El nacionalismo cosmopolita

De

El «espíritu de imitación» fue, durante mucho tiempo, la razón invocada para explicar por qué los hispanoamericanos se referían tanto a Europa en su labor de construir nuevas naciones. Pese a ser inicialmente un discurso etnocéntrico de los europeos, asombrados por la habilidad de los «bárbaros» latinoamericanos en «copiar» sus formas políticas, el discurso de la «imitación» tuvo gran fortuna en América Latina. Lo adoptaron los actores políticos que buscaban fundar su legitimidad en una supuesta «autenticidad», fueran conservadores o revolucionarios, porque les ofrecía una retórica eficaz para desacreditar a sus adversarios, al criticarlos ante la opinión pública como «serviles imitadores» de modelos «foráneos». Este libro muestra, al contrario, cómo las referencias europeas, incluso en la «aislada» Colombia decimonónica, pueblan la imaginación política nacional no como algo ajeno, sino como algo propio; cómo todos los actores políticos, - liberales o conservadores, «pueblo» o « elites» - , lejos de «imitar», recrean e instrumentalizan las representaciones de Europa que convienen a su estrategia política; y cómo es el encuentro con la mirada inferiorizante de los europeos, lo que empuja finalmente a los cosmopolitas constructores de la nación a crear una ideología nacionalista que postula el rechazo - retórico, cuando m e n o s- de las «influencias exteriores». El nacionalismo cosmopolita, porque desmonta los mitos ambiguos de la imitación y de la autenticidad, propone una lectura profundamente renovada del proceso de construcción nacional en el siglo XIX colombiano.


Publicado el : viernes, 19 de septiembre de 2014
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EAN13 : 9782821845619
Número de páginas: 580
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El nacionalismo cosmopolita

La referencia a Europa en la construcción nacional en Colombia, 1845-1900

Frédéric Martínez
  • Editor: Institut français d’études andines
  • Año de edición: 2001
  • Publicación en OpenEdition Books: 19 septiembre 2014
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821845619

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789586640916
  • Número de páginas: 580
 
Referencia electrónica

MARTÍNEZ, Frédéric. El nacionalismo cosmopolita: La referencia a Europa en la construcción nacional en Colombia, 1845-1900. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2001 (generado el 03 noviembre 2014). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/2819>. ISBN: 9782821845619.

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El «espíritu de imitación» fue, durante mucho tiempo, la razón invocada para explicar por qué los hispanoamericanos se referían tanto a Europa en su labor de construir nuevas naciones. Pese a ser inicialmente un discurso etnocéntrico de los europeos, asombrados por la habilidad de los «bárbaros» latinoamericanos en «copiar» sus formas políticas, el discurso de la «imitación» tuvo gran fortuna en América Latina. Lo adoptaron los actores políticos que buscaban fundar su legitimidad en una supuesta «autenticidad», fueran conservadores o revolucionarios, porque les ofrecía una retórica eficaz para desacreditar a sus adversarios, al criticarlos ante la opinión pública como «serviles imitadores» de modelos «foráneos».

Este libro muestra, al contrario, cómo las referencias europeas, incluso en la «aislada» Colombia decimonónica, pueblan la imaginación política nacional no como algo ajeno, sino como algo propio; cómo todos los actores políticos, - liberales o conservadores, «pueblo» o « elites» - , lejos de «imitar», recrean e instrumentalizan las representaciones de Europa que convienen a su estrategia política; y cómo es el encuentro con la mirada inferiorizante de los europeos, lo que empuja finalmente a los cosmopolitas constructores de la nación a crear una ideología nacionalista que postula el rechazo - retórico, cuando m e n o s- de las «influencias exteriores». El nacionalismo cosmopolita, porque desmonta los mitos ambiguos de la imitación y de la autenticidad, propone una lectura profundamente renovada del proceso de construcción nacional en el siglo XIX colombiano.

Índice
  1. Prólogo

    Marco Palacios
  2. Agradecimientos

  3. Abreviaturas

  4. Terminología

    1. Colombia, Nueva Granada
    2. Civilización
    3. Cuestión social
    4. Naciones adelantadas, civilizadas, avanzadas
    5. Legación, ministro
    6. Publicista
    7. Secretario
    8. Viajes, viajeros
  1. Introducción

  2. Primera parte. Discursos europeos, conflictos colombianos (1845-1867)

    1. Capítulo 1. El recurso de la legitimidad europea (1845-1854)

      1. EL COSMOPOLITISMO MODERNIZADOR EN LA PRESIDENCIA DE MOSQUERA (1845-1849)
      2. LA RETÓRICA EUROPEA DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL (1849-1854)
    2. Capítulo 2. La Europa imaginada

      1. LA LIMITADA LABOR DE LOS EUROPEOS EN COLOMBIA
      2. EL ACCESO A LOS IMPRESOS EUROPEOS
      3. LOS CANALES NACIONALES DE LA DIFUSIÓN
    3. Capítulo 3. Nacionalismo y cosmopolitismo en la contienda política (1854-1867)

      1. LOS EJES CONSENSUALES DE LA IMAGINACIÓN POLÍTICA
      2. LA DINÁMICA DEL PODER POLÍTICO
      3. LAS FIGURAS DE LA RETÓRICA LIBERAL
      4. LA LENTA DEFINICIÓN DEL CONSERVATISMO
  3. Segunda parte. El viaje a europa

    1. Capítulo 4. La atracción europea

      1. ¿POR QUÉ VIAJAR A EUROPA?
      2. LA VIDA EUROPEA DE LOS VIAJEROS COLOMBIANOS
    2. Capítulo 5. El impacto del viaje

      1. EL DESPRECIO EUROPEO, MOTOR DEL SENTIMIENTO AMERICANO
      2. LA PROMOCIÓN NACIONAL
      3. LA OBSERVACIÓN CIVILIZADORA
    1. Capítulo 6. Discursos y debates sobre el viaje

      1. UN NUEVO GÉNERO LITERARIO: LOS RELATOS DE VIAJE
      2. LA GUERRA DE LAS REPRESENTACIONES
      3. EL DEBATE SOBRE EL VIAJE
  1. Tercera parte. Los modelos importados del estado nacional (1867-1900)

    1. Capítulo 7. En busca del Estado liberal (1867-1880)

      1. LA EDAD DE ORO DEL RADICALISMO COLOMBIANO (1867-1875)
      2. LA RENOVACIÓN DE LA ATRACCIÓN EUROPEA
      3. EL IDEAL LIBERAL DE LA INMIGRACIÓN
      4. LA REFORMA EDUCATIVA
      5. EL FRACASO DEL PROYECTO RADICAL
    2. Capítulo 8. El discurso nacionalista de la Regeneración (1880-1900)

      1. LA DENUNCIA DE LA EUROPA SUBVERSIVA
      2. LA EUROPA IDEAL DE LOS REGENERADORES
      3. AUTENTICIDAD NACIONAL Y ORDEN SOCIAL
    3. Capítulo 9. El sueño del orden importado (1888-1900)

      1. LA CONSTRUCCIÓN DEL ORDEN CATÓLICO
      2. LA BÚSQUEDA DEL ORDEN PÚBLICO
  2. Conclusión

    1. El cosmopolitismo inicial
    2. En los orígenes del nacionalismo
    3. Las desilusiones del orden importado
  3. Bibliografía

  4. Indice de Ilustraciones

Prólogo

Marco Palacios

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Antiguo Virreinato de la Nueva Granada hoy Estados Unidos de Colombia y República del Ecuador.
Publicado en Les États-Unis de Colombie: précis d'histoire et de géographie physique, politique et commerciale de Ricardo Salvador Pereira, París, C. Marpon et E. Flammarion Éditeurs, 1883.
Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

1En diciembre de 1992, en un seminario de historia latinoamericana realizado en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres, Frédéric Martínez leyó una ponencia que hoy podemos ver como anticipo del sexto capítulo de El nacionalismo cosmopolita, libro basado en la tesis doctoral que realizó bajo la dirección de François-Xavier Guerra y defendió en la Sorbona en 1997. En estos años he tenido unas cuantas oportunidades de conversar largo y tendido con el autor y de familiarizarme con sus temas y rutas, de suerte que a fines del año pasado acepté gustoso su gentil invitación a presentar el texto a los lectores colombianos. Una presentación que, advierto al amable lector, no es tanto una reseña como un breve hilado de especulaciones, asidas al texto y suscitadas por éste.

2Creo que ninguno de quienes asistimos al seminario organizado por Eduardo Posada-Carbó en 1992 pudo vislumbrar el alcance de la «referencia a Europa» en el siglo xix, vista entonces, al menos en el círculo de historiadores profesionales, como un conjunto de «influencias» inglesas, francesas o alemanas, que los criollos colombianos habrían manejado con eclecticismo. Ahora tenemos ante nosotros un espléndido trabajo monográfico que, con dominio de la historiografía del período y siguiendo una línea argumental clara y precisa, enlaza con pericia y pertinencia cinco planos, en sí mismos complejos, y consigue proponer una original lectura de la segunda mitad del siglo xix colombiano y, como tal, deja abiertas nuevas líneas de investigación.

3En palabras de Martínez, he aquí los cinco planos:

¿Una historia del nacionalismo? Sin duda, pero no tanto en su aspecto teórico o «sentimental» como en su aspecto funcional, instrumental: antes que un sentimiento, el nacionalismo es un instrumento útil para la conquista y la legitimación del poder. ¿Una historia de los mitos políticos? Sí, y más particularmente de los mitos perennes que el régimen de la Regeneración logró dejar como legado al siglo xx. ¿Una historia de las elites? Sí; lo cual no significa que yo crea que los grupos dirigentes son los únicos forjadores de una nueva nación —en el caso de Colombia, la parte que escapa al proyecto de los grupos dirigentes es de tal magnitud, que sería aberrante creer a priori en el éxito de su proyecto—. Pero comenzar, y ese es mi propósito, por el estudio de los proyectos de los grupos dirigentes, de aquellos que reivindican conscientemente el papel de constructores de la nación, me parece, en efecto, necesario. ¿La historia de una generación política? Indudablemente, ya que este trabajo estudia la segunda generación política del país, aquella que en el medio siglo reemplaza en el poder a la generación de la Independencia y desaparece alrededor de 1900: la misma generación que experimentará el radicalismo liberal antes de hacer un viraje hacia el neotradicionalismo de finales de siglo. ¿La historia, en fin, de la construcción del Estado? También, y más particularmente de las dificultades de la construcción estatal en el siglo xix, las cuales pueden aclarar aquellas que hoy día conoce el Estado colombiano en su papel de regulador de la sociedad.

4La generación política que buscó forjar Estado y Nación hacía parte de la elite criolla polivalente, bien delimitada por la historiografía. Propietarios rurales y comerciantes; políticos y clérigos; pero, ante todo, publicistas. Por tanto, ser rico en la Colombia decimonónica no era condición necesaria para pertenecer a la elite y nunca fue condición suficiente. Para estar y permanecer arriba había que demostrar capacidad de opinar y crear y agitar la opinión pública. Capacidad definida a partir de las redes de sociabilidad moderna, erigidas desde la Ilustración, que permitían materializar la elaboración y divulgación discursivas. Político por excelencia a partir de 1810, el discurso adquiría significados en un entramado táctico y faccioso. Por eso cuando esta elite pareció alcanzar la cima durante la Regeneración, Martínez no duda en calificar la empresa de Núñez y Caro «ante todo como una formidable empresa retórica»

5El período de esa generación herida por el cosmopolitismo europeo, que el autor de este libro no define con el canon de Ortega y Gasset, puede entenderse mejor analizando dos temporalidades entrecruzadas: «el tiempo corto de la Independencia», fuente primigenia del mito y del discurso y «el tiempo largo de la nacionalización de la identidad» que abarca todo el siglo xix; la continuidad de la retórica de la identidad a través de sucesivas elaboraciones y reelaboraciones del ideal cosmopolita, choca con la discontinuidad de los proyectos de construcción estatal. El autor dictamina que los tres intentos de construir el Estado fueron un fracaso: el «neoborbónico» de Mosquera, 1845-1849; el de los radicales en su fase de madurez, 1867-1875, y, el de la Regeneración, concentrado entre 1888 y 1900.

6Mosquera pretendió modernizar el Estado manteniendo el viejo orden social. Su revés espoleó una nueva clase de hombres que, a diferencia de Mosquera, no provenían de familias acostumbradas a mandar. Destruyeron el orden al bambolear sin mesura sus tres pilares: el Estado central, la Iglesia y el Ejército. Eso fue lo más que pudo hacer la revolución de medio siglo, 1849-1854, que se frenó ante la amenaza popular de 1854 magnificada por el golpe de Melo.

7Del sueño liberal sólo queda después de 1854 una fórmula insustancial: «vanguardia republicana sin revolución social». Sobrepuestos de sus ilusiones juveniles, los patricios liberales tuvieron una segunda oportunidad a partir del golpe que dieron a Mosquera en 1867. Escépticos ahora de la pureza ideológica, se limitaron a buscar modelos institucionales realizables, de los cuales el sistema escolar alemán inspiró la reforma educativa de 1870 que desató otra guerra civil, dividió al liberalismo pero, ante todo, estimuló el reagrupamiento católico primero y el resurgimiento conservador después. Allí se ubica el origen del cambio de régimen en 1880 y de la nueva propuesta de reconstruir un Estado moderno a fines de esa década. Esta vez, empero, el fracaso conservador llevó a una de las más prolongadas guerras civiles del siglo.

8La cronología que ofrece el libro de Martínez rompe el molde establecido en la historiografía vieja y nueva. El autor de estas líneas tiende a coincidir, particularmente en lo concerniente al último cuarto del siglo. Martínez cierra en 1900, con el fin de la Regeneración, desechando la convención que presenta la «hegemonía conservadora (1886-1930)» como un bloque compacto. De ahí que el libro formule preguntas alternativas, más complejas y menos imbuidas de legitimismo bipartidista1. Por ejemplo que:

El postulado de una Regeneración exitosa en su tarea de imponer la autoridad estatal les convino en realidad tanto a los representantes de la historiografía conservadora como a los de la historiografía liberal: mientras que los primeros encontraban allí los fundamentos de un discurso hagiográfico sobre las grandes realizaciones del régimen, los otros se complacían en denunciar su autoritarismo liberticida. Juntos invitaban a subestimar los fracasos de la Regeneración en su búsqueda de una consolidación de la autoridad estatal.

9No estoy, sin embargo, del todo seguro con las fechas propuestas por Martínez para «terminar la revolución» de Independencia, alrededor de 1840. El colapso de la república bolivariana obligó al liderazgo neogranadino a poner fin a la época revolucionaria y dar curso a la construcción estatal. De allí la extendida influencia histórica de Santander y sus amigos. Y, en este punto, valga lamentar que aún no se haya publicado otra tesis doctoral parisina que puede leerse en muchos de los registros del trabajo de Martínez: la del historiador Renán Silva sobre los Ilustrados neogranadinos2. A pesar de la insistencia de Silva en confinar su trabajo a la época de la Ilustración, separándola de la Independencia, creo que hay argumentos para avalar la continuidad cultural e intelectual. Por ejemplo en el afrancesamiento, real o imaginario, de las elites desde fines del siglo xviii. Por eso creo que estos textos de Silva y Martínez son complementarios.

10El exilio de Santander fue para las elites colombianas del siglo xix el modelo del viaje a Europa. Conclusión a la que sólo llego después de leer a Martínez. En los viajes de Santander a Europa y a los Estados Unidos se hallan los elementos constitutivos del imaginario europeo. El neogranadino se beneficia de sus títulos de libertador sudamericano, republicano y liberal. Con orgullo consigna en su Diario los encuentros amistosos que sostuvo con Lafayette, Destutt de Tracy o Sismondi en París; Bentham en Londres; Humboldt en Berlín. Registra el deleite (¿también ideológico, de masón?) que le producen las representaciones de óperas de Mozart, Cimarosa, Donizetti, Bellini, así como haber escuchado a Paganini. Sin poseer la sensibilidad de un Stendhal se detiene en descripciones gozosas del arte renacentista conservado en «la Galería» de Florencia. El 6 de noviembre de 1830 escribe: «Yo por mí sé decir que en estos viajes en que he recorrido la Francia, la Inglaterra, parte de la Alemania y de Italia, he aprendido más que en todo tiempo pasado»3. Es el viaje como pedagogía, un aspecto que El nacionalismo cosmopolita explora detenidamente estableciendo el contrapunto de la pedagogía liberal del progreso y la pedagogía conservadora del catolicismo.

11Aparte de este aprendizaje directo en el mundo europeo del arte y la conversación política, Francisco de Paula Santander visita fábricas, astilleros, «casas de refugio», prisiones, «asilos de locos»: el muestrario institucional de la modernidad foucaultiana. Del periplo europeo concluye que «Inglaterra es la nación más adelantada de Europa y como la instrucción pública es tan difundida, como la imprenta goza de la más completa libertad y todo el mundo tiene derecho a reunirse a discutir los negocios de la nación, el condado, la comunidad, etc., puede decirse que Inglaterra es el primer país del Viejo Mundo»4.

12Allí, creo, también hay un modelo y acaso un anticipo de lo que Martínez describe como el «relato de viaje». El autor contabiliza 38 en el período 1845-1900 e invita a investigar su impacto en la creación de una Europa textual, es decir, de la Europa imaginada o virtual, como diríamos hoy, no sólo fijándonos en aquellos que hicieron efectivamente el viaje y se guiaron por los relatos, sino en la abrumadora mayoría de lectores que no tuvieron la oportunidad «de cruzar el charco». Sin embargo, Martínez encuentra en el «cuadro de costumbres» una respuesta criolla tradicional al relato cosmopolita; respuesta que, muchas veces, traía consigo una crítica mordaz al viajero colombiano por las Europas. Una reacción bien conocida en otras sociedades como por ejemplo la India o la China de la misma época.

13Aprovechemos este punto para anticipar que De sobremesa, la novela de José Asunción Silva, publicada por primera vez en 1925, casi 30 años después de escrita, alcanza probablemente el punto más alto de elaboración intelectual y estilística de aquella Europa textual. El mapa que a este respecto propone Martínez nos permite entonces apreciar la inmensa distancia de la obra novelística de Silva con María, la famosa obra de Isaacs publicada en 1867. Si De sobremesa también es un diario de viaje europeo en la época de «la decadencia parisina», el viaje a Londres de Efraín, a mediados del siglo, es un mero elemento de la trama, así revele que para los miembros de la clase alta (valle) caucana el viaje era obligatorio en el curriculum vitae.

14La cronología de los tres intentos de construcción de Estado analizados en el libro, corresponde a grandes acontecimientos del Viejo Mundo: el librecambismo inglés, las revoluciones del 48, las luchas de la unificación italiana y alemana y la consolidación del nuevo imperialismo «liberal» a fines de siglo, diferente del viejo imperialismo que dejó episodios como la expedición militar española a la isla de Santo Domingo a fines de los años cincuenta o el Imperio de Maximiliano en México, episodios que desempeñaron un papel en la divisoria liberal-conservadora colombiana.

15El librecambio produjo el liberalismo manchesteriano o Manchesterthum, así bautizado por los alemanes con una pizca de ironía. Y, desde la primera administración Mosquera hasta 1886, Manchesterthum fue el alimento exclusivo de las elites de ambos partidos colombianos en materia económica, algo que Martínez da por supuesto. Pero, aparte del contenido económico de las relaciones internacionales, el autor de este libro tiene razón en subrayar la importancia de los símbolos ideológicos. Por ejemplo, aparece un vocablo nuevo, destinado a durar: América Latina o Latinoamérica, que provino de los círculos hispanoamericanos de París aupados primero por el gobierno del Segundo Imperio y después por la III República. En esos círculos sobresalió «el conservador José María Torres Caicedo, quien representaba a la Colombia liberal». El nombre América Latina proponía la idea de una Europa formada por muchas razas, para promover en últimas la «raza latina» de la cual derivaba directamente la «raza hispánica», depositaria de más virtudes civilizatorias que las anglosajonas, según dijera Emilio Castelar, el gran liberal del siglo xix español.

16Aunque Colombia fuese un país marginal en aquella Latinoamérica de la segunda mitad del siglo xix, El nacionalismo cosmopolita se dedica a describir y analizar las situaciones en que:

Tramposa y movediza, la referencia europea se inscribe en los complejos juegos de la búsqueda del poder, del discurso político y de los conflictos en torno a la creación de un Estado nacional y, a partir de allí, de una nación. Ella es, en ese sentido, un objeto eminentemente histórico.

17Movediza: el «prusianismo» de los liberales que encuentran en la nueva Alemania («protestante») el paradigma de un sistema escolar público y laico, enfrentados a los conservadores quienes encuentran oportunamente en Francia, perdedora de la guerra en 1870, el paradigma de un catolicismo social renovado.

18Europa era el centro de la civilización universal, y pese a que Inglaterra fue la gran potencia económica y colonial de la época, París adquirió el rango de capital del siglo xix como dijera Walter Benjamin. El europeísmo cosmopolita fue axiomático para las elites hispanoamericanas, subraya Martínez. Centro del mundo civilizado, Europa y el hombre europeo son superiores por definición. Pero el choque de civilizaciones no habría de darse con las elites latinoamericanas, a diferencia de lo que ocurrió en Asia y el Medio Oriente. Así, por ejemplo, en los estudios históricos de Asia y el Medio Oriente se habla de la «occidentalización» y sus «respuestas» en el continuo tradición-modernización, tan diferente en China y Japón; Vietnam o la actual Indonesia. Por el contrario, las elites latinoamericanas, incluidas las mexicanas, estuvieron prestas a meterse dentro de las nuevas coordenadas civilizatorias de occidente5. De allí el tono despreocupado de Santander ante la conquista militar de Argelia: el 28 de junio de 1830 escribe a Francisco Soto, que «entre las cuestiones que ocupan a Europa [...] la expedición francesa contra Argel [...] se reduce a saber si Francia se apodera de aquel territorio, si se conserva para la Turquía o qué se hace»6.

19Ofuscadas por un republicanismo a ultranza que, en la pluma de un Murillo Toro o de un Benito Juárez condenaba la monarquía de Orleans y años más tarde saludó a Garibaldi, Mazzini y Cavour, las elites latinoamericanas optaron por mostrarse insensibles frente a la negación cultural «profunda» que entrañó el expansionismo europeo. La alusión mexicana viene al caso porque ayuda a subrayar, como lo hace Martínez, la marginalidad colombiana en América Latina, originada, en parte, en la baja densidad de nuestras sociedades y culturas indígenas y en la escasa importancia geopolítica del país en el siglo xix hasta 1879, con el anuncio de Lesseps de crear una empresa para construir un canal interoceánico en Panamá.

20En cuanto a los indígenas de México habrá que esperar la Revolución para ver el intento de integración nacional. En cuanto a las intervenciones extranjeras no sólo queda un museo en la ciudad de México sino un precipitado en la conciencia nacional mexicana del siglo xx.

21Por añadidura Martínez devela en este punto la intensidad del miedo racial y señala los meandros del ideal de blanqueamiento de la sociedad a fines del siglo xix colombiano. Miedo a los chinos (los coolies) traídos por Lesseps a las obras del canal de Panamá. Miedo al potencial subversivo de una posible ola de inmigrantes italianos, anarquistas y comunistas, como les demostraba la experiencia en Argentina. A comienzos del nuevo siglo, que ya no será europeo sino norteamericano, en Panamá los colombianos habrían de experimentar lo que es la desventaja en geopolítica, síndrome que México había padecido desde la Independencia.

22La otredad del indio y de lo indígena no fue factor decisivo en el proceso de formación de la identidad nacional colombiana. Al indio y a lo indígena se los hizo pertenecer más a la geografía, y eventual-mente a una especie de historia natural de la patria, que a la polis colombiana. Tampoco fue la pérdida de territorio y soberanía a manos de las potencias factor de identidad. Ésta hubo de fraguarse, paradojalmente, en el descubrimiento que hicieron nuestros viajeros en Europa de la inferioridad con la cual, en últimas y pese a todas las cortesías, fueron percibidos, quizá no tanto como individuos sino en tanto y en cuanto que representantes de un país salvaje:

Después de haber sido tanto tiempo un freno al sentimiento nacional, la defensa del estatus social se convierte, frente a Europa, en un acelerador de la nacionalización de las elites. La expansión del viaje entraña así, paradójicamente, la renovación del interés por una legitimidad «arraigada». La necesidad de identidad, la pesadilla de una sociedad anónima, las tareas de promoción nacional y la crítica del viaje, todo, en el fondo, vuelve a reorientar a los viajeros hacia su país, sugiriendo el ocaso de la legitimación por el cosmopolitismo. Pero el ejercicio de la promoción nacional en las capitales europeas, así como induce a una especie de retorno a la patria, demuestra también la vanidad del discurso del patriotismo republicano, tal como ha existido hasta entonces en un país donde el poco Estado que había, desmantelado, todavía espera ser reconstruido. La ficción democrática ya no es suficiente; es hora de dedicarse de nuevo a la tarea de la construcción estatal, y sólo los modelos europeos parecen ofrecerse como herramientas. El auge de la importación institucional, ese fruto de la observación civilizadora, coexistirá por lo tanto con un discurso de legitimación cada vez menos cosmopolita.

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