Ciudad Águila, Villa Serpiente

De

La intención de esta obra es considerar, repasando los grandes momentos de la historia de México, la evolución de las diversiones y de los gustos culturales. No se trata de establecer un catálogo ni de censar fenómenos, sino de intentar dar un sentido a las mutaciones que han ocurrido en este campo a partir de ejemplos significativos. Las modas y los gustos en los juegos y en la cultura han engendrado siempre modificaciones en las relaciones humanas en la ciudad: reuniones y exclusiones, júbilo o violencia, en pocas palabras, una atmósfera urbana particular. México puede ser un buen campo de experiencia para analizar las relaciones entre la "alta" y la "baja" cultura y las consecuencias de su asociación o de su oposición. En efecto, afectan los sistemas ideológicos, la comunicación entre los ciudadanos, las instituciones e incluso la configuración urbana. La pluralidad de los orígenes y las rupturas históricas hacen de la capital mexicana el lugar privilegiado para el análisis de esas relaciones. Louis Panabière (1935-1995) fue maestro conferenciante en la Universidad de Perpiñán, miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y, por muchos años, director de la Alianza Francesa y agregado cultural en la embajada francesa en México. En el fce Louis Panabière publicó Itinerario de una disidencia. Jorge Cuesta (1903-1942), una reveladora aportación al estudio de uno de los miembros más sobresalientes del grupo identificado como los Contemporáneos.


Publicado el : miércoles, 24 de abril de 2013
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EAN13 : 9782821828049
Número de páginas: 165
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Ciudad Águila, Villa Serpiente

Louis Panbière
  • Editor : Centro de estudios mexicanos y centroamericanos
  • Año de edición : 1996
  • Publicación en OpenEdition Books : 24 abril 2013
  • Colección : Historia
  • ISBN electrónico : 9782821828049

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Referencia electrónica

PANBIÈRE, Louis. Ciudad Águila, Villa Serpiente. Nueva edición [en línea]. Mexico: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1996 (generado el 17 diciembre 2013). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/cemca/1540>. ISBN: 9782821828049.

Edición impresa:
  • ISBN : 9789681648053
  • Número de páginas : 165

© Centro de estudios mexicanos y centroamericanos, 1996

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

La intención de esta obra es considerar, repasando los grandes momentos de la historia de México, la evolución de las diversiones y de los gustos culturales. No se trata de establecer un catálogo ni de censar fenómenos, sino de intentar dar un sentido a las mutaciones que han ocurrido en este campo a partir de ejemplos significativos. Las modas y los gustos en los juegos y en la cultura han engendrado siempre modificaciones en las relaciones humanas en la ciudad: reuniones y exclusiones, júbilo o violencia, en pocas palabras, una atmósfera urbana particular. México puede ser un buen campo de experiencia para analizar las relaciones entre la "alta" y la "baja" cultura y las consecuencias de su asociación o de su oposición. En efecto, afectan los sistemas ideológicos, la comunicación entre los ciudadanos, las instituciones e incluso la configuración urbana. La pluralidad de los orígenes y las rupturas históricas hacen de la capital mexicana el lugar privilegiado para el análisis de esas relaciones. Louis Panabière (1935-1995) fue maestro conferenciante en la Universidad de Perpiñán, miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y, por muchos años, director de la Alianza Francesa y agregado cultural en la embajada francesa en México. En el fce Louis Panabière publicó Itinerario de una disidencia. Jorge Cuesta (1903-1942), una reveladora aportación al estudio de uno de los miembros más sobresalientes del grupo identificado como los Contemporáneos.

Índice
  1. Prefacio

  2. Introducción

  3. I. Tenochtitlán o el abrazo entre el águila y la serpiente

  4. II. El águila rechaza a la serpiente

  5. III. El águila ignora a la serpiente

  6. IV. El águila condena a la serpiente

  7. V. ¿Se encontrarán el águila y la serpiente?

  8. Conclusión

Prefacio

1La intención de esta obra es considerar, repasando los grandes momentos de la historia de México, la evolución de las diversiones y de los gustos culturales. No se trata de establecer un catálogo ni de censar fenómenos, sino de intentar dar un sentido a las mutaciones que han ocurrido en este campo a partir de ejemplos significativos.

2Las modas y los gustos en los juegos y en la cultura han engendrado siempre modificaciones en las relaciones humanas en la ciudad: reuniones y exclusiones, júbilo o violencia, en pocas palabras, una atmósfera urbana particular.

3México puede ser un buen campo de experiencia para analizar las relaciones entre la "alta" y la "baja" cultura y las consecuencias de su asociación o de su oposición. En efecto, afectan a los sistemas ideológicos, la comunicación entre los ciudadanos, las instituciones e incluso la configuración urbana. La pluralidad de los orígenes y las rupturas históricas hacen de la capital mexicana el lugar privilegiado para el análisis de esas relaciones.

Introducción

1Uno de los fenómenos comentados con más frecuencia y estudiados con mayor atención y temor es sin duda el trastorno de las circunstancias demográficas que ha llevado a la proliferación de grandes metrópolis donde las condiciones de existencia se dan de manera muy diferente y se ponen en tela de juicio los factores de la estabilidad social. Para entender mejor lo anterior, para explicarlo y prevenirlo, debemos contemplar con mirada nueva los hechos sociológicos, ecológicos y políticos, con el fin de reconsiderar las estructuras constitutivas del individuo en su contexto social.

2Ahora bien, cuando se intenta analizar las causas de los desajustes provocados por la acumulación demográfica, se evocan siempre las políticas o económicas. La cultura y los modelos imaginarios de comportamiento se consideran las más de las veces como resultados y consecuencias de una evolución, y casi nunca como la fuente de los problemas de la sociedad. Desde el siglo xix se han analizado y cuestionado todos los sistemas políticos y económicos, pero casi nunca el modelo cultural. Se consideran las ideologías como causa de las evoluciones sociales, pero nunca nos preguntamos si el modelo cultural, las estructuras de lo que Castoriadis llama la institución imaginaria de la sociedad podrían ser responsables de ciertas crisis graves de comportamiento de los individuos. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado cuál podía ser la influencia de los modelos culturales sobre los fenómenos sociales. Por ejemplo, la violencia y la mortalidad en dos estados vecinos, Utah y Nevada, en los Estados Unidos, son muy diferentes, pese a que todos los parámetros son casi idénticos, excepción hecha de los criterios culturales. En uno de los estados prevalecen los principios religiosos de los mormones; en el otro, alrededor de Las Vegas, los comportamientos son totalmente diferentes debido a valores culturales opuestos.

3En el campo cultural siempre se consideró que sólo había una matriz válida, un solo tipo de valores establecidos desde la más remota antigüedad, y que la cultura era una y unívoca.

4Sin embargo, el fenómeno urbano contemporáneo nos demuestra claramente que la pluralidad de las matrices culturales es un hecho. La ciudad, sobre todo la metrópoli y con mayor razón la megalópolis de nuestra época, es ejemplo de heterocultura, de la confluencia y multiplicidad de los modelos culturales, de los deseos y las apetencias. Desde los gustos más refinados, en conformidad con los criterios universales del arte, hasta los apetitos más viscerales del sentido de la fiesta en las capas más bajas de la sociedad, el abanico de los impulsos culturales de la ciudad es tan amplio que se le puede aplicar el calificativo de "traje de Arlequín" definido por Michel Senes como el elemento más significativo de nuestros apetitos y de nuestros horizontes culturales:

Abigarramiento compuesto, hecho de pedazos, de harapos o jirones, de varias dimensiones, mil formas y colores distintos, de edades diversas, de procedencias diferentes, mal hilvanados, yuxtapuestos, sin armonía, sin atención prestada al vecindario, zurcidos según las circunstancias... ¿mostrará una especie de mapamundi?

5Ésta es precisamente la imagen de la cultura urbana si uno quiere y sabe verla. Encrucijada de hombres diferentes, confluencia de diferentes maneras de ver y sentir, así como de desear, divertirse y cultivarse, la ciudad es el lugar geométrico de todas las matrices culturales de nuestro tiempo. Esta pluralidad puede ser, como todo traje de Arlequín, un factor de heterogeneidad, de diferenciación e incluso de exclusión, o también de desorientación. Si la cultura es un conjunto de cosas, instituciones, ideas e imágenes comunes a una sociedad determinada, la ciudad sólo puede mostrarnos signos diferenciados y fragmentados. La ciudad, en especial la gran metrópoli, hace estallar la noción de cultura y nos remite, etimológicamente, a la noción de civilización. Esta última es un mosaico, una "sociedad" de culturas unidas por una red de creencias, técnicas, conceptos e instituciones que requieren un medio de comunicación entre las diferentes culturas. La civilización urbana consiste en la realización de una unidad entre culturas variadas. La cultura urbana sólo puede ser la armonización de la variedad, ya que una aglomeración no concertada sólo puede producir una cacofonía cultural, causa de desorientación y de patología social.

6Sin embargo, y en ello reside la paradoja de nuestra época, hemos heredado de la civilización europea de la era clásica la certeza de que las culturas y las civilizaciones debían converger hacia una sola y misma universalidad. Esta concepción unificado ra vino a toparse con la comprobación de la inevitable pluralidad. Si el siglo xix había heredado de la Enciclopedia la idea de un hombre universal, la realidad urbana contemporánea nos hizo descubrir a un hombre plural y la importancia de la diferencia. Entendemos hoy que universalidad significa precisamente pluralidad.

7Vivimos actualmente el periodo de transición en el cual este concepto no está aún bien asimilado y da lugar a malentendidos. Para ciertas personas, que, como me temo, son las más, los que no se relacionan con una cultura canónica sólo pueden ser excluidos y considerados como "bárbaros". Otros, sin embargo, empiezan a darse cuenta de la riqueza que puede representar la pluralidad.

8Pero la fuerza secular de una cultura canónica es muy resistente. Podemos incluso decir que en cierto modo se amplió con la aplicación en la empresa cultural de técnicas modernas de reproducción y difusión que le permiten alcanzar y tocar a un público mucho más amplio que antes. Cuanto más actúa la información sobre el comportamiento de la gente, más cree ésta que debe adoptar el modelo que se le presenta. La cultura canónica es considerada como la sola y única forma del verdadero saber y de la verdadera sensibilidad. Ahora bien, es cierto que cuando uno se adhiere a un sistema de signos con el cual no coincide, hay incomprensión, intento de fingir emoción sin sentirla, y por consecuencia desculturación, ya que uno se aleja por desprecio institucional de todo cuanto sería conveniente y se acerca a una cultura de la cual se pone la máscara pero a la que permanece totalmente ajeno.

9Desde hace tiempo se nos viene repitiendo que los panem et circenses no eran más que entretenimientos de populacho, y bien sabemos que la noción de "hombre culto" se aplica a una categoría de criterios definidos con mucha precisión. En nuestra civilización, y desde hace ya muchos años, por no decir algunos siglos, la institución social, cualquiera que sea su ideología, quiere imponer al conjunto de su población una cultura canónica considerada universal.

10Sin embargo, hay que reconocer que si esta forma de cultura tiene virtudes, querer imponerla a todas las categorías sociales comporta serios inconvenientes y sobre todo una evidente inadecuación. George Steiner, en su libro Presencias reales, definió muy bien el peligro de toda evaluación, de toda canonización, ya que dependen de una política del gusto y esta política es, en esencia, oligárquica:

Si se da a la inmensa mayoría de la humanidad la libertad de escoger, va a preferir el futbol, los culebrones televisivos o la lotería a Esquilo. Pretender lo contrario, crear programas para una civilización más humana fundada en una mejora de la educación de masas –tales proyecciones didácticas se aplican en el liberalismo jeffersoniano y arnoldiano ni más ni menos que en el marxismo-leninismo–, es pura hipocresía.

11Al orientar expresamente la cultura, la institución reprime ciertos impulsos, nos produce mala conciencia y nos priva de ciertas emociones sin que necesariamente nos haga descubrir otras. El desprecio inculcado nos hace rechazar ciertos signos. De sobra es conocida la rabia de Wag-ner que no podía dejar de canturrear la melodía del "Postillón de Longjumeau", trivial opereta de la época.

12El programa cultural oficial, en todos los casos, traduce alternativas sociales y pedagógicas encaminadas a establecer un consenso más o menos estable y que está animado por motivos tanto estéticos como políticos. Al considerar la pluralidad como peligrosa, la institución fija una norma y se propone erradicar lo que no entra en su universalidad. En esa cultura canónica no queda sitio para el estribillo de las calles, para el poetastro, ciertas imágenes que sin embargo siguen alimentando nuestro sistema simbólico y nuestras necesidades más fundamentales.

13Ciertas estructuras sociales tienen menos dificultades que otras para unificar, por lo menos en apariencia, el sistema de signos culturales. Pero en ciertos países en los cuales el gusto se impone más desde fuera que por herencia, la polivalencia de las matrices culturales no se puede borrar fácilmente, y el programa cultural canónico es resentido como una agresión o una exclusión para quienes no se sienten tomados en cuenta. Entre gustos heredados y conservados, y una cultura que viene desde fuera y de muy lejos, es difícil establecer una coexistencia o una interacción sin que enseguida se produzca discordancia.

14En efecto, cuando hay una presencia común de elementos heterogéneos, oscilamos generalmente entre el intercambio y la guerra. Cuando los elementos concentrados son muy diferentes y sobre todo si el peso de la institución para imponer una cultura confina a la otra al desprecio, con toda evidencia sólo puede haber guerra y resistencia. Ninguna interacción puede establecerse entre los diversos signos culturales y la cohesión deseada es imposible.

15El caso de la ciudad de México es particularmente significativo de esas ambigüedades y de esos conflictos.

16Siempre y por diversas razones, la capital de México ha presentado las características más evidentes de pluralismo cultural y al mismo tiempo del centralismo más riguroso en su voluntad unificadora. Si a esto le agregamos que las particularidades demográficas de esta capital la han hecho siempre un mosaico particularmente rico de poblaciones, tenemos un campo de experimentación muy revelador en cuanto a las experiencias y a las opciones culturales.

17Desde 1325, cuando el pueblo azteca decidió establecerse en las lagunas de la capital, en el mismo lugar donde, como dice la leyenda, un águila devoraba una serpiente sobre un nopal, varios pueblos y culturas llegaron a coincidir, mezclándose y fundiéndose en una gran metrópoli que deseaba conformar un gran imperio. Desde entonces, con la colonización española, la Independencia, el restablecimiento de un orden bajo el Porfiriato y por último la época contemporánea desde la Revolución, la ciudad de México no ha cesado de ser una gran aglomeración urbana, una mezcla de gente y culturas diferentes, todas originarias de otro lugar, y un ejemplo de verdadera voluntad unificadora. Todas estas características son propias para ilustrar nuestro propósito, que es el de mostrar cómo en tiempos diferentes se han resuelto los conflictos provocados por la pluralidad de las matrices culturales y el necesario desarrollo del individuo en la ciudad.

18La imagen misma de la fundación de la ciudad puede ser muy útil para servirnos de símbolo e ilustrar mejor las diferentes opciones sociales y culturales. ¿Será que la multiplicidad en la coincidencia provocó tensiones, exclusiones o barbarie? ¿O que engendró a la serpiente de la discordia? ¿O es que la fusión armoniosa de la pluralidad ha dado a la ciudad y a sus habitantes la majestuosa altura del águila que lo cubre todo con su vuelo?

19Las diferentes rupturas históricas, que han dado a la ciudad estatutos múltiples, deberían permitirnos considerar las diversas soluciones aportadas a este problema, con el fin de establecer un balance ejemplar. El choque de culturas ha sido frecuente en México. ¿Ha provocado crisis o ha dado lugar a fecundos enriquecimientos?

20Más que en ningún lugar, en la ciudad de México se han enfrentado o han coexistido sistemas culturales. Cualquiera que sea la naturaleza de los sistemas políticos, se enfrentaron por una parte a una cultura que lleva al buen gusto y a la sensibilidad refinada, practicada y propuesta por el poder en ejercicio, y por otra parte a manifestaciones que conducen a la fiesta, a la comunión en las alegrías compartidas. Los dos aspectos son también enriquecimientos por EXALTACIÓN, si se quiere tomar ese término en su sentido etimológico. Está claro que siempre ha sido más frecuente privilegiar el buen gusto a la fiesta, hacer del uno la "alta cultura" y de la otra la "baja cultura"; en pocas palabras, hacer del uno el "ÁGUILA" y del otro la "SERPIENTE". Pero precisamente la dialéctica entre los dos puede ser significativa de la realidad del fenómeno urbano y constituir una lección para los problemas a los cuales nos enfrentamos cada día con más frecuencia.

21¿Cómo conciliar la elaboración necesaria de un imaginario colectivo que permita y favorezca la comunicación, la comprensión, el enriquecimiento mutuo y la salvaguarda de los impulsos más auténticos y más profundos?

22Los excluidos del saber canónico se decantan a menudo hacia el mundo de la serpiente, ya que no los abruma y en él no se sienten excluidos. Los elegidos del saber canónico se refugian y se mantienen en el nido del águila, ya que así tienen la sensación de protegerse de una contaminación nociva que los rebaja. Ambos salen perdiendo, y el abismo que se abre entre los dos polos perjudica toda la vida social, más allá de los fenómenos puramente culturales. Hay una gran distancia entre cultura y entretenimiento. Esta distancia ha sido más o menos borrada, más o menos acentuada en el curso de la historia.

23Medir la distancia entre los dos polos debe permitirnos valorar no sólo la organización física de la ciudad sino también los sistemas políticos, ideológicos y culturales y sobre todo la calidad de comunicación y de convivencia entre las clases sociales y los individuos. Si el equivalente de la humanidad del hombre es, según George Steiner, el poema, la oración y la ley, podemos agregarle la fiesta y veremos si estos diferentes aspectos coinciden o no, si su abigarramiento se acepta para unificar o si se rompe para excluir.

24La finalidad de esta obra no es hacer un análisis sociológico completo. Más que de información científica, se trata de un recorrido panorámico de las grandes estructuras por las cuales ha pasado la ciudad de México, intentando encontrar la experiencia de la vida cotidiana a través de la cultura vivida, con la finalidad de considerar, a lo largo de la historia de la ciudad, las venturas y desventuras de la relación entre el águila y la serpiente.

I. Tenochtitlán o el abrazo entre el águila y la serpiente

1se suele fechar la fundación de la ciudad de México-Te-nochtitlán en 1325, cuando los aztecas decidieron establecerse después de una larga peregrinación que los llevó de la ciudad mítica de Aztlán al lugar designado, en el cual deberían encontrar un águila devorando una serpiente. Hay que decir que el lugar escogido, aunque no fuera ideal para la instalación de una capital según normas prácticas (dos lagunas más o menos salubres), tampoco era desierto ni libre de civilización.

2En un pasado reciente, sociedades con culturas muy desarrolladas como fueron primero Teotihuacán y luego los toltecas de Tula, habían dejado en el valle huellas aún muy frescas. Ahora, varias tribus vivían en las orillas de las lagunas y constituían un foco de civilización no desdeñable. Cuando los aztecas llegaron y decidieron establecerse, debieron parecer a los ojos de los poblados residentes, ya evolucionados, una tribu muy primitiva y salvaje. Nunca habían encontrado en su peregrinación las riquezas y el refinamiento que pudieron ver en ese valle. Su única virtud era su resistencia, su fuerza y su habilidad para la guerra. Por ello, empezaron ofreciéndose como mercenarios a los tepanecas, la tribu más poderosa de todo el litoral lacustre. Se instalaron primero en la colina de Chapultepec, donde empezaron su aprendizaje de sedentarios y de soldados al servicio de un pueblo. Durante la guerra contra la tribu de Culhuacán, fueron vencidos, hechos prisioneros e incluso utilizados en una guerra contra los xochimilcas, otra tribu vecina, a la que aplastaron. Luego traicionaron a los señores de Culhuacán y se instalaron en una isla, la célebre tierra prometida en la cual un águila devoraba una serpiente. Allí fundaron la ciudad de Tenochtitlán.

3Primera comprobación, que será importante para nuestro propósito: la ciudad fue fundada en un lugar donde vivían y sobrevivían culturas ya muy desarrolladas. Desde su origen, pues, la ciudad es plural, tanto desde el punto de vista espacial como temporal. Los aztecas se impusieron, pero la población de la ciudad en el momento de su constitución era ya múltiple y mezclada. Para instalarse en su isla y poder sobrevivir en ella, los aztecas van a tomar de los pueblos vecinos las técnicas y la cultura que puedan serles útiles. Por ejemplo, para alimentarse debieron construir chinampas, especie de jardines flotantes, cuya técnica tomaron de las de Culhuacán. Por otra parte, las estructuras sociales de esa tribu nómada, en forma de clanes, no pudieron funcionar en el sedentarismo. Era necesaria una organización más autoritaria, más estratificada y más centralizada, para la que adoptaron los modelos de los toltecas y de Teotihuacán. Otros ejemplos también podrían demostrar este nacimiento pluricultural.

4En cuanto fueron un poco más poderosos, lo bastante para poder dialogar con las tribus ribereñas, los intercambios se volvieron cada vez más frecuentes tanto en el dominio de las mercancías como en el de las familias. Aunque las guerras fueran frecuentes, al tiempo que se imponían por la fuerza, los aztecas se servían de los sistemas políticos, económicos y sobre todo culturales de sus vecinos, a los que necesitaban para llegar a ser una potencia reconocida.

5Desde entonces, la rápida y formidable expansión del imperio se realizó bajo el signo de la asimilación. Los guerreros se imponían por su fuerza, pero no imponían modelos de comportamiento. Todo lo contrario, sacaban de los países sometidos a tributo los elementos constitutivos de su religión y de su cultura. Ese punto es particularmente revelador e importante: el imperio azteca, cuyo corazón es la ciudad de México-Tenochtitlán, no es un centro que se impone a la periferia destruyendo sus valores, sino un cuerpo que se nutre de los contactos, de las relaciones con las poblaciones y de las culturas con que se encuentra. No hay exclusión, sino asimilación e integración de elementos nuevos.

6Para ilustrar este sistema, que se opone a los procedimientos del mundo antiguo, un autor contemporáneo (A. Bartra) imaginó en una novela escrita en catalán en México, Opoton el vell, que las tropas de Moctezuma, al contrario de las de Cortés, cruzaban el Atlántico y conquistaban España. En vez de destruir las catedrales, los aztecas habrían optado sencillamente por colocar sus dioses sobre los altares católicos, y sin dificultad aumentar su mitología. Este ejemplo es significativo y sin duda conforme a la mentalidad de los señores de Tenochtitlán. Ya se sabe que sus conquistas se realizaban sobre todo por medio de alardes de potencia y por el comercio.

7Así, desde un punto de vista histórico, es importante notar que, desde su fundación, la ciudad de Tenochtitlán no fue un núcleo duro que extendió su autoridad, sus leyes y costumbres, sino un conjunto de hábitos que se fundaban en un principio social común.

8Si el poder se había establecido sobre la base de un mosaico de usos, leyes y técnicas, el sistema ideológico no era por ello menos particular y muy diferente de lo que tenemos costumbre de considerar.

9En efecto, en su perspectiva, la mitología era en Te-nochtitlán totalmente distinta de la que conocían las civilizaciones occidentales. El sistema era, incluso, totalmente opuesto. Para los europeos, y en particular los españoles, la relación con la divinidad era una relación vertical. El impulso hacia la divinidad era un impulso de depuración, en el límite de deshumanización, y el hombre se formaba a imagen de Dios. El recurso a la imagen modelo era ascencional y la realización consistía en librarse del caos, de la materia, para acceder a la pureza de la divinidad.

10No ocurría lo mismo con los aztecas. Basta considerar su manera de vivir y sus producciones artísticas. Allí, el hombre no va hacia Dios, no levanta los ojos hacia un espejo celeste. Atrae a la divinidad a la tierra y la mezcla con la vida. Los españoles querían hacer hombres a la imagen de Dios, los aztecas hacían dioses a la imagen del hombre. Se invierte la polaridad. La vida absorbe a la divinidad. El espejo está abajo, entre los hombres, entre los trabajos y las risas, las alegrías y las penas. Las imágenes de las divinidades no son fijas, eternizadas con aire de majestad o de sufrimiento; luchan, comen, sufren y juegan. El fenómeno es importante, ya que si para los españoles lo que importaba era la semejanza, para los aztecas era la pluralidad la que se expresaba en la comunión. El Dios de los españoles tiende a reducir al individuo a una esencia única: "Ustedes que entran aquí, borren toda diferencia, abandonen toda singularidad". Mientras que la multiplicidad plurivalente de la mitología azteca individualiza a sus miembros para reunirlos mejor: "Ustedes que entran aquí, reconózcanse en sus diferencias, integren sus singularidades". La imagen más notable de esa inversión de perspectivas es, por cierto, el hecho de que los católicos piensan que Dios derramó su sangre por los hombres, mientras que los aztecas creyeron siempre que ellos, los hombres, debían dar su sangre a los dioses. Para ellos, la relación con lo simbólico, con el sistema imaginario encamado en su mitología, era en cierto modo estrecho y visceral. Las relaciones que mantenían con las representaciones míticas eran osmóticas, sus relaciones eran de participación y coexistencia. Esta estructura tendrá evidentemente su importancia en todas las formas de vida y de comportamiento. La cultura es comunión y el signo forma un solo cuerpo con las fuentes de la vida. Los hombres vivían por y para los dioses, cuyo espíritu, cuando no era el dios mismo, se instalaba en cada uno de los elementos naturales que adornaban la vida, de manera que ninguna actividad humana era ajena a la presencia y a la participación de los dioses. En la época prehispánica, se puede decir que toda actividad humana era necesariamente de naturaleza colectiva.

11Pero si había participación colectiva, quedaba excluido concentrar lo múltiple en lo uno. La vida era para el hombre precolombino una totalidad compuesta y podía fácilmente, sin conflicto ni exclusión, percibir y asumir lo múltiple en el seno de lo uno. La organización social, el sistema de representaciones culturales y el ocio (juego y tolerancia) convergen hacia una imagen única y coherente en la cual los diversos aspectos del hombre y de la sociedad pueden sobreponerse. Hay focalización: la multiplicidad de los individuos no se comprime en provecho de un modelo único y a expensas de otros; todas las caras llegan a co-incidir.

12Saber, poder y ocio participan en una misma visión del mundo. El ocio no es diversión, ya que el individuo no tiene necesidad alguna de desviarse para expresarse plenamente. El juego no es escapatoria, liberación: forma parte de un conjunto en el que participa. La expansión sensual, visceral, no es una transgresión como lo será más adelante. Lo notamos claramente en las modalidades de la embriaguez, bebiendo pulque, o de las drogas, consumiendo peyote. Esos fenómenos no son, para ellos, desenfrenos; están ritualizados, y por ello controlados, y no deben rebasar el umbral de una exaltación necesaria.

13La sociedad mexica reconoce el consumo sexual y alcohólico mientras se desarrolle en un marco ritual y comunitario. Sólo hay transgresión cuando se rebasan los límites, lo que demuestra la amalgama de sectores sociales que se controlan uno al otro en vez de excluirse. ¿Será necesario precisar que este control proviene de su interferencia y no de una represión punitiva?

14Los límites que no se deben rebasar en las categorías del poder, del saber y del ocio se fijan naturalmente por las tres componentes coadyuvantes. Cada uno de los elementos de la estructura es...

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