El embrollo boliviano

De

Después de la Segunda Guerra Mundial, Bolivia ha atravesado por los más largos períodos de inestabilidad política y social en Latinoamérica. En El embrollo boliviano. Turbulencias sociales y desplazamientos políticos (1952-1982). Jean-Pierre Lavaud analiza en detalle la movilización de los grupos sociales que, de manera mis o menos directa o determinante, inciden en el proceso político nacional y motivan los cambios gubernamentales: la clase política, tanto civil como militar, los administradores del trabajo colectivo y, también, los mineros y campesinos. A esta convergencia en torno al poder nacional, hay que añadirle también la influencia de los intereses extranjeros, sobre todo, norteamericanos. Al final del análisis, se observa que importantes sectores de la sociedad civil, entreverados unos con otros, dependen del Estado y que les es vital poder o intentar controlarlo: las turbulencias sociales y los desplazamientos políticos, fruto de esa necesidad vital, se traducen en la inestabilidad gubernamental que signa el período (1952-1982) analizado por Lavaud. Y, más allá del caso boliviano, el modelo aquí propuesto, para explicar las razones de inestabilidad sociopolítica, es aplicable, ciertamente, a otros procesos análogos. El embrollo boliviano (1952-1982) de Jean-Pierre Lavaud es un detallado estudio de caso, por un lado, y, por otro, también ofrece un modelo explicativo, extrapolable a muchas otras sociedades donde el Estado es uno de los pocos caminos que llevan al poder.


Publicado el : lunes, 27 de abril de 2015
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EAN13 : 9782821844834
Número de páginas: 410
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El embrollo boliviano

Turbulencias sociales y desplazamientos políticos, 1952-1982

Jean-Pierre Lavaud
  • Editor: Institut français d’études andines, HISBOL, Centro de estudios superiores CESU-UMSS de Bolivia
  • Año de edición: 1998
  • Publicación en OpenEdition Books: 27 abril 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844834

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  • ISBN: 9789990542035
  • Número de páginas: 410
 
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LAVAUD, Jean-Pierre. El embrollo boliviano: Turbulencias sociales y desplazamientos políticos, 1952-1982. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 1998 (generado el 17 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/3429>. ISBN: 9782821844834.

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Después de la Segunda Guerra Mundial, Bolivia ha atravesado por los más largos períodos de inestabilidad política y social en Latinoamérica. En El embrollo boliviano. Turbulencias sociales y desplazamientos políticos (1952-1982). Jean-Pierre Lavaud analiza en detalle la movilización de los grupos sociales que, de manera mis o menos directa o determinante, inciden en el proceso político nacional y motivan los cambios gubernamentales: la clase política, tanto civil como militar, los administradores del trabajo colectivo y, también, los mineros y campesinos. A esta convergencia en torno al poder nacional, hay que añadirle también la influencia de los intereses extranjeros, sobre todo, norteamericanos.

Al final del análisis, se observa que importantes sectores de la sociedad civil, entreverados unos con otros, dependen del Estado y que les es vital poder o intentar controlarlo: las turbulencias sociales y los desplazamientos políticos, fruto de esa necesidad vital, se traducen en la inestabilidad gubernamental que signa el período (1952-1982) analizado por Lavaud.

Y, más allá del caso boliviano, el modelo aquí propuesto, para explicar las razones de inestabilidad sociopolítica, es aplicable, ciertamente, a otros procesos análogos. El embrollo boliviano (1952-1982) de Jean-Pierre Lavaud es un detallado estudio de caso, por un lado, y, por otro, también ofrece un modelo explicativo, extrapolable a muchas otras sociedades donde el Estado es uno de los pocos caminos que llevan al poder.

Jean-Pierre Lavaud

Jean-Pierre Lavaud, nacido en 1942, es profesor de Sociología en la Universidad de Lille III (Francia). Sus trabajos de investigación se han ocupado de las luchas sociales y políticas en América Latina, especialmente Bolivia, donde, en numerosas ocasiones, ha residido durante los últimos veinte años. Es también profesor adjunto del Centro de Estudios Superiores Universitarios (CESU-UMSS) de Cochabamba.

Índice
  1. Prólogo

    Jean-Pierre Lavaud
  2. Introducción

  3. Primera parte. Los ciclos de la inestabilidad

    1. Capitulo uno. El Movimiento (1952-1964)

      1. El triunfo movimientista
      2. El populismo en jaque
    1. Capitulo dos. Los Presidentes en Uniforme

      1. Recursos militares y golpes de Estado
      2. Origen social, socialización y politización de los oficiales
      3. La mecánica de los golpes de Estado
      4. Ideología y golpes de Estado
      5. Aburguesamiento de los oficiales y golpes de Estado
    2. Capitulo tres. Los Ires y Venires de los Militares y Civiles

      1. Atomización partidaria y trentes electorales
      2. Presidentes interinos y bullicios parlamentarios
      3. Las turbulencias sindicales
      4. Las luchas regionales de los cruceños
  1. Segunda parte. Los agentes de la inestabilidad

    1. Capitulo uno. Los Mineros

      1. Las condiciones de trabajo
      2. La organización sindical y la cultura minera
      3. Movilización y represión
    2. Capitulo dos. Los Campesinos

      1. La modernización del campo y sus límites
      2. Luchas campesinas e inestabilidad política
    3. Capitulo tres. Los Cruceños

      1. Desarrollo económico y neo-oligarquía local
      2. Organizaciones cruceñas y cruceñidad
      3. Regionalismo cruceño e inestabilidad
    4. Capitulo cuatro. La Neo-Oligarquía

      1. Los dirigentes del sector privado
      2. Los funcionarios del Estado
      3. Los políticos
      4. Las redes del enriquecimiento
    5. Capitulo cinco. Los Aviadores Norteamericanos

  1. Conclusión

  2. Bibliografía referencial

  3. Índices

    1. Índice de Cuadros y Gráficos

Prólogo

Jean-Pierre Lavaud

1Este libro es el resumen de una tesis de doctorado en sociología, escrita entre 1984 y 1987, y defendida en la Universidad de París-Sorbonne en enero de 1988. El objetivo de la tesis era el de intentar explicar la inestabilidad política en Bolivia desde 1952 a 1982. Posteriormente, sólo fue escrita la última parte de la conclusión, con el fin de mostrar que el camino emprendido para explicar la inestabilidad también permitía un análisis del reciente período de apertura democrática. La edición francesa del libro es de 1991. En la víspera de su aparición en Bolivia, ciertamente, me he preguntado si valía la pena actualizar este trabajo.

2¿Convendría, por ejemplo, añadirle un capítulo sobre la consolidación de la democracia? Pero, me parece que no se podría tratar un objeto de esa magnitud en unas cuantas páginas, sin emprender previamente una otra profunda investigación, y que mi alejamiento de Bolivia desde hace más de una década no me permitiría tratarlo seriamente. Por otra parte, hubiera sido ciertamente provechoso examinar algunos pasajes del libro a la luz de los actuales trabajos dedicados al período postrevolucionario. Finalmente, un poco incómodo —lo confieso— por la idea de enfrascarme nuevamente en un ya lejano trabajo, he preferido dejar el texto, tal cual, en su versión original, con sus errores y falencias.

3Este libro no hubiera sido posible sin largas y numerosas estadías en Bolivia desde fines de 1968. De partida, llegué a este país en el marco de la cooperación francesa para ayudar a implementar un servicio de orientación profesional en el seno del Ministerio de Educación. Creo haber sido sólo mediocremente competente para esa tarea. En cambio, esa estadía me permitió recolectar los materiales necesarios para un primer trabajo de investigación en torno al tema de la percepción política de los habitantes de un barrio popular de La Paz.1 A partir de entonces, la mayoría de mis trabajos de investigación han versado sobre Bolivia y han sido el apoyo de mi carrera universitaria. Es, pues, considerable la deuda que tengo con este país que, con el correr de los años, se ha convertido en algo así como mi segunda patria.

4Aquí quisiera, pues, expresar mi gratitud a todos aquellos que con su colaboración, de una u otra manera, hicieron posible este trabajo. Muchos me brindaron su testimonio o su ayuda, oficiales de las Fuerzas Armadas o sus familiares, dirigentes sindicales y políticos, funcionarios de varios ministerios, gente de la calle, en una época en la que el uso de la palabra no siempre se ejercía sin riesgos personales —por lo menos, para algunos de entre ellos, cuyo anonimato respeto. A todos ellos quiero aquí expresarles mi profundo agradecimiento. Por otra parte, también quiero agradecer a los colegas y amigos, que me han colaborado por medio de sus consejos, sus palabras de estímulo y sus observaciones críticas, aunque conviene subrayar que las ideas defendidas en esta obra sólo comprometen a mi persona: Javier Albo, Marcelo Arauz. Gloria Ardaya, Julio Butrón, Fernando Calderón y todo el equipo del CERES, Mario Diez de Medina, Magda García Rocha, Gregorio Iriarte, Marcelo Quesada. Pierre Rivals, Salvador Romero Pittari, Godofredo Sandoval.

5Quisiera también rendirles un homenaje póstumo al padre Maurice Lefebvre, trágicamente asesinado durante el golpe de estado de agosto de 1971 mientras acudía a socorrer a unos heridos, quien me acogió afectuosamente en el departamento de sociología de la Universidad Mayor de San Andrés y guió en mis primeros intentos de investigación en Bolivia; a Louis Mercier Vega quien voluntariamente acabó con sus días en 1977, libertario convencido, director de la revistas Aportes y Mundo Nuevo y autor de numerosos ensayos acerca de la vida política sudamericana, quien me enseñó el rigor y la necesidad del pensamiento crítico; y, finalmente, a François Bourricaud, mi director de tesis, fallecido en 1991, sin cuya ayuda, atenta y esclarecida, este trabajo no habría visto jamás la luz del día.

6Debo también expresarles mi agradecimiento a Marie-Danielle Demélas por su atenta lectura del manuscrito y sus valiosas sugerencias, y a Martine Courderc por su ayuda técnica. Finalmente, quisiera incluir en estos agradecimientos al equipo del CESU de la Universidad Mayor de San Simón, que decidió impulsar y realizar esta traducción.

7Jean-Pierre Lavaud

8Lille, setiembre 1997

Notas finales

1 Una versión resumida de este texto fue difundida por el Centro de Información de Bolivia (CIDOB) bajo el título de “La política vista desde abajo” (1978).

Introducción

1“Tanto en el exterior como en la propia América Latina, 'régimen político latinoamericano' se ha convertido en sinónimo de régimen arbitrario, incoherente y frágil. Para la ciencia política es prácticamente un dogma el creer que América Latina nada tiene que ofrecer en ese terreno que no sea ejemplo de incesantes y reiterados fracasos, tanto que uno se ve tentado de explicarlos por una congénita incapacidad de los pueblos latinoamericanos para poder gobernarse a sí mismos,” señalaba Jacques Lambert, en 1963, en la introducción de su libro Amérique latine: structures sociales et institutucions politiques (1963: 12-13). De ser así, un país que ha contribuido enormemente a convalidar este ya lugar común y los argumentos que lo acompañan, es, sin duda, Bolivia. Ahí, en efecto, no sólo son frecuentes los cambios de presidentes de la República sino, también, el promedio de duración de los mandatos presidenciales ofrece la particularidad de ser más breve en el siglo xx que en el xix (2 años y 6 meses en el xix; 1 año y 11 meses en el siglo xx) (Mesa Gisbert 1983: 80) y, además, ese promedio se ha reducido entre 1964 y 1982 (1 año y 1 mes) (Mesa Gisbert 1983: 98).

2La acelerada sucesión de los presidentes es sólo el aspecto más inmediatamente perceptible de la inestabilidad política; sólo ofrece una primera aproximación, la que, por otra parte, no es nada fácil de tratar porque, ciertamente, la duración de los mandatos presidenciales carece de un período fijo, natural y definitivo. Esta duración sólo puede ser considerada como normal o no en relación a la historia constitucional del país, o por comparación con la de los países vecinos.

3La mayoría de las 18 Constituciones políticas que se promulgaron en Bolivia después de su Independencia optaron por períodos presidenciales de 4 años y aquéllas que, entre ellas, no siguieron esta norma evitaron prescribir ciclos más largos. Los promedios observados se sitúan, entonces, por debajo de los cuatro años prescritos. Una estadística relativa a los años 1825 a 1982 muestra claramente la proporción de presidencias efímeras (menos de un año): 33 sobre 73, o sea, 45 %, 8 de las cuales son calificadas por el autor de esa cuantitificación como “presidencias-relámpago” (de 1 hora a 8 días).

4Si, por otra parte, uno compara el promedio de la duración de las presidencias en Bolivia con el de otros países de América Latina, desde la Independencia hasta nuestros días, uno tiene la impresión de que Bolivia no es tan atípica como aparece a primera vista. En efecto, aunque ciertamente es parte de la vanguardia de los países inestables (2,13 años), Bolivia marcha junto a Colombia, El Salvador (1, 56) y Panamá (1,86) la preceden y, no muy lejos, la siguen México (2, 25), Ecuador (2, 41) o el Uruguay (2, 42) (Mesa Gisbert 1983: 170). Pero, ahí, Bolivia se distingue por una más reciente inestabilidad, en un contexto en el que, a pesar de la movilización militar de los años 1960 y 1970, el promedio tiende hacia la prolongación de los períodos gubernamentales. Unicamente la Argentina ofrece situaciones de inestabilidad más o menos análogas.

5En suma, desde uno u otro de estos puntos de vista, Bolivia se manifiesta como un país particularmente inestable en relación a sus vecinos latinoamericanos. Sin embargo, si uno se limitara a medir la inestabilidad en base a los frecuentes cambios gubernamentales, la actual Italia o la Francia de la IV República deberían situarse junto a Bolivia en el grupo de los países inestables. Inmediatamente, sin embargo, surgen las diferencias. Los cambios en Italia o Francia están reglamentados, respetan los procedimientos constitucionales y se realizan sin violencia; más aún, suceden dentro de regímenes parlamentarios y, por lo tanto, no implican a los presidentes de las Repúblicas, los que, precisamente, permanecen como garantes de la Constitución. En cambio, en Bolivia, el paso de una presidencia a otra se realiza, a menudo, por medio de un golpe de estado de las Fuerzas Armadas, en el que no faltan actos de violencia dirigidos a determinados grupos de la clase política o que afectan a más amplios sectores de la población e implican una suspensión más o menos prolongada de las libertades civiles prescritas en las Constituciones.

Presidentes bolivianos de 1952 a 1982

C/M: Civil o Militar
Duración: Año, meses, días
Tipo: Const. = Constitucional
Int. = Interino
Fuente: Mesa Gisbert 1983:152.

6Como subraya con acierto Horowitz, “el golpe es un mecanismo que sirve para redistribuir periódicamente el poder, en ausencia de agentes de legitimación comúnmente aceptados dentro de la vida civil [...]. La ilegitimidad se transforma en la norma dominante del intercambio social” (1968). De hecho, la mitad de las 74 presidencias que se han dado en Bolivia desde su Independencia hasta 1982 han sido presidencias de facto; y 26 de ellas se han instaurado por medio de golpes de estado (14 de 18, en el período 1964-1982). En consecuencia, la Constitución no se aplica en lo que a los procedimientos de la sucesión presidencial y tampoco en lo que a los procedimientos de dicha sucesión se refiere.

7Hasta aquí, en lo expuesto, hemos pasado de una descripción de la inestabilidad en términos de cambios presidenciales a una lectura institucional de la misma. Desde este último punto de vista, ciertos regímenes aparentemente estables —inmediata como el de Paraguay de Stroesner, el de Chile de Pinochet o el de Bolivia de Bánzer— no son tales porque, ahí, o caudillos o clanes de militares, una vez usurpado el poder, se suceden unos a otros en una serie de “revueltas anticipadamente logradas” (Kling 1956) y donde el continuismo no es sino la otra cara de la inestabilidad.

8Lo que permite determinar si uno se encuentra (o no) ante un país de regímenes políticos inestables no es tanto la frecuente sucesión de los gobernantes como los procedimientos de entrada y salida al y del gobierno, en la medida que un régimen político sólo puede considerarse institucionalizado si éste “controla a largo plazo las condiciones de su propio funcionamiento y, en particular, las condiciones absolutamente críticas en lo que al acceso de los dirigentes al poder y las reglas de su sucesión se refiere” (Bourricaud, en Hamon (Comp.) 1983: 199). En Bolivia, esta condición se cumple muy rara vez y, en todo caso, imperfectamente.

9La violación de la Constitución no se limita a las usurparciones del poder o a los intentos de conservarlo por medios ilícitos, también se la reconoce en la supresión o reducción de las libertades públicas en nombre de la seguridad interna (derecho de circulación, libertad de prensa, de asociación, etcétera), en las exigencias y en las brutalidades de las fuerzas armadas, de la policía, de las (eventuales) policías paralelas, en las intervenciones intempestivas y a discreción del ejecutivo en la administración, etcétera. Todas estas arbitrarias ingerencias en la vida civil convierten en “regímenes de excepción” (cf. Bourricaud 1983: passim) a todos aquéllos que se dejan llevar por ellas.

10Al interior de estos regímenes de excepción, Francois Bourricaud distingue dos subconjuntos, el de la dictadura y el de la dictablanda, o sea, las formas dura y suave (blanda) de la dictatura. Prácticamente, todos los regímenes bolivianos pueden ser incluidos dentro de estos dos subconjuntos, pues, “[a]l fin de cuentas, los regímenes de dictablanda se distinguen de los regímenes de dictadura, en que, sin tampoco respetar las reglas constitucionales de comicios electorales y de sucesión, no interfieren muy brutalmente en contra de los derechos personales de los ciudadanos; o, si los afectan, no afectan simultáneamente los derechos de todos los ciudadanos” (Borricaud, en Hamon (Comp.) 1983: 197). En suma, en la práctica, la Constitución siempre resulta violada; pero: a veces más, a veces menos.

11La inestabilidad política boliviana hasta aquí descrita, caracterizada por la rápida rotación de los gobernantes, por sucesiones presidenciales irregulares y, a menudo violentas, por la continua suspensión de las garantías civiles, socava permanentemente la edificación de la democracia, la que, en este caso, sería su antipoda. Pero, entonces, ¿la estabilidad política sólo es posible en democracia?, ¿no será ésta una visión occidental o europeocentrista?

12Ciertamentente, es posible imaginar otras formas de estabilidad política que no sean la de las democracias occidentales. Varias formas de monarquía, las “democracias” socialistas o los regímenes autoritarios asiáticos permitirían caracterizar esos otros posibles casos. Pero, me parece legítimo medir la estabilidad de los países latinoamericanos en relación a las Constituciones democráticas que fueron suscritas por ellos mismos. En efecto, no olvidemos que, como lo subrayara Octavio Paz, “todas las revoluciones palaciegas, los golpes de estado, los motines se realizan sobre un fondo de constituciones democráticas promulgadas en la Independencia” (1983), o, más precisamente, que “los regímenes latinoamericanos, tanto en sus reglas de funcionamiento como en su patología o 'disfunciones,' sólo son comprensibles si, en primer lugar, se los incluye dentro de la tradición y cultura política a la que pertenecen: la tradición de la democracia occidental”.1 Es sólo muy recientemente que algunos regímenes militares hayan intentado perpetuarse como tales (Bánzer y García Meza en Bolivia), haciendo caso omiso de las Constituciones. Todos han sido derrocados o se han visto obligados a retornar hacia las formas constitucionales. La “dificultad para institucionalizar un poder militar radica, sin duda, en que éste no puede invocar otra cosa que una legitimidad de excepción y en que esta legitimidad, desde ya limitada y condicional desde su origen, entra en conflicto con principios de legitimidad más esenciales y más elevados, profundamente enraizados en la tradición de los países latinoamericanos, los del gobierno republicano o institucional que deseaba Bolívar” (Bourricaud 1983: 92).

13Veremos que así sucede en Bolivia. En América Latina, la única verdadera ruptura fue la lograda por el régimen cubano, ahora de tradición revolucionaria (cf. Paz 1983) —y, quizá, la del régimen nicaragüense. Sin duda alguna, este hecho es atractivo para toda una gama, sobre todo intelectual, de latinoamericanos, pero, por el momento, sólo es una excepción y, dicho sea de paso, no ha dado pruebas de su estabilidad pues aun no ha tenido ninguna sucesión presidencial.

14Hay un último aspecto de la inestabilidad política que me parece fundamental: el hecho que ésta sucede íntimamente ligada con una gran inestabilidad social. De partida, conviene subrayar que la rápida rotación de los presidentes implica una rotación acelerada en todo el conjunto del personal político y funcionarios de alto rango, así como también en los ministerios, prefecturas, alcaldías, las principales autoridades militares, de la policía, etcétera. Este spoil system desciende, a veces, como una cascada, hasta los más mínimos funcionarios de los ministerios y del conjunto de las instituciones públicas y, a menudo, el frenesí de los reemplazos también llega hasta los responsables patronales (en las cámaras de comercio, industria, agricultura...), los sindicales y cívicos (en las asociaciones que defienden los intereses vecinales, locales o regionales) y se propaga en los ámbitos cultural y universitario.

15Sucede, asimismo, que una aparente estabilidad en la cumbre — la prolongada permanencia de un presidente o de un partido a la cabeza del país— enmascara los incesantes ajustes y reajustes en los diversos niveles de la clase política o de la administración: durante los regímenes del MNR, las autoridades de la ciudad de Santa Cruz fueron reemplazadas constantemente; Bánzer cambió frecuentemente de gabinetes ministeriales y también reconstituyó muchas veces los altos mandos militares por medio de desplazamientos hacia otras responsabilidades, como las posibles en un país donde numerosos cargos civiles estaban, por entonces, ocupados por los militares.

16En suma, los problemas políticos y los problemas sociales están tan íntimamente ligados los unos con los otros, en un conjunto complejo y relativo, que, a veces, no siempre es fácil discernir, en un determinado ciclo de efervescencia, si la inestabilidad es fruto de la agitación en la base y que repercute en la cumbre, o a la inversa.

17Hasta aquí, entonces, en sus gruesos rasgos, la inestabilidad política boliviana, la que, en sus manifestaciones, se vincula directamente con la que podemos observar, de una u otra época, en el resto de los países de América Latina —esa “anarquía neolatina” de la que se quejaba Spengler. Si algo la distingue, sin embargo, es que ciertamente constituye uno de los casos extremos —por lo menos en lo que a las medias vueltas de los presidentes en las últimas décadas se refiere. Ahora debemos explicarla y, ciertamente, no es una tarea fácil.

18De partida, conviene descartar una tentación: la de atribuirle los males y desgracias de Bolivia a un cualquier primum mobile2 —tanto su atraso y subdesarrollo económico como la agitación política y social en los que se debate. Las explicaciones más recurrentes son, por un lado, el problema racial, es decir, la preponderancia de la “sangre” indígena en el país (el “atavismo indígena,” la sicología indígena), y, por otro lado, la nociva influencia del imperialismo norteamericano que mantiene al país en una funesta dependencia. Alcides Arguedas, autor de Pueblo enfermo (1909), es el representante más conocido de la primera —y más antigua— posición; por su parte, después de los años 50, el conjunto de la izquierda marxista boliviana difunde la otra explicación.

19Al respecto, notemos simplemente que, si optáramos por la primera posición, tendríamos grandes dificultades para poder explicar la inestabilidad política de Argentina donde, como en los Estados Unidos, los pobladores indígenas de ese territorio fueron exterminados y, hoy en día, no resta sino un puñado de ellos. Y, si se suscribe la segunda, es prácticamente imposible analizar la inestabilidad de los países latinoamericanos en su conjunto durante el siglo xix sin recurrir a torsiones —poco o nada convincentes— acerca la sucesión de los imperialismos (español, inglés, norteamericano). Dicho sea de paso, en ambas (cómodas) versiones, los dirigentes del país evitan todo tipo de responsabilidad: no es su culpa, es culpa de otros —dentro o fuera del país.

20De hecho, estas falsas explicaciones no son otra cosa que otras tantas justificaciones, vividas a menudo como fatalidades y que, por consecuencia, dan lugar a infinitas lamentaciones. Hay otras explicaciones de esta misma especie y que se han propuesto algunas por sí solas y otras en grupo: el traumatismo de la Conquista, la tormentosa geografía del país, la carencia de una salida al mar o su pérdida,3 etcétera. Por cierto, la mayoría de estas falsas explicaciones contiene algunas intuiciones correctas que sólo necesitan transformarse en proposiciones verificables: tanto los problemas raciales como la influencia económica norteamericana o la geografía física —en la medida que ésta condiciona las formas de existencia colectiva— inciden, sin duda alguna, en la vida política local; pero, falta precisar cuáles inciden, en qué momento y cómo se combinan entre ellas para manifestarse, finalmente, ental o cual otra forma de inestabilidad: dictadura o dictablanda, dictadura continua o sucesión de golpes de estado.

21Para intentar un verdadero análisis científico de la inestabilidad política boliviana, se puede escoger un determinado período de tiempo, claramente delimitado, e intentar contrastar Bolivia con otros países latinoamericanos, análogos en muchos aspectos, pero que, por su parte, posean la particularidad de una relativa estabilidad política —como México, por ejemplo— o, también, contrastar, comparar, dentro de Bolivia misma, diversos tipos de regímenes, unos más inestables que otros. En todo caso, independientemente de la solución adoptada, es necesario que cada una de estas situaciones esté caracterizada por un conjunto de rasgos pertinentes, vinculados entre ellos, y, entonces, observar como éstos evolucionan, de acuerdo a las situaciones de creciente o decreciente inestabilidad. Por mi parte, he escogido estudiar los treinta años que van desde la Revolución de 1952 hasta 1982. De partida, estas tres décadas tienen la ventaja de constituir un todo coherente en sí mismo porque, por un lado, tanto los hombres como las ideas de la Revolución de Abril han influido directamente en la política del país en todo este período, y, por otro lado, porque ahí, sin embargo, se han dado ciclos políticos distintos y contrastables: 12 años de régimen constitucional bajo el gobierno populista del MNR, 14 años de régimen militar y, finalmente, 4 años, excepcionalmente agitados, con gobiernos civiles y militares, alternando unos con otros permanentemente. Estos (sub)períodos pueden ser comparados entre ellos y en relación a los factores que frenan o, al contrario, aceleran la inestabilidad política

22Así llegamos a la idea central de este trabajo. Esta idea, directamente inferible de las manifestaciones de inestabilidad política previamente mencionadas, supone la existencia de un íntimo vínculo entre la inestabilidad política y la social: se nutre de ésta y, en retorno, la perpetúa. Esta idea no es nada nueva ni especialmente original. Desde ya, en los años 60, ha inspirado numerosos análisis de los problemas políticos en los países del Tercer Mundo. En Francia, por ejemplo, tenemos la de Jacques Lambert para quién es a la propia “sociedad [latinoamericana] a la que se deben aplicar las instituciones políticas,” sociedad que, por otra parte y “desde todo punto vista, es una de las más inestables” (Lambert 1963: 15). Para este autor, son las necesidades del desarrollo o su rapidez, las que, al alterar el tejido social, engendran la inestabilidad social, la que, a su vez, es fuente de la inestabillidad política: “Una causa evidente de los problemas que se producen en América Latina radica en la contracción histórica, la que allí impone realizar en muy pocos años cambios que, en Europa, se han acumulado durante un medio milenio,” subraya Lambert (1963: 15). En suma, tendríamos la siguiente secuencia: desarrollo económico acelerado, problemas sociales, problemas políticos.

23Sin recusar la pertinencia de este tipo de análisis ni tampoco, en general, las estadísticas internacionales que intentan vincular el desarrollo económico con el “desarrollo político,” no es por ahí, en rigor, que anda el camino que he decido tomar en este estudio del caso boliviano. La razón principal es muy sencilla. Si el trasfondo del desarrollo económico debe inevitablemente ser tomado en cuenta, también es indispensable estudiarlo en relación a las variables sociales y políticas más íntimamente ligadas con la inestabilidad y que permiten comprenderla. Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres de América Latina. Por tanto, ahí coexisten el subdesarrollo y la inestabilidad política. Pero, aunque, por otra parte, no se sabe muy bien cuál fenómeno causa al otro, falta de todas maneras explicar cómo se articulan mutuamente y, si es posible, porqué. Ahora bien, el principal interés de un estudio de caso —que no excluye las comparaciones entre un ciclo político y otros (y aun en diferentes fases del desarrollo económico) y que, en casos puntuales, no excluye comparaciones con los países vecinos— es, sobre todo, el de aislar las variables intermediarias, elaborar proposiciones explicativas más precisas y, finalmente, construir un modelo más elaborado capaz de integrar esas diversas proposiciones.

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