Los mercados de la Plaza Mayor en la ciudad de México

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En Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México encontra-mos un ejercicio de microhistoria. La obra indaga la génesis de los merca-dos capitalinos modernos. El comercio tradicional novohispano que combina-ba los «cajones» de espanoles y los «puestos» de indfgenas y castas, se trasformô hasta consolidar, durante el siglo XVIII, très mercados especializa-dos: Alcaiceria, Baratillo y bastimentos. Nada mâs ajeno a los mercados virrei-nales que la libre competencia y la ley de la oferta y la demanda; en cambio, aparecen una serie de vînculos esta-mentales y relaciones informales pacta-das verbalmente como el combustible que ponia en movimiento las transac-ciones mercantiles de la capital de la Nueva Espana.


Publicado el : miércoles, 24 de abril de 2013
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EAN13 : 9782821827912
Número de páginas: 167
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Los mercados de la Plaza Mayor en la ciudad de México

Jorge Olvera Ramos
  • Editor : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos
  • Año de edición : 2007
  • Publicación en OpenEdition Books : 24 abril 2013
  • Colección : Historia
  • ISBN electrónico : 9782821827912

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Referencia electrónica

OLVERA RAMOS, Jorge. Los mercados de la Plaza Mayor en la ciudad de México. Nueva edición [en línea]. Mexico: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2007 (generado el 09 noviembre 2013). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/cemca/538>. ISBN: 9782821827912.

Edición impresa:
  • ISBN : 9789689183006
  • Número de páginas : 167

© Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 2007

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En Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México encontra-mos un ejercicio de microhistoria. La obra indaga la génesis de los merca-dos capitalinos modernos. El comercio tradicional novohispano que combina-ba los «cajones» de espanoles y los «puestos» de indfgenas y castas, se trasformô hasta consolidar, durante el siglo XVIII, très mercados especializa-dos: Alcaiceria, Baratillo y bastimentos. Nada mâs ajeno a los mercados virrei-nales que la libre competencia y la ley de la oferta y la demanda; en cambio, aparecen una serie de vînculos esta-mentales y relaciones informales pacta-das verbalmente como el combustible que ponia en movimiento las transac-ciones mercantiles de la capital de la Nueva Espana.

Índice
  1. Introducción

  2. I. El comercio tradicional novohispano

    1. LAS TIENDAS Y LOS PUESTOS
    2. LAS LICENCIAS EN LA PLAZA MAYOR
    3. « JUNTOS, PERO NO REVUELTOS » : UNA MUESTRA DE LA JERARQUÍA ENTRE LOS VENDEDORES
    4. LOS COMERCIANTES Y LAS AUTORIDADES
    5. LOS TRASPASOS Y LOS « GUANTES »
  3. II. El mercado de bastimentos o los « puestos de indios »

    1. EL ABASTECIMIENTO GRATUITO
    2. EL ABASTECIMIENTO OBLIGATORIO
    3. UN MERCADO DONDE LA AUTORIDAD FIJA LOS PRECIOS
    4. LA « REGATONERÍA »
    5. DE LOS TIANGUIS SEMANALES A LOS « PUESTOS DE INDIOS » DE LA PLAZA MAYOR
    6. DESPUES DEL MOTÍN DE 1692
  4. III. El mercado de manufacturas artesanales o el «Baratillo de la Plaza Mayor»

    1. LAS «MESILLAS» DEL BARATILLO
    2. EL BANDO PROHIBITIVO DE 1689
    3. EL 8 DE JUNIO DE 1692
    4. LAS FORMAS DE VENTA
    5. LA PENA DE MUERTE PARA LOS BARATILLEROS
    6. LAS SOLIDARIDADES EN EL BARATILLO
    7. EL «BARATILLO GRANDE» Y EL «BARATILLO CHICO»
    1. Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México
  1. IV. El mercado de productos ultramarinos o la « Alcaicería de la Plaza Mayor »

    1. LOS PROYECTOS DE CONSTRUCCIÓN
    2. EL FINANCIAMIENTO DE LAS TIENDAS
    3. LA CONSTRUCCIÓN DEL EDIFICIO
    4. LA ALCAICERÍA DE LA PLAZA MAYOR : LOS PRIMEROS AÑOS
    5. 1757 : LA ALCAICERÍA QUEDA TERMINADA
  2. V. El asentista de la Plaza Mayor

    1. LA INTERVENCIÓN DEL CABILDO
    2. EL ASIENTO DE LOS PUESTOS Y MESILLAS DE LA PLAZA MAYOR
    3. LAS COSTUMBRES COMERCIALES EN TIEMPO DE CAMEROS
    4. LOS MERCADERES EN DEFENSA DEL COMERCIO TRADICIONAL
    5. CONCLUSIÓN
  3. Bibliografía

Introducción

1En los estudios históricos sobre los mercados de la Ciudad de México aparece la Plaza Mayor (hoy Zócalo) como el mercado más importante de todo el espacio urbano. Dos son los trabajos más recientes al respecto, el de Rebeca Yoma y Alberto Martos, Dos mercados en la historia de la ciudad de México : El Volador y La Merced, y el de Maria de la Luz Velásquez, Evolución de los mercados en la ciudad de México hasta 1850.1 En estos estudios se señalan apropiadamente los antecedentes prehispánicos, las ventajas geográficas y de vías de comunicación, así como las garantías administrativas y de seguridad proporcionadas por las autoridades que permitieron que la Plaza Mayor se convirtiera en el espacio mercantil más importante de la capital virreinal. Hay que destacar que estos autores se centran en la historia de los mercados capitalinos modernos (El Volador, Cruz del Factor, la Merced, Iturbide, etc.) y por lo tanto el comercio de la plaza sólo es abordado como un antecedente histórico. Da la impresión de que aquel inmenso mercado era uno exclusivamente, es decir, pareciera que la plaza alojaba un mercado unificado y homogéneo, en el que a cargo de las autoridades municipales los comerciantes y vendedores se identificaban en términos de igualdad. Pero esta perspectiva conduce a una simplificación de las instituciones y prácticas mercantiles novohispanas. Es por ello que en este libro se estudia el comercio tradicional novohispano desde su práctica en los mercados de la Plaza Mayor durante la época virreinal hasta mediados del siglo xviii. Se trata de un ejercicio de micro-historia elaborado con documentos del Archivo Histórico de la Ciudad de México (ahcm) que trata de responder a las preguntas siguientes : ¿Cómo funcionaba el mercado de la Plaza Mayor ?, ¿era en realidad un mercado unificado ?, ¿eran varios mercados o sólo uno ?, ¿quién lo patrocinaba y vigilaba ?, ¿cuál era la disposición de los locales comerciales ?, ¿cómo se relacionaban los comerciantes y los vendedores ? Intentamos demostrar que sobre la magnífica y extensa plaza se asentaron desde el siglo xvi al menos tres mercados diferentes : el mercado de bastimentos o los « puestos de indios » conducido por los indígenas, el mercado de manufacturas artesanales — usadas y nuevas — o Baratillo de la Plaza Mayor, y el mercado de productos ultramarinos o « Los cajones de madera », después « Alcaicería » y posteriormente el Parián, a cargo de los mercaderes profesionales de la Ciudad de México2. Aunque cada mercado dispuso de un paraje más o menos delimitado — los cajones al poniente, los puestos de indios al oriente y el Baratillo sobre el centro —, los documentos revelan que la combinación de tiendas y puestos, la relación estrecha entre comerciantes y vendedores de diferente condición social, la mezcla indiscriminada de todo tipo de productos fueron el paisaje cotidiano de la plaza durante la época de los virreyes.

2Estos tres mercados compartieron la superficie de la plaza hasta finales de la Colonia. Los veremos transitar desde formas elementales que ponían en contacto a los productores y a los consumidores hasta convertirse en mercados municipales permanentes, es decir, administrados por la ciudad y que ofrecían sus servicios todos los días del año. Luego de tres siglos de comercio, en 1791 los « puestos de indios » fueron trasladados hacia el flamante « mercado principal » en la Plaza del Volador (hoy edificio de la Suprema Corte de Justicia) ; en 1793, los comerciantes del Baratillo fueron movilizados hacia el mercado Cruz del Factor (hoy edificio de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal), ambas reubicaciones mandadas por el virrey Revillagigedo. El Parián permaneció en la plaza hasta la época independiente. Fue Antonio de Santa Anna quien en 1845 ordenó su demolición.

3Recordemos que en la sociedad virreinal, al menos formalmente, prevaleció un sistema mercantil monopolizado, es decir, la venta de los productos se consumaba a través de distribuidores selectos3. Nada más ajeno a los mercados virreinales que el libre comercio. La presencia de « intrusos » fue considerada un acto ilícito. Para que la venta monopólica pudiera verificarse se instauró un sistema comercial centralizado por el que la actividad de las ciudades y los pueblos y la dirección de las rutas comerciales convergían todas en la Ciudad de Mexico. La política monopolista fue vigorosa y el papel que llegó a desarrollar la Ciudad de México en el comercio virreinal es prueba de ello. Los mercados de la Plaza Mayor atendían la demanda urbana, la regional e incluso la virreinal de ciertos productos. Buena parte de los géneros que se elaboraban o ingresaban a la Nueva España se almacenaban y negociaban en las tiendas y los puestos de la Plaza Mayor.

4Los monopolios funcionaban en favor de la economía española, el mercado de productos ultramarinos de México se desarrolló en un estado de sitio permanente : no producir las mercaderías que venían de España, no comerciar entre los americanos, no comprar a otros europeos. Existieron instituciones como la Casa de la Contratación en Sevilla, los consulados de comerciantes, los puertos exclusivos, los sistemas de flotas, que salvaguardaban los intereses de los mercaderes peninsulares. Por el lado americano, las « ferias de flota », las « licencias para poner cajón », el Consulado de comerciantes de la Ciudad de Mexico, el control directo del comercio mayorista y menudista fueron instancias que aseguraron el control a través de distribuidores selectos.

5Otra modalidad del comercio monopólico ocurrió en el mercado de bastimentos. El abasto urbano de víveres fue impuesto a los pueblos indígenas de las inmediaciones del valle a cambio de « privilegios » de exclusividad : solo ellos podrían « introducir mantenimientos » a la capital, no pagarían impuestos o alcabalas ni se les cobrarían pensiones por los sitios de la plaza. Era mucho el riesgo que se corría al depender de la « república de indios » para el surtimiento de hortalizas. El control indígena del abasto urbano solo fue formal, pues desde el siglo xvi, los españoles y las castas participaron activamente en él. La presencia de « intrusos » inhibió la formación de un mercado urbano de bastimentos a cargo de los indígenas quienes acabaron limitando su función a la conducción y venta. Una parte importante de las vituallas que los indígenas introducían a la ciudad acababa vendiéndose en los cajones o tiendas.

6Además de monopólicos, los mercados virreinales fueron también jerarquizados, cada uno con sus agentes, sus proveedores, sus sistemas de tiendas, sus tribunales, sus normas, sus pesos y medidas, sus formas de pago, con calendario, aromas y colores propios. Un comercio jerarquizado para una sociedad jerarquizada4. Como los niveles de una edificación, los mercados de la Plaza Mayor se superponían unos sobre otros : en la base los mercados menudistas de abastos y manufacturas artesanales a cargo de los indígenas y las castas, y en la cúspide de la jerarquía mercantil el gran comercio de las tiendas o cajones conducido por los mercaderes profesionales. Aunque juntos, no estaban revueltos, pues un código de calidades, de indumentarias, de tipos de locales, de clases de clientelas propias de una sociedad preindustrial, ponían en claro la ubicación precisa de cada individuo dentro de aquel gran centro mercantil.

7Hay que considerar que los mercados virreinales desempeñaban no sólo una función económica, la de proporcionar un entorno favorable para los intercambios, sino que aquellos establecimientos poseían también funciones políticas y culturales ; por ejemplo, la de garantizar que los privilegios de los comerciantes se respetaran y la de promover una intensa sociabilidad entre los concurrentes5. La atmósfera que predominaba en aquellos emplazamientos era más la de una feria que convocaba a multitudes no necesariamente consumidoras. Eran espacios de reunión donde se comentaban y discutían los sucesos de la época.

8Pero cabe preguntarse : ¿Por qué las autoridades del siglo xvi decidieron ubicar los mercados urbanos sobre la Plaza Mayor ? La definición contemporánea de espacio público se halla impregnada de nociones sobre la circulación de peatones y el tránsito vehicular, y condicionados por esas referencias puede parecernos inexplicable que las autoridades novohispanas hubieran aprobado que la plaza se poblara de tiendas y puestos. Las autoridades virreinales primero, y posteriormente las de la ciudad, decidieron que los mercados urbanos se instalaran sobre la Plaza Mayor por razones no del todo descabelladas. Examinemos este punto con detalle. En primer lugar, la decisión resulta justificable por razones económicas, pues si la ciudad era la propietaria de las calles, las acequias y las plazas, y en el caso de la Plaza Mayor, el Ayuntamiento la había comprado a la Corona, resultaba razonable, desde el punto de vista de un propietario, usufructuar aquel espacio central cargado de significado para todos los habitantes. Por otro lado, resultaría absurdo, como opinaba un funcionario de la época, « asentar las plazas de mercado sobre fincas por las que se tuviera que pagar una renta ». Así que las expectativas económicas contribuyeron decisivamente en el establecimiento de los mercados urbanos sobre el espacio público.

9La decisión de las autoridades se justifica, en segundo lugar, por razones urbanísticas, pues la Plaza Mayor continuó siendo, como en tiempos de Tenochtitlán, el corazón de la ciudad y de la red de arterias urbanas que ponía en contacto el islote con la tierra firme en el perímetro del lago. A ninguna parte de la ciudad se podían llevar más expeditamente los productos y los bastimentos que a la plaza pública, pues las principales avenidas y canales confluían todas en la Plaza Mayor o en sus inmediaciones. En tercer lugar, las autoridades justificaron el establecimiento de los mercados sobre la plaza por razones de seguridad, pues ahí se verificaba la mayor vigilancia y control. Cualquier acto ilícito podía ser sancionado y los infractores castigados a la vista de todos. Finalmente, la decisión se justificaba por razones de autoridad y de prestigio porque con los mercados de patrocinio municipal sobre el espacio público más importante se proclamaba el poder y la autoridad del Ayuntamiento.

10Vemos entonces que la decisión de instalar los mercados urbanos sobre el espacio público no fue arbitraria. Por el contrario, desde el punto de vista de las autoridades no existía en la ciudad otro espacio mejor ubicado ni mejor dotado de cualidades para el comercio que la Plaza Mayor. Esta sencilla demostración nos permite aseverar que desde el siglo xvi, y a instancias de las autoridades, los mercados urbanos quedaron vinculados indisolublemente al espacio público, y explica por que los antiguos habitantes de la capital se refirieron a los mercados urbanos como « la plaza », las « tiendas públicas » o los « puestos públicos ».

11Por último quiero mencionar la secuencia temática de estas páginas. En el primer capítulo se estudian las prácticas comerciales más antiguas : la presencia de las tiendas y de los puestos en estrecho contacto, las licencias o permisos otorgados a los comerciantes de todos los grupos sociales, tanto por las autoridades peninsulares como por las locales. En esa época el Cabildo tuvo una presencia reducida en el comercio de los cajones : apenas se limitaba a rentar los espacios y a establecer ciertas normas muy generales, pero tocaba a los propios comerciantes y vendedores disponer y regular la venta al público. El segundo capítulo trata sobre el mercado de bastimentos de la Plaza Mayor durante los siglos xvi y xvii ; aquí se estudia el abastecimiento de víveres para los vecinos de la capital impuesto a los indigenas y el desarrollo de un mercado urbano de hortalizas en el que los españoles y castas se inmiscuyeron relegando a los indigenas a la conducción y venta. Por lo mismo nos toparemos con la llamada « regatonería » o acaparamiento como efecto de la intervención de españoles y castas en el abasto urbano.

12En el tercer capítulo se narra la turbulenta historia del Baratillo, el mercado de artículos domésticos, nuevos y usados. Lo que en un principio fue un grupo de menesterosos dedicados a vender artículos « de viejo », se consolidó durante los siglos xvi y xvii como el mercado urbano de manufacturas artesanales. Las autoridades permitieron el Baratillo como una obra piadosa, pero con el tiempo se le relacionó con actividades ilícitas y se le procuró « extirpar ». La lucha de las autoridades virreinales contra el Baratillo fue infructuosa porque en el fondo desempeñaba una función importante en el abastecimiento de los grupos urbanos pobres.

13Los proyectos y construcción de la Alcaicería de la Plaza Mayor como tercer mercado de la plaza (luego llamado El Parián), los veremos en el cuarto apartado, en donde las « tiendas en firme » a cargo de los mercaderes españoles conformaron el mercado de productos ultramarinos. La historia de sus primeros cincuenta años, de 1700 a 1750, nos muestra el afianzamiento de un modelo comercial : el « cajón de ropa » con sus puestos arrimados, la mezcla de la venta al mayoreo y menudeo, los pagos informales entre los comerciantes y la resistencia a los postulados de la especialización.

14El quinto capítulo aborda la gestión del primer asentista de la Plaza Mayor, Francisco Cameros, quien ocupó el cargo durante cincuenta y tres años, de 1694 a 1747, hasta que bajo nuevas circunstancias el cabildo nombró a un administrador que recaudaría a todos los puesteros, iniciando con esto un nuevo periodo en la historia de los mercados de la Plaza Mayor.

Notas

1 Rebeca Yoma y Alberto Martos: Dos mercados en la historia de la ciudad de México: El Volador y La Merced,inah, colección Divulgación, México, 1990, y María de la Luz Velásquez: Evolución de los mercados en la ciudad de México hasta 1850. Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, México, 1997.

2 González Obregón, Luis: «El Parián» en Luis González Obregón. Cal y arena, col. Los imprescindibles, México, 2004, pp. 327-351. Martos López y Yoma Medina: «El Parián. Un siglo y medio de historia y comercio», en Boletín de Monumentos Históricos no. 10 (jul.-sep.), inah, México, 1990.

3 Véase Yuste, Carmen: Comerciantes mexicanos en el siglo xviii.unam/ Instituto de Investigaciones Históricas, serie Historia Novohispana no. 45, Mexico, 1991.

4 Sobre los mercados europeos durante el antiguo régimen véase : Braudel, Fernand : Civilización material, economía y capitalismo. Vol. ii : « Los instrumentos del intercambio ». Alianza, Madrid, 1984.

5 Kamen, Henry : Vocabulario básico de la historia moderna, España y América 1450-1750. Editorial Crítica, España, 1986.

I. El comercio tradicional novohispano

1El estudio del comercio tradicional novohispano tal y como se practicó en las tiendas y los puestos de la Plaza Mayor de México durante los siglos xvi y xvii, permite configurar un esquema explicativo de conjunto de las prácticas comerciales más antiguas y de las relaciones sociales jerarquizadas que predominaban entre los comerciantes y los vendedores de la plaza, lazos y contactos sociales que daban coherencia al comercio urbano en la época de los virreyes. Por comercio tradicional entiendo todas aquellas prácticas e instituciones mercantiles propias de una sociedad del antiguo régimen, es decir, los mecanismos y los agentes de la circulación de productos en una economía preindustrial.

2Los documentos del Archivo Histórico de la Ciudad de México revelan que una serie de vínculos de corte estamentario entre los « cajoneros » o dueños de tienda, en la cúspide de la jerarquía de comerciantes, y los vendedores menudistas o « puesteros de la plaza », en el límite inferior del sistema mercantil virreinal, eran el combustible que ponía en movimiento a los mercados urbanos virreinales.

LAS TIENDAS Y LOS PUESTOS

3En los estudios históricos sobre la Ciudad de Mexico los trabajos que indagan en torno de los espacios comerciales de la Plaza Mayor y la evolución de sus mercados son escasos. En los textos de los cronistas coloniales y de los viajeros decimonónicos que mencionaron estos mercados, se destacó primordialmente la descripción de su colorido, la frescura de los bastimentos y la abundancia de mercaderías y « productos de la tierra » que allí se compraban y vendían. En un trabajo de divulgación, Salvador Novo1 dedicó buena parte de su ensayo al comercio de la Plaza Mayor ; ahí observó agudamente que el estudio de la fusión de costumbres comerciales, o sea, la mezcla de prácticas mercantiles españolas e indígenas, estaba por escribirse. Ahora con este trabajo se intenta, en parte, responder a aquella interesante observación mediante un esquema explicativo de la mezcla cultural que predominaba en los mercados tradicionales de la Plaza Mayor del México virreinal.

4Si hasta hoy se ha aceptado que durante la Colonia la Plaza Mayor estuvo ocupada por un gran mercado, aquí pretendo demostrar que sobre la superficie de la plaza se mantuvieron al menos tres mercados claramente diferenciados. Los mercados a los que me refiero son el de bastimentos o víveres, llamado en aquella época « puestos de indios » ; el mercado de manufacturas artesanales —nuevas y usadas— también llamado « el Baratillo » y el mercado de productos ultramarinos o « cajones de ropa » (luego Alcaicería y posteriormente Parián).

5Ahora bien, en este peculiar conjunto de tres mercados se relacionaban a su vez las funciones de las tiendas con las actividades de los puestos en estrecha dependencia. Aunque cada mercado dispuso de un paraje más o menos delimitado (las tiendas o « cajones de madera » junto al Portal de Mercaderes y el edificio del Ayuntamiento ; las « mesillas » del Baratillo en el centro de la plaza, y los « puestos de indios » junto a la Acequia Real y costado sur del palacio virreinal), los testimonios documentales revelan que una serie de nexos entre los diversos actores sociales eran los que integraban en un conjunto orgánico a los mercados de la Plaza Mayor. Sin embargo, no podemos afirmar que en cada mercado hubiese tiendas y puestos, pero sí podemos postular que en todos ellos el contacto entre los comerciantes de mayor y menor jerarquía, ya fuesen « cajoneros », « alaceneros », empleados dependientes, vendedores « al viento » o puesteros « arrimados », se regía por normas jerarquizantes similares.

6La combinación de las tiendas y los puestos tuvo fines prácticos. Los dueños de tienda, ocupados en las grandes transacciones mayoristas, necesitaban distribuidores menudistas de sus géneros y de otros productos que le dieran variedad a la oferta de los « cajones ». Los puesteros, a su vez, necesitaban un local que resguardara sus vendimias y requerían del prestigio de un establecimiento formal para acceder a una clientela más amplia. En efecto, la combinación de tiendas y puestos « portátiles », la comunicación de españoles e indios y la interacción de comerciantes mayoristas y vendedores menudistas es un rasgo peculiar de los mercados de la Plaza Mayor. Esta singular concentración de todo tipo de comerciantes sobre el mismo espacio urbano ejerció un enorme poder de atracción sobre el público local y regional, así como un inmenso poder de convocatoria sobre todos los vecinos, tanto ricos como pobres.

7Los estudiosos de la historia de la Ciudad de México han demostrado que en el siglo xvi la corona española quiso, sobre la avasallada...

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