Las reivindicaciones de la cultura

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¿Cuál es la mejor manera de realizar la democracia liberal en un mundo en el que las políticas de la identidad sufren crecientes tensiones, y en el que se intensifican los conflictos en torno de la cultura? Este libro introduce claridad en el actual debate sobre esa cuestión. "No creo -dice Seyla Benhabib- en la pureza de las culturas, como tampoco creo en la posibilidad de individualizarlas como totalidades significativamente discretas." Antes bien, sostiene, las culturas son complejas prácticas humanas de significación y representación, organización y atribución, fraccionadas en el interior mismo de narraciones en conflicto, que se constituyen a través de complejos diálogos con otras culturas. Y en la mayor parte de aquellas que han llegado a un cierto grado de diferenciación interna, ese diálogo con el otro es antes intrínseco que exterior a la cultura misma. En esta inteligente obra, Seyla Benhabib propone concebir la identidad cultural como un proceso de negociación dinámica, en la esfera no sólo pública sino también privada. Y en el concepto de "ciudadanía flexible" encuentra una vía para salvaguardar el universalismo político, haciendo coexistir la reciprocidad igualitaria y la libertad de autodefinirse por parte de los individuos tanto como de los grupos. Porque, en definitiva, en la era global la igualdad está dada sobre todo por la riqueza de los componentes socioculturales en juego.
Publicado el : viernes, 01 de enero de 2010
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Licencia: Todos los derechos reservados
EAN13 : 9788492946686
Número de páginas: 337
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Prefacio
En junio de, Václav Havel, presidente de la República Checa, habló a los alumnos que se graduaban en Harvard sobre la nueva civilización global que se difundía por el mundo. “Esta civilización –afirmó Havel– es inmensamente fresca, joven, nueva y frágil […]. En esencia, esta nueva y única epi-dermis de la civilización mundial apenas alcanza a cubrir u ocultar la inmensa variedad de culturas, pueblos, mundos reli-giosos, tradiciones históricas y actitudes formadas a lo largo de la historia, que en cierto sentido yacen ‘por debajo’ de ella.” Recalcó la ironía de que la difusión de la globalización viniese acompañada de nuevas formas de resistencia y de lucha, así como de demandas por “el derecho a adorar […] dioses anti-guos y obedecer antiguos mandamientos divinos”. Una civili-zación mundial no merecería ese nombre, declaró, si no le hiciera justicia a la “individualidad de las diferentes esferas de la cultura y la civilización”. La nueva civilización global debía comprenderse a sí misma “como multicultural y multipolar” (Havel,). De hecho, tal como lo recalcara Havel, nuestra condición actual está marcada por el surgimiento de nuevas formas de política identitaria en todo el mundo. Estas nuevas formas complican y aumentan las tensiones centenarias entre los prin-cipios universalistas introducidos por la Revolución Francesa
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y la Americana y las particularidades de la nacionalidad, la etnia, la religión, el género, la “raza” y el lenguaje. Las luchas por la identidad no sólo están teniendo lugar en los umbrales y fronteras de los nuevos estados-nación que surgen de la de-sintegración de regímenes regionales, como el comunismo de estilo soviético en Europa Central y del Este y en Asia Central, o en continentes como África, donde el Estado-nación –una institución frágil con raíces que apenas cumplen medio siglo– se derrumba en Ruanda, Uganda y el Congo, entre otros. De hecho, también ocurren luchas similares dentro de las fronte-ras de las viejas democracias liberales. Desde fines de la década de, las reivindicaciones por el reconocimiento de identi-dades basadas en el género, la raza, el lenguaje, la etnia y la orientación sexual han desafiado la legitimidad de democra-cias constitucionales establecidas. Como reflejo de una dinámica social que apenas si hemos comenzado a comprender, la integración global avanza al mismo paso que la desintegración sociocultural, el resurgi-miento de diversos separatismos y el terrorismo internacional. Por cierto, no es la primera vez en la historia humana que la homogeneización social, cultural y económica se ha topado con la resistencia y la subversión, la protesta y la resignificación por parte de aquellos interesados en proteger la autonomía de sus modos de vida y sistema de valores. Basta sólo recordar la resistencia de la clase obrera y campesina al advenimiento del capitalismo industrial temprano en Europa Occidental. Sin embargo, ya sea que llamemos a los movimientos actuales “luchas por el reconocimiento” (Charles Taylor, Nancy Fraser y Axel Honneth), “movimientos por la identidad/diferencia” (Iris Young, William Connolly) o “movimientos por los dere-chos culturales y la ciudadanía multicultural” (Will Kymlicka), éstos señalan un nuevo imaginario político que catapultan al
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primer plano del discurso político el tema de la identidad cul-tural, en el sentido más amplio del término. En este libro examino los desafíos que se les plantean a la teoría y la práctica de las democracias liberales debido a la co-existencia de estos diversos movimientos en el mismo espacio político-temporal, esa “extraña multiplicidad” de nuestro tiempo, al decir de James Tully (). Al afirmar que las cultu-ras se constituyen a través de prácticas controvertidas, sostengo que la respuesta a esta “extraña multiplicidad” ha sido un nor-mativismo prematuro en gran parte de la teoría política actual, es decir, la reificación demasiado expeditiva de identidades grupales dadas, el fracaso para cuestionar el significado de la identidad cultural y el abandono de estas temáticas por parte de la literatura sociológica e histórica, dominadas por el “cons-tructivismo” metodológico. El resultado de este normativismo prematuro es la implementación de políticas improvisadas que corren el riesgo de solidificar las diferencias ya existentes entre los grupos. Por el contrario, propongo un modelo democrático delibe-rativo que permita la máxima controversia cultural dentro de la esfera pública, en las instituciones y asociaciones de la socie-dad civil y a través de ellas. Aunque soy partidaria del univer-salismo constitucional y jurídico en el sistema de gobierno, también sostengo que ciertos tipos de pluralismo legal y de participación en el poder a nivel institucional a través de par-lamentos regionales y locales son perfectamente compatibles con los enfoques democráticos deliberativos. Distingo entre la vocación delteórico democráticoy la del teórico multiculturalista, y no cuestiono que la mayoría de los multiculturalistas apoyan totalmente las prácticas e institu-ciones democráticas. Sí difiero en el énfasis, así como en el ordenamiento de nuestros principios. La mayoría de los teóri-
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cos democráticos celebran y apoyan las luchas de los movi-mientos por el reconocimiento y por la identidad/diferencia, en la medida en que también propugnen la inclusión demo-crática, mayor justicia social y política y la fluidez cultural. Sin embargo, los movimientos para mantener la pureza o particu-laridad de las culturas me resultan irreconciliables con ciertas cuestiones de tipo democrático o epistemológico más básicas. Desde un punto de vista filosófico, no creo en la pureza de las culturas, o incluso en la posibilidad de identificarlas como totalidades significativas diferenciadas. Creo que las culturas son prácticas humanas complejas de significación y represen-tación, de organización y atribución, divididas internamente por relatos en conflicto. Las culturas se crean a partir de diálo-gos complejos con otras culturas. En la mayoría de las cultu-ras que han adquirido cierto grado de diferenciación interna, el diálogo con el (los) otro(s) es intrínseco antes que extrínseco a la cultura en sí. Si aceptamos la complejidad interna y el carácter contro-vertido inherente a toda cultura, entonces las luchas por el reconocimiento que buscan ampliar el diálogo democrático denunciando la exclusividad y la jerarquía de los arreglos cul-turales existentes merecen nuestro apoyo. Los movimientos culturalistas pueden ser críticos y subversivos en la medida en que sus motivaciones no sean conservacionistas. Importa mucho si defendemos las exigencias culturalistas porque que-remospreservarlas culturas minoritarias dentro del Estado democrático liberal, o porque deseamosampliarel círculo de la inclusión democrática. A diferencia del multiculturalista, el teórico democrático acepta que la incorporación política de nuevos grupos en sociedades ya establecidas resultará proba-blemente en la hibridación de los legados culturales de ambas partes. En la actualidad, las personas pueden elegir continuar
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con sus tradiciones culturales, o subvertirlas. De la misma manera, los inmigrantes pueden ser incorporados en la cultura mayoritaria a través de procesos decruce de fronteras, borra-miento de fronterasomodificación de fronterasentre culturas dominantes y minoritarias (véase Zolberg y Long,). En suma, la inclusión democrática y la continuidad y conserva-ción de las culturas no tienen por qué ser mutuamente exclu-yentes. En tren de escoger, valoro más el aumento de la inclu-sión democrática y la igualdad que la preservación de la particularidad cultural, aunque con frecuencia es factible lograr ambas en cierta medida. La igualdad democrática y las prácticas deliberativas son bastante compatibles con la experi-mentación cultural y con los nuevos diseños jurídicos e insti-tucionales que dan cabida al pluralismo cultural. Propongo una perspectiva cultural, lingüística y política en este debate, sobre la base de los ejemplos de la política cultural tanto en España y los Países Bajos, como en Canadá y Turquía. Una perspectiva comparada nos obliga a tomar conciencia en términos de cómo los movimientos y demandas del mismo tipo en un país pueden comportar significados muy diferen-tes y dar distintos resultados en otro. La justicia multicultural surge en los intersticios de dichos conflictos y paradojas; no existen maneras fáciles de reconciliar, ya sea en la teoría o en la práctica, los derechos de la libertad individual con los derechos de la autoexpresión cultural colectiva. Partiendo de los conflic-tos culturales actuales relativos a los derechos de las mujeres y de los niños y niñas, propongo que una sociedad democrática deliberativa pujante puede lograr hacer realidad las oportuni-dades para la máxima autoadscripción cultural y la justicia intergrupal colectiva. En esta discusión se entretejen consideraciones de tipo empí-rico y normativo para demostrar que, dentro del modelo demo-
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crático deliberativo, la sensibilidad hacia la política de la cul-tura y una férrea postura universalista no son incompatibles. Al contrario de los intentos de otros teóricos de sacrificar ya sea la política cultural o el universalismo normativo, sostengo que un enfoque modernista de las culturas como creaciones de sentido controvertidas y un enfoque universalista de democra-cia deliberativa se complementan entre sí. En lo que hace a una perspectiva más personal, desde que escribíSituating the self: gender, community, and postmoder-nism in contemporary ethics(), he sostenido que, bien in-terpretado, el universalismo moral y político no es irreconcilia-ble con el reconocimiento y el respeto de ciertas formas de diferencia y su negociación democrática. He tratado de pro-barlo demostrando cómo el universalismo podía tornarse sensible y receptivo a las diferencias de género. En este libro, examino formas de diferencia originadas principalmente en modos de vida y prácticas culturales compartidos. Aquí no es elgénerosino laculturalo que se pone en primer plano, aun-que, desde mi punto de vista, existe una conexión profunda e inevitable entre la diversidad cultural y las diferencias relativas al género (véase el capítulo).
Este libro se inicia con una vena filosófica. La introducción y el capítulodesarrollan los aspectos filosóficos de mi idea de la cultura, el relato de las identidades humanas, y esbozan el en -foque de diálogos culturales complejos. Pretendo demostrar que mi interpretación de las culturas como relatos en esencia controvertidos y escindidos internamente es compatible con un compromiso con la ética del discurso. Dado que existe un alto grado de escepticismo sobre la posibilidad de reconciliar el universalismo normativo y una visión pluralista y controver-tida de las culturas, el capítulopropone el siguiente interro-
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gante: ¿es etnocéntrico el universalismo? Luego de explicar que no lo es, cuestiono las filosofías de la inconmensurabilidad fuerte por su incoherencia –en el mejor de los casos– y sus contradicciones intrínsecas, en el peor. Después de esclarecer algunas cuestiones metafísicas que han plagado los debates sobre el relativismo cultural, en los capítulosyme concen-tro en la política de la identidad y la política de la diferencia en un contexto global. El capítulose centra en el notorio cam-bio de paradigma de la redistribución al reconocimiento en la política actual y examina tres teorías de reconocimiento cultu-ral: las de Charles Taylor, Will Kymlicka y Nancy Fraser. Aun-que considero inaceptables las premisas culturales preserva-cionistas que guían algunas de las posturas de Taylor y Kymlicka sobre estas cuestiones, coincido con Fraser en que el reconocimiento de las identidades culturales puede ser consi-derado como una cuestión de justicia universal. Sin embargo, los conflictos en torno a los derechos de las mujeres y de los niños y niñas que pertenecen a naciones culturales o grupos inmigrantes minoritarios dentro de las democracias liberales nos permiten ver, con suma claridad, las elecciones morales y políticas implicadas en la defensa de la preservación de las identidades culturales tradicionales por encima de los dere-chos individuales. El capítulo, “El multiculturalismo y la ciu-dadanía de género”, discute estos dilemas en el contexto de tres estudios de caso: la defensa basada en criterios culturales en la jurisprudencia criminal en los Estados Unidos, el impacto del código familiar privado en las vidas de las mujeres musulma-nas en la India y el “affaire del pañuelo islámico” en la Francia actual. El capítuloamplía el modelo del enfoque de doble vía de la democracia deliberativa, que hace hincapié en la tarea de las instituciones legislativas, políticas y judiciales oficiales de las so -
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ciedades civiles, así como el papel de las asociaciones ciudada-nas, los grupos de interés y los movimientos sociales no oficia-les en la esfera pública. Defiendo este modelo en contraposi-ción a otras propuestas del pensamiento actual, como la del “consenso superpuesto” de John Rawls, el “igualitarismo libe-ral” de Brian Barry y las “jurisdicciones multiculturales” defen-dida por Ayelet Shachar. Creo que un enfoque de doble vía sobre las cuestiones y los conflictos multiculturales es una ruta más viable que la que proponen estas teorías alternativas, que tienden a concentrarse en la esfera pública oficial, excluyendo un modelo de aprendizaje cultural a través del conflicto cultu-ral más basado en la sociedad civil. También sostengo que las instituciones federativas y ciertas formas de jurisdicción mul-ticultural que no socaven los principios de la autonomía indi-vidual y pública son perfectamente compatibles con la demo-cracia deliberativa. El capítulose centra en las transformaciones de la institu-ción de la ciudadanía en Europa. En la actualidad, Europa está atrapada entre las fuerzas unificadoras y centralizadoras de la Unión Europea, por un lado, y las fuerzas del multicultura-lismo, la inmigración y los separatismos culturales, por el otro. Concentrándome en la situación de los nacionales de terceros países en Europa, que son residentes aunque no ciudadanos en países de la Unión Europea, analizo la problemática interde-pendencia entre nacionalidad y ciudadanía en el desarrollo del Estado-nación moderno. Creo que lo que estamos viendo en las instituciones europeas es un “efecto de desagregación” a través del cual se desarticulan los diversos componentes de la ciudadanía, como la identidad colectiva, los derechos políticos y el derecho a beneficios sociales. Los movimientos multicul-turalistas actuales desempeñan un papel en esta gran transfor-mación que se aleja, cada vez más, de las instituciones de ciu-
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dadanía y soberanía unitarias y se encamina a la “ciudadanía flexible” y la “soberanía dispersa”. Finalizo con algunas obser-vaciones sobre las consecuencias de estas transformaciones para la factibilidad de la ciudadanía democrática en una civili-zación global.
Aunque este libro se terminó de escribir en el verano de, antes de los acontecimientos delde septiembre, muchas de las cuestiones discutidas aquí han cobrado mayor relevancia desde los ataques alWorld Trade Centery al Pentágono. La situación de hombres, mujeres, niños y niñas musulmanes en las actuales democracias liberales europeas, así como la situa-ción de las mujeres musulmanas en la India e Israel, que culti-van modelos jurisdiccionales multiculturales, ocupan un lugar central en mis hipótesis. Si nos detenemos en los dilemas y perplejidades creados por los intentos de estos grupos de rete-ner su integridad cultural dentro de los límites institucionales de estados democráticos liberales seculares, podemos com-prender las raíces del descontento que las redes de terrorismo internacional han sabido cosechar para sus propios fines. No son fáciles ni las respuestas normativas, ni las institucionales sobre cómo reconciliar los deseos de las comunidades religio-sas y étnicas musulmanas para continuar sus formas tradicio-nales de vida mientras viven en una cultura que propugna el universalismo democrático liberal. Algunos han llegado a la conclusión de que la coexistencia no es ni posible ni deseable; sin embargo, la gran mayoría de las personas musulmanas en todo el mundo, y también otras en cuyo seno habitan, están atrapadas en un experimento de aprendizaje democrático. En este experimento, las reivindicaciones de las culturas para mantener su variedad y para “adorar […] dioses antiguos y obedecer antiguos mandamientos divinos”, al decir de Václav
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Havel, se encuentran y se mezclan en el contexto de una nueva civilización global. Estamos atrapados en redes de interdepen-dencias desconcertantes e increíblemente complejas. Las rei-vindicaciones de las culturas para mantener su individualidad frente a estas interdependencias pueden hacerse realidad sólo a través de diálogos riesgosos con otras culturas, que pueden lle-var a la separación y la controversia, así como a la comprensión y el aprendizaje mutuo.
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