La frontera occidental de la Audiencia de Quito

De

Durante los siglos XVI y XVII, gran parte de la Real Audiencia de Quito es un territorio de frontera. En la mitad septentrional, la autoridad de los funcionarios coloniales se limita a los valles se­rranos y solo en algunas ocasiones se extiende hacia el territorio situado en los contrafuertes andinos. Aunque la población de Qui­to no se encuentra directamente amenazada por los indígenas hostiles, a uno y otro lado de la ciudad, tanto al este como al oeste, es posible encontrar, apenas a un par de jornadas, grupos indíge­nas hostiles, denominados "indios de guerra" en los documentos administrativos coloniales. Esta situación se debe, en buena me­dida, a la ausencia de poblaciones hispanas estables. Ni al este de los Andes, en la cuenca amazónica, ni al oeste de la cordillera, en las tierras bajas que llevan hasta el océano Pacífico, los asenta­mientos hispanos fundados durante la primera fase de la Con­quista logran consolidarse. Un creciente número de trabajos ha incidido en los últimos años en esta situación. En su mayor parte, se trata de estudios realizados desde la perspectiva indígena, esto es, centrados en las poblaciones nativas y sus transformaciones como resultado de la presión hispano-criolla sobre el territorio. Tras el agotamiento de la historia institucional, las actitudes his-pano-criollas ante esta situación fronteriza han llamado mucho menos la atención de los investigadores. El presente trabajo plantea retomar el estudio de esta cuestión.


Publicado el : martes, 02 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821844520
Número de páginas: 214
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La frontera occidental de la Audiencia de Quito

Viajeros y relatos de viaje 1595-1630

Raúl Hernández Asencio
  • Editor: Institut français d’études andines, Instituto de Estudios Peruanos
  • Año de edición: 2004
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844520

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789972511073
  • Número de páginas: 214
 
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HERNÁNDEZ ASENCIO, Raúl. La frontera occidental de la Audiencia de Quito: Viajeros y relatos de viaje 1595-1630. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2004 (generado el 16 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/4959>. ISBN: 9782821844520.

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Raúl Hernández Asencio

RAÚL HERNÁNDEZ ASENSIO es Doctor en historia por la Universidad de Cádiz (España). Se ha especializado en estudios de frontera y relaciones interétnicas durante la época colonial. Ha trabajado temas relativos a la fronteras sur de Buenos Aires (siglo XVIII) y la frontera noroccidental de la Real Audiencia de Quito (siglo XVII). Se desempeña como investigador desde el año 2001 en el Instituto de Estudios Peruanos.

Índice
  1. Introducción

  2. I. Los estudios de frontera y los discursos relativos a las fronteras tropicales a comienzos del siglo xvii

    1. Los orígenes de la frontera tropical
    2. Los indígenas de las tierras bajas como categoría de reflexión política e histórica
    3. Indios mansos e indios de guerra
  3. II. La política de pacificación de Juan del Barrio Sepúlveda y las expediciones mercedarias de evangelización (1595-1598)

    1. Las peculiaridades de la frontera y la coyuntura de comienzos del siglo xvii
    2. Los inicios de la exploración mercedaria de la frontera
    3. La política de pacificación de Juan del Barrio Sepúlveda
    4. Gaspar de Torres: la providencia y la frontera
  4. III. Las expediciones de reconocimiento promovidas por la Real Audiencia durante la época de pacificación (1600-1611)

    1. La expedición de Pedro de Arévalo en 1600: pervivencias en la mirada del conquistador
    2. La expedición de Cristóbal de Troya en 1607: una mirada criolla
    3. La revuelta malaba de 1611
  5. IV. Martín de Fuica, Antonio de Morga y las rivalidades entre las autoridades coloniales americanas (1615-1630)

    1. Martín de Fuica: la frontera domesticada
    2. Antonio de Morga: la frontera de Esmeraldas en el contexto imperial
  1. Epílogo

  2. Bibliografía

Introducción

1Durantelos siglosxvi y xvii, gran parte de la Real Audiencia de Quito es un territorio de frontera. En la mitad septentrional, la autoridad de los funcionarios coloniales se limita a los valles serranos y solo en algunas ocasiones se extiende hacia el territorio situado en los contrafuertes andinos. Aunque la población de Quito no se encuentra directamente amenazada por los indígenas hostiles, a uno y otro lado de la ciudad, tanto al este como al oeste, es posible encontrar, apenas a un par de jornadas, grupos indígenas hostiles, denominados “indios de guerra” en los documentos administrativos coloniales. Esta situación se debe, en buena medida, a la ausencia de poblaciones hispanas estables. Ni al este de los Andes, en la cuenca amazónica, ni al oeste de la cordillera, en las tierras bajas que llevan hasta el océano Pacífico, los asentamientos hispanos fundados durante la primera fase de la Conquista logran consolidarse. Un creciente número de trabajos ha incidido en los últimos años en esta situación. En su mayor parte, se trata de estudios realizados desde la perspectiva indígena, esto es, centrados en las poblaciones nativas y sus transformaciones como resultado de la presión hispano-criolla sobre el territorio. Tras el agotamiento de la historia institucional, las actitudes hispano-criollas ante esta situación fronteriza han llamado mucho menos la atención de los investigadores. El presente trabajo plantea retomar el estudio de esta cuestión.

2Por razones de homogeneidad, el marco de análisis se circunscribe a los territorios situados en el ángulo noroccidental de la Real Audiencia de Quito, región que denominaremos “la frontera esmeraldeña”.1 Se trata de una zona de bosques húmedos tropicales, caracterizada por la existencia de lluvias constantes durante la mayor parte del año. La densidad de la formación vegetal dota a los paisajes de un aspecto bastante similar al de la selva amazónica, situada al oriente de la cordillera. Esta densidad vegetal es el elemento característico de toda la frontera. Así lo van a hacer notar cuantos viajeros se adentren en la región. Sin embargo, desde el punto de vista ecológico, es posible diferenciar dos subregiones. En las laderas montañosas cercanas a los Andes, las precipitaciones de origen orogénico, constantes durante-todo el año, generan un paisaje caracterizado por la niebla y la humedad extrema que los españoles denominan “el bosque nublado”. La vegetación corresponde al grupo que se denomina bosque húmedo templado o semitropical. Se trata de un habitat peculiar, que se diferencia de la selva amazónica por el carácter perenne y no estacional de las lluvias. Las temperaturas, aunque cálidas, no son extremas e incluso, en las noches, pueden llegar a descender notablemente, hasta por debajo de los diez grados centígrados. En esta región, hay pequeñas elevaciones o colinas, denominadas localmente tolas, que dificultan el tránsito, generando una sucesión de quebradas, en ocasiones ocupadas por ríos torrenciales. Solo más allá de los contrafuertes andinos, avanzando hacia la costa del océano Pacífico, la vegetación adquiere-caracteres rotundamente tropicales. Este es el segundo paisaje característico de la frontera esmeraldeña: la selva netamente tropical. En toda la región, la humedad constante, las altas temperaturas y la frecuencia de los aguaceros, casi diarios, dificultan la práctica de la agricultura y otras actividades sedentarias. La población se concentra en torno de los ríos y las pequeñas llanuras aluviales. Los ríos son muy numerosos y destacan, por su caudal, de norte a sur, los ríos Mira, Santiago, Esmeraldas y Chone. Cada uno de ellos cuenta con un complejo sistema fluvial que conecta la región andina con el mar.

3Desde la llegada de Pizarro al Perú, la frontera esmeraldeña fue explorada por viajeros y conquistadores europeos. En sus costas, los navios que hacían la ruta desde Panamá hasta Lima se aprovisionaban de agua y alimentos. Las bahías y puertos de la región sirvieron también como recaladero para contrabandistas españoles y criollos que, de esa manera, trataban de hacer llegar hasta Quito sus mercancías, sin pasar por las aduanas reales del puerto de Guayaquil. Concluida la conquista del imperio inca, la región se convirtió en objetivo de aventureros y soldados frustrados con el reparto colonial. Federico González Suárez, uno de los primeros historiadores ecuatorianos del período posterior a la Independencia, señala que, durante el primer siglo de la Colonia, se emprendieron más de cuarenta expediciones con este fin. Pese a ello, ningún núcleo de población europea logró consolidarse más allá de los contrafuertes andinos. Durante todo el período, la región continuó fuera del control directo de las autoridades de Quito. A las dificultades propias del clima y la enrevesada geografía de la región, se unía el carácter disperso y belicoso de sus pobladores. Estos nunca habían sido sometidos por completo por las autoridades incas. Desde el punto de vista de los pobladores españoles, Esmeraldas estaba habitada por dos tipos de pueblos. Por un lado, las tribus de la floresta, pequeñas agrupaciones de unos centenares de individuos que vivían dispersas ¡unto a los ríos del interior de la selva. Los más conocidos de estos indígenas eran los malabas, a quienes los españoles de Quito consideraban caníbales y altamente hostiles. Junto con los indígenas, en la región de Esmeraldas más cercana a la costa, existían grupos de pobladores negros, descendientes de antiguos esclavos, que, desde la década de 1550, habían llegado a la región por los naufragios de los buques que hacían la ruta entre Panamá y Lima. Tras su desembarco en las costas de Esmeraldas, estos grupos negros habrían consolidado su posición, bien mediante alianzas con las poblaciones indígenas del litoral o bien a través de guerras de conquista.

4Durante el siglo xvi, como hemos señalado, se organizan hasta cuarenta expediciones en la provincia de Esmeraldas. Dos son los objetivos de estas entradas. Por un lado, la búsqueda de las riquezas, el oro y las esmeraldas que los primeros cronistas sitúan en la región; por otro, asegurar la región frente a los posibles ataques de los enemigos de España, ingleses y franceses. Se trata, casi siempre, de expediciones privadas, del estilo de las emprendidas por los descendientes de los conquistadores en otras regiones de la selva tropical: pocos hombres, mal preparados y sin apenas apoyo de las autoridades coloniales. Los testimonios dejados por estas expediciones son pocos. Casi siempre se reducen a pequeñas referencias, hechas al paso por uno u otro cronista.

5A partir de 1595, la situación cambia de manera radical. Las autoridades de Quito vuelven su mirada hacia Esmeraldas y nuevos actores se adentran en la región. Junto con los aventureros y soldados, encontramos ahora a otros viajeros, comerciantes y sacerdotes. ¿Cuál es el motivo de este cambio? Sin duda, la explicación hay que buscarla en la confluencia de varios elementos. El más importante quizás sea la consolidación, desde la década de 1590, del modelo de explotación colonial centrado en la extracción de plata en las minas de Potosí. En la Audiencia de Quito, esto supone la aparición de nuevas oportunidades económicas, basadas en el comercio de productos textiles entre las áreas productoras de la sierra centro y norte y los mercados consumidores de las ciudades mineras. Desde ese momento, y durante treinta años, la frontera esmeraldeña se convierte en punto de confluencia de intereses muy diversos. Tanto las autoridades coloniales como diversos grupos particulares tienen proyectos propios para la región y tratan de plasmarlos de diferente manera, en unas ocasiones en colaboración y, en otras, en abierta confrontación. Para el historiador actual, esta confluencia de intereses tiene un resultado afortunado: los documentos relativos a la frontera esmeraldeña son ahora más abundantes. En su mayor parte, estos documentos se encuentran conservados en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Muchos de ellos, además, han sido publicados en diversas colecciones documentales, editadas tanto en Ecuador como en España. Constituyen, en este sentido, una fuente coherente, relativamente densa y de fácil acceso.

6En cuanto a su origen, estos documentos provienen tanto de instituciones oficiales, del estilo de la Real Audiencia o el cabildo de Quito, como de individuos particulares, padres mercedarios e incluso comerciantes. Se trata de documentación oficial, instancias, probanzas, informaciones y dictámenes; pero también de diarios de viajes, proyectos elaborados por particulares y reconocimientos de primera mano del territorio. A lo largo de los distintos capítulos que componen este trabajo, iremos desgranando, más en concreto, las características de cada uno de los documentos consultados. En este sentido, los objetivos de nuestra investigación son tres:

  • Estudiar los discursos que, desde la sociedad colonial quiteña, se construyen en referencia a la frontera occidental de la Real Audiencia, los elementos comunes que contienen y sus características específicas, tanto en lo que se refiere a otras regiones del imperio español como a la propia Real Audiencia.
  • Comprobar los condicionantes que sostienen cada uno de estos discursos, así como su carácter polémico (conflictivo), en la medida en que cada uno de ellos desempeñaba una función específica en la lucha de intereses que, durante las primeras décadas del siglo xvii, tiene por escenario la región de Esmeraldas. En este sentido, se plantea el estudio sincrónico de los diferentes discursos, entendiendo cada uno de ellos en relación con problemas contemporáneos a su elaboración y con los demás discursos existentes respecto al mismo tema.
    Entender cómo estos discursos se conforman de manera compleja a partir tanto de experiencias personales como de elementos generales, compartidos por sectores más o menos amplios de la sociedad colonial. En este sentido, se plantea la necesidad de estudiar los discursos relativos a las regjones de frontera de manera diacrónica, esto es, como resultado de diversas tradiciones, cada una con diferente profundidad temporal.

7Desde el punto de vista formal, el libro se divide en cuatro capítulos. En primer lugar, se trata sobre el enfoque historiográfico del trabajo, esto es, sobre los orígenes y la evolución de los denominados “estudios de frontera”, referidos al ámbito de la América española. Más en concreto, en la segunda parte de este primer capítulo, se trata de las fronteras tropicales del imperio español y su evolución durante los siglos xvi y xvii. El interés, en este caso, consiste en los diversos discursos que se elaboran en la sociedad colonial con referencia a estos territorios de frontera tropical: cómo son percibidos y la manera como esta percepción se modifica en la medida en que el sistema colonial americano se va consolidando. Como se verá, un elemento clave en este sentido es la aparición, en la segunda mitad del siglo xvi, de la noción de ruptura radical entre las tierras latas y las tierras bajas (occidentales y orientales) del continente americano.

8Los tres capítulos restantes se concentran, de manera más específica, en la frontera esmeraldeña. En ellos, se analizan varios de los discursos emitidos respecto a la región por los diferentes grupos que componen la sociedad colonial en el período estudiado, esto es, durante las primeras décadas del siglo xvii.

9El capítulo dos, después de una introducción general, estudia los discursos elaborados por la Orden de la Merced, la de mayor incidencia en la región fronteriza. En este sentido, se relaciona la producción de documentos emanados a partir de esta orden con la política de control pacífico de la frontera desarrollada desde 1596 por Juan del Barrio Sepúlveda, oidor de la Real Audiencia.

10El capítulo tres, por su parte, se centra en los diarios de dos expediciones que, durante la primera década del siglo xvii, se adentran desde Quito hasta la costa del océano Pacífico. En ambos casos, se trata de entradas promovidas de manera directa por la Real Audiencia. El primero de estos diarios es escrito por Pedro de Arévalo, un antiguo conquistador que, desde mediados del siglo xvi, se interna de manera reiterada en la región. El escritor del segundo diario, Cristóbal de Troya, por el contrario, pertenece a una generación posterior, netamente criolla. Las diferencias entre ambos documentos marcan un momento de transición sobre el cual se insistirá de manera repetida.

11El capítulo cuarto estudia también a dos autores. Por un lado, el comerciante Martín de Fuica, que, a lo largo de casi una década, elabora hasta tres proyectos para abrir un camino que, atravesando la parte meridional de la frontera, una la capital regional, Quito, con la bahía de Caráquez, en el océano Pacífico. Se trata, en esta ocasión, de un proyecto eminentemente comercial, con una sensibilidad y un interés peculiares, muy diferentes de los estudiados hasta este momento. Por otra parte, junto con Martín de Fuica, el segundo protagonista del capítulo cuatro es Antonio de Morga, Presidente de la Real Audiencia y uno de los personajes más famosos del siglo xvii quiteño. Con relación a la frontera esmeraldeña, Morga representa la mirada imperial, la mirada del gran funcionario, que inserta la realidad regional en una dinámica más amplia, incluso mundial. Los trabajos de Fuica y Morga se han agrupado en el mismo capítulo por su carácter contemporáneo y, de alguna manera, complementario. Ambos responden a un momento en el cual las esperanzas de control pacífico de la frontera se han visto frustradas por la revuelta malaba de 1611.

12Tras este cuarto capítulo, el libro finaliza con un pequeño epílogo, en el cual se trata de avanzar algunas hipótesis respecto al oscurecimiento que, a partir de 1635, sufre nuevamente la frontera esmeraldeña. Como veremos, esta postergación es resultado del fracaso de las autoridades coloniales quiteñas por consolidar un poder autónomo frente tanto a las élites locales como a otras instancias del poder colonial. En este juego interno de conflictos entre los poderes coloniales, se encuentra, por lo tanto, buena parte de las claves del estudio que nos proponemos afrontar a partir de ahora.

***

13Mi primer acercamiento al mundo de fronteras latinoamericanas y a los problemas derivados de las relaciones interculturales se produjo en la Universidad de Cádiz, gracias a las conversaciones y sugerencias del doctor Alberto Gullón Abao, quien dirigió mi tesis doctoral en este centro. Posteriormente, este interés cristalizó durante mi estancia en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, en los años 2000y 2001. Debo agradecer, en esta casa, a Guillermo Bustos y a Rosemarie Terán, quienes me suministraron gran número de datos respecto a los documentos y la bibliografía que debía consultar. También les debo importantes sugerencias referidas al enfoque y a las líneas argumentales incluidas en los distintos capítulos de este estudio.

14El desarrollo de estas ideas y la elaboración del texto tuvieron lugar en el Instituto de Estudios Peruanos, en Lima, Perú. Gracias a la generosidad de esta institución, que me acogió y ha sido mi centro de estudio y trabajo en los últimos años, he podido encontrar el espacio, la tranquilidad y el tiempo necesarios para elaborar el texto, que ahora ve la luz. Finalmente, debo agradecer al propio Instituto de Estudios Peruanos y al Instituto Francés de Estudios

Notas

1 Durante el período colonial, toda el área fue conocida con el nombre genérico de provincia de Esmeraldas, denominación que aún hoy conserva en parte. A lo largo del siglo xvi, los límites atribuidos por las fuentes coloniales a esta provincia no siempre coincidieron. Las crónicas tempranas de la Conquista del Perú acostumbran denominar “Portoviejo” a todo el territorio correspondiente a la actual costa del Ecuador, al norte de Guayaquil. En 1569, Bartolomé Martín de Carranza, primer cronista de la región, señalaba sus límites de una manera vaga: “[...] tiene esta tierra de ancho desde la costa hasta enfrontar con Quito y con Pasto y con Chapanchica [...]” (Carranza 1995 [1569], 1: 71). Las dificultades persistían una década más tarde cuando el cabildo, en la relación elaborada para el Consejo de Indias, señalaba: “[...] por la parte de Levante Poniente están dos gobernaciones que participan de las montañas que está ciudad tiene que la una es la de los Quixos que tiene a cargo el gobernador Melchor Vásquezde Ávila y la otra la de las Esmeraldas que tiene Andrés Contero; y por no estar señalados ni definidos los términos de las dichas gobernaciones no se ponen aquí particularmente” (Cabildo de Quito 1995 (1577], I: 252). Finalmente, hacia 1582, Ruy Díaz de Fuenmayor indicaba los límites que, grosso modo, iban a seguir vigentes durante el resto del período colonial: “[...] su demarcación es desde los términos de la ciudad de Puerto Viejo por la costa del sur hasta el río de San Juan, términos de la gobernación de Popayán y por la cordillera, vertientes de la Mar del Sur, con la ciudad de Quito y de San Juan de Pasto [...]” (Díaz 1995 [1582], I: 312-313). En la actualidad, la región comprende la provincia de Esmeraldas y las regiones de Pichincha, Carchi, Imbabura y Manabí.

I. Los estudios de frontera y los discursos relativos a las fronteras tropicales a comienzos del siglo xvii

1En 1893, el historiador norteamericano Frederick J. Turner escribe su conocido ensayo “El significado de la frontera en la historia americana”.1 Se trata de un texto muy breve, escrito con un lenguaje dinámico y directo. Su nudo argumentai es muy sencillo: Turner plantea la existencia de una frontera abierta en el oeste del continente como la clave central de la historia norteamericana. Esta frontera es entendida sobre todo en su dimensión geográfica; es concebida como un inmenso territorio de tierras libres, abiertas a la colonización. Su existencia explica no solo el rápido desarrollo económico alcanzado por el país desde el momento de su independencia, sino también sus peculiaridades culturales y políticas. Según Turner, en la oferta de tierras sin ocupar, que proporcionan las planicies centrales del continente, apenas pobladas, estaría la clave de un sistema social extraordinariamente estable y fluido. Las nuevas tierras proporcionan una válvula de escape que permite desahogar las tensiones sociales de la costa este, más densamente poblada. Igualmente, explican la consolidación de un sistema democrático relativamente igualitario, en tanto las peculiares condiciones naturales de América del Norte impiden la conformación de un sistema represivo eficaz. Cuando las presiones sociales o políticas son demasiado fuertes, el poblador cuenta con nuevas tierras a las cuales desplazarse, escapando de las pretensiones de dominación.2 En su estudio, Turner mezcla geografía, política, economía y cultura. Desde su punto de vista, la vida de frontera contribuye a forjar una nueva nación, con valores y prácticas compartidos que sustituyen progresivamente a las diferentes tradiciones culturales importadas de Europa por los emigrantes que, en la primera mitad del siglo xix, afluyen en gran número a Estados Unidos. Es la frontera, concluye Turner, y no la tradición germánica, el verdadero germen de la identidad americana.

2Articuladas en un momento clave de la historia americana, cuando Estados Unidos se aprestaba a convertirse en una potencia mundial de primer orden, las teorías de Turner tienen un contenido moral muy evidente. En la línea de Alexis de Tocqueville y otros pensadores, aunque desde una perspectiva diferente, sirven para consolidar la idea de una nación diferente de las demás, llamada a convertirse en un referente imprescindible para toda la humanidad. Este supuesto “destino manifiesto”, implícito en la formulación de Turner, explica la gran acogida que sus ensayos tuvieron en los siglos xix y xx hasta llegar a convertirse, en el ámbito académico y popular, en la doctrina histórica oficial de la nueva nación. Sin embargo, más allá de estas connotaciones políticas y morales, el texto de Turner tiene tres grandes méritos. Por un lado, ayuda a definir el concepto de frontera como una categoría histórica con entidad propia, aplicable no solo al caso norteamericano, sino a otros muchos de similares características. Por otra parte, pone en primer plano de la discusión historiográfica un conjunto de realidades (sociales, económicas, etc.) consideradas hasta ese momento secundarias y tratadas de manera marginal dentro de los análisis históricos. Finalmente, las tesis de Turner suponen el primer intento de explicar la historia americana en clave americana, y no como un mero apéndice de la historia europea. Aunque el texto de Turner está indudablemente influido por el movimiento romántico, especialmente en lo que se refiere a la valoración del papel de la naturaleza como forjadora del carácter, el autor, de manera explícita, se desliga de las tradiciones intelectuales europeas, tanto historiográficas como religiosas. Inicia, con ello, una escuela y un modelo historiográfico genuinamente americanos.

3Como era de esperar, al convertirse las teorías de Turner en doctrina oficial, proliferaron las obras relativas a la frontera norteamericana.3 De hecho, su éxito superó las fronteras de los Estados Unidos. En la medida en que la influencia cultural norteamericana se extendió por el continente, también en otros ámbitos comenzaron a aparecer trabajos relativos a los territorios de frontera. En un primer momento, se trató de estudios realizados por autores norteamericanos, centrados en la frontera norte de Nueva España. Su difusión coincidió con las diferentes olas de revalorización del componente hispano del pasado norteamericano, empezando en la última década del siglo xix.4 En este sentido, se analiza la frontera norte de México y sus peculiaridades como un elemento susceptible de explicar la evolución diferente de las colonias inglesas y españolas en el momento posterior a la Independencia. Estos trabajos sirven para poner de manifiesto la existencia de una serie de constantes que caracterizan los tres siglos de presencia española en la región. Dos son los temas que llaman de manera especial la atención de los historiadores norteamericanos de la primera época. Por un lado, están las alternativas de la política fronteriza de la Corona, con períodos en los que predominan estrategias de control pacífico de la frontera y períodos caracterizados por políticas agresivas de penetración y conquista. Por lo general, unos y otros son interpretados en función de la personalidad de sus protagonistas, adelantados, virreyes o sacerdotes, de su carácter y sus capacidades. Junto con ello, un segundo tema de interés es la existencia, a lo largo de los tres siglos que abarcan los estudios, de diversas instituciones a las que cabe, de manera genuina, denominar “fronterizas”. Se trata, sobre todo, de los fortines y las misiones, a los que con frecuencia se dedican trabajos específicos, centrados tanto en sus características formales como en sus funciones.5

4Durante el siglo xx, los estudios referidos a la frontera norte de Nueva España se multiplican. De hecho, la región se convierte en el modelo clásico a partir del cual se analizan otras regiones del continente. Con el tiempo, la diversidad de casos regionales se va haciendo evidente, al tiempo que se introducen nuevas perspectivas que valoran los aspectos económicos y sociales de la vida de la frontera. En este sentido, destacan los trabajos de Philip W. Powell y David J. Weber. Los trabajos de Powell (1977 y 1980) se centran en el análisis de las relaciones entre las poblaciones sedentarias españolas del norte de México y los pueblos nómadas chichimecas. Esta era una frontera que ya había estado activa durante la época prehispánica y, en este sentido, Powell traza varias continuidades en lo que se refiere a representaciones y patrones de relación. Se trata de libros que ayudan a comprender la dinámica fronteriza, introduciendo variables como el mestizaje o el uso estratégico de los intercambios comerciales. La concentración de su estudio en un espacio y un momento histórico concretos permite a Powell una densidad descriptiva excepcional. Este es el caso de los capítulos dedicados al estudio de los “indios amigos”, aliados de los españoles en su tarea de someter a las poblaciones nómadas que contribuyen, de manera decisiva, a romper la visión maniquea de las relaciones fronterizas, muy extendida hasta ese momento. A diferencia de Powell, muchos de los trabajos de Weber tienen una perspectiva temporal y espacial más amplia. Esto permite al autor plantear la existencia de rupturas y continuidades a lo largo de las distintas fases de presencia española en el continente, desde el ciclo inicial de la Conquista hasta las reformas ilustradas del período anterior a la Independencia.6 En este sentido, aparecen delineadas las diferentes fuerzas que conforman la realidad fronteriza en sus diversos niveles, las concepciones estratégicas diseñadas en Madrid y en la capital del virreinato, y los elementos locales que condicionan su desarrollo en la práctica.

5Además de los estudios centrados en la frontera norte de Nueva España, un segundo foco de desarrollo de los estudios de frontera es Chile. Este es un caso que presenta paralelismos evidentes con el norteamericano en lo que se refiere a la importancia de la frontera dentro de los discursos forjadores de la identidad nacional. Durante todo el período colonial, las tribus indígenas situadas al sur del río Biobío, genéricamente denominados mapuches o araucanos, resisten los esfuerzos colonizadores españoles, determinando la conformación de una sociedad regional muy peculiar dentro del contexto americano. Hasta mediados del siglo xx, estas relaciones habían sido leídas desde una perspectiva tradicional que enfatizaba, de manera esencialista, las características culturales de los araucanos, contraponiéndolas a las de los demás pueblos indígenas de América. Desde 1960, el estudio de la frontera araucana sufre un vuelco, coincidiendo con la aparición a escala continental de nuevas escuelas historiográficas, que renuevan la forma de entender la disciplina en relación con el auge de la denominada teoría de la dependencia. En este sentido, se trata de una renovación general que atañe a todas las ciencias sociales. La teoría de la dependencia planteaba el estudio de las relaciones entre los diferentes espacios geográficos y culturales desde la perspectiva de los vínculos económicos que los unen entre sí. Para ello, desarrolla las categorías de “centro” y “periferia”, que pronto son adaptadas a la historia, aunque con desigual fortuna. Un referente importante lo constituyen los trabajos de Carlos Sempat Assadourian. A partir de la publicación de sus primeros estudios en las décadas de 1960 y 1970, se va abriendo dentro de la historiografía americanista una nueva forma de percibir los espacios regionales. Se produce una ruptura con la visión tradicional de áreas centrales y áreas marginales desde el punto de vista político, sustituida por la idea de espacios más o menos integrados en función de un sistema global de relaciones sociales y económicas. Más en concreto, los trabajos de Assadourian, inicialmente referidos al comercio de muías en la región de Córdoba, se centran en el espacio económico peruano, organizado a partir de los centros mineros de los Andes centrales. Assadourian sintetiza este nuevo enfoque de la siguiente manera:

La América española se fractura en grandes zonas económicas que se adelantan a la zonificación política o administrativa. Cada una de estas zonas conforma un verdadero y complejo espacio económico cuyo diseño más simple sería el siguiente: (a) la estructura se asienta sobre uno a más productos dominantes que orientan un crecimiento hacia afuera y sostienen el intercambio con la metrópoli; (b) en cada zona se genera un proceso que trae consigo una especialización regional del trabajo, lo cual estructura un sistema de intercambios que organiza o concede a cada región un nivel determinado de participación y desarrollo dentro del complejo zonal; (c) la metrópoli legisla un sistema para comunicarse directamente con cada zona, al tiempo que veda el acceso de las otras potencias; y (d) la metrópoli, igualmente, regula, interfiere o niega la relación entre grandes zonas coloniales Í...].7

6En cuanto al caso del espacio económico peruano:

Las características significativas del espacio peruano son su alto grado de autosuficiencia económica y su máximo nivel de integración regional [...] un extenso mercado interno [minado, es cierto, por contradicciones estructurales], el cual descubre [...] una división y especialización regional del trabajo [...] las diferentes redes que se van armando para la circulación y desemboque de cada sector regional dibujan tanto los circuitos comerciales como las variadas formas de engarce e interdependencia de las diferentes regiones del espacio peruano [...].8

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