Las Suplicantes

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Datada hacia el 423 a.C. “Las Suplicantes” es una de las más afamadas tragedias de Eurípides. La obra se abre con las madres de los argivos caídos en el ataque a las siete puertas de Tebas, refugiadas frente a un altar. Toda la pieza se mueve en un clima de comprensión de los pesares que envuelven al ser humano y de exaltación de una Atenas impregnada de benevolencia y racionalismo ilustrado. En la famosa disputa dialéctica entre el heraldo tebano y Teseo, encontramos una verdadera disertación filosófica sobre las excelencias del régimen democrático y su superioridad sobre el despotismo a ultranza: una loa al sistema encarnado por Pericles y el resto de los hombres de su tiempo.


Publicado el : viernes, 27 de febrero de 2015
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EAN13 : 9788416375158
Número de páginas: no comunicado
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Las Suplicantes
Eurípides
Etra ¡Demeter, protectora de esta tierra de Eleusis! y vosotros, sacrificadores que habitáis el templo de la Diosa, haced que seamos dichosos yo, y Teseo, mi hijo, y la ciudad de Atenas, y la tierra de Piteo, donde mi padre me crio en ricas moradas, convirtiéndome a mí, Etra, en mujer de Egeo, hijo de Pandión, porque se lo aconsejaron los oráculos de Loxias. Orando así, miro a estas viejas que, después de abandonar las moradas de la tierra argiana, con ramas suplicantes de oliva, se arrastran a mis rodillas, tras de sufrir una desgracia terrible; porque, a las puertas de Cadmo, han sido privadas de siete nobles hijos muertos, a quienes en otro tiempo había conducido el rey de los argianos, Adrasto, deseando devolver a su desterrado yerno Polinices su parte de la herencia de Edipo. Pero sus madres quieren sepultar en tierra sus cuerpos caídos en el combate, y los que los poseen no quieren entregárselos, desdeñando con ello las leyes divinas. Sufriendo los mismos males que las que imploran mi socorro, Adrasto, con los ojos desbordantes de lágrimas, yace allí, gimiendo por la guerra y por la desdichadísima expedición que le ha traído lejos de su morada. Y me apremia, a fin de que, con mis ruegos, decida yo a mi hijo a recuperar esos cadáveres, por la persuasión o por la fuerza de la lanza, para que se los sepulte. Y sólo este socorro pide a mi hijo y a la ciudad de Atenas. Con objeto de sacrificar por mi tierra antes de labrarla, he salido de mis moradas para este templo donde apareció la primera espiga nutritiva que se irguió sobre la tierra. Ceñida con este lazo de follaje sagrado, permanezco ante los castos altares de las dos Diosas, Cora y Demeter, pues tengo piedad de estas ancianas madres de cabellos blancos privadas de sus hijos, y respeto las ramas sagradas cubiertas de lana. He enviado a la ciudad un heraldo para llamar a Teseo, con el fin de que aleje de nuestra tierra cualquier calamidad traída por estas suplicantes o desentrañe la necesidad de su súplica, realizando alguna acción piadosa para los Dioses. Porque es propio de mujeres sensatas dejar obrar en todo a los hombres.
El coro Estrofa I ¡Oh anciana, te lo suplico por mi vieja boca y cayendo a tus rodillas! Rescata a mis hijos, que yacen muertos y están abandonados sus cadáveres para pasto de los animales salvajes de las montañas.
Antistrofa I ¡Mira mis lágrimas míseras bajo los párpados de mis ojos y las señales rugosas de mis manos en mis viejas carnes! ¿Qué voy a hacer, en efecto, yo, que no he expuesto en mis moradas a mis hijos muertos y que no veo la cima de sus tumbas?
Estrofa II También tú, en otro tiempo, ¡oh venerable! pariste un hijo, haciendo así agradable tu lecho nupcial a tu marido. Participa ahora del dolor por que gimo, tan desventurada a causa de los muertos que parí. Persuade a tu hijo, a quien suplicamos, para que vaya al Ismeno y ponga en mis desdichadas manos los cuerpos insepultos de esos hijos muertos.
Antistrofa II No como es debido, sino impulsada por la necesidad y cayendo a tus rodillas, he venido a orar ante los altares donde arde el fuego de los Dioses; pero invocamos una causa justa, y con ayuda de tu hijo, puedes aliviar nuestro infortunio. Yo, que sufro males lamentables, te suplico, desgraciada de mí, que devuelvas mi hijo a mis manos, con el fin de que estreche en mis brazos los míseros miembros de mi hijo muerto.
Estrofa III Otra lamentación viene después de la nuestra; resuenan los golpes que se dan nuestras servidoras. Id, ¡oh vosotras que compartís nuestro dolor, vosotras que cantáis respondiendo a nuestros males con un coro
que complace á Edes! Ensangrentad en vuestras mejillas vuestras uñas blancas, y desgarrad vuestro cuerpo, porque el tributo a los muertos es un honor para los vivos.
Antistrofa III Esta voluptuosidad insaciable y cruel de lamentarme me impulsa a no cesar de llorar jamás, como el agua que fluye inagotablemente de una roca elevada, porque el violento dolor de las mujeres a causa de sus hijos muertos las impulsa de ordinario a llorar. ¡Ay, ay! ¡Pluguiera a los Dioses que, muerta, pudiese yo olvidar mis dolores!
Teseo ¿Qué gemido he oído? ¿qué golpes de pecho y qué lamentaciones fúnebres resuenan fuera de este templo? Porque me embarga el temor de que mi madre, en pos de quien vengo, sea presa de algún nuevo contratiempo después de abandonar las moradas. ¿Qué es esto? Veo un espectáculo inesperado: mi anciana madre sentada en el altar con mujeres extranjeras que manifiestan más de una señal de dolor, pues vierten en tierra lágrimas desoladas de sus ojos venerables. Se han rapado las cabelleras, y sus vestidos no son apropiados para fiestas sagradas. ¿Quiénes son, madre? A ti te corresponde decírmelo y a mí escuchar. Preveo algo nuevo, en efecto.
Etra ¡Oh hijo! estas mujeres son madres de otros hijos muertos en las puertas cadmeas, de los siete jefes, Me guardan y me rodean con ramas suplicantes, como estás viendo, hijo.
Teseo ¿Y quién es ese que gime miserablemente ante las puertas?
Etra Es Adrasto, rey de los argianos, según dicen.
Teseo ¿Y son suyos los niños que le rodean?
Etra No, que son los hijos de los que han perecido.
Teseo ¿Por qué han venido a nosotros con manos suplicantes?
Etra Yo ya lo sé; pero a ellos les corresponde contestarte, hijo.
Teseo Te interrogo a ti, que estás envuelto en tu clámide. Habla, descubre tu cabeza y cesa de gemir. No conseguirás nada, si no hablas.
Adrasto ¡Oh Teseo, rey ilustre de la tierra de los atenienses, vengo suplicante a ti y a tu ciudad!
Teseo ¿Qué buscas? ¿De qué socorro necesitas?
Adrasto ¿Sabes ya la desastrosa expedición que he hecho?
Teseo Claro que no atravesaste la Hélade sin promover el menor rumor.
Adrasto He perdido a los argianos más bravos.
Teseo La guerra lamentable trae estas pérdidas.
Adrasto He ido a pedir sus cuerpos a Tebas.
Teseo ¿Te has servido de los heraldos de Hermes, con el fin de poder sepultar a los muertos?
Adrasto Sí; pero no me lo han permitido los que...
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