estrategias y representaciones de la nobleza en la nueva España

    Frédérique Langue
    1. LINAJES (ESTIRPES) Y CLANES FAMILIARES: UN DOBLE FUNDAMENTO DE IDENTIDAD. DE LO SIMBÓLICO A LO REAL
    2. PERPETUARSE EN EL HONOR: LAS ESTRATEGIAS DEL HONOR, DEL MÉRITO Y DEL DINERO
    3. REPRESENTACIONES
    4. CONCLUSIONES

Introducción

1Decir que la América hispánica siempre tuvo un desfase con respecto a España es una perogrullada: es una dimensión inherente al fenómeno colonial. Mas no por ello el procedimiento histórico y antropológico que consiste en detallar el desfase, en el campo de las prácticas políticas al otro lado del Atlántico, deja de ser de una sorprendente riqueza. Los cuatro capítulos que constituyen esta obra ofrecen diversos enfoques del tema, en sí muy amplio, de la ubicación de las élites sociales amerindias e hispanoamericanas con respecto a la estructura estatal española, en sus componentes metropolitano y colonial. Poco tiempo después de la conquista, esas élites locales hubieron de tomar partido, encontrar un lugar, situarse en un contexto sociopolítico radicalmente nuevo, surgido del caos de la guerra y de la anarquía de los primeros años. Para ello hubieron de aplicar todo tipo de estrategias, de procedimientos, de prácticas y de comportamientos, innumerables reflejos del muy complejo juego sociopolítico que se forjaba en la nueva sociedad en gestación.

2En lo tocante a los siglos xvi y xvii, este juego puede ser considerado legítimamente desde el ángulo, más o menos directo, del fenómeno de la conquista, esto es, de la subordinación de una civilización a otra: es la perspectiva general de los dos primeros capítulos (Arnauld y Baudot), que atribuyen lógicamente un importante lugar a las élites indias. Las estrategias y prácticas de estas últimas están fuertemente impregnadas de la acusación de hechicería que enarbolan las instancias normativas de los vencedores, y Baudot muestra con claridad la manera en que la Inquisición española sigue las huellas del camino clandestino recorrido por esta “hechicería” poco a poco mestizada, considerando los grupos sociales en proceso de formación, o más bien de marginalización, mucho más allá de las noblezas amerindias. Aquí, el punto de vista adoptado es el de la instancia normativa que designa y revela la “desviación” en toda la sociedad colonial. Arnauld intenta más bien adoptar la “visión de los vencidos”, sugiriendo que algunas supuestas desviaciones por parte de las autoridades indias locales, en este caso mayas, buscaban profundamente compensar la falta de legitimación religiosa del poder en el sistema administrativo colonial. Adaptaciones riesgosas, dolorosas o irritantes al nuevo orden social de las cosas...

3El juego sociopolítico de las élites no cesa en el siglo xviii so pretexto de que la memoria de la conquista se desvanece, y con ella las huellas de los indios en los documentos, o de que la demografía fortalece a los sectores españoles, criollos y mestizos de la sociedad. Las tensiones creadas en el seno de las aristocracias por la lógica administrativa del estado español, ya presentes en el siglo xvi, seguirán siendo muy reales después. Son al mismo tiempo causa y efecto de las múltiples estrategias familiares que describen los dos siguientes capítulos (Bertrand y Langue) para las élites de la Nueva España. La lógica administrativa del sistema colonial que trastornará las reglas y concepciones del derecho de sucesión al poder es sin duda el hilo conductor de cierta persistencia visible en filigrana entre los juegos de poder y sus actores en el siglo xvi y los de los siglos xvii y xviii. Pues, si existen diferencias importantes entre las “parcialidades” mayas, las “redes de sociabilidad” y las “élites principales” de la Nueva España, estas unidades sociales tienen en común, frente al estado, el reunir mucho más que sólo a los miembros de una misma estirpe (por medio de lazos verticales y horizontales, subrayados por Bertrand así como por Langue) y sin embargo centrarse demasiado alrededor de un actor principal (muy a menudo el jefe de la familia noble dominante) cuyos actos se remiten siempre a los intereses de la estirpe. Tanto Arnauld como Bertrand adoptan el punto de vista de estos actores frente al estado. Cuando se instaura la estructura administrativa colonial en el siglo xvi, emerge en un mundo político (español, pero asimismo amerindio) en el que todo descansaba en el reconocimiento de la soberanía del monarca, relevada por el orden jerárquico de las estirpes nobles y de sus dependientes. Ahora bien, la administración colonial impondrá nuevas formas de servidumbre, que fortalece progresivamente en los siglos xvii y xviii, hasta la Independencia, en contra de los principios tradicionales de la solidaridad de la estirpe y la clientela, con mayor o menor éxito, como lo demuestra Bertrand. El juego de las “redes de sociabilidad” se lleva a cabo dentro de estos márgenes, por una parte entre las prohibiciones imperiales (de las prácticas nepóticas por ejemplo) y, por la otra, el monopolio de las tareas administrativas que logran forjarse ciertas familias desigualmente prestigiosas. Adaptaciones sutiles de funcionarios metropolitanos desarraigados y de familias criollas, servidores teóricos de una administración que ellos de hecho monopolizan ...tantas “desviaciones” cuantas regulaciones estatales.

4Se esboza, así, a lo largo de los cuatro capítulos de la obra, la complejidad del “estado español”, entidad nada monolítica, constituida más bien por múltiples componentes cuyas dinámicas, a lo largo de los siglos, exigen a las élites sociales constantes estrategias de adaptación. Así sucede, por ejemplo, con la monarquía sita en España, única referencia política de los mayas en el siglo xvi, al igual que con la Inquisición, abrumadora instancia de control ideológico sobre las antiguas autoridades amerindias, mas asimismo sobre toda la sociedad hispanoamericana en gestación. No ocurre otra cosa con la administración colonial en sus partes metropolitana y americana, cuya lógica unitaria en la dualidad establece al mismo tiempo los límites y los espacios para el juego que llevan a cabo por cuenta propia las grandes familias de la Nueva España. Desde luego jamás hubo armonía entre estos diferentes componentes del estado. El gran desafío de los análisis que propone la obra es subrayar las dinámicas, las tensiones y las torsiones (“desviaciones”) tal como las refleja la sociedad hispanoamericana en el largo plazo.

5De esta manera, el interés de dichos análisis, en su diversidad, es poner en tela de juicio los conceptos de resistencia y de identidad, tan utilizados en otras partes para dar cuenta no sólo de los comportamientos amerindios frente al mundo cultural occidental, sino también de las estrategias sociopolíticas criollas que la Independencia de las colonias españolas vino a amalgamar. Acoplados de esta manera, estos dos conceptos son ambiguos en la medida en que la diferenciación que pretenden establecer como teoría parece descansar en el mantenimiento de una tradición resultante del pasado, al mismo tiempo que designa grupos sociales constituidos y constitutivos de la nueva sociedad hispanoamericana. Ahora bien, como lo muestran los cuatro capítulos de la obra, y tal vez en particular el de Arnauld sobre las élites mayas de Guatemala y el de Langue sobre las “élites principales” de la Nueva España, las estrategias nobiliarias no buscan tanto refugiarse en el pasado como favorecer resueltamente su inserción en el nuevo orden sociopolítico. Esto lo pone claramente en relieve la agilidad de las percepciones que tenían las “élites principales” de la “modernidad económica”, de las que trata Langue: la exigencia de la acumulación de capital parece ser muy intensa entre esta nobleza de la Nueva España, ya que determina el mantenimiento del patrimonio correspondiente al nivel social. Este punto tiende a demostrar, al igual que los demás capítulos, la fuerza y la eficacia de la acción social de las élites en el proceso de constituirse en grupos dominantes, en grupos de presión, en grupos de interés en el seno de la nueva sociedad estructurada por el estado colonial; es decir, en una palabra, en el proceso de ocupar nuevos espacios de poder. En este sentido, convendría comprender el doble concepto “resistencia-identidad”: no tanto como la necesidad de preservar un estatus colectivo por medio del respeto de la tradición, sino como la voluntad puesta en práctica, casi ferozmente, de conciliar antiguas concepciones políticas con la conquista de nuevos espacios de poder percibidos e identificados muy pronto. Esto vale asimismo para las élites indias, aun si los testimonios documentales de éstas son mucho más escasos después del siglo xvi que en lo que se refiere a las élites metropolitanas y criollas. Bertrand y Langue marcan entonces, con precisión, los límites que impone el estado administrativo español a estas estrategias elitistas, con el éxito mitigado que señalan las múltiples prácticas de nepotismo, corrupciones y demás desviaciones con respecto a la norma colonial.

6Voluntarismo, agilidad y eficacia caracterizan a las estrategias de las élites tal como las restituimos en esta obra. Desde luego, no podían estar exentas de resbalones heterodoxos estas desviaciones cuyas formas extremas describe Baudot en lo tocante a los grupos sociales, es verdad que no todos conformes a las definiciones que se dan de élite. ¿Debemos buscar aquí el indicio de una antigua idea fuertemente vinculada a la concepción común de las sociedades mestizas de América Latina: la del desorden, de las tendencias un poco anárquicas o, más simplemente, de cierto laxismo general? Después de todo, la obra recalca cuánto se multiplicaron los malentendidos entre la metrópoli y sus colonias, lo mal que funcionaban las reglas y las normas importadas de España, o en todo caso de manera muy variable, en esta “América media” que se inventaba una nueva sociedad. Pero, al mismo tiempo, esperando evitar así toda simplificación reductora, la obra da cuenta de la sorprendente diversidad de las prácticas heterodoxas que abarca el término “desviación”, cuya referencia en extremo normativa es en efecto simbólica del orden español más riguroso, el que defendían la Inquisición y una burocracia imperial, con todo relativamente eficaz.

7Fuera del marco de nuestros textos, planteemos ahora algunos puntos de referencia que ayudarán a nuestro lector a recorrerlos: la estirpe, la ciudad, la herencia, el cargo. En el centro de este trabajo colectivo, un núcleo duro estructura el conjunto: la familia y más allá el linaje. Este concepto es el que esclarece la organización política de las poblaciones maya-quichés de la región de Rabinal antes de la llegada de los españoles. En torno a este concepto, también, los vencidos intentarán salvar lo que pueda ser salvado para ellos y su descendencia. Al redactar “títulos” destinados a ser validados por el conquistador, vuelven a escribir su pasado en torno a historias de sucesión y familiares. Sobre todo cuando el nuevo ocupante pretende justamente asentar su dominio recurriendo a nobles que aceptan la colaboración con el vencedor.

8El mundo de las élites coloniales de la Nueva España atribuye también un lugar esencial a la estructura familiar, aunque el contenido dado a esta noción por el mundo colonial hispánico no podría coincidir ni exacta ni completamente con la que caracteriza al mundo maya de los siglos xv y xvi. La pertenencia a este nivel social constituido por las élites coloniales se traduce en particular en la capacidad de una familia para perpetuarlo. Asimismo, las estrategias matrimoniales, las políticas de alianza, la elección de los amigos y de los fieles sirven sobre todo para esos propósitos familiares y de linaje. En torno a esas familias, a partir de dichos linajes se desarrollan entonces redes sobre las cuales conviene apoyarse para confirmarse o mantenerse entre la élite colonial. Parentesco, solidaridad de clan y clientilismo se vuelven en realidad herramientas al servicio de una estrategia familiar y de sucesión, tanto entre las élites más poderosas (el mundo de los grandes mineros de Zacatecas por ejemplo) como para una fracción socio-profesional en fase de ascensión social (los empleados financieros del aparato administrativo colonial).

9En fin, como siempre ha sido y será, el mundo de los marginales y de quienes se desvían de la sociedad colonial funciona en torno a la célula familiar. Esta marginalidad sirve aparentemente de espacio, fuera del dominio colonial, para los grupos amerindios apegados a las antiguas creencias. Tiene la misma función en el mundo de las hechiceras, procedentes de categorías socioétnicas poco o nada integradas al sistema colonial. Para todos estos excluidos de la sociedad colonial, sólo el soporte familiar sigue siendo operativo y funcional, como por lo demás sabrá muy bien recordarlo el sistema inquisitorial para perseguirlos y destruirlos. En el lado opuesto, en apariencia, pero sólo en apariencia, el amor extraconyugal y las fórmulas amatorias para captar los afectos o permitir la realización de ilusiones amorosas tienen en este sentido un papel muy marcado, como si el sexo y la práctica del sexo revelaran ser, para la sociedad mestiza en gestación, mediadores sociales. En este sentido, el lugar de las estrategias matrimoniales o de las tácticas de seducción amorosa en la manipulación de lo sobrenatural, vendida o propuesta por la brujería, es revelador. En su mayoría, los objetivos de la práctica de la hechicería en la Nueva España son erótico-matrimoniales, para paliar angustias afectivas. La familia no está lejos, aun si estas estrategias sospechosas parecen trastocar su modelo.

10Familias y estirpes entonces, pero en funciones y contenidos que se adaptan a las situaciones, a las exigencias, a las aspiraciones de los unos y los otros en función del momento histórico analizado. Más allá de una unidad semántica facticia, desde luego soportada por el modelo familiar occidental y cristiano impuesto con la colonización, lo que surge es en efecto la capacidad de las diversas fracciones de la sociedad colonial para utilizar la institución familiar en función de objetivos específicos.

11Estos grupos familiares, ya pertenezcan a un mundo de dominantes o de dominados, prosperan de preferencia en el espacio urbano. Es así como, en torno a los linajes, o más bien como expresión de esos linajes, se organiza la urbanización política de los maya-quichés, aun si no rebasó la fase de los grandes pueblos o de los burgos. De esta manera, al casar arqueología y textos etnohistóricos del periodo inmediato posterior a la conquista se vuelve posible leer la estructura y el funcionamiento del sistema político maya posclásico y su capacidad para introducirse en el sistema colonial impuesto por el vencedor.

12De igual modo, la pertenencia al mundo de las élites del sistema colonial impone a sus miembros una residencia urbana. La ciudad, lugar y encarnación del poder colonial, no podría ejercer plenamente su dominio y su función de relevo en el sistema colonial sin la presencia de todos aquellos que detentan precisamente los principales mandos. La ciudad colonial se convierte entonces en el lugar de la socialización, y de manera más amplia en el espacio en el que se traban los lazos esenciales a partir de los cuales se agrupan todos aquellos que aspiran al ejercicio del poder, ya sea que se trate del económico, del cultural o del político. La ciudad brinda así a esas élites un lugar específico en el que el gusto tanto como la necesidad de la apariencia que les es propia adquiere su pleno significado y valor. Inscrita en la arquitectura urbana, legible en las prácticas de una sociabilidad constituida por exclusividades, imponiendo a sus miembros comportamientos que permiten la afirmación exterior de su poder, la pertenencia a la élite descansa desde luego en los bienes raíces y en el modo de vida señorial. Sin embargo, el vestigio de este arcaísmo occidental no supera de ninguna manera lo esencial: es ante todo en el espacio urbano en el que se pueden expresar plenamente las obligaciones de la identidad propia de las élites americanas.

13En cuanto a las desviaciones del sistema colonial, la ciudad es tal vez uno de sus lugares de elección privilegiados. Es en el marco urbano en donde se desarrolla de preferencia el mestizaje. Mezclas y confusiones de lo más diversas, los sincretismos más delirantes o inesperados se convierten en la expresión del caos que reina como dueño y señor en este espacio urbano que contextualiza el encuentro. Por ello no es nada sorprendente descubrir que el mundo de las brujas se expresa ante todo dentro de este contexto urbano. En él se codean los españoles, en la posición poco envidiable de “blanquitos”, con mulatos y mestizos, negros y amerindios, en fin, en proceso de ruptura con su mundo de origen y en vías de hispanizarse. Por medio de los contactos vividos todos los días y debido a la perpetua mezcla, el mundo de los excluidos y de los marginados, el de todos los que dejó fuera la colonización española se vuelve la víctima señalada de las acusaciones de brujería. Pero la ciudad es tal vez también el espacio privilegiado en el que la “desviación” se une a la instauración del poder y al asentamiento de las élites coloniales. En efecto, aquí la corrupción parece en realidad obedecer al mismo procedimiento y a los mismos objetivos que la brujería. Propone, al igual que ella, una transgresión de las normas y de los modelos impuestos por el poder central. Es asimismo una alternativa para la marginalización de los despojados por la sociedad mestiza, y al ser provechosa primero para las élites, pero también para los “pequeños” (blancos, mulatos o mestizos), regula las tensiones y establece los espacios clandestinos en los que la práctica social utiliza los recursos de la “desviación”.

14La ciudad sirve pues de marco a unos para afirmar su poder, su dominio y su riqueza, su aspiración a adquirirlos o a conservarlos. Pero la ciudad permite de igual manera a los marginados subsistir mejor, ocultándose tal vez pero ofreciéndoles sobre todo el mejor suelo fértil para perpetuarlos.

15La obra en conjunto recalca, en fin, la capacidad de todos (marginados, miembros de las élites y caciques indígenas) para reorganizar las herencias recibidas y paralelamente para canalizar el poder ejercido con fines diferentes de los previstos inicialmente. En el marco colonial impuesto a las poblaciones indígenas después de 1550, que remite muy a menudo las estructuras familiares, de sucesión y étnicas prehispánicas a la función estructurante esencial, a los señores indígenas se les atribuye la función de intermediarios entre la administración colonial y los subditos del rey de España. En especial, por su mediación pasa la tarea de establecer y de percibir el tributo real, que pretende imponer su legitimidad perpetuando, al mismo tiempo que a menudo lo agrava considerablemente, el sistema prehispánico. Sin embargo, su inserción administrativa en el nuevo orden no anula entre estos señores la herencia precolombina, en particular las viejas concepciones de un poder fundamentalmente político-religioso, que los lleva a adoptar conductas consideradas desviacionistas por el colonizador, pero del todo legítimas a los ojos de sus administrados amerindios. Al mismo tiempo, pero a costa de estos últimos, algunos de estos mediadores sacaban provecho del ejercicio del poder detentado con fines estrictamente personales, conduciéndose entonces de una manera al parecer más conforme con las costumbres españolas. En efecto, este mismo interés en el beneficio personal o familiar se observa entre los miembros de la élite encargada de administrar para el rey de España su tesoro americano. Estos españoles escogidos precisamente en gran medida por sus orígenes geográficos, distantes de América, se manifestaron al otro lado del Atlántico muy poco fieles, no tanto aquí a una herencia como a la misión que les había encargado el rey. Integrados con una rapidez desconcertante a las élites criollas, se transforman con celeridad y eficacia en portavoces de los grupos familiares americanos cuyos objetivos hacen suyos al desposar a sus hijas. Olvidadizos de los intereses de un estado colonial del que son guardianes en virtud de sus cargos, conceden prioridad a los de sus familias adoptivas. Desde esta perspectiva hay que percibir entonces la difícil instauración de las reales reformas estructurales del aparato administrativo colonial del siglo xviii. Entre Estado y Familia, para la enorme mayoría de los funcionarios implicados la elección no se planteaba en términos de contradicción, sino más bien de complementariedad y de prioridad. Tal vez sea la negligencia de este dato social fundamental lo que frenó la política reformadora ilustrada, al mismo tiempo que contribuyó a abrir brechas que se fueron ahondando entre las élites.

16De hecho, a las integraciones familiares y económicas realizadas en el mundo de las élites se sucede la producción de discursos destinados a promover sus aspiraciones de identidad. Es entonces cuando reaparecen, en el nivel de las representaciones colectivas, divisiones que las solidaridades de clanes, de sucesión y de familia ya no logran ocultar por completo a fines del siglo xviii. La pluralidad de las élites se oculta entonces detrás de exclusividades y exclusiones recíprocas, oponiendo en particular a dos sectores del mundo privilegiado que pretendían cada cual por su parte representar la realidad americana. Si el discurso de identidad impone referencias simples para ser repetido y desarrollado, la oposición criollos/peninsulares no puede por sí sola resumir el conflicto cada vez menos latente que socava a la sociedad colonial. A la modernidad, sobre todo económica, elegida y pregonada por algunos se opone en otros la reivindicación de la tradición hispánica y aristocrática, supuestamente carente de toda alteración. Sin embargo todos, más allá de las divergencias que los acontecimientos exteriores transforman en rupturas al imponerles elecciones irreversibles, siguen siendo fieles al ideal monárquico, a la estabilidad de los poderes locales, a la perpetuación de las jerarquías sociales de las que todos son los primeros beneficiarios. De modo que por medio de un constante vaivén entre solidaridad de intereses familiares y bravatas estas élites reorganizan y reescriben sus herencias comunes en la tormenta que se anuncia.

17Así pues, entre Poder y desviaciones, miramos de una manera diferente el pasado americano al considerar un periodo prolongado y al seguir un procedimiento pluridisciplinario. Lejos de las visiones etnocéntricas y por consiguiente reductoras a las que cada hijo de vecino es propenso con demasiada naturalidad, es ante todo la complejidad de la realidad americana lo que intentamos explorar aquí. Y esto desde una multiplicidad de puntos de vista, entre los cuales el concepto de “mestizo” es tal vez el mejor denominador común. Una complejidad que este enfoque plural, en los confines de la historia y de la arqueología, pero también de la antropología aprehendida en su variante “cultural”, permite al mismo tiempo abordar en su globalidad y relativizar. Al igual que los hechos sociales, aquí importan en igual medida los hechos culturales, esto es, las prácticas efectivas que se manifiestan a través de los comportamientos y las actitudes perceptibles en el seno de los diferentes grupos sociales considerados. El tema de los linajes y de las relaciones de parentesco asociadas a ellos es pues la ilustración más perfecta de la fecundidad de los modelos culturales operantes en las sociedades americanas, incluyendo el de la “americanización por rechazo”. Se trata entonces de las estructuras normativas propias transmitidas por la herencia cultural hispánica y de su transformación, de su adaptación a las “circunstancias” americanas. Por consiguiente, es la cuestión del mestizaje lo que se plantea aquí, mas no tanto en términos biológicos como culturales. En este sentido, la antropología histórica tal cual se practica en definitiva en esta obra no es el simple prolongamiento de ese “no sé qué de la historia” que fue inicialmente la historia de las mentalidades, según la expresión ocurrente de Le Goff. Nuestro procedimiento apunta a una conceptualización más rigurosa de sus objetos y al análisis de las estructuras subyacentes, ya sea familiares, de linaje o también míticas y simbólicas, es decir, de las representaciones del poder en su sentido amplio. Ello al mismo tiempo que iniciamos una reflexión esencial acerca de las transformaciones diacrónicas y de la especificidad de estas “sociedades complejas” que son las sociedades del Nuevo Mundo.

18Mas, ¿qué es ser mestizo en América? En cierta manera también a esta reflexión quiere contribuir esta obra colectiva. A la tradicional definición biológica del mestizaje (que además traduce de maravilla la pintura costumbrista del mexicano Miguel Cabrera) se ha venido agregando progresivamente un enfoque cultural del fenómeno. De manera que el mestizaje, lejos de aplicarse sólo a los mestizos de sangre, resulta útil para comprender los caracteres de todos los que cohabitan cotidianamente en el espacio americano. El mestizaje se convierte entonces en el prisma predilecto que revela todas las facetas de las realidades americanas. Hibridación, fragmentación, frontera, sincretismo, recomposición: después de todo, estos diversos conceptos, indispensables para nuestra aprehensión del pasado hispanoamericano, no son más que manifestaciones de un mestizaje profundo y pluridimensional que impregna a dichas sociedades desde hace más de quinientos años. Frente a las normas rígidas y preconcebidas, cualquiera que sea su origen, es su formidable capacidad de adaptación, su permanente fluidez y, en fin, su aptitud para producir las síntesis más inesperadas lo que revela el pasado de las Américas.

1. Estrategias políticas mayas y españolas en Guatemala (siglos xv-xvi)

Charlotte Arnauld

INTRODUCCIÓN

1En Guatemala, como por toda América, donde las estructuras políticas indígenas mostraban cierta complejidad, uno de los momentos del “encuentro” entre amerindios y españoles consistió en que, después de la fase guerrera, dos concepciones políticas profundamente diferentes se vieron confrontadas, así como sus sistemas jerárquicos. Creer de entrada que las concepciones y la jerarquía de España sustituyeron por completo y por medio de la fuerza las de los mayas equivaldría a simplificar en exceso la historia. En Guatemala, el siglo xvi fue testigo de la gestación de estructuras administrativas en las sociedades mayas y sus territorios aún poco transformados, aunque muy afectados por las enfermedades, la guerra y las violencias. Los pequeños principados mayas, con terruños marcados por antiguas relaciones sociales entre los vivos y los muertos, se transformaron en las circunscripciones administrativas de un nuevo espacio nacionalizado más amplio. Esta gestación se acentuó por una viva tensión entre las concepciones mayas y españolas de lo político, del parentesco y del territorio, desde luego en desfase. En la descomposición y la recomposición de las entidades sociopolíticas, los principales agentes, sin duda entre los españoles pero sobre todo entre los mayas, fueron las estirpes, capaces de justificar qué era noble y qué no.

2Esta visión de la historia política entre 1540 y 1600 se basa en una serie de trabajos detallados de la zona maya, ahora cada vez más numerosos (por ejemplo Bertrand, 1981, 1982, 1987; Carmack, 1979, 1981; Farriss, 1984; Piel, 1989; Wasserstrom, 1989; Zamora, 1985). Estas monografías regionales vienen a concentrar, y en ciertos puntos a contradecir, los grandes estudios anteriores, más generales y más sintéticos (Martínez Peláez, 1970; McLeod, 1973; Morner, 1970; Sherman, 1979). Así, se descubre poco a poco el carácter muy complejo, diversificado y localizado de los procesos políticos prevalecientes durante la segunda mitad del siglo xvi, a condición (esto es esencial) de atribuir plenamente la condición de actores a los indios vencidos y de tener presentes sus propias estructuras y concepciones sociopolíticas, por lo menos lo que se sabe de ellas.

3Al oriente del “reino quiché de Utatlán”, principal formación política de Guatemala a la llegada de los españoles, estaban las entidades políticas autónomas de los quichés de Rabinal, de Cubulco y de Salamá, en las cuencas intraserranas de la Baja Verapaz. Junto con la de Utatlán, la arqueología de las cuencas propone cierto conocimiento –sin duda alguna limitado y deformado– de un mundo político prehispánico bien localizado y fechado en el siglo xv. De ese mundo, aun cuando se pudo expresar una concepción abstracta de él, los españoles no podían hacer tabla rasa. Desde luego el peldaño superior del sistema jerárquico maya fue aniquilado, pero con mucha frecuencia es en esto en lo que se detiene uno. Si nos esforzamos por estudiarlo localmente, comprobamos que en los peldaños intermediarios hubo muchos ajustes. Son éstos los niveles que documentan, en lo referente a las sociedades quichés, los datos arqueológicos de Ichon y los nuestros más recientes,1 así como las investigaciones etnohistóricas entre otros de Carmack. Las grandes regiones mayas de Yucatán y de Chiapas, en México, ofrecen además instructivos elementos de comparación.

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