Al filo de la navaja

De

Los señores étnicos desempeñaron un papel clave entre las dos sociedades, española e indígena. La primera les conservó parte de sus prerrogativas, pero a cambio de una sumisión total con miras a transformarlos en correa de transmisión a la vez imprescindible y eficaz. Solidaridad étnica y colaboración colonial fueron, pues, los dos polos opuestos entre los cuales la actitud de los caciques pudo variar, en función de las épocas, de la naturaleza de los problemas que resolver y de los individuos. A partir del caso de don Francisco de Zamora en la región de Latacunga y a lo largo de unos sesenta años, este libro analiza las diversas facetas de los combates de un cacique del siglo XVIII en favor de sus subditos, sus repelidos enfrentamientos con las autoridades españolas a nivel local y de la Audiencia, pero también su manejo del poder y la defensa cada vez más evidente de sus intereses personales. Esos episodios permiten un acercamiento sugerente al alcance y a los límites de la "justicia indígena", al cuestionamiento, desde varias ópticas, de la legitimidad cacical a lo largo del último siglo colonial, a la borrosidad de las fronteras entre solidaridad étnica y colaboración colonial y a la plasticidad de las luchas por parcelas del poder local en los pueblos andinos de la época.


Publicado el : martes, 02 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821844698
Número de páginas: 202
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Al filo de la navaja

Luchas y derivas caciquiles en Latacunga (1730-1790)

Bernard Lavallé
  • Editor: Institut français d’études andines, Corporación Editora Nacional
  • Año de edición: 2002
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844698

OpenEdition Books

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  • ISBN: 9789978842973
  • Número de páginas: 202
 
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LAVALLÉ, Bernard. Al filo de la navaja: Luchas y derivas caciquiles en Latacunga (1730-1790). Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2002 (generado el 19 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/3984>. ISBN: 9782821844698.

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Los señores étnicos desempeñaron un papel clave entre las dos sociedades, española e indígena. La primera les conservó parte de sus prerrogativas, pero a cambio de una sumisión total con miras a transformarlos en correa de transmisión a la vez imprescindible y eficaz. Solidaridad étnica y colaboración colonial fueron, pues, los dos polos opuestos entre los cuales la actitud de los caciques pudo variar, en función de las épocas, de la naturaleza de los problemas que resolver y de los individuos.
A partir del caso de don Francisco de Zamora en la región de Latacunga y a lo largo de unos sesenta años, este libro analiza las diversas facetas de los combates de un cacique del siglo XVIII en favor de sus subditos, sus repelidos enfrentamientos con las autoridades españolas a nivel local y de la Audiencia, pero también su manejo del poder y la defensa cada vez más evidente de sus intereses personales.
Esos episodios permiten un acercamiento sugerente al alcance y a los límites de la "justicia indígena", al cuestionamiento, desde varias ópticas, de la legitimidad cacical a lo largo del último siglo colonial, a la borrosidad de las fronteras entre solidaridad étnica y colaboración colonial y a la plasticidad de las luchas por parcelas del poder local en los pueblos andinos de la época.

Bernard Lavallé

Bernard Lavallé. es catedrático de Civilización Hispanoamericana Colonial en la Universidad de la Sorbona Nueva (París). Ha publicado Recherches sur l'apparition de la conscience créole dans la vice-royauté dit Pérou (1982). El marqués y el mercader, las luchas de poder en el Cusco 1700-1730 (1988). L'Amérique espagnole de Colomb à Bolivar (1992). Las promesas ambiguas: criollismo colonial en los Andes (1993), Bibliografía francesa sobre el Ecuador 1968-1993 (1995). Quilo y la crisis de la alcabala 1580-1600 (1997). Amor y opresión en los Andes coloniales (1999).

    1. LAS PRIMERAS DISCONFORMIDADES DE UN JOVEN CACIQUE GOBERNADOR
    2. EL HOSTIGAMIENTO DEL CORREGIDOR D. JUAN VALENTÍN DE CÁCERES
    3. A MÁS PLEITOS, MÁS ACUSACIONES CONTRA D. FRANCISCO
    4. « LA CARIDAD EMPIEZA POR CASA »
  1. Capítulo III. Contra hacendados, obrajeros y frailes doctrineros

    1. MÁS PLEITOS DE TIERRAS
    2. LOS ABUSOS DEL OBRAJE DE GUAYTACAMA
    3. LA CUENTA DEL INSENSATO LORENZO QUINTUÑA
    4. EL ENFRENTAMIENTO CON LOS DOCTRINEROS FRANCISCANOS
    5. EL FLAMANTE CACIQUE DE SAN FELIPE
  2. Capítulo IV. Don Francisco ¿De cacique gobernador a hacendado aliado del corregidor?

    1. CONTRA LA EXPANSIÓN DE LAS TIERRAS DE LA COMPAÑÍA... Y OTROS PLEITOS
    2. D. FRANCISCO FRENTE AL PROBLEMA DE LOS INDIOS FORASTEROS
    3. EL ESTANCIERO DE ALOASÍ
    4. EL ALIADO DEL CORREGIDOR D. SIMÓN FUENTES Y VIVERO
  3. Capítulo V. Últimos combates, últimas acusaciones

    1. UN CUENTO DE NUNCA ACABAR: LA COBRANZA DEL TRIBUTO
    2. EL TIEMPO DE LAS TORMENTAS
  4. Capítulo VI. El testamento de don Francisco de Zamora

  5. Conclusiones

    1. ALCANCE, LÍMITES Y CREDIBILIDAD DE LA « JUSTICIA INDÍGENA »
    2. EL CUESTIONAMIENTO DE LA LEGITIMIDAD CACICAL
    3. ENTRE SOLIDARIDAD ÉTNICA Y COLABORACIÓN COLONIAL
    4. LA PLASTICIDAD DE LAS LUCHAS POR PARCELAS DE PODER
  6. Fuentes manuscritas

    1. ARCHIVO NACIONAL DEL ECUADOR (QUITO)
    2. NOTARÍAS DE LATACUNGA
  1. Bibliografía

  2. El instituto francés de estudios andinos, IFEA

  3. Biblioteca de historia ecuatoriana

Prólogo

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1Como a veces ocurre, este libro no es aquel que yo pensaba escribir cuando inicié la investigación que finalmente ofrezco al lector.

2Hace algunos años, tenía el proyecto de estudiar cómo se había pasado de un siglo xvii supuestamente apacible, esclerosado en sus estructuras políticas, económicas y mentales en gran parte heredadas de la centuria anterior, a esa época de reconsideraciones y cuestionamientos cada vez más violentos que caracterizan la segunda mitad del siglo xviii en las regiones constitutivas del actual Ecuador, como en las demás partes del entonces imperio español de América. Dicho de otra forma, era una manera, entre otras, de acercarse a esas décadas tan poco y mal conocidas que median de la crisis generalizada de la sociedad española y de la impotencia cada vez más evidente de la Corona en tiempos de D. Carlos II, al impacto de las primeras medidas de la nueva dinastía borbónica cuyo objetivo primordial era reactivar, ante todo en provecho de la Península, la enorme maquinaria económica americana, pero sin tomar en cuenta el costo social, y finalmente político, que esto podría implicar.

3Anduve entonces buscando en la documentación de esos años una serie de indicios, convergentes sin duda pero los más de ellos tenues, que podían revelar a través de comportamientos individuales o colectivos de diversas índoles cómo, efectivamente, a veces los dominados ya no aceptaban con su aparente y secular resignación los abusos, las injusticias, o sencillamente incluso las amenazas implícitas que significaba la presencia del aparato represivo español. Publiqué así varios artículos sobre ese tema. Para uno de ellos, me llamó la atención en los catálogos del Archivo Nacional del Ecuador un expediente sobre algo sucedido en Latacunga, que figuraba en la serie Sublevaciones indígenas, y que por su fecha - 1746 - entraba perfectamente en mis propósitos, tanto más cuanto que yo no había visto nada publicado sobre él.

4Cuando pude ir a consultarlo, resultó que ya no existía la serie en cuestión, y que dicho expediente había sido agregado, como los demás de la misma naturaleza, a la serie Indígenas donde efectivamente me fue posible examinarlo. No es éste el lugar de adelantar cuáles fueron entonces mis conclusiones sobre ese asunto, pero lo que sí quiero de momento recalcar es que las acusaciones del corregidor de Latacunga contra un cacique gobernador de la comarca era, a las claras, un episodio más en una serie ya aparentemente nutrida de roces y enfrentamientos entre esos dos personajes, de la que la documentación quiteña sin duda alguna había de dar constancia.

5Ese jefe étnico, don Francisco de Zamora, se convertía así en la posible figura clave de una investigación que, efectivamente, se fue plasmando, pero tomando al poco tiempo un sesgo muy diferente de mi propósito inicial. Se trataba de un casi desconocido en la historiografía ecuatoriana. Sólo aparece apenas en dos ocasiones, de manera además marginal e intranscendente, en el conocido libro de Segundo Moreno Yánez dedicado precisamente a las « sublevaciones » indígenas a finales de la época colonial.

6Ahora bien, sistematizando el estudio de la serie Indígenas del Archivo Nacional del Ecuador, y luego de otras más desde la década de los años 20 hasta la de los 80 del siglo xviii, don Francisco fue surgiendo decenas de veces en expedientes muy diversos, según los casos como protagonista, demandante, enjuiciado, sospechoso o simplemente como testigo, pero siempre con una extraordinaria presencia. Ésta salta a la vista en el tesón que manifestaba en todo lo que le concernía, como en el hecho de que, teniendo - como él decía - « por oficio el de la pluma » D. F. de Zamora no paraba de elevar a las oficinas del protector general de los naturales y a la Real Audiencia, cartas, memoriales, peticiones, denuncias, quejas y solicitudes de todo tipo. Esos textos se caracterizan a la vez por su excelente y apretada letra, como por lo argumentado, desarrollado y contundente de sus argumentaciones.

7Ya se sabe que, incluso desde bastante tiempo atrás, a pesar de las dificultades y ambigüedades propias de su situación de intermediarios entre las dos «repúblicas», ciertos miembros del grupo de los señores étnicos andinos se habían convertido en interlocutores no forzosamente maleables o complacientes de los representantes del poder colonial. A lo largo de la abundante documentación que hemos manejado, en su época don Francisco de Zamora no fue el único cacique que, en el ámbito de la Real Audiencia de Quito, escribiese para denunciar, pidiese con vehemencia, se quejase dolidamente o pleitease sin arredrarse ante lo encumbrado de las partes adversas. No obstante, eso sí, ninguno lo hizo tantas veces, sobre problemas tan diferentes, con tanta soltura en la exposición y con semejante continuidad, pues desde mediados de los años 1730 hasta la década de los años 1780 - incluso cuando ya había muerto - los funcionarios quiteños, de una u otra forma, tuvieron que estudiar problemas con él relacionados.

8El voluminoso acervo documental de esas decenas de expedientes en que, a título personal o colectivo, D. Francisco de Zamora estuvo comprometido durante toda su existencia, constituye un testimonio y un reflejo desde muchos conceptos excepcional. Da constancia de una larga serie de momentos claves en la vida de un individuo que era a la vez su centro, su eje y su « hilo rojo ». Ya su posición, muy peculiar en el entramado de la sociedad colonial, incita a una lectura interpretativa de esperanzadores resultados. Además, una vez puestos en perspectiva, esos documentos revelan y, de alguna manera, permiten reconstruir en su diversidad muchos aspectos de la experiencia social de los grupos de que emanan, según los casos aliados, cómplices, rivales o enfrentados. Así lo quería la compleja e intrincada madeja de las relaciones con otros individuos u otros grupos en que forzosamente se inscriben, la variedad de los problemas que los suscitaron, las evoluciones evidentes que se notan a lo largo de más de cinco décadas por muchos conceptos decisivas, las múltiples facetas de la vida social que en ellos aparecen.

9Aunque a veces, con alguna libertad intencionada, este libro sigue el recorrido vital de su protagonista principal, no por esto pretende reconstituir su biografía, ni mucho menos. Tampoco aspira a presentar una especie de monografía de los pueblos occidentales del corregimiento de Latacunga hacia mediados del siglo xviii, escenario y época de lo que se leerá, y que evidentemente lo nutre. Conforme vayan avanzando los capítulos, irán apareciendo otros caciques, indígenas del « común » de los pueblos o vinculados a las haciendas, curas doctrineros, funcionarios locales o de la capital, dueños de tierras, obrajes y ganado, españoles y mestizos diversamente situados en el escalafón social de la época. Todos distan mucho de desempeñar sólo en el libro el papel de sencillos figurantes, que no existirían sino en función del personaje central. Muy al contrario, por la diversidad de contextos a los que permiten acercarse, por la variedad de enfoques que ofrecen sobre una misma realidad, sin ellos sería imposible una comprensión global de los comportamientos que hace resaltar la puesta en perspectiva de los hechos observados.

10Como hizo notar de manera muy acertada Jacques Revel:

« El trabajo de contextualización múltiple practicado por los micro-historiadores [...] plantea, en primer lugar, que cada actor histórico participa, de manera cercana o lejana, de procesos -y por tanto se inscribe en contextos-de dimensiones variables, de lo más local a lo más global. No hay pues hiato ni aún menos oposición entre la historia local y la historia global. Lo que la experiencia de un individuo, de un grupo, de un espacio permite alcanzar, es la modulación particular de la historia global. Particular y original, porque lo que el enfoque micro-histórico ofrece a la observación, no es una versión atenuada, o parcial, de las realidades macrosociales: es una versión diferente »1.

11Esta cita, sobre todo en sus palabras finales, da también constancia de otra preocupación que ha guiado este trabajo a lo largo de toda su elaboración. Más allá de un caso - en muchos aspectos fuera de lo común, eso es cierto –, de un espacio comarcal bastante reducido dentro de la geografía de la Real Audiencia de Quito, del tipo de problemas encontrados y del nivel en que fue posible captarlos, siempre estuvo presente una reflexión más amplia. Aspiraba a ser más sistemática sobre los procesos encontrados, las fuerzas sociales en juego, las interacciones que las motivaron o que ellas suscitaron. En una palabra, por ese sesgo se ha intentado acercarse, siquiera modestamente, y a través de « una modulación particular », a la historia global de que habla Revel, en el presente caso a la comprensión de algunos mecanismos y comportamientos de la sociedad colonial hispanoamericana, tal como fue vivida en la última centuria de su existencia oficial por sus diversos componentes.

12Antes de concluir, quiero dejar aquí constancia de mi profunda deuda con todos aquellos que me han acompañado y ayudado, de una u otra forma, a lo largo de la elaboración de este libro. En Quito, mis queridos amigos Rosario Coronel Feijóo, Rosemarie Terán Najas y Guillermo Bustos, Rocío Rueda e Iván Mejía, Guadalupe Soasti que, más allá de una colaboración en algunos aspectos decisiva, me han permitido a lo largo de estos años un acercamiento multiforme y entrañablemente invalorable a la realidad ecuatoriana del pasado y del presente. En Francia, en primer lugar Francine Agard y todo el equipo técnico de la Maison des Pays Ibériques, Francisca Boisson, Françoise Lagarde y Marie-France Trésarrieu. Debo también agradecer a Jean Vacher, Director del Institut Français d'Etudes Andines, a Enrique Ayala, Rector de la Universidad Andina Simón Bolívar que me acogió tan gentilmente entre sus profesores, y a Luis Mora, Director ejecutivo de la Corporación Editora Nacional, por haber permitido que este libro se publique sin demora, y bajo los mejores auspicios, en la tierra misma que lo suscitara.

Notas

1 Jacques REVEL, Jeux d'échelles, la micro-analyse á l'expérience, Paris, Hautes Études-Gallimard-Le Seuil, 1996, p. 26. La traducción es nuestra.

Capítulo primero. 1746 ¿Un secuaz del Inca Juan Santos Atahualpa en Latacunga?

1El miércoles 25 de mayo de 1746, el corregidor del Asiento de Latacunga, el capitán de infantería española Joseph de Cifuentes, ordenó a su alguacil mayor encarcelar al indio Francisco de Zamora.

2Aparentemente, tal decisión no era nada extraordinaria en el contexto de la época. Sin embargo, sí tenía un carácter excepcional dado quién era la persona detenida. Se trataba nada menos que del gobernador de los pueblos de Hatun Sigchos, Toacaso (hoy Toacazo) y sus anexos, esto es de una amplia zona bastante poblada situada al noroeste de Latacunga, y que abarcaba desde las tierras llanas del corredor interandino hasta muy adentro en las alturas y quebradas de la cordillera occidental1.

3La medida tomada por el corregidor no podía sino tener motivos graves y fundados. En efecto, el gobernador desempeñaba un papel esencial en el sistema colonial de control y vigilancia de la sociedad indígena. Nombrado específicamente por el presidente de la Real Audiencia, sea a petición del interesado por vía hereditaria, sea a sugerencia de una personalidad local, como el corregidor o el cura doctrinero2, solía ser un cacique con autoridad no sólo sobre todos los indígenas sino también sobre los demás caciques de un pueblo o de un grupo de pueblos (... para que - como se decía en el nombramiento -con vara alta o bastón de la Real Justicia administr[e] y gobiern[e] assí a todos los yndios naturales como bagamundos de la Real Corona). Debía ocuparse de:

« ... los negocios y causas civiles y criminales que entre ellos se ofrecieren, haziéndoles justicia y sumariamente hasta en cantidad de tres pesos, excepto en caso de muerte y otros delitos arduos que de ellos av[ia] de dar quenta al corregidor, alcaldes ordinarios y a las demás justicias ».

4Incumbía así mismo al gobernador vigilar la asistencia de los indios a la doctrina, « evitar borracheras y juntas que suelen hacer, amancebamientos y otros escándalos, amparar a los pobres, huérfanos y viudas, molestias y malos tratamientos de qualesquier vezino » e impedir que algunos viviesen « en montes y quebradas ». Corría también a su cuenta la cobranza del tributo, otro de los aspectos esenciales de las obligaciones indígenas. En fin, como hemos dicho, los demás caciques de su circunscripción le estaban supeditados:

« ... y acudan a vuestros llamamientos y cumplan vuestros mandatos y os dexen usar y exercer el dicho oficio sin que se os puedan oponer impedimento alguno, antes si el corregidor y su theniente os den el favor y ayuda que haga menester ».

5Cualquier desacato a sus órdenes se podría castigar con penas corporales cuando el contraventor fuera indio del común, con cien pesos de multa en caso de ser español o cacique 3.

6En resumidas cuentas, el gobernador era pues a nivel local una especie de super cacique, la máxima autoridad entre los indígenas. Por consiguiente, el poder español le consideraba como su interlocutor privilegiado, pero también como su principal correa de transmisión y, como tal, le exigía una sumisión absoluta.

EL AJUSTE DE CUENTAS PENDIENTES

7Como escribió más tarde para justificarse D. Joseph de Cifuentes, había actuado así en contra de D. Francisco de Zamora, considerando sólo :

« la paz y sociego que se requiere en los vasallos de Su Magestad, y [por] la violenta y excecrable voz que introdujo Francisco de Zamora, indio alebozo y con viso de traydor a la Real Corona entre los yndios del pueblo ».

8Ya desde el día siguiente, el 26 de mayo, el corregidor mandó a su escribano que redactase los « autos criminales » justificativos del encarcelamiento. El motivo exigía efectivamente tal celeridad, pues D. Joseph de Cifuentes denunciaba :

« ... la sublevación que a intentado Francisco de Zamora con inducir a los yndios inútiles sobre aquel indio llamado don Juan Santos Atagualpa, levantado en la provincia de Xauxa ».

9Ya se sabe que, mucho más al Sur, la zona oriental de los Andes centrales peruanos era por esas fechas el teatro de una « sublevación » indígena de un tipo absolutamente nuevo. Lo inaudito de ella residía a la vez en su duración - ya más de cuatro años –, en la personalidad y carácter de su jefe — buen conocedor del mundo de los españoles pero envuelto en un halo de misterio y hasta entonces inalcanzable –, en sus planteamientos pues se proclamaba nada menos que Inca y pretendía echar a todos los blancos del Perú, en la extensión de la zona por la que andaban los alzados. En fin, y sobre todo, había que contar con las grandísimas dificultades que encontraba el poder colonial para acabar con ellos, como lo había hecho ya, sin demasiados problemas, en toda una serie de brotes violentos pero circunscritos que desde algún tiempo atrás, esto es comienzos de la década del 30, estaban surgiendo en diversos puntos de la Sierra peruana4.

10Para probar la sustancia de su acusación, el corregidor aducía - e incluía en el expediente - una larga carta bastante alarmista de dos páginas de apretada letra, redactada en Lima el pasado 31 de marzo por un jesuita de la provincia del Perú, el Padre Carlos de Pastoriza. Ese correo iba destinado a otro miembro de la Compañía residente en el colegio de Latacunga, el Padre Pablo Torrejón. El Padre Pastoriza daba informaciones sobre lo ocurrido últimamente en el Gran Pajonal donde actuaban los seguidores del nuevo « Inca », sobre lo angustioso del problema y las reacciones que empezaba a suscitar en el Perú. De nada habían servido las diferentes expediciones militares organizadas contra Juan Santos. En particular, es de recordar que por esas fechas ya era constante el fracaso de la última campaña iniciada en enero con unos mil hombres al mando del general don José de Llamas, marqués de Mena Hermoza. Tampoco habían servido de nada las tentativas controvertidas de mediación de los religiosos, entre ellas la de ciertos miembros de la Compañía5.

11En realidad, esa carta que insistía sobre lo preocupante de la situación no probaba nada en contra del gobernador. Aun cuando hubiera sido encontrada y requisada entre las pertenencias de Francisco de Zamora - lo cual, curiosamente, no estaba precisado -sólo demostraba en sí que había llegado hasta Latacunga la noticia de los aciagos sucesos del Cerro de la Sal y los ecos de las inquietudes experimentadas al respecto por los círculos limeños del poder colonial y, más generalmente, por la sociedad hispano-criolla.

12Para respaldar sus acusaciones, y tratar de demostrar que D. F. de Zamora sí estaba implicado en una verdadera confabulación cuyo centro era, el corregidor puntualizó que, más de un año atrás, había sido informado por unos indígenas de Sigchos de lo que andaba difundiendo el gobernador de Toacazo. Citando la confesión de un informante, recordaba que:

« ... les avía dicho que ya tenían rey Inga y que no se les diese nada [a los españoles] porque luego saldrían de la sujeción de los españoles y que serian exentos de la mita, y al tiempo de darles esta noticia a dichos yndios se refregava las manos como por vía de amenasa o alegría. Y después de que oyó esto de dichos yndios, dicho Zamora en una ocación en el portal le dijo a este declarante en la plaza mayor de este Asiento que ya dizen que se a coronado el rey de los indios, y esto se dijo con vozes que davan a entender era cierto, a que le dijo este declarante que era falso y él rreplicó disiendo que asi se lo avían asegurado por muy cierto ».

13Había más. Esas declaraciones no eran sino un elemento entre otros de lo que se reprochaba al gobernador. Todos los testigos citados por D. J. de Cifuentes ampliaron a su manera la acusación formulada. Alejandro Infante, el propio protector de los naturales del corregimiento, directamente concernido por el caso dado su cargo, hizo hincapié en que se había enterado por varias personas « de autoridad y desapacionadas » según decía, lo cual daba más peso a la información. Habló de :

« la grave y destacada maldad con que el yndio llamado Francisco de Zamora a proferido a varios yndios campestrinos y otros de más razionalidad cómo un yndio se a coronado monarca suyo en los reynos del Perú, con cuio adbitrio tiene a muchos de ellos excrupulosos y rebueltos, porque les a yntimidado a los yndios dicho Zamora que entrevé serán libres y que se les restaurará la tierra y echarán fuera de ella a los españoles, para lo que se esperasen algún corto tiempo. Mediante dicha noticia, cuio echo es digno de un exemplar castigo por ser en deservicio de Su Magestad (que Dios guarde) y contra su Real Corona en sus estrados, para cuia aberiguación y punición castigo exemplar que se deve executar mandava y mandó hazer este auto ».

14Otros dos testigos confirmaron los hechos aún con más detalles. Eugenio Nogales, vecino de Latacunga, precisó que año y medio antes, siendo él mayordomo de la hacienda de los agustinos en Zumbahua, Francisco de Zamora le había contado cómo se había coronado por Inca en el Perú el descendiente de la dinastía de los antiguos emperadores cuzqueños, noticia que el gobernador había andado propalando entre todos los indios de la comarca, esto es Tigua, Zumbahua, Sigchos, etc. Nogales no había tardado en darse cuenta de que las consecuencias nocivas de semejantes afirmaciones no se habían hecho esperar :

« Por esto experimentó que estavan todos los yndios alborotados, que esto fue tan público y notorio en todo aquel distrito, y que asimismo le dijo que con este nuevo rey se liberavan los yndios de la servidumbre de los españoles y ellos servirían a los yndios, y fue tanta la apercessión que hizo esta voz que a un yndio Marcelo Pazo, que estava en actual servicio de guasicama, a quien supo le avía insinuado dicho Zamora lo mismo, y por esto se alzó de dicha servidumbre y se fue en seguimiento suyo al pueblo de Toacaso donde estava de governador, y en este mismo tiempo alborotó a todos los yndios obejeros de dicha hazienda que botasen las manadas y que fuesen donde él, que avía de favoreserlos en Quito y que lo tenían aparte, y esto lo a ocasionado dicho Zamora por su suma saviduría y ser yndio muy soverbio y altivo ».

15Joseph de la Estrella, también mayordomo de hacienda, pero en Tigua, declaró en el mismo sentido. El año anterior:

« Supo por pública voz y fama que [Francisco de Zamora] avía alborotado a todos los yndios de dichas haziendas [...] que avian de tenerle en breve y ya venia [el Inca] caminando y que a todos los españoles los avían de votar de estas tierras porque eran suias y por esto dichos yndios que son campestrinos se alborotaron y andavan a dezir estas vozes entre hellos, que dezían « ¡Ya tenemos rey indio y ya no nos governarán tanto los españoles y saldrán de la sujeción de helios! ».

16Como el anterior declarante, éste insistió en que el resultado más inmediato de esa « voz » había sido que los indios ya se negaban a trabajar y « estavan medio alsados », viejo terror recurrente en el que se transparentaban las angustias seculares de aquellos que mandaban en la sociedad colonial. Por supuesto, Joseph de la Estrella había querido apresar al gobernador para castigarle, y sobre todo cortar de raíz esa campaña insidiosa, pero no lo había conseguido. Sin embargo, afortunadamente, las cosas poco a poco habían vuelto a la normalidad.

17En una declaración del 26 mayo, D. Ignacio Vinuesa, vecino de Latacunga, vino él también a confirmarlo todo. El año pasado, estando en las tierras de D. Francisco Anguieta y en presencia de D. Joseph Calderón, escuchó a diversas personas hablar de D. F. de Zamora. Contaban que en la hacienda de los agustinos en Zumbahua:

« avía atomultado a los yndios para que fuesen a la Real Audiencia y expusiesen en ella los agravios que resivían por ahora y que en breve saldrían de la consternación en que se hallavan y estarían libres de los españoles por la noticia que tenían de averse coronado un yndio por Rey en las tierras del Perú, y que con este consuelo que avia dado les avía estafado a unos yndios los terneros, a otros la plata y a otros las aves ».

18Entonces, no se había podido hacer nada contra el cacique gobernador porque no lo habían podido alcanzar. Más allá de los hechos, Ignacio Vinuesa recordaba ciertos antecedentes inquietantes de don Francisco. Lo pintaba:

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