El diablo en la montaña

De

¿Cómo se formaron las altas cadenas montañosas sobre la faz de la Tierra? Esta pregunta ha intrigado a grandes fdósofos y científicos, desde los griegos. El diablo en la montaña es la historia de un científico y escritor, Simón Lamb, y su búsqueda de una respuesta a este misterio geológico. Lamb y un pequeño equipo de geólogos pasó buena parte de una década explorando los accidentados Andes bolivianos, la segunda cadena de montañas más alta de la Tierra: una región de frecuentes terremotos y erupciones volcánicas. El libro de Lamb es a la vez narración de viajes y relato detectivesco. De viaje por caminos perdidos, el equipo de geólogos tuvo que afrontar condiciones climáticas extremas y sobreponerse a los obstáculos de un país en conmoción. Pero el trasfondo de estas aventuras es una historia mayor, la de la Tierra y sus misterios. Le seguimos el rastro a los dinosaurios, por ejemplo, que nunca vieron los Andes pero que dejaron sus huellas en las costas de un vasto mar interior que cubría esta parte de Sudamérica hace sesenta y cinco millones de años, mucho antes de que las montañas existieran. Y aprendemos mucho: a encontrar ríos hace largo tiempo desaparecidos o cómo los continentes se tuercen y desintegran o de dónde vienen los volcanes. Al final de su viaje, Lamb y su equipo proponen pruebas extraordinarias no sólo de la fundamental inestabilidad de la superficie terrestre sino de inesperadas y profundas conexiones en el funcionamiento de nuestro planeta.


Publicado el : jueves, 04 de junio de 2015
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EAN13 : 9782821844391
Número de páginas: 271
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El diablo en la montaña

La búsqueda del origen de los Andes

Simon Lamb
  • Editor: Institut français d’études andines, Plural editores
  • Año de edición: 2010
  • Publicación en OpenEdition Books: 4 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844391

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789995412982
  • Número de páginas: 271
 
Referencia electrónica

LAMB, Simon. El diablo en la montaña: La búsqueda del origen de los Andes. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2010 (generado el 19 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/5731>. ISBN: 9782821844391.

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© Institut français d’études andines, 2010

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¿Cómo se formaron las altas cadenas montañosas sobre la faz de la Tierra? Esta pregunta ha intrigado a grandes fdósofos y científicos, desde los griegos. El diablo en la montaña es la historia de un científico y escritor, Simón Lamb, y su búsqueda de una respuesta a este misterio geológico. Lamb y un pequeño equipo de geólogos pasó buena parte de una década explorando los accidentados Andes bolivianos, la segunda cadena de montañas más alta de la Tierra: una región de frecuentes terremotos y erupciones volcánicas. El libro de Lamb es a la vez narración de viajes y relato detectivesco.

De viaje por caminos perdidos, el equipo de geólogos tuvo que afrontar condiciones climáticas extremas y sobreponerse a los obstáculos de un país en conmoción. Pero el trasfondo de estas aventuras es una historia mayor, la de la Tierra y sus misterios. Le seguimos el rastro a los dinosaurios, por ejemplo, que nunca vieron los Andes pero que dejaron sus huellas en las costas de un vasto mar interior que cubría esta parte de Sudamérica hace sesenta y cinco millones de años, mucho antes de que las montañas existieran. Y aprendemos mucho: a encontrar ríos hace largo tiempo desaparecidos o cómo los continentes se tuercen y desintegran o de dónde vienen los volcanes.

Al final de su viaje, Lamb y su equipo proponen pruebas extraordinarias no sólo de la fundamental inestabilidad de la superficie terrestre sino de inesperadas y profundas conexiones en el funcionamiento de nuestro planeta.

Simon Lamb

Simón Lamb, catedrático de la Universidad de Oxford (Gran Bretaña) y de la Universidad de Victoria Wellington (Nueva Zelanda), es autor de La historia de la Tierra: La formación de nuestro mundo.

      1. Conchas y ríos
      2. El abismo del tiempo
      3. Un gran terremoto
      4. Un problema con el péndulo
      5. ¿Icebergs o panes levantados?
      6. Mapas de rocas
      7. Una obra maestra geológica
      8. Una ruptura gigante en la corteza
      9. En un bache
    1. Capítulo tres. Un reconocimiento geológico

      1. La llegada a Bolivia
      2. De viaje con Raúl Carrasco
      3. Por el valle de Zongo
      4. Visita al Altiplano
      5. La Cordillera Oriental y Cochabamba
      6. Santa Cruz y las tierras bajas
      7. La costa del pacífico y el desierto de Atacama
    2. Capítulo cuarto. Jeeps, motocicletas y otras cosas.

      1. La Real Sociedad
      2. De vuelta en Bolivia
      3. Nuestra base en Cochabamba
      4. Werner Gutentag y la señora Ahlfeld
      5. En el camino
  1. Segunda parte

    1. Capítulo cinco. Buscando la fuente de los antiguos ríos

      1. La criatura del lago
      2. Dunas en las rocas
      3. Los primeros ríos andinos
      4. Un calendario para las rocas
      5. Disconformidades
      6. Las pistas en las rocas
      7. Ver crecer las montañas a medida que se desgastan
      8. Campesinos y bloqueos
    2. Capítulo seis. Poniendo raíces

    1. Capítulo siete. Una forma curvilínea

  1. Tercera parte

    1. Capítulo ocho. Una especie de queque almibarado

    2. Capítulo nueve

    3. Capítulo diez. Poniendo barreras

  2. Glosario selecto

Prefacio

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Mapa de Sudamérica que muestra las partes principales de los Andes.

1Todos los años, casi sin excepción, alguien me preguntará si tengo planes de viaje excitantes. Normalmente me escabullo de la pregunta con una respuesta del estilo: “Realmente no, aunque puede que vaya de vuelta a Bolivia”. Pero a medida que fueron pasando los años, comencé a darme cuenta de hasta qué punto mi vida estuvo atrapada por estos viajes bolivianos y de que tengo una historia que contar. Y es mejor que cuente esta historia antes de olvidar los detalles.

2Soy geólogo, y por más de una década mi trabajo ha implicado pasar varios meses al año en los altos Andes de Bolivia, tratando de entender el origen de estas montañas. Puede verse en ello una actividad más bien misteriosa, a menos que uno mismo sea geólogo. Este libro trata de quitar el misterio revelando al mismo tiempo la comprensión más profunda de la creación de las cadenas de montañas. Así, la estructura del libro está basada en mi idea de que la historia personal de un hombre de ciencia -en este caso la mía- a medida que lucha con un problema científico llegará a iluminar el tema. Quiero llevar al lector a través de muchas de las mismas experiencias, de la misma forma en que le mostraría a un colega varias cosas mientras vamos por Bolivia, tratando de convencerlo de que mis ideas son correctas.

3Me doy cuenta, al contar una historia científica desde un punto de vista tan personal, de que me arriesgo a dar la impresión de que sólo mis observaciones son las que importan. Ello ciertamente no es mi intención y estoy muy consciente de que mi trabajo fue influenciado y guiado por muchos otros científicos. Los Andes son una gran cadena montañosa que se extiende por más de cinco mil kilómetros a lo largo. Los Andes bolivianos, solos, son ya demasiado para cualquier científico individual. Sin los combinados esfuerzos de una comunidad de geólogos que trabajaron por muchos años nuestro conocimiento de estas montañas realmente sería escaso.

4Es inevitable, a pesar de ello, que parte de este trabajo científico haya sido reproducido y que se haya llegado independientemente a conclusiones similares; de hecho, ello es bueno para la ciencia, ya que provee la confirmación interna de muchas ideas científicas. Ello no es excusa para no dar el crédito cuando se lo debe, nada es más importante para un científico que el debido reconocimiento a su trabajo, y traté de ser tan honesto como posible, reconociendo el trabajo de mis colegas geólogos en el texto.

5Tengo una deuda de gratitud con muchas personas. Sin el entusiasta apoyo e inspiración de John Dewey el proyecto andino nunca hubiera llegado a realizarse. La investigación fue posible sólo gracias al sostenido apoyo financiero de la Academia de Ciencias Austríaca, British Petroleum, la Unión Europea, Exxon, Natural Environmrent Research Council y la Real Sociedad de Londres. En el curso de los años Catrín Ellis-Jones, Christina Guldi, Anne Grunow, Christy Hanna, Martin Shepley, Eduardo Soria Escalante y Marc de Urreiztieta fueron una compañía e inapreciable ayuda de campo, soportándome a mí y al difícil y duro medio ambiente. La familia Maxwell y Molly Relling generosamente nos dieron hospitalidad y un lugar en el que vivir durante las primeras etapas de la escritura de este libro, mientras yo estaba de año sabático en Nueva Zelanda. Evelyn Jenkyns, Grant Heiken, Angharad Hills, Vence Lamb, Ted Nield, George Philander, Tony Watts y Maarten de Wit, valerosa y generosamente leyeron varias versiones del manuscrito y su apoyo y consejo mejoraron enormemente el libro.

6Mis padres fueron una fuente de apoyo vital durante mi carrera de investigación, siempre listos para acudir en mi ayuda en momentos problemáticos. Su experiencia y sus serenos consejos solucionaron muchas crisis que amenazaron con hundir toda la empresa de investigación. Gary Hincks creó las excelentes ilustraciones que, creo yo, le añaden mucho al libro. Y sin el fiel apoyo y sabias sugerencias de mi editor, Joe Wisnovsky, este libro nunca hubiera visto la luz. Finalmente, le debo mucho a la compañera de mi vida, Felicity Maxwell, quien me ayudó de muchas formas importantes, no siendo la menor su cuidadosa y paciente lectura, que dieron lugar a un mejor libro.

Prólogo

1El vuelo a La Paz, Bolivia, había dejado Miami justo pasada medianoche y ahora atravesaba el interior de Sudamérica, yendo hacia el sur. A las primeras luces del alba, la selva amazónica, muy abajo, no era más que una textura granulada. Finalmente, a medida que el giro de la Tierra puso al sol en el horizonte, el dosel de la selva se hizo de un verde oscuro y pronto la luz del sol atravesaba las ventanas del avión, arrojando barras de luz. En el margen occidental del cielo que se iluminaba parecía flotar, a lo largo de una larga franja nubosa, un oscuro borde anguloso, como los dientes de una sierra inversa.

2Durante la hora siguiente, estos dientes –vistos desde el avión– crecieron haciéndose progresivamente más grandes, revelándose finalmente como una cadena de rocosas cumbres, coronadas por manchas profundamente agrietadas de un hielo azul como el cobalto. El vuelo estaba pasando por sobre la alta espina de la Cordillera Real de los Andes bolivianos. Estos son los más altos de una sucesión de cordilleras que se extienden hacia el occidente de la selva amazónica, aumentando cada vez más en altura, mientras una densa vegetación cubre las cordillera más bajas, en las faldas de la montaña, aunque las montañas de la Cordillera Real son desnudas y se elevan miles de metros por sobre la línea natural de arboledas.

Primera parte

Capítulo uno. El diablo en la montaña

Diablo, m. En la tradición judeocristiana, cada uno de los ángeles rebelados contra Dios y arrojados por Él al abismo; persona que tiene mal genio, o es muy traviesa, temeraria y atrevida; persona astuta, sagaz, que tiene sutileza y maña aun en las cosas buenas.

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Mapa de los Andes centrales que muestra las partes principales de los Andes en Bolivia, el sur del Perú y el norte de Chile, así como el nordeste de la Argentina, con los lagos, ríos y volcanes principales.

Una pregunta simple

1En Bolivia, los mineros locales de la plata consideran el túnel de entrada a la mina, tan laboriosamente labrado en la roca sólida, como la entrada a un reino misterioso gobernado por los espíritus de la Tierra. Los mineros son asaltantes en este mundo subterráneo, robando sus riquezas. Están en las manos del malvado Tío –el diablo en la montaña– que decide el destino de cada mina. Los mineros colocan una grotesca estatua del diablo cerca de la entrada de la mina para recordarse constantemente a sí mismos de su presencia. Cada vez que pasan por esta estatua adornan su cabeza con pequeños presentes de cigarrillos, billetes, hojas de coca o cartuchos de dinamita, con la esperanza de que esto mantendrá al diablo contento, asegurándose así el éxito y la segundad de la mina.

2Para cierto tipo de científicos –geólogos– el diablo en la montaña puede interpretarse de otra forma. Es la geología, la suma total de cosas que conforman el fundamento de nuestro mundo, el material sobre el que vivimos. Este fundamento contiene una historia de acontecimientos que se remontan al pasado más remoto de nuestro planeta, una historia que mostrará, entre muchas otras cosas, por qué una montaña contiene una rica veta de plata mientras otra es sólo roca pura. En los dos siglos pasados, los científicos perdieron completamente su temor al diablo de la montaña, desarrollando técnicas para relatar la secuencia de eventos que constituyen la historia de la Tierra.

3Hoy en día, los geólogos no sólo se contentan con revelar la historia del planeta. Como los historiadores que se sumergen en el largo pasado de los conflictos humanos, ellos también quieren saber por qué ocurrieron esos acontecimientos, buscando las leyes fundamentales que los gobiernan. Hay muchas líneas de investigación geológica y diferentes geólogos han perseguido respuestas para sus propias preguntas particulares. Algunos geólogos –más bien geofísicos– buscaron el motor fundamental que empuja a la incansable Tierra, explorando el interior profundo del planeta. Otros trataron de entender las causas de los cambios pasados en el clima de la Tierra, investigando el comportamiento de la atmósfera y los océanos. Otros aún –paleontólogos– han especulado sobre los factores que controlaron el curso de la evolución de la vida, disparando grandes explosiones de vida o su desaparición durante las extinciones masivas. La mayoría de los geólogos se contentan con abordar una pequeña parte de los temas comprendidos, exorcizando sus propios “diablos” particulares y aportando así con algunas piezas extras del rompecabezas general de la comprensión científica. Tienen sus propios cuentos fascinantes con qué hablar de sus investigaciones científicas, y el efecto combinado de estos esfuerzos ha comenzado a revelar, lentamente, un cuadro mucho más grande acerca del funcionamiento de nuestro planeta.

4Este libro describe cómo yo, en tanto que geólogo, traté de resolver un problema científico que desde siempre me fascinó. Es la historia de la búsqueda de una respuesta a una pregunta simple: ¿por qué hay altas cordilleras de montañas en la faz de la Tierra, en los continentes? La mayor parte del mundo yace muy por debajo del nivel del mar. Así, las cordilleras altas, llegando a más de 2 000 metros sobre el nivel del mar (6 5000 pies), forman sólo una pequeña fracción de la superficie de la Tierra. A pesar de ello, son rasgos del planeta que no podrían soslayarse. Las grandes cadenas de montañas parecen elevarse por encima del resto del mundo, siguiendo zonas distintas que serpentean a través de Europa y Asia, desde los Pirineos y por los Alpes, los Himalayas y el Tíbet, o ya también a través del borde occidental de las Américas, desde Alaska a la Patagonia. Desde la perspectiva de nuestras ocupadas vidas, ya sea en las planicies o muy hacia abajo en el fondo de los valles, pueden parecer vastas y prohibidas. Y, desde sus cumbres, nuestro mundo humano puede verse decididamente pequeño y sin importancia.

5Explorar las regiones montañosas siempre ha sido difícil. Por esta razón, supongo, siempre estuve intrigado por estas partes de la Tierra, en las que una elevada cresta de roca puede separar a un valle de sus vecinos, creando un mundo aislado. ¿Pero qué fuerzas o procesos de la Tierra gobiernan esta ubicación, forma general y altura? Algunos de los grandes científicos, retrocediendo por lo menos hasta los griegos, trataron de responder a esta pregunta. Y no es una cuestión académica seca y polvorienta, sino central para comprender muchos aspectos importantes de nuestro planeta, incluyendo nuestra propia evolución. Con el espectro del calentamiento global pendiente en el horizonte, los científicos han estado observando aún desde más cerca el clima planetario. Se ha hecho claro que las cordilleras montañosas pueden ejercer una enorme influencia en este clima, determinando no sólo su temperatura, sino la distribución de la caída de las lluvias. Se lleva a que la elevación de las cordilleras en el pasado, o su subsecuente desaparición, condujeron hacia profundos cambios climáticos. Los biólogos empiezan a ver que estos cambios son una de las formas en las que el planeta dirige el curso de la evolución de la vida.

6Por azar, mi propia investigación me llevó a los altos Andes de Bolivia, donde por los últimos catorce años, en mis expediciones, traté de narrar la historia geológica de estas montañas. Y así el libro contiene también otro testimonio, el del día a día de mis viajes por esta extraordinaria parte del mundo.

Una conversación con las rocas

7Cualquiera que oyese hablar a dos geólogos se sorprendería sobre todo por una cosa: la extrema amplitud de escala del tema tratado. Los geólogos normalmente piensan en los procesos que ocurren en escalas temporales que están lejos de la experiencia humana, que toman lugar durante miles de millones de años. Observarán desde fenómenos que están a una escala de micrones (millonésimas de metros) hasta de miles de kilómetros. Y tratarán de hacer encajar todas estas escalas de tiempo y tamaño dentro de una comprensión general de la forma en que el planeta funciona.

8En algún momento de cualquier investigación geológica, un geólogo se habrá aventurado fuera del laboratorio en el mundo real, o como dirá él mismo, en el terreno. Una parte considerable del aprendizaje del geólogo tiene que ver con el desempeño básico en el trabajo de campo, algo en lo que unos son mejores que otros. Los buenos geólogos de campo tienen una extraña habilidad para hacer observaciones correctas en el momento adecuado, de extraer la simplicidad del mundo natural a partir de su complejidad. Estar con ellos es una rara oportunidad de escuchar hablar a la naturaleza claramente. La aparente facilidad con que hacen sus observaciones a menudo es descriptiva; mientras para uno mismo, nuevamente, el mundo parece tan confuso y desordenado como siempre.

9Los geólogos van donde están las rocas. Las rocas no siempre están en sitios fáciles. Y, a diferencia de los turistas que aceptan gran parte de lo que se les dice en su corta visita, los geólogos observan y hacen preguntas continuamente, metiéndose bajo la piel del paisaje que estudian. Idealmente a un geólogo le gustaría ser capaz de saltar de un sitio a otro con un ojo que todo lo viera, captando sin esfuerzo las observaciones clave. La realidad es muy diferente. Gran parte del tiempo se la pasa dando vueltas y a menudo no se sabe bien a dónde mirar o incluso, a veces, qué es lo que busca. Pero de alguna forma, si uno persevera, las observaciones comienzan a crear patrones o ideas en la mente y estas crecen y crecen hasta que uno está inmerso en un curioso diálogo: las rocas hablan, se les contesta con una pregunta y ellas responden de vuelta.

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Escala del tiempo geológico. (Cifras en millones de anos).

Origen de un proyecto

10Véase cualquier mapa del mundo y la mirada quedará atrapada por una larga y sinuosa cadena de montañas en el costado occidental de Sudamérica. Son los Andes, que forman la segunda región montañosa más grande de la Tierra después de las grandes cadenas del Asia. El nombre conjura imágenes de países de altas montañas, un día gobernados por el imperio inca y conquistado por los conquistadores españoles el siglo xvi. Los españoles, subsecuentemente, extrajeron una vasta riqueza mineral en oro y plata de las montañas, una riqueza que financió al imperio español. Hoy en día la región está viva, con actividad geológica, agitada por grandes terremotos y explosivas erupciones volcánicas, una región de ricos hallazgos para el geólogo.

11El proyecto andino era la idea de John Dewey, profesor de geología en la Universidad de Oxford. A principios de los setentas, Dewey era uno de los pocos geólogos que vio cómo usar una nueva y excitante teoría de las placas tectónicas para darle sentido a un vasto campo de ideas y observaciones geológicas. Había mostrado que las rocas en los continentes contenían un registro de placas tectónicas que se remontaba a cientos de millones de años atrás. Pudo explicar, así, la variedad de las rocas encontradas en muchas montañas en términos de la apertura y cierre de océanos hace mucho desaparecidos.

12John Dewey creía que los Andes eran el lugar idóneo en el que resolver muchos problemas fundamentales sobre la Tierra, tales como las razones que daban cuenta de terremotos y volcanes, las fuerzas que empujan los movimientos de su superficie y, finalmente, el origen de los continentes mismos. A pesar de que los Andes estaban profundamente metidos en la jerga geológica –un tipo común de roca volcánica, que se encuentra en muchas partes del mundo, se llama andesita por los Andes– de alguna forma estaban siendo descuidados por los geólogos. La mirada de la comunidad geológica estaba centrada en los Himalayas y el Tibet. Sin embargo, y como veremos, muchas claves geológicas sobre la forma en que funciona la Tierra se encontraron por primera vez en los Andes.

13Los finales de los ochentas eran un buen momento para pensar en trabajar en Sudamérica, ya que cierto número de grandes compañías multinacionales petroleras habían decidido invertir fuertemente en la exploración petrolera allá, tanto en los Andes como en su margen oriental. Una de estas compañías aceptó financiar un proyecto de cinco años que daría información de fondo para sus propios geólogos que trabajaban en la región. Dejaron los detalles deliberadamente vagos. La idea era permitir que el proyecto encuentre el espacio suficiente como para desarrollarse de acuerdo a su propia forma. Si la compañía estaba en lo correcto es algo que el tiempo lo dirá, aunque sin duda esta libertad inusual fue la que dio origen a un inusitado proyecto de investigación.

14En 1989 me encontraba en un callejón sin salida. Había vuelto recientemente de Nueva Zelanda, donde había estado estudiando los efectos de terremotos y fallas a lo largo de la frontera entre dos grandes placas tectónicas. Había presentado recientemente los resultados de este trabajo en una conferencia en Grecia. Ahí encontré a Philip England que recientemente había sido nombrado geofísico en la Universidad de Oxford. Philip le pasó mi nombre a John Dewey que estaba buscando a alguien que se encargue del proyecto de Sudamérica. Yo no tenía idea de que el trabajo ocuparía más de una década de mi vida. Durante este periodo, Dewey me dio toda la libertad de viajar donde quisiera y desarrollar mi propia investigación.

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