Las rondas campesinas de Piura

De

En este trabajo nos dedicaremos a analizar el proceso de formación y de extendimiento de las rondas campesinas en la sierra del departamento de Piura, una región recién descubierta por las ciencias sociales pero que tiene su propia historia. De la versión original — mucho más extensa — he dejado de lado el contexto histórico-social de la sociedad nacional, lo cual ha permitido el surgimiento de las rondas, como la controvertida discusión académica sobre el comportamiento sociopolítico de los campesinos en general. Lo que he mantenido es principalmente el aspecto etnográfico, por lo demás pormenorizado, que trata de dar testimonio del funcionamiento de las rondas campesinas de Piura y de ubicarlas en su contexto regional e histórico; tomando en cuenta lo que Steve Stern (1987: 13) reclama para la investigación de movimientos campesinos: la consideración de la “historia cultural” específica sobre un período prolongado, de no menos de cien años.


Publicado el : domingo, 29 de junio de 2014
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EAN13 : 9782821844919
Número de páginas: 132
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Las rondas campesinas de Piura

Después de Dios está la ronda

Ludwig Huber
  • Editor: Institut français d’études andines, Instituto de Estudios Peruanos
  • Año de edición: 1995
  • Publicación en OpenEdition Books: 29 junio 2014
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844919

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9788489302273
  • Número de páginas: 132
 
Referencia electrónica

HUBER, Ludwig. Las rondas campesinas de Piura: Después de Dios está la ronda. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 1995 (generado el 23 enero 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/2601>. ISBN: 9782821844919.

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© Institut français d’études andines, 1995

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Índice
  1. Introducción

  2. La sierra de piura

    1. LA HISTORIA: GUAYACUNDOS, GUANCABAMBAS E INCAS
    2. LA CONQUISTA
    3. LAS HACIENDAS
    4. LA REFORMA AGRARIA: DE HACIENDAS A COMUNIDADES
    5. CAMPESINADO Y ESTADO
    6. PROBLEMAS SOCIALES: LA VIOLENCIA COTIDIANA
  3. Las rondas campesinas

    1. LOS COMIENZOS
    2. LA CRISIS DE 1983
    3. EL DESPLIEGUE DE LAS RONDAS
    4. NUEVAS TAREAS
    5. LA CENTRALIZACIÓN
  4. Frías

    1. LA SITUACIÓN ANTES DE LAS RONDAS
    2. LAS RONDAS CAMPESINAS
    3. PASOS A LA CENTRALIZACIÓN
    4. LA CENTRAL DE EL COMÚN
    5. POSIBILIDADES Y LÍMITES
    6. RONDAS CAMPESINAS Y ESTRATIFICACIÓN SOCIAL
  5. Huancabamba

    1. LAS RONDAS CAMPESINAS DE HUANCACARPA
    2. LA CENTRALIZACIÓN DE LAS RONDAS DE HUANCABAMBA
    3. SEGUNDA ALIGUAY
    4. QUISPAMPA
  6. Túnel VI

    1. Acta Provisional de Arreglo
    2. Acta de Arreglo
  1. Simirís

  2. A modo de conclusión

  3. Bibliografía

Introducción

1Las Transformaciones de la sociedad peruana, tanto la urbana como la rural, han sido sin duda tema sobresaliente para las ciencias sociales del país en los últimos años. En el campo se ha manifestado la tendencia “hacia una mayor participación en el mercado, en el sistema político y en la sociedad” (Eguren, 1992: 85); pero las características regionales de estas transformaciones son tan diversas que “no es aún tan evidente cómo se están articulando las sociedades locales” (Remy, 1992: 133).

2En el caso de la sierra norte, los recientes y más profundos cambios sociales están indiscutiblemente relacionados con el surgimiento de las rondas campesinas. La historia de las primeras rondas de Cajamarca es suficientemente conocida para detenernos en ella.1 Lo que comenzó, a fines de diciembre de 1976, en un caserío cerca de Chota se convirtió en lo que sería “quizá el dato social más significativo del panorama rural peruano en la década del 80” (Bonifaz, 1991: 165); aparte de la insania senderista, por supuesto.

3En este trabajo nos dedicaremos a analizar el proceso de formación y de extendimiento de las rondas campesinas en la sierra del departamento de Piura, una región recién descubierta por las ciencias sociales pero que tiene su propia historia. De la versión original2 — mucho más extensa— he dejado de lado el contexto histórico-social de la sociedad nacional, lo cual ha permitido el surgimiento de las rondas, como la controvertida discusión académica sobre el comportamiento sociopolítico de los campesinos en general.3

4Lo que he mantenido es principalmente el aspecto etnográfico, por lo demás pormenorizado, que trata de dar testimonio del funcionamiento de las rondas campesinas de Piura y de ubicarlas en su contexto regional e histórico; tomando en cuenta lo que Steve Stern (1987: 13) reclama para la investigación de movimientos campesinos: la consideración de la “historia cultural” específica sobre un período prolongado, de no menos de cien años.

5El trabajo de campo fue realizado entre los años 1988 y 1990; la tesis fue escrita en 1991. De cierta manera, entonces, esta publicación es un anacronismo. Por un lado, porque, como dijo aquel europeo citado por la Revista (N° 393, 19.9.94, p. 12), se puede acusar de cualquier cosa al Perú menos el de ser un país aburrido: las cosas cambian tan rápidamente que conclusiones y sugerencias hechas alguna vez con mucha reflexión y buena voluntad, de pronto resultan precipitadas y anticuadas, impidiendo las limitaciones del tiempo una revisión adecuada. No puedo descartar que también éste sea el caso de mi estudio, en tanto se basa en el “presente etnográfico”, es decir toma como referencia la situación en los tiempos del trabajo de campo. Por otro lado, los movimientos populares, hasta hace pocos años ilusión política y tema predilecto para los trabajos científicos de muchos autores, aparecen ahora algo fuera de moda. Es notorio el descenso en la producción intelectual sobre el tema en los últimos tres o cuatro años, coincidente con la virtual desaparición de la izquierda de la escena pública.

6Y no faltan quienes ponen el dedo en la llaga. En un polémico libro, el cual curiosamente no ha provocado reacciones en los agredidos, Luis Pasara y sus colaboradores se quejan del “simulacro metodológico” (Pasara, 1991: 23) de la mayoría de los investigadores y de la “incapacidad ... para separar la tarea de analizar e interpretar hechos sociales, de la voluntad para proponerles determinadas soluciones” (ibíd.: 28); fruto de una “vinculación estrecha entre las ciencias sociales nuestras y el pensamiento y la práctica de izquierdas” (ibíd.: 25).

7Es innegable el exagerado optimismo y romanticismo presentes en muchos trabajos sobre el “sector popular”. En cuanto a rondas campesinas, Sinesio López sin duda fue el más entusiasta:

“La experiencia de las rondas demuestra que la cuestión del orden interno no se reduce sólo a la corrupción policial y judicial, sino que ella es en lo fundamental un problema político.... El gobierno ha limitado su acción a reorganizar y moralizar las fuerzas policiales. Las rondas norteñas van mucho más allá y han invertido la lógica oficial, encargándose ellas mismas de organizarlo y defenderlo. Se trata, por cierto, de un orden nuevo, embrión de un nuevo Estado. Las rondas son una brillante lección práctica sobre el proceso simultáneo de destrucción de un viejo Estado antidemocrático, corrupto e ineficaz y la construcción de uno nuevo, democrático, ético y eficaz.” (López, 1986: 21).

8¿Será éste uno de los casos de “premeditación perversa en el intento de un buen número de científicos sociales peruanos que, en un contexto social y político preciso, creyeron advertir en los sectores populares del país rasgos que resultaban propicios al proyecto político por el cual ellos mismos se inclinaban”, reprochados por Pásara (1991: 26)? En todo caso está impregnado de un optimismo no basado precisamente en hechos empíricos.

9Sin embargo, una cosa es “despojar a nuestros [sic] actores sociales del ropaje ideológicamente utópico que algunos científicos sociales quisieron asignarles” (Pasara y Zarzar, 1991: 202-203), y otra cosa es asumir una aséptica “neutralidad científica” que, tomando la realidad social “retratado(a) como fotográficamente” (ibíd.: 188), omita los contextos histórico-sociales y, por lo tanto, carezca también de la Wertfreiheit (independencia frente a los valores) reclamada por Max Weber; porque, como bien dice Poggi, “la segunda condición de la objetividad de las ciencias sociales reside en la explicación causal: también estas disciplinas deben establecer de manera empírica las relaciones existentes entre los hechos y determinar las condiciones en las que se desarrollan los procesos” (1971: 63; las bastardillas son mías).

10Es obvio que a organizaciones como las rondas campesinas aún les falta mucho para justificar el entusiasmo observado en algunos trabajos sobre el movimiento popular. Sin embargo, tengo mis dudas si un enfoque basado más en el rencor contra otros autores4, antes que en la situación vivida por los campesinos5, sea el punto de partida adecuado para hablar de sus imperfecciones. Aquí se manifiesta también “la otra cara de la luna”: la incomprensión y soberbia académicas, presentes en la relación entre científicos sociales y campesinos.

11Que los campesinos sean un rompecabezas interminable para espíritus ilustrados no es nada nuevo. Recuérdese nomás las desesperaciones del mismo Marx sobre el “jeroglífico indescifrable para el entendimiento del civilizado”6. “Día por día — dice otro distinguido estudioso de la ‘clase desmañada’7 — los campesinos hacen suspirar a los economistas, imprecar a los políticos y sudar a los estrategas, derrotando sus planes y profecías en todo el mundo“. Bueno, y a los antropólogos añorar los tiempos dorados del relativismo cultural, sobre todo cuando uno no quiere aceptar que “en la mentalidad popular se encuentra una resistencia espontánea al racionalismo nihilista [sic]... de [la] civilización burguesa” (Portocarrero, 1993b: 17). Un poco más de racionalismo “burgués” no haría necesariamente mal a las rondas y otros movimientos populares; pero al fin y al cabo ellos se han organizado para enfrentar sus problemas y no los nuestros; y lo han hecho a pesar de que “tanto líderes políticos como científicos sociales ven a los campesinos como políticamente apáticos más que participativos; socialmente atomizados más que colaboradores; escépticos al valor del trabajo arduo; y en el mejor de los casos miedosos, en el peor desinteresados frente al mundo más grande alrededor de ellos” (McClintock, 1981: 5). Y si fuera solamente por eso, merecen reconocimiento.

12No tengo, entonces, por qué ocultar mi simpatía y solidaridad con el “objeto” de mis estudios, a pesar de sus defectos y el paulatino desvanecimiento del entusiasmo inicial entre políticos e investigadores sobre el tema. Entiendo, equivocadamente quizás, la observación de Bruno Revesz de que “la periferia no está vacía” (1993: 283), no solamente como detalle analítico sino también como evocación a los que estamos (o estábamos) trabajando esta periferia. Y no parece pedir demasiado ahora que, en vez de promover la reconstrucción de la sociedad civil destrozada por la crisis económica y social, el Estado apuesta nuevamente al centralismo autoritario.

13Aprovecho la oportunidad para agradecer a los campesinos-ronderos de Frías, Huancabamba y Aya-baca. Recuerdo el orgullo sentido cuando por primera vez me trataron de “compañero” y espero que tomen este libro como recompensa (insuficiente) por la hospitalidad y la paciencia que tuvieron conmigo.

14Quiero expresar además mis agradecimientos a la Universidad Libre de Berlín por la beca que hizo posible el estudio; al Programa Internacional de Cooperación Científica (PICS 125) del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de París, en el marco del cual se desarrolló el trabajo, y a su responsable Anne Marie Hocquenghem; al Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) en Piura por su apoyo logístico; al Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) y al Instituto de Estudios Peruanos (IEP) por el apoyo a la publicación; y a Karin, por todo.

Notas

1 Véase Gitlitz y Rojas (1985) y Starn (1989: 1991).

2 Me refiero a mi tesis doctoral, publicada en alemán (Huber. 1992).

3 Para un resumen de esta discusión, véase Starn (1991).

4 “... nos planteamos una hipótesis básica y general: que el cambio que estas nuevas organizaciones representan, tan entusiastamente afirmado por nuestros científicos sociales, aparece en los hechos examinados en esa literatura con un perfil confuso y ambivalente” (Zarzar, 1991: 106).

5 Recién en la última frase de su artículo, Zarzar anota que “dado el secular abandono económico, social y legal del campesinado en el Perú, cabe preguntarse después de todo, qué otra alternativa tenían los campesinos que se hicieron ronderos” (1991: 153).

6 En su “Guerra Civil en Francia”.

7 Teodor Shanin. The Awkward Class. Political Sociology of Peasantry in a Developing Country, Russia 1910-1935. Oxford University Press. Londres. 1972. La cita es de un artículo del mismo autor: “Peasantry as a Political Factor”, en Shanin (ed.). Peasantsand Peasant Societies, Penguin. Harmondsworth. 1971.

La sierra de piura1

1Quienes conocen la sierra central o sur y por primera vez viajan a Ayabaca o Huancabamba, se sorprenderán seguramente de la densa vegetación que viste en un tono verde intenso a las montañas, sobre todo durante la temporada de lluvias. En el norte la cordillera de los Andes alcanza alturas relativamente escasas; la cima, el Cerro Negro, llega apenas a 3,960 m.s.n.m, bastante poco en comparación con los casi 7,000 del Huascarán unos quinientos kilómetros más al sur. Por eso, las nubes húmedas de la cuenca del río Amazonas pueden fácilmente pasar los cerros, de modo que las precipitaciones son iguales en las vertientes occidental y oriental. Desde el lado del Pacífico se hace sentir la influencia del “Niño”, una contracorriente cálida a la fría de Humboldt. Ambos fenómenos — la cordillera relativamente baja y la corriente cálida — promueven una temporada lluviosa de por lo menos seis meses; el 80% de las precipitaciones anuales acontecen entre diciembre y abril.

2Las diferentes regiones ecológicas en la sierra de Piura no corresponden a las conocidas indicaciones de Pulgar Vidal para el eje Lima-Huánuco. Según la geógrafa Nicole Bernex de Falen (1987: 17), en Piura la yunga abarcaría la región entre los 200 y los 1,200 metros de altura; de aquí seguiría la quechua que se extiende hasta los 2,500 metros, es decir hasta la zona alta llamada jalca o jalquilla por los pobladores. Sin embargo, es dudoso si tal clasificación tiene sentido. Brack (1986), basándose en Pulgar Vidal y Tosi, ha desarrollado su propio esquema, distinguiendo en la sierra piurana tres regiones naturales: páramo, selvaalta y bosque seco ecuatorial.

3El páramo es la región de altura y se encuentra sobre los 3,000 metros; su escasa vegetación con el característico ichu recuerda a los paisajes de puna de los Andes sureños. La selva alta se extiende entre los 1,000 y los 3,000 metros, dividida en tres subregiones: el monte, una zona forestal semiárida entre los 1,000 y los 2,000 metros de altitud; el monte grande, con una frondosidad casi impenetrable de diferentes matices verdes, entre los 2,000 y los 2,500 metros; y, finalmente, la zona denominada por los pobladores matorral entre los 2,500 y los 3,000 metros, en la cual la vegetación se refugia en las quebradas. La ecorregión más baja, el bosque seco ecuatorial, se caracteriza por su clima cálido y seco, extendiéndose desde los 500 a los 1,000 metros en el valle del río Piura y hasta los 1,500 metros en el valle interandino del río Quiróz.

4En general, la sierra de Piura cuenta con condiciones naturales relativamente favorables para la producción agropecuaria. Cada una de las diferentes ecorregiones tiene, grosso modo, su típico sistema de usufructo. En la zona más alta predominan las actividades ganaderas y la agricultura de secano. En la zona intermedia los campesinos mantienen su ganado en invernas, es decir en pastos irrigados, y en el monte se cultivan tierras irrigadas y de secano. En la parte baja, por último, el ganado se alimenta en los rastrojos y en meñor cantidad en invernas, y la agricultura de riego se realiza solamente en pequeñas extensiones en los fondos de valle, predominando el maíz como cultivo de secano.

5Sin embargo, sería una falacia derivar del usufructo de diferentes zonas naturales un modelo socioeconómico basado en el paradigma clásico de la agricultura andina, la “verticalidad” de Murra (1975), con sus correspondientes formas de organización social. Predomina, en cambio, la pequeña propiedad parcelaria, tanto en las comunidades de origen reciente como en las pocas comunidades antiguas. Las condiciones climáticas, la calidad de los suelos y las precipitaciones anuales permiten la reproducción de una familia campesina sin la necesidad de controlar varios pisos ecológicos. La relativa cercanía de las diferentes ecorregiones implica además que puedan ser fácilmente aprovechadas por los miembros de un solo grupo doméstico, de modo que la naturaleza no impone formas de cooperación más allá de la unidad familiar. El sistema de riego es simple y agrupa generalmente a un reducido número de regantes, de tal manera que en torno a la irrigación tampoco se genera una organización particularmente estructurada dentro de los pueblos. Es, sin lugar a dudas, una región de campesinos parcelarios.

LA HISTORIA: GUAYACUNDOS, GUANCABAMBAS E INCAS

6Recién en los últimos años, con los trabajos etnohistóricos de Anne Marie Hocquenghem, se ha podido disipar en algo las tinieblas de la historia prehispánica del extremo norte serrano. Si bien quedan muchas interrogantes, contamos ya con algunos conocimientos e hipótesis persuasivos sobre la procedencia étnica de los primeros pobladores de la región, los cuales — sin caer en un determinismo histórico — nos ayudarían también a entender mejor el comportamiento de los actuales.

7Una de las particularidades notorias de la zona es que nadie, ni los más ancianos, habla o entiende una sola palabra en quechua, si bien algunos topónimos y apellidos — como Culquicondor, Llacsahuache o Cho-quehuanca — confirman la presencia de este idioma en tiempos pasados. Además, casi no hay evidencias arqueológicas o etnohistóricas de la cultura inca; solamente a lo largo del antiguo Camino Real o en las ruinas de Aypate y Cajas se encuentran vestigios de la arquitectura incaica. Aparte de eso, casi nada indica la presencia de una cultura propia de las etnías quechuahablantes, ni en la cultura material, ni en la estructura social y tampoco en las concepciones ideológicas: no existen ni las mínimas huellas de una jerarquía tipo varayoc en las comunidades o de una cosmovisión basada en la bi-, tri- o cuatripartición; menos aún, indicios del calendario ceremonial andino (con muy escasas excepciones en la región de Huancabamba). En fin: no estamos frente a un “orden andino” (Hocquenghem, 1984).

8¿De dónde, entonces, vinieron los pobladores de la sierra de Piura, quienes tan poco tienen en común con los pueblos de la serranía central y sureña? Después de un minucioso análisis de cronistas tempranos y de fuentes etnohistóricas y etnolingüísticas, Hocquenghem llega a la conclusión de que el extremo norte de la sierra peruana y el sur del Ecuador fueron poblados por los grupos étnicos de los caxas, ayabacas y calvas, los cuales en conjunto formaron la etnía de los guayacundos. Ahora bien, en diferentes cronistas se encuentran evidencias de cómo el idioma de los guayacundos estaba estrechamente emparentado con el lenguaje de sus vecinos al norte y noreste: los paltas y malacatos, quienes a su vez pertenecían a la gran familia lingüística de los jívaro. De ello, la autora deduce que “los malacatos, paltas y guayacundos, entre éstos los calvas, ayabacas y caxas, eran etnías afiliadas al gran grupo jívaro” (Hocquenghem, 1989: 48).

9Sin embargo, parece que fueron lazos más bien débiles los que aglomeraban a los subgrupos de los guayacundos. La vida cotidiana en el espacio de la actual provincia de Ayabaca estaba, según Hocquenghem, determinada más por querellas internas antes que por prácticas colectivas. Aunque sí unía a los guayacundos su vehemente afán por la independencia, lo cual hizo sufrir mucho a los incas en sus operaciones expansivas. Garcilaso menciona que “pelearon varonilmente, mataron mucha gente de los Incas, que pasaron de ocho mil hombres” (1983, tomo III: 84), antes de rendirse. Después fueron repartidos como mitimaes a diferentes regiones del Tahuantinsuyo.

10Mucho más pacífica fue aparentemente la conquista de la actual provincia de Huancabamba, en la cual también se habían asentado migrantes de la región selvática. A lo largo del río Huancabamba encontramos los indios de los caciques de Guancabamba, Penachí y Guambos; más al este, los tabaconas. Desunidos, con rivalidades mutuas, sin liderazgo e identidad étnica común no pudieron enfrentarse al ejército de los incas, que según Garcilaso (ibíd.: 83) contaba con 40,000 hombres. Muchos huyeron hacia la selva, los demás se sometieron sin resistencia a los invasores y perdieron rápidamente sus costumbres y ritos.

11La facilidad con que los incas lograron instalar su centro administrativo y realizar la aculturación de la población en Huancabamba dejó algunas huellas hasta el presente; esta es la región donde se encuentran — aunque muy aislados — rasgos de la cultura andina, como por ejemplo algunas fiestas relacionadas con el calendario ceremonial andino o la segmentación de la población en parcialidades y la dualidad de éstas en “cabeza” y “segunda”.2

12Aparte de la naturaleza, la cual no impone sofisticadas organizaciones socioeconómicas, existirían entonces también razones históricas para que la sierra de Piura se presente como una isla entre los mundos quechuas del Ecuador y del sur peruano: la afiliación jívara de los pueblos autóctonos y la corta duración del dominio incaico, que no llegó a los cien años.3

LA CONQUISTA

13La sierra de Piura entró muy temprano en contacto con los conquistadores españoles. En su camino hacia Cajamarca, Pizarro escuchó de la provincia de Caxas y sus presuntas riquezas. Mandó a Hernando de Soto con unos cincuenta o sesenta hombres para averiguar; sus informes son los primeros, aunque muy limitados, testimonios escritos sobre la región. Así, el cacique de Caxas revela ante el conquistador que su pueblo, el cual durante la guerra fratricida entre Atawallpa y Huascar había estado al lado del cusqueño, fue reducido de 10,000 a 3,000 almas por el ejército vencedor.

14En 1575, época de las reestructuraciones toledanas, Piura contaba con 29 encomiendas, la mayor parte en la costa. En la sierra, la integridad étnica y territorial preexistente quedó en buena medida respetada: los indios de Huancabamba fueron encomendados a don Diego Palomino y los de Ayabaca a don Bartolomé de Aguilar. Solamente los guayacundos de Caxas se repartieron en tres encomiendas. Además se establecieron tres Comunes de Indios: el de San Andrés de Frías, el de San Pedro de Guancabamba y el de Nuestra Señora del Pilar de Ayabaca.

15Sobre Frías nos vamos a extender más en la parte etnográfica de nuestro trabajo, porque allí se encuentra el centro de las rondas campesinas que hemos estudiado más detalladamente. De los otros dos Comunes de Indios han surgido...

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