Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa del Profesor Dr. D. Alejandro Nieto García

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Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa del Profesor Dr. D.Alejandro Nieto García Nombrado Doctor Honoris Causa en el acto de Apertura del Curso 95/96 Magníficos y Excelentísimos señores rectores, dignísimas autoridades académicas y civiles, señoras y señores, amigos: Me siento abrumado por el honor que se me ha concedido y, mucha áms, por la laudatio que acabamos de escuchar debida, como es patente, a la amistad del Profesor Parejo y no a merecimientos objetivosí os.m De todas maseras es halagador que, cuando los afectos personales ciegan y resulta desmesura, caiga ésta en e! elogio y no en la descalificación. Por mi parte reconozco que el orgullo de los mayores consiste en comprobar que el humilde grano que se va sembrando en las aulas puede alcanzar con el tiempo la soberbia talla científica, académica y humana propia de quien un dia fuera alumno mío y hoy es colega y maestro de tantas cosas. Mis relaciones con la Universidad de Carlos III han sido siempre de atención constante debido a que ú an conservo la esperanza, siquiera sea remota, de que alguna Universidad pública española demuestre que todavía existe una muestra de las viejas y entra ñables alma mater, como aqu í se está intentando. Mi nuevo doctorado me obliga, en cualquier caso, a participar en el esfuerzo y con mucho gusto me. dejo contagiar por las ilusiones de todos los que en este lugar trabajan, empezando por las de su Rector, ejemplo de limpidez pública en una época singularmente turbia.
Publicado el : domingo, 01 de enero de 1995
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Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa delProfesor Dr. D.Alejandro Nieto García
Nombrado Doctor Honoris Causa en el acto de Apertura del Curso 95/96
Magní ficosy Excelentísimos señores rectores, dignísimas autoridades académicas y civiles, señoras y señores, amigos:
 Mesiento abrumadopor el honorque seme ha concedido y, muchamás, por la laudatioque acabamosde escuchar debida, como espatente, a laamistad delProfesor Parejo y no a merecimientos objetivos míos. De todas maseras es halagador que, cuando los afectos personales ciegan y resulta desmesura, caiga ésta en e! elogio y no enla descalificación. Por mi parte reconozco que el orgullo de losmayores consiste en comprobar que el humilde grano que se va sembrando en las aulas puedealcanzar con el tiempo la soberbia talla científica, académica y humana propia de quien un dia fuera alumno mío y hoy es colega y maestro de tantas cosas.
Mis relacionescon laUniversidad de CarlosIII han sido siempre deatención constante debido a que aún conservo la esperanza, siquiera sea remota, de que alguna Universidad pública española demuestre que todavía existe una muestra de las viejas yentra ñablesalma mater, comoaquí se está intentando. Mi nuevo doctorado me obliga,en cualquier caso, a participar en el esfuerzo y con mucho gusto me. dejo contagiar por las ilusiones de todos los que en este lugar trabajan, empezando por las de su Rector, ejemplo de limpidez pública en una época singularmente turbia.
Esta lección magistral va a referirse a mis experiencias intelectuales y vitales con el Derecho:una tarea dernasiado ambiciosa para el breve tiempo que la cortesía académica permite. Me gustarí a,en consecuencia, que nofuera considerada como una autentica lección magistral sino, mucho mas modestamente, como ministral.
En 1948 ingreséen laFacultad de Derecoa: 47años llevo, portanto, dedicado alDereco, viviendo en él y para él (y, por supuesto, de él). Desde elprimer día he estado preocupado por esta cuestión y, sin embargo, alcabo de tanto tiempo nosé lo que el Derecho. ¿Cabe mayor paradoja? Oficiar cada mañana en las aulasuna ceremonia cuasireligiosa sin un dios conocido: invocar en los Tribunalesun espí ritusuperior identificado, caminar por los pasillos dela Administración con un cirioapagado en la mano. Espero que esta confesión seatomada como lo que es- como una declaración de modestia -y no de falsa modestia- : y de seguro buena parte delos que me estánescuchando compartirán mi ignorancia.
El hecho es queme hepasado la vidapersiguiendo conentusiasmo energético una piezavaliosa y ahora me presento aquí con lasmanos vacías. ¿Qué es el Derecho? Qué hay detrás de esa palabraque todostienen enlas labios y muy pocos en el corazón'? ¿Cómo; esposible que nadiehaya acertado hasta ahora conlo que constituye el nerviode una cultura, la latina, varias veces milenaria?
La desazón aumenta cuando, como consecuencia de lo anterior, surge una duda de mayor calibre: si ningún cazadorha logrado atrapar, y nisiquiera ver, al Derecho, ¿no será que, como el unicórnio. carece de existencia real y lo único que queda de él es la palabra?¿Y si fuera una ilusión piadosa. como la paz universal, oun engañopolí tico,como la voluntad popular?' ¿o un recurso retórico para dar brillo a las conferencias y justificar cataratas bibliográficas?, O lo que es peortodaví a:¿no se tratará, simplemente, de un medio cínico parajustificar las ganancias de ciertos profesionales o para legitimar queciertos políticos dominen la sociedad?. El intelectual honesto ha deabrir mucho los ojos y estar siempre atento y desconfiado porque en estos pagos pueden surgir en cualquier momentotremendas sorpresas y reiterados desengaños como bien claro resulta de mi autobiografí acientí fica,cuyo verídico relatovale por una reflexión de Teoría del Derecho.
La primerajornada demi aventura personal se desarrolló en las aulas de ia Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid. Allí me enseñaron que el Derecho es un montónde conocimientos revueltos, científicamente sospechosos y literariamente raquí ticospero cuya memorización, sin necesidad de comprensión ni deraciocinio propio, habilita para obtener un titulo académico y luego para ganarse la vida. En definitiva, derecho es lo que sirvepara aprobar asignaturas y oposiciones y, en su caso, para resolver expedientes administrativos o paraganar pleitos, ¿,Unatesis disparatada, una broma irrespetuosa? De ninguna manera porque(no nos engañemos)Tal es el concepto quecorre entre nosotros con unanimidad casi absoluta, puesto que es el que tienen del Derecho el97 por ciento de los estudiantes, el 98 por ciento de los funcionarios y el 99 por ciento delos abogados quienes deben estar, por cierto, muy seguros de él dadoque jamás lo han puesto en duday sonrí encon indiferencia ydesdeño cuando oyen
plantearse otra cosa.
Por lo que a mi se refiere.sucedió, noobstante que,asegurada ya mi situación económica,volv ía la Universidad y en el silenciode las bibliotecas los librosde mis maestros me convencieron de la zafiedad de lo que me hablan contado antes en las aulas, abrieron mis ojos, oxigenaronmi espí rituy ,lo que.es más importante,me devolvieron la ilusión de pensar. En aquellos libros tuve, en efecto, rni primer contacto, ya que no con el Derecho, al menos con una sombra de él: unos conceptos exquisitos elaborados por sabios profesores extranjeros, que formabansistemas deslumbrantes y con los que se construí an edificiosarmoniosos encuyas estanciasse recreaba la razón. Deesta manera me convert en un devoto dela jurisprudenciade conceptos ytomé concienciade la superioridad intelectual que me proporcionaba el descubrimiento desaber que Derecho es un sistema intelectual rigurosamente racional y lógico que permite entender las relaciones sociales yresolver los conflictos que en su seno pueden producirse.
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No hayorgullo tan legí timocomo el que se. basa en el dominio de una dogmática ni nadie vive más felizni más cómodo que aquél que cree en lo que dicen los libros. Libre ya del pelo de la dehesa propiode las aulas universitarias y delas academias de preparación de opositores, me acerqué orgulloso y confiado alForo, dondeme esperaba una sorpresa dolorosí sima.Porque en los Tribunales descubrí asombradoque a los jueces no les importaban las admirables opiniones de Hauriou o Zanobini sino la austera prosa de la leypositiva y,en consecuencia,tuve que aceptarque Derecho eslo quedice la norma jurí dica positivay quelos librosson adornospara gente ociosao ambiciosa. Así fue como, olvidando de nuevo loaprendido, entré enla orden venerabledel positivismo legalista, dondetuve el honor de coincidir con la mayor pare de quienes se dedican a la docencia.
Con este paso llegué, al fin,al suelo firme, a esa seguridad jurí dica que es la corona más preciosadel Derecho y la que caracteriza asus servidores. El Boletí n Oficial nopod ía engañarme yalgunas colecciones legislativasparticulares me, proporcionaban, además, unafuente nutricia literalmente inextinguible con la que podí a montar argumentossolid ísimos propios o desmontar los contrarios sin otro trabajo que el de buscar por ordenalfabético lo que me conviniere. Porque cuando una tesiso uncliente se defienden con los bloques graní ticos dela ley, soninexpugnables ya queel Derecho es el texto como el texto es Derecho.
O almenos esto es lo que yo creta entonces a piesjuntillas hastaque los propios jueces -los mismos que me habían obligado antes a abandonar lasteor ías para atenerme a las leyes se encargaron dedesenga ñarmede nuevo yme forzaron a volver a empezar yahora por cuarta vez. El caso es quecon el curso de la experiencia terminé dándome cuenta de que los pretendidos siervos de la leyeran, enrealidad, susse ñoresy señores despóticos e incontrolados que obligaban decir a los textos lo que jamás se hubiera pensado. Además, unos juecesaplicaban unas leyes yotros, otras distintas. Y hasta un mismo tribunal juzgandocasos idénticos cambiaba con soltura de opinión dos o tres veces al año. De esta manera conocí el Derechojudicial del que pronto meconvert íen paladí nentusiasta, aunqueun tanto a la fuerza, dadoque pretender imponer otra cosa en los tribunales es darse golpes en la cabeza contra una pared: la pared de quien responda ydecide. En sustancia, pues. Derecho no es lo que dicen las leyes sino lo que dicenlos jueces, quees, enúltimo extremo,lo que cuenta y vale.¿De quésirven, enefecto, !asleyes que losjueces no aplican? ¿Y cuál puedeser el contenido de las leyes sino el que quieran darle los jueces? A la vista de tantas experiencias esinevitable deducirque laimagen delas fuentes del Derechoha dejadode ser acertada. Ya no se trata de corrientes vivas que clarifican sino de escombrosque ocultan. Hoyser ía m ás propia hablarde "los montonesdel derecho" dondese acumulan sin orden ni concierto leyes del Estado yde las ComunidadesAutónomas, Reales Decretos. Decretos, Ordenes ministeriales y deconsejer ías. Resoluciones, Pactos y Acuerdos sindicales convalor normativo, contratos-programa, conveniosde todo tipo, Instrucciones,Circulares, Reglamentosy, porencima, los Tratados de la Unión Europea con sus Reglamentos y Directivas. Todo ello acompasadopor más de veintemil sentencias anuales del Tribunal de Justicia dela Unión Europea,del Europeo de Derechos Humanos, del Constitucional, del Supremoy delos Tribunales Superiores de Justicia de las ComunidadesAutónomas, sincontar, claroes. con las Audiencias yJuzgados inferiores.¿Cómo encontraraqu íel Derecho? Elbuscador está obligadoa excavar larguísimos tú neles ygaler ías si quiere encontrar alguna pepita de valor. Y al parecer de eso se trata ahora:de unos granos de oro -los principios generales del Derecho- que introducen ordenen elcaos ydan sentido acada uno de los elementos del Ordenamiento Jurí dico.El Derecho se encuentra en los principios generales del Derecho, que son su Verbo.
Si echamos ahora lavista atrás, vemos que encualquier caso el positivismo se ha hundido porla incontinencia del legislador quele ha abrumadocon elpeso de susnormas excesivas, Con laconsecuencia deque elJuez, parapoder caminar, tieneque reducir su equipaje yseleccionar del Ordenamiento, no yalo que podrí aser formalmente vigente, sino lo quea élle pareceútil aplicar. Decisión muy cuerda-y quizás necesaria- pero,que tiene elinconveniente de la arbitrariedad o inseguridad jurí dica,en términos generales,el de la impredictibilidad, la contradicciónhabitual y, en definitiva, el caos o, dicho de formam áselegante, lajurisprudencia tópica.
Mi. generación ha visto, en resumen, una evolución circular que ahora se está cerrando: desdela confianza absoluta en el texto hasta la entrega sin condiciones en manos del cadí ,quien, por encimade los textos,decide con la arrogancia y la impunidad propias de un poder constitucional.
Al llegar a estas alturas forzoso es reconocer que nos encontramos perdidos en el laberinto. Mis experiencias personales han coincidido punto por punto con las teorí as de las escuelas que aparecen en los libros,pero si todas son plausibles y si todas cuentan con adeptosentusiastas, peroque peor. Y en tal confusión he estado viviendo hasta que me di cuenta de que la abundancia deteor ías se debe a un mal planteamiento. empezando por el hecho de que no se tratade amontonar teorí asbrillantes o de escoger una de ellas. La verdadera cuestión no es el concepto del Derecho ni la determinación desus fuentes ni su interpretación. Todo esto noson más que epifenómenosde loesencial Lo esencial es la actitud personal que adoptael jurista ante el Derecho. No se trata, por tanto, de una actitud intelectual sino vital. No es una teorí a sino una praxis;una convicción,no una razón.
Creemos estar enun laberintoy lo que sucede es que andamos con los ojos cerrados o, peor aún, con ellostapados por erudición estéril. Encontrar la salida es, en consecuencia,muy fácil. Basta dejar de guiarnos por otros ciegos yabrir los ojos. Porque la realidad es clarí sima,como vamos a comprobar inmediatamente;aunque no nosguste. De tal manera que loúnico que hace falta:es valor y sinceridad para confesar lo que estamos viendo.
El jurista nacidoen la Ilustración yque ha llegado sustancialmentehasta nosotros creía en las normaspositivas como emanación directa de la voluntad popular yse sometí a a ellas pasivamente,con absoluto respeto,convencido de que su función era entenderlas o, a lo sumo. aplicarlas. En cualquier caso las aceptaba tal cual eran,sin entrar en su contenido, que consideraba fuerade su alcance e incluso de su juicio. La manipulaciónque el jurista hacia de las normas era meramente formal. Lo que sucede,sin embargo,es que ese tipode jurista ya ha desaparecido (salvo excepciones muycontadas).
El jurista dehoy esvitalmente muydistinto. Yano acepta sumisamente las normas sino id quod prodest: en lo que le convencen y,sobre todo,en lo que le sonútil. Eljurista actualperdió elrespeto a las normas en el momento en que dejó de creer en lavoluntad popular yvio cómola soberaní ade laley seajaba en compromisos inconfesables; de la misma manera que pudo constatar que los reglamentos expresaban al despotismopol ítica o burocrático yque la augusta togajudicial abrigaba personas de carne y hueso. En conclusión, al jurista de hoyya ha dejado de creer que la ley esuna norma sagrada e intocable y-tan descreí docoma irrespetuoso- se atreve a enjuiciar el contenido de la leyy hasta poner sus manos en ella.Lejos ya del pasado formalismo, entra en elcontenido material de las normas y obra luego en consecuencia de tal forma que,dejando a un lado la autoridad,valora con sus propios criterios v. a sus resultas, aplicao no aplica,o aplica previa adaptación,las normas.
Pues si esto es así ,hora es ya do dejarnos de hipocresí ase importa llamar a las cosas por su nombre. Porque si fuera verdad que las leyes ordenan lasociedad y resuelven los conflictos y que los juristas se limitan a interpretarlas, todos -o al menos la mitad justa- deberí an sersuspendidos por ignorantes ocastigados porsu mala fe, dadoque no haydos abogados que,ante el misma casó,opinen lo mismo ni dos jueces que dicten igual sentencia. Hora esde dejar de burlamos delos ciudadanosy deenga ñara los estudiantes.Porque no se trata de ignorancia o de mala sino de algo má s grave,a saber,que ni las leyes ordenan la sociedad ni resuelven los conflictos sino que,a todo lo m directrices, puntos de referencia que el legislador pone enmanos delos funcionarios yde los jueces,a sabiendas de que sólo muyparcialmente vana aplicarlas y que lo decisivo será siempreno la voluntad del legislador sino el criterio personal del operador.
Pero ¿cuáles serán esos criterios que impulsan aljurista a aceptar solo cuando y en lamedida en que el contenido de ésta concuerdecon sujuicio? Por lopronto, esseguro quese trata de criterios personales locual explica la diferencia de decisiones, Y,en segundo lugar,es un criterio ajeno o trascendente a lanorma. Dicho sea muyclaramente cada operador jurí dicotiene un fin personalen cada caso concreto;llegado el momento contrasta la norma con tal fin y,si le conviene la aplicará; pero si fin ynorma no están de acuerdo,rechazar ála norma o laretorcer ásin escr que le seaútil.
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La teorí adel findel Derechoes algo conocido desde Ihering; pero nótese (.y lo digo con énfasis especial)que yo estoy hablando del fin subjetivo,personal yego ísta del operador jurí dicoy nodel finobjetivo ysocial de lanorma. Una precisión que tiene algo ,y aunbasante, dec ínica yrevolucionaria; perono olvidemos que -comodec ía el juez Holmes- el Derechodebe ser tratado siempre con" ácidocinico". Alo ír estor ásguesequien quiera su toga;pero la realidad es así vyo prefiero que me condenen por escándola a que me tengan por tonto.
Porque, vamos aver, ¿cómoobra realmente el abogado?Exactamente como estoydiciendo. Su fin es el interés material de su cliente. En su consecuencia,una vezidentificadas las normas positivas queel legislador ha puesto a su disposición para el caso concreto,del montón que resultaescoge las que favorecen alo intereses de su cliente y silencia o retuerce a su medida las contranas,ya que nohan conseguido superar el filtro de su valoración personal. El abogado que no obre as¡, croetire la primera piedra. Y lo mismo hace el jurista funcionario, cuyo fines el interés de la Administración o el cumplimiento de lavoluntad polí tica,aunque vengandisfrazados conel solemne rótulo del interés publico.
En amboscasos, elrol del operadorjur ídico muysencillo porque elfin essiempre perfectamente identificable (para el abogado el de su cliente;para el funcionario el de su superior). Por ello mismo, ladecisión del Juezes mucho m difí cil,dado queno tiene ni clientes nisuperiores ysu fines resolver en Justiciay deacuerdo conDerecho los casos concretos. Pero¿donde encontrar esa Justicia quenecesita si la Justicia no esun biende este mundo y, encualquier caso, nada tieneque ver conel Derecho como (aparentemente) demostró yaKelsen?. ¿Yqué decirdel profesor, cuya responsabilidad social es mucho más graves, puesto que no es lo mismotirar al suelo manzanas aisladas que estropear el á rbol en su raí z? Dejemos, contodo, al Juez con susproblemas ya que la Justicia no cabe en mi lección ministral nies cosa de seguir abusando de la paciencia de quieres me escuchan. Ahora bien,dejar a un lado en este acto a la Justicia por razones de tiempo no debe entenderse como un gesto de indiferencia por mi parte. Antes al contrario;porque soyde aquellos quisieran ser tenidos por juristas justos yno como meros hombres de leyes. Tan es así quehonrado hasta el colmo me sentirí a,si en lugar de haber concedido uninmerecido tí tulode doctor honoris causa,hubiera recibido unimposible tí tulo de doctor justitiae causa. He dicho.
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