El negro en la Real Audiencia de Quito (Ecuador)

De

Dado que, desde el punto de vista jurídico, se consideraba a los esclavos como bienes semovientes, resultaría imposible saber quién fue el primer negro que pisó el suelo de la Audiencia de Quito. Sin embargo lo que sí se puede afirmar es que los negros vieron con los mismos españoles las costas del Ecuador. En el territorio de la Real Audiencia de Quito, desde los primeros decenios de la Colonia hasta la época nacional, el negro no dejó de luchar por la libertad, Héroes negros surgieron de ese ideal, Francisco Carrillo en las luchas de Tumbaviro a comienzos del siglo XIX. Alonso de Illescas, quien consiguió proteger a los suyos de la dominación española en la república zamba de Esmeraldas. Este libro echa una mirada amplia al negro en el territorio de la Real Audiencia de Quito desde la Conquista hasta el siglo XVIII e incluso el XIX.


Publicado el : martes, 02 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821844599
Número de páginas: 384
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El negro en la Real Audiencia de Quito (Ecuador)

SS. XVI-XVIII

Jean-Pierre Tardieu
  • Editor: Institut français d’études andines, Abya Yala, Cooperazione Internazionale (COOPI)
  • Año de edición: 2006
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844599

OpenEdition Books

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  • ISBN: 9789978226124
  • Número de páginas: 384
 
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TARDIEU, Jean-Pierre. El negro en la Real Audiencia de Quito (Ecuador): SS. XVI-XVIII. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2006 (generado el 16 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/4616>. ISBN: 9782821844599.

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Dado que, desde el punto de vista jurídico, se consideraba a los esclavos como bienes semovientes, resultaría imposible saber quién fue el primer negro que pisó el suelo de la Audiencia de Quito. Sin embargo lo que sí se puede afirmar es que los negros vieron con los mismos españoles las costas del Ecuador.

En el territorio de la Real Audiencia de Quito, desde los primeros decenios de la Colonia hasta la época nacional, el negro no dejó de luchar por la libertad, Héroes negros surgieron de ese ideal, Francisco Carrillo en las luchas de Tumbaviro a comienzos del siglo XIX. Alonso de Illescas, quien consiguió proteger a los suyos de la dominación española en la república zamba de Esmeraldas.

Este libro echa una mirada amplia al negro en el territorio de la Real Audiencia de Quito desde la Conquista hasta el siglo XVIII e incluso el XIX.

Índice
  1. Agradecimientos

  2. Introducción

  3. Capítulo 1. Prolegómenos históricos

    1. 1. El negro en el descubrimiento y la conquista del Ecuador
    2. 2. El negro en las guerras civiles
  4. Capítulo 2. La “tiranía de los negros y mulatos” en Esmeraldas

    1. 1. La misión de Miguel Cabello Balboa
    2. 2. La intervención de fray Alonso de Espinosa
    3. 3. La actuación de la Real Audiencia de Quito
  5. Anexos

  6. Capítulo 3. Los negros y la minería

    1. 1. El Cerro de oro de Zaruma
    2. 2. De Zamora de los Alcaides a la provincia de los Quijos
  7. Capítulo 4. Los negros en Quito s. XVI-XVII

    1. 1. La compra-venta de esclavos
    2. 2. La vida del negro
    3. 3. El control de los negros
  8. Capítulo 5. Los negros en Guayaquil s. XVII

    1. 1. La compra-venta de esclavos
    2. 2. La vida del negro
  1. Anexo

  2. Capítulo 6. Los negros en Cuenca s. XVI-XVII

    1. 1. La compraventa de esclavos
    2. 2. La vida del negro en Cuenca
  3. Capítulo 7. Otros lugares

    1. 1. Callejón andino: Ambato y Riobamba
    2. 2. Litoral: Manta-Portoviejo
    3. 3. Cono Loja-Zamora-Jaen
  4. Capítulo 8. La ʺculpa de los amosʺ s. XVIII

    1. 1. Los ʺcastigos más rigurososʺ
    2. 2. Impugnación de la esclavitud
    3. 3. ʺLa libertad tan amadaʺ
    4. 4. Cimarronaje
  5. Conclusión

  6. Bibliografía

Agradecimientos

1Quisiera expresar mi agradecimiento a la directora, a las archiveras y a los empleados del Archivo Nacional de Historia del Ecuador, Quito, por la atención tan amable que me prestaron durante mis numerosas estadías en su establecimiento. Le agradezco también su hospitalidad al Archivo Histórico del Guayas, en Guayaquil, donde pasé tanto frío debido a la moderna climatización imprescindible para la conservación de la documentación en un clima tan húmedo, y al Archivo Histórico del Azuay en Cuenca, donde me sentí tan a gusto. Con motivo de este estudio tuve el gran placer de trabajar de nuevo en el Archivo General de Indias de Sevilla a cuyo personal doy también las gracias por su paciente ayuda técnica para el manejo de los nuevos procedimientos de consulta de sus fondos que tanto agilizaron mis investigaciones.

Introducción

1A menudo los enfoques de la historiografía no pueden menos de ser reductores, por verse obligada ésta, frente a lo tupido de los acontecimientos, a conceder el merecido interés a las relaciones de fuerza que, en el transcurrir del tiempo, forjan la identidad de un país. De modo que se llega forzosamente a una visión binaria fundamentada en antagonismos básicos. El proceso se manifestó de una manera más evidente en lo que respecta al Nuevo Mundo donde el dualismo indio-español acaparó la atención de los estudiosos, con la evolución diacrónica del segundo término hasta la edad contemporánea. Es verdad que para las islas del Caribe, núcleo original del imperio español, al primer término se sustituyó rápidamente un aporte alógeno, traído a la fuerza por los negreros a petición de los europeos cuya codicia defraudaba la tremenda baja demográfica de los naturales debida a los diferentes traumas originados por la conquista y la colonización. Ello explica por qué, en dicho espacio, no se pudo hacer caso omiso de la presencia del negro, el cual desempeñó un rol de primera importancia.

2La rápida caída del Tawantinsuyu acarreó un fenómeno parecido cuyas consecuencias limitaron sin embargo varios factores: mayor importancia numérica de los indígenas1, elaboración de medidas protectoras suscitadas por una toma de conciencia religiosa. Si uno de los remedios fue también el recurso a la mano de obra servil en algunos sectores productivos relacionados con el clima tropical: cultivos en la costa o en los valles cálidos, explotación minera en tierras calientes, nunca alcanzó la dimensión conocida en las primitivas Indias occidentales o, luego, en las islas azucareras. Kenneth J. Andrien, basándose en diferentes padrones del final del siglo xviii, estima la población de la Audiencia de Quito a unos 438 724 individuos, de los cuales 4 956 eran esclavos, lo cual representa un porcentaje de 1,12 % sin contar a los zambos, mulatos y negros libres que entran con los mestizos en la rúbrica “castas” (28 554). Poca cosa frente a los 278 244 indios contabilizados2. Ello no impidió por supuesto que esta gente dejara unas huellas imborrables en unas cuantas áreas del mundo andino, aunque permanecieron invisibles frente al dualismo fundamental, con la salvedad de unos momentos álgidos.

3Con mucha razón habla Gerardo Malconey de “los vacíos históricos a que está enfrentado el negro en el Ecuador”, aludiendo a “las referencias «tendenciosas» y estereotipadas utilizadas para describir la presencia y participación del negro en los procesos sociales del Ecuador”3. Desde hace unos años, descartando la “superstición del número” denunciada por Marc Bloch, vamos intentando hacer “resuscitar” al ser marginal que era el negro en el mundo andino4, mostrando que no fue sólo un ente pasivo sino un actor social, económico e incluso político en los valles del Cuzco o del río Chota-Mira5.

4Este trabajo, apoyándose en el estudio de crónicas y relaciones, de la documentación del Archivo General de Indias, del Archivo Nacional del Ecuador, del Archivo Histórico del Guayas y del Archivo Histórico del Azuay, intentará echar una mirada más amplia al negro en el territorio de la Real Audiencia de Quito desde la conquista hasta el siglo xviii e incluso el xix en ciertos casos, mostrando que su marginalidad no le prohibió desempeñar un papel nada despreciable, aunque en circunstancias muy diferentes.

5Las escasas evocaciones de las crónicas, que se demoran poco en su actuación por motivos sugeridos más arriba, le conceden sin embargo algún interés significativo de los procedimientos de la conquista y de la mentalidad de los conquistadores. Poco tiempo después, en la mítica provincia de Esmeraldas que tanto hizo soñar a los recién llegados, los nuevos dueños se vieron obligados a otorgar más relevancia de lo que hubieran querido a un extraño fenómeno de inculturación, la de los “mulatos” o zambos descendientes de un grupo de esclavos naufragados cuya dominación sobre la masa indígena fue evocada como una “cruel tiranía” e incluso como una “monstruosidad” por amenazar las posibles vías de intercambios entre las altas tierras y los centros comerciales del Mar del Sur y, más allá, de todo el virreinato.

6Mientras tanto los dueños de minas de oro en Zaruma, Zamora, Cuenca y otros asientos sólo veían su interés a corto plazo, que no corría parejo con el de los encomenderos preocupados por la explotación de los autóctonos, su única fuente de ingresos. De manera que la intensificación del trabajo servil hubiera podido satisfacer a ambas partes a no ser por las contradicciones de la Corona, deseosa a la vez de preservar la fiscalidad real de las excesivas exigencias de los mineros y los naturales de los bien conocidos desmanes generados por la introducción masiva de esclavos, normalmente dispuestos frente a los indígenas a reproducir los perjuicios de que eran víctimas. Dadas estas vacilaciones gubernamentales, nunca se explotaron a fondo las potencialidades de las minas de la jurisdicción, como se hizo en Popayán o en el Chocó.

7En los centros urbanos, no pasó igual. La servidumbre del hombre negro se adaptó a las necesidades del lugar, según las leyes del mercado. Si no faltaban los esclavos en Quito, pese a la abundante mano de obra naturalmente apta para las actividades agro-pecuarias y sus derivados artesanales, era más bien porque resultaban imprescindibles para un cierto tipo de vida, el de los pequeños propietarios, de los eclesiásticos, de los oficiales de la corona real, no sólo de la sede de la jurisdicción sino también de toda el área, en busca de un suplemento de ingresos a través de los jornales ganados por su gente. Pero este último aspecto cobró mayor intensidad en la próspera cuenca del Guayas, y en particular en el puerto de Guayaquil, donde la ganadería, el cultivo de las huertas de cacao, y más aun las relaciones mercantiles y la construcción naval requerían de una dedicación y de una robustez que en no pocos casos sólo se podía exigir de los siervos. De ahí un protagonismo excepcional que les confirió una tecnicidad muy solicitada de parte de los dueños ávidos de lucro, que pertenecían a todos los elementos de la población, desde la oligarquía hasta los caciques y los propios negros libres. En Guayaquil, surgieron posibilidades de evolución social para el esclavo, desconocidas en Quito, que le dejaban entrever una mejor integración dentro de los esquemas vigentes. En Cuenca, donde su adquisición resultaba más difícil por el alejamiento de Quito y de Guayaquil, el negro se insertó en un contexto esencialmente agro-pecuario, en relación con las actividades de la costa. Debido quizá a su floja densidad poblacional, se manifestaron en esta ciudad unos fenómenos sociales que anunciaban una posible evolución social con el surgimiento de pequeños propietarios negros y mulatos.

8De modo que, andando el tiempo, el esclavo negro, con la mobilidad geográfica debida a la servidumbre, fue adquiriendo conciencia de su condición. Sacó fuerza de flaqueza para reivindicar el respeto debido a cada ser humano, cualquiera que fuera su condición, según el mensaje cristiano que durante tanto tiempo se le había sido presentado como una incitación a la resignación.

Notas

1 Adoptaremos, acerca de la Audiencia de Quito, las premisas expuestas por Manuel Lucena Salmoral para una época posterior a la que estudiaremos en estas páginas:
El hecho de que Quilo fuera un territorio con abundante mano de obra indígena marcó ciertas singularidades a su esclavitud, que no cubrió las actividades económicas características de otras regiones hispanoamericanas, sino algunas complementarias y con escaso nivel de especialización.
In: Sangre sobre piel negra. La esclavitud quiteña en el contexto del reformismo borbónico, Quito: Centro Cultural Afroecuatoriano / Ediciones Abya-Yala, 1994, pág. 53.

2 Kenneth J. Andrien, the Kingdom of Quito, 1690-1830. The State and Regional Development, New York: Cambridge University Press, 1995, pág. 36. Difieren poco las cifras presentadas por K. J. Andrien de las de Lucena Salmoral, según cuyos cálculos los esclavos del reino llegaban a 4 846. Estos representaban hacia 1784 un 1,06 °/o de la población total (456 098 habitantes). La distribución era la siguiente: corregimiento de Ibarra: 1 073; gobernación de Guayaquil: 2 099; corre, de Loja: 300; corre, de Chimbo: 137; corre, de Quito: 613; corre, de Otavalo: 262; jurisdicción de Ambato: 23; gob. de Cuenca: 247; corre, de Riobamba: 66; corre, de Latacunga: 17; gob. de Jaén de Bracamoros: 9 (op. cit., pág. 58).

3 Gerardo Maloney F., “Los negros en el Ecuador: consideraciones generales”, in: Enrique Ayala Mora ed., Nueva Historiadel Ecuador, vol. 13 – Ensayos generales II, Quito: Corporación Editora Nacional / Grijalbo, 1995, pág. 68. Juan Montalvo condenó la esclavitud del hombre negro, y el “error criminal” de Bartolomé de las Casas, “... como si del encadenar negros sacaran más provecho el reino de Dios y la filosofía, que del desatar las cadenas de los indios. Error de la conmiseración, error de la virtud; error, crimen no. Los negros le deben en mal al santo Casas lo que los indios en bien; su intención respecto de los primeros no fue perversa; Dios no ha tenido en cuenta sino las buenas respecto de sus obras para con los segundos”; tomado de ElEspectador (t. 1: 1886, t. 2: 1887), citado en Juan Montalvo. Estudio introductorio, antología y notas de Plutarco Naranjo, Quito: Universidad Andina Simón Bolívar / Corporación Editora Nacional, 2004, pág. 70. Como intentamos mostrarlo en otro lugar, la actitud de Las Casas no puede aclararse a través de un esquema tan reductor.

4 Michelet en el prefacio de 1869 de su Histoire de France hablo de resurrección de la vida integral”. Véase: Jacques Le Goff, “L'histoire nouvelle”, in: Jacques Le Goff (dir), La Nouvelle Histoire, Paris: Editions Complexe, 1988, pág. 50.

5 Jean-Pierre Tardieu, Noirs et nouveaux maîtres dans les “vallées sanglantes” de l'Equateur. 1778-1820. Paris: L'Harmattan, 1997. El Negro en el Cusco. Los caminos de la alienación en la segunda mitad del siglo xvii. Lima: P.U.C.P. / Banco Central de Reserva del Perú, 1998.

Capítulo 1. Prolegómenos históricos

1Dado que, desde el punto de vista jurídico, se consideraba a los esclavos como bienes semovientes, resultaría imposible saber quién fue el primer negro que pisó el suelo de la jurisdicción de la Audiencia de Quito. Sin embargo lo que sí se puede afirmar con poco riesgo de error, es que los negros vieron tan pronto como los españoles las costas del territorio que corresponde hoy en día al Ecuador. Llevó toda la razón el historiador Federico González Suárez afirmando que “los negros llegaron al territorio ecuatoriano con los mismos conquistadores, algunos de los cuales vinieron trayendo sus esclavos”1.

1. El negro en el descubrimiento y la conquista del Ecuador

1.1. Expediciones de Francisco Pizarro

2En las dos primeras expediciones del descubrimiento del Mar del Sur (1524-1528) por Francisco Pizarro y Diego de Almagro, no cabe duda de que había varios negros. En la primera, durante el enfrentamiento entre los hombres de Almagro y los indígenas de Pueblo Quemado, éstos le hirieron al capitán en un ojo. Hubiera perdido la vida sin la ayuda de un esclavo suyo, refiere Antonio de Herrera:

Diego de Almagro, que haciendo tanto el oficio de sabio capitán como de valiente soldado ganaba tierra y apretaba a los indios, fue herido de un golpe de dardo en un ojo, de manera que se le quebró, y tantos indios cargaron sobre él, que aquella vez quedara muerto si un esclavo suyo, negro, no le socorriera2.

3En la segunda expedición, más precisamente en 21 de septiembre de 1527, el piloto Bartolomé Ruiz descubrió la bahía que llamó Bahía de San Mateo, en la desembocadura del río Esmeraldas donde, tiempo después como veremos, se formó el núcleo de la futura república de los “mulatos” de Esmeraldas. Vieron los españoles a orillas del río un pueblo a cuyos vecinos pareció espantarles el barco. Lo “estaban mirando creyendo que era cosa caída del cielo”3. Pero no desembarcaron, siguiendo su viaje hasta Atacames. ¿Qué habría pasado si los indios de la bahía hubieran visto a los negros de la nave, que debía de haber alguno en ella? ¿Habrían reaccionado como más tarde los de Túmbez al ver al compañero negro de Alonso de Molina, escena que evoca Cieza de León?

Pero todo no era nada para el espanto que hacían con el negro: como lo veían negro, mirábanlo, haciéndolo lavar para ver si su negrura era color o confacción puesta; mas él, echando sus dientes blancos de fuera, se reía; y allegaban unos a verlo y luego otros, tanto que aun no le daban lugar de lo dejar comer4.

4Cuando Francisco Pizarro y Diego de Almagro desembarcaron en la bahía, se enfrentaron con las dificultades geográficas y climáticas descritas por Pedro Cieza de León:

No dejaron de caminar los españoles pasando más trabajo que antes por los muchos mosquitos que había, que eran tantos, que por huir de su importunidad, se metían entre la arena los hombres enterrándose hasta los ojos. Es plaga contagiosa la de estos mosquitos. Moríanse cada día españoles de ella, y de otras enfermedades que les recrecieron5.

5Una de estas enfermedades sería el dengue hemorrágico. El licenciado Espinosa, en su carta desde Panamá al emperador de 1o de abril de 1536, se mostró muy pesimista:

El capitán Garcilaso que vino a poblar en la bahía de San Matheo con cierta gente, están muy perdidos y enfermos y dellos se han ydo huyendo a Puerto Viejo y otros se han venido aquí enfermos; créese que los que quedaban serán ya ydos, porque no se puede allí sostener.

6Francisco de Barrionuevo, dirigiéndose en 21 de octubre de 1536 al Consejo de Indias desde la misma ciudad, insistió en que Garcilaso y sus 80 hombres dejaron la bahía “por estéril”6.

7Herrera, inspirándose de Cieza de León, pone de realce las proezas de los protagonistas de su relato. La gente caminaba “con mucho trabajo [...] porque hallaron ríos y esteros”7. Estas referencias, en que hacemos adrede hincapié, nos permitirán entender por qué, años más tarde, los compañeros del negro Illescas consiguieron resistir en tales condiciones8. Sin embargo, los castellanos siguieron por tierra hasta el río Atacames. Refugiado en la isla del Gallo para esperar socorros en mejores condiciones, Francisco Pizarro se vio obligado a aceptar que buen número de sus hombres volvieran a Panamá, posiblemente con los esclavos que habían sobrevivido. Fue el famoso episodio de la raya que tan sólo pasaron los “trece de la fama”. Asegura Antonio de Herrera que con ellos se quedó un mulato. Los demás se volvieron con el capitán Juan Tafur, emisario del gobernador de Panamá Pedro de los Ríos9.

8En la tercera expedición, que salió de Panamá en 21 de enero 1531, llegaron los españoles hasta Coaque, Pasado y la Bahía de Caráquez, lugares que, como veremos, constituirían más tarde el escenario de la presencia negra en la región. Es de suponer que participaron en ella por lo menos unos de los esclavos que había traído Hernán Ponce de León desde Nicaragua, de donde había llegado “con dos navios cargados de esclavos suios”10.

9En las negociaciones entre Pizarro y la Corona que desembocaron en las Capitulaciones de Toledo firmadas en 26 de julio de 1529, había obtenido el capitán extremeño el derecho de embarcar para su gobernación a 50 esclavos negros, cuya tercera parte había de corresponder a mujeres. Se obligaba a no dejar a ninguno en la Española, Cuba o Panamá, so pena de decomiso por el fisco real. Se le concedía la libertad de comprar a dichos siervos en España, en Portugal, en las islas de Cabo Verde o en cualquier otro lugar11. Empezando la conquista en Coaque, es verosímil adelantar que allí murieron ciertos de ellos como perecieron muchos soldados víctimas de la terrible enfermedad de la “verruga”. Es posible también que fueran otro motivo de espanto para los naturales que, en un primer tiempo, huyeron de sus casas12. Desgraciadamente los cronistas, con la salvedad de algunos episodios destinados a granjearse la benevolencia de sus lectores, no solían evocar el comportamiento de estos esclavos.

1.2 Expedición de Pedro de Alvarado

10Séanos permitido dar un gran salto en el tiempo, por sólo interesarnos la actuación de los esclavos en el territorio del actual Ecuador. Pasaremos así a la expedición del temible Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, atraído en 1534 por las noticias que le llegaron del rescate de Atahualpa repartido en Cajamarca entre los conquistadores. Cieza de León hizo hincapié en los obstáculos que tuvieron que superar sus hombres hasta llegar a Quito. Buscando un camino, el hermano del adelantado, Diego de Alvarado, y sus 80 hombres hubieran muerto de sed sin la ayuda de uno de los negros del destacamento:

Dios todopoderoso provee a las gentes lo que han menester por mil modos y maneras y así andando un negro cortando de las cañas que digo haber allí para hacer alguna ramada, halló en un cañuto de una de ellas más de media arroba de agua tan clara y sabrosa que no podía ser mejor porque cuando llueve entra por las aberturas que tienen en los nudos las cañas y quedan los cañutos llenos; y así el negro con mucha alegría dio la buena nueva que fue tal que todos se holgaron, y aunque era tarde, con machetes y espadas cortaron de las cañas donde hallaron tanta agua, que bebieron todos y los caballos, y quedó la que no gastaron, aunque fueran muchos más, y pasaron aquella noche hablando en el agua13

11¿Debieron la vida los españoles a la mera casualidad? No creemos, y diremos por qué. Obviamente Cieza de León, quien se refiere varias veces a la existencia de dichas cañas en La crónica del Perú14, no se preguntó de un modo taxativo por los motivos del hallazgo del negro. En Africa existen plantas parecidas, como el “árbol del viajero”, palmera baja en forma de abanico, cuyo tronco encierra varios litros de agua. El esclavo, buen conocedor de la flora tropical, no sólo estaría buscando cañas para hacer una ramada sino también alguna con las mismas cualidades que dicha palmera.

12A pesar de un mejor conocimiento de las posibilidades brindadas por la naturaleza, estos esclavos corrían riesgos de diversas índoles. Primero, debido a su estatus, no se les concedía la importancia que merecían como seres humanos, aunque en tales condiciones la posesión de un esclavo no estaba al alcance de todos los conquistadores. Después de la sed y del hambre, cierto mal aquejó a los miembros de la expedición, que, a decir de Cieza de León, se parecía a una fiebre como modorra. Afectó en particular a Pedro de Alcalá, quien en un acceso de locura mató varios caballos, y poco faltó para que no acabara con un negro que estaría ocupándose de los animales15. El paso de los puertos, asegura Antonio de Herrera, causó muchas bajas: “...murieron en estos puertos quince Castellanos i seis Mujeres Castellanas, muchos negros, i dos mil Indios”16.

13Menos anecdótica es la referencia del mismo cronista a la suerte de los negros de la tropa que Alvarado, después de la entrada en Quito, lanzó por la sierra en pos del general Rumiñahui. Vale la pena citar detenidamente las dificultades que gran número de ellos no consiguieron superar:

El viento era tan recio que los penetraba y hacía perder el sentido. No tenían abrigo y era el frío tan grande, que caían faltos de toda virtud; boqueando, echaban las ánimas de los cuerpos. Muchos hubo que, de cansados, se arrimaban a algunas de las rocas y peñascos que por entre las nieves habían; cuan presto como se ponían, se quedaban helados, y sin ánimas, de tal manera que parecían espantajos. Los españoles que tenían aliento y caminaban sin parar eran dichosos: éstos y los que yendo a caballo no cogían la rienda ni volvían la cara atrás se escaparon. De los negros también se helaron muchos, y aunque los españoles sean de mayor complexión, que ninguna de las naciones del mundo comenzaron algunos de ellos a se quedar muertos sin tener otras sepulturas que las nieves17.

14No exagera el cronista, cuyo deseo de exactitud es bien conocido: no cuesta mucho trabajo imaginar el suplicio de los bozales, estos negros procedentes directamente de Africa, al enfrentarse con el clima vigente en los nevados. Pasaron por los mismos apuros sus congéneres de la expedición de Diego de Almagro a Chile18.

15Como González Suárez, supondremos que no pocos de los negros sobrevivientes de estas expediciones “se quedaron en estas provincias con sus amos”19. En cambio el Adelantado Pedro de Alvarado renunció a su propósito de conquista el 26 de agosto de 1534 por una compensación de un montante de 100 000 pesos.

2. El negro en las guerras civiles

2.1. El verdugo de Iñaquito

16Demos otro salto en el tiempo para llegar al enfrentamiento entre el ejército del virrey Blasco Núñez Vela, encargado por la Corona de aplicar las Nuevas Leyes de 1542 a favor de los indios, y Gonzalo Pizarra, hermanastro del difunto gobernador y caudillo de los insatisfechos encomenderos. De parte y de otra, mal que les pesara, los esclavos negros servían, como soldados auxiliares, la causa de sus amos. No corresponde aquí evocar las diferentes peripecias de la guerra civil. Sin embargo parece que José Antonio Saco fue víctima de una interferencia de datos al tratar de la participación de negros en las tropas de Gonzalo Pizarro:

Cuando Gonzalo Pizarro derrotó en 1546 al Virrey del Perú Blasco Nuñez Vela en la batalla de Añaquito [sic], los seiscientos negros arcabuceros que tenía no sólo pelearon valerosamente contra los castellanos, que también tenían en su campo esclavos de la misma raza, sino que cometieron atrocidades, acuchillando y matando a los vencidos; y uno de éstos cortó la cabeza por orden de su amo al mismo Virrey, bien que aquél, no lo mandó por crueldad, sino para librarle de los ultrajes que contra él empezaban a cometer algunos de los conjurados.

17El historiador cubano cita su fuente: “Herrera, déc. 8, lib; 1, cap. 2”. Ahora bien, no sólo el cronista no presenta tales referencias, sino que, en la déc. VII, lib. X, cap. XXII, habla de 330 infantes y picas, 150 arcabuceros, sin precisar si entre ellos había negros, lo cual hubiera sido muy inverosímil, y 130 lanzas20. De los negros sólo dice lo siguiente en la déc. VII, lib. I, cap. I: “Los Negros i los Indios entendían en despojar a los caidos, i los acababan de matar”21.

18Errónea también es la interpretación del episodio final y muy llamativo de la batalla de Iñaquito, lugar situado a dos leguas de Quito, que se verificó en 18 de enero de 1546. Se trata de la aplastante victoria del rebelde a la autoridad real y de la muerte del virrey. Si casi todos los cronistas están de acuerdo sobre el hecho de que el licenciado Carbajal ordenó la muerte de Núñez Vela para vengarse de la de su hermano, el factor Illán Suárez de Carbajal22, quedan dudas en cuanto a las circunstancias.

19El contador Agustín de Zárate, quien acompañó al Perú a Blasco Núñez Vela, no habla de la identidad del verdugo en su Historia del Perrú publicada en 1555:

20Andando en este tiempo el licenciado Carvajal discurriendo por el campo, hallo que el capitan Pedro de Puelles queria acabar de matar al Visorey, aunque el estaba ya sin sentido y casi muerto de la caida y de un arcabuzazo que le habian dado. Y Carvajal le hizo cortar la cabeza, diciendo que era en satisfacion de la muerte de su hermano, que diz que era el fin de aquella su jornada, y no por seguir a Pizarro23.

21Las referencias de Diego Fernández son muy escuetas: “Siendo ya vencida la batalla, el licenciado Carvajal encontró al virrey, que ya quería expirar, e hízole cortar la cabeza, y él y Pedro de Puelles le llevaron a Quito con grandes alegrías,..”24. Pedro Gutiérrez de Santa Clara, quien participó de los acontecimientos narrados, se mostró mucho más preciso en Quinquenarios o Historia de las guerras civiles del Perú (1544-1548), añadiendo algunos detalles de importancia a la versión de Zárate:

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