Mataelpino: La última morada de los maquis

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Colecciones : Tiempo de historia. Año VII, n.74
Fecha de publicación : 1-ene-1981
Publicado el : lunes, 30 de julio de 2012
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Fuente : Gredos de la universidad de salamenca
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Número de páginas: 4
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lno:
Eugenio Suárez-Galbán
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RUTAS INTERCEPTADAS .-
CAMPOS DE CONCENTRACION y
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PAÑOLES EXILIADOS
ZONAS DE ACTUACION
SEGURAN que el Marqués de Santi/lana gustaba de pernoctar aqu{. m
Mataelpino. y que lo motivaba a ello las buenas mujeres que aqui se daban. A Lo asegura un libro. el cual, sin embargo, nadie puede mcontrar, La historia
así se hace susceptible de leyenda. Y se repite la historia y esa su posibüidad
legendaria: también hoy se aseguran muchas cosas de ellos, de los maquis, de
Mataelpino, pero tampoco en este caso queda libre la historia de la leyenda. A esta
última la ayuda el miedo que aún pen 'ive entre los vecinos: el silencio que sóloahorQ
empieza a convertirse en tímido susurro; y el recato (rente al dolor de algunas
familias, cuyos miembros sufrieron en propia carne la persecución, el encarce­
lamiento y hasta la muerte en un caso, por /raber colaborado con los guerrilleros.
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La últillla lllorada
de los lllaquis
Un. pertidll .nti-m.quls d ••• Gu.,". Civil.
mO falta ahora, sin embargo. el libro. el cuentra en la pág. 245). Pero al contenido de
I.:J cual es bastante explícito en cuanto a esas páginas dedicadas a Mataelpino, los ve
las actividades de los maquis en la zona: «La cinos del pueblo pueden añadir muchas
organización de Mataalpino. que compren­ anécdotas y, muchas de ellas, acaso dignas
día la casi totalidad de personal de aquel también de memoria, y de interés y valor his·
pequeño pueblo, nos proporcionó un con­ tóricos. Es la historia oral, la colectiva. Tan
tacto con Madrid que había después de resul­ peligroso es menospreciarla como sobreva·
tar importantísimo •. Lo escribió Adolfo­ lorarla. Puede ser, además, la única fuente
Lucas Reguilón y García. mejor conocido por histórica en regímenes que practican la cen·
el nombre guerrillero de Severo Eubel de la sura.
Paz, en unas memorias que tituló El último Pocos de los miles de veraneantes que in·
guerrIllero de E5paña, publicadas por vaden Malaelpino cada año, sospechan que
Agencia General de Librería y Artes Gráficas, esos riscos que rodean al pueblo, y que ellos
en 1975 (la cita de la fras~ anterior se en- miran y admiran desde sus pisos y piscinas,
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­

Debieron haber sido cinco, número usual de fueron hace unos rreinta años un albergue
importante de los maquis. Al llegar a la los pequeños núcleos, aunque hay quien cree
cueva de Mataelpino (.La Paz.), ya habían que eran por lo menos seis o siete. Cier­
recorrido las sierras al norte de Madrid, .vi­ tamente, la cueva no se prestaba para un
sitando., entre otros los hoteles de Serrano mayor número. Se nos propone que consul­
Suñer, Joaquín Ruiz Jiménez y Jacinto Be­ temos a . El Jefe_. Se trata del mismo Severo
navente. Era el motivo de estas .visitas. Eubel de la Paz (en el citado libro, habla de
simplemente hablar con los respectivos due­ cinco), y otro pastor, uno que cumplió tres
ños, además, claro está, de cosechar una in­ años de cárcel por proveer de comida a los
dudable publicidad, de haberse logrado las guerrilleros, prefiere no seguir hablando
entrevistas, lo que no ocurrió en ninguno de hasta que no no~veamos con .EI Jefe • . Pero
los tres casos. En aquellos días de J 946 Y nadie sabe de seguro dónde está. Se dice que
1947, los cabreros del pueblo subían dia­ ha dejado su pueblo, y ni siquiera hay con­
riamente por los montes y cerros cerca de senso sobre cuál exactamente es su pueblo;
.La Paz •. Hoy, la trocha está tupida, la jara otros afirman que se ha mudado para la
ha invadido todo. Salían los guerrilleros de parte de Valencia. Aun cuando se insista en
detrás de las mismas rocas que desde hace que no hay razón para temer ya, ellos siguen
siglos amenazan con abalanzarse y arrasar insistiendo en que es que de seguro nose sabe
con el pueblecito. Algunos dicen que pewan, nada ...
otros que exigían, comida, tabaco, lo necesa­
Hay que ir hi lvanando, pues, la historia, in­rio para sobrevivir. Un niño de once años
tentando dist inguir entre la realidad y la le­
entonces, hoy alcalde del pueblo, recuerda
yenda que han ido tejiendo los años. No se con miedo el primer encuentro. Después,
puede dudar, por ejemplo, de la importancia
hasta le enseñaron canciones:
que tenía para los maquis «La Paz_ como
Guerrilleros en el monte,
paso a Madrid y el fortalecimiento de lazos y
guerrilleros en el llano,
contactos con los camaradas que trabajaban toda España guerrillera,
en la capital. A escasamente unos cincuenta
para quitar al tirano.
kilómetros de Madrid, en un dia claro se
.Tenían que amenazar, que exigiu, defien­
pueden vislumbrar desde la cueva y entre la
den unos, alegando que el miedo de los
bruma que despide la ciudad las torres del
maquis era mayor que el de cualquier ve­
Pinar de Chamartín. El lugar era así tre­
cino, y añadiendo que nunca hicieron mal a
mendamente propicio, por seguro, y por cer­
nadie en el pueblo.
cano. Tenían una pequeña imprentilJa en la
misma cueva, y con relativa frecuencia ba­
jaban a Madrid a repartir propaganda, clan­
destinamente, por supuesto. Por lo visto, al­
gún contacto había también con ciertas em­
baJadas extranjeras. Una y otra vez en nues­
tras conversaciones con los vecinos, se men­
ciona el caso de un guerríllero que fue apre­
sado por la Guardia Civil cuando llevaba
«correspondencia_ a las embajadas. En un
momento nos creímos a punto de ver una
muestra de esa propaganda. Resultó. sin
embargo, que la persona que supuestamente
la tenía aún guardada, decidió quemarla,
junto con unos billetes de la República que le
quedaban, hace unos diez años.
Son esos temas que se repiten en las distintas
conversaciones los que pueden proveer una
pista para futuros historiadores. Cierto cabo
de la Guardia Civil, posible cómplice de los
guerrilleros, es uno de esos temas. Se acalora
la discusión: unos Juran que sí, que, uti­
lizando nada menos que el mismo método
que el de los indios en las películas de vaque­
Aflnll. ullliz.d •• por .. m.qui. ctur.n'. sus 'nc:urslon" por t.
ros, prendía su chimenea este guardia y, con Jons o.ntro, .n ,. 6K.d. cM los cu.r.n' ..
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señales de hume, evi6aba a los maquis cel por haber ayudado a los guerrilleros.
cuando venían patrullas al pueblo. Otros Hoy, a más de treinta años, la historia queda
creen con igual convicción que estuvo s~em· aún por descubrirse en todos sus detalles. Y
como Mataelpino, ¡cuántos pueblos de Es­pre al servicio de la Guardia Civil, que era un
infiltrado que ni se molestaba en quitarse el paña no ocultan experiencias valiosas pha
uniforme. En lo único en que están de entender un período de la historia de España
acuerdo todos es en haberle visto junto con que, de no investigarse ahora entre los vi­
los maquis en las fiestas del pueblo. Lo que. vientes de aquellos días, se nos perderán
arguyen otros, no prueba absolutamente na­ para siempre t
da, ya que los guerrilleros bajaban al pueblo Hoy, Mataelpino se halla abrumado por otra
tal cual, codeándose con la gente que no sa­ experiencia, sin duda alguna, la más impor­
bía, naturalmente, que eran los temidos ma­ tante para el pueblo desde la residencia en
quis. uLa Paz» de los maquis. Es la de esos miles de
Algo semejante ocurre con « El Potaje». Se veraneantes, quizás más de cinco mil, que
sabe poco más que ése su seudónimo, y que pasan las vacaciones entre los doscientos
cincuenta vecinos. Se ha hecho irreconoci­murióen un tiroteo con la policía en Madrid.
Por el contrario, de otra víctima de esos días ble el pequeño pueblo, cuyos tejados de ba­
se habla con plena seguridad, aun cuando no rro ceden cada día más a urbanizaciones de
chalets y pisos de concreto. se quiera elaborar demasiado, ya que era un
vecino del pueblo, cuya familia aún le re­ Pero algo queda inmutable: la cueva, los
cuerda. En su libro, Severo Eubel le llama montes, los riscos. Y el viento. Ese viento que
«Rubén», habland::> siempre de él en térmi­ azota periódicamente a Mataelpino.
nos elogiosos. Nadie cree la versión oficial de arremolinando polvo. arrastrando hojas y
que se suicidó en la cárcel. ramas sueltas. gi miendo, gimiendo algo en­
En 1947, los maquis se trasladan a Madrid. tre rocas y jaras, desesperado, con­
Siete mataelpinenses son juzgados y conde­ tra la venidera calma y el silencio que pronto
nados a cumplir diversas sentencias de cár- volverá a imponerse . • E. S.-G.
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