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The Project Gutenberg EBook of La Puerta de Bronce y Otros Cuentos by Manuel Romero de Terreros, Marqus de San Francisco This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net
Title: La Puerta de Bronce y Otros Cuentos Author: Manuel Romero de Terreros, Marqus de San Francisco Release Date: March 22, 2004 [EBook #11669] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA PUERTA DE BRONCE ***
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MANUEL ROMERO DE TERREROS Y VINENT MARQUES DE SAN FRANCISCO
LA PUERTA DE BRONCE Y OTROS CUENTOS
1922
Sentado en un amplio silln de velludo carmes, al lado de ancha ventana, el Cardenal de Portinaris estaba dictando su testamento. A la primera clusula que contena su profesin de Fe, haba logrado dar un giro distinto del acostumbrado, de manera que a la par de un compendio de la Religin Catlica resultaba un verdadero opsculo literario. El Prelado, muy satisfecho, prosiguia enumerar cada uno de sus bienes, y al hacerlo, pareca que iban arrancndose las ms hermosas pginas de la historia del arte. El notario escriba a toda prisa y, a pesar de estar muy acostumbrado a ese gnero de trabajos, se fatigaba en grado sumo, y gruesas gotas de sudor aparecan sobre su calva frente. Terminadas las clusulas preliminares, el Cardenal hizo una pausa y dirigila mirada vagamente a travs de la ventana de su estudio. La Plaza del Duque era un hervidero de gente, y el Prelado segua con la vista el ir y venir de carruajes y peatones. Transcurrialgn espacio de tiempo; el notario se pasel pauelo por la frente
varias veces, y por fin observtmidamente: --S, Eminencia? Pero el Cardenal permaneca callado. Si, Eminencia? insinude nuevo el letrado. --La verdad era que el Cardenal Dicono de la Baslica de Santa Mara de las Rosas estaba perplejo; no encontraba a quin nombrar heredero. Miembro de una de las ms esclarecidas familias de Toscana, conl terminaba su ilustre progenie: sunico sobrino, el Conde Fabricio de Portinaris, se haba marchado a Amrica haca quince aos y no se haba vuelto a tener noticia del. Ministros diplomticos y agentes consulares, por ms averiguaciones que hicieran, no haban podido proporcionar ningn informe, y todo el mundo consideraba que el Conde haba muerto. Desde sus primeros aos, don Fabricio haba dado pruebas de un carcter indomable, su bolsillo fusiempre un pozo sin fondo, y no era secreto para nadie que sus locuras haban conducido a su madre a un sepulcro prematuro. Los ojos del Cardenal se empaaron de lgrimas y durante largo tiempo estuvo pensando a quin nombrar heredero. Saba que las llamadas obras de beneficencia poco podran aprovecharse de una fortuna que consista mas bien en objetos de arte que en bienes materiales, y dolale el alma al pensar questos fueran a parar a manos del annimo e inspido personaje que se llama el Estado. Decidipor fin legar todo su caudal a algn amigo, y resolvihacerlo a favor del Pr Andrea,ncipe de Sant prcer bondadoso y ' magnnimo Mecenas. --Instituyo por minico y universal heredero, empezaba a dictar el Cardenal, cuando sonleve toque en una puerta. --Adelante! exclamel Prelado, y aparecien el umbral un sirviente vestido de negro. Adelantseste y presenten una salvilla de plata una tarjeta, que el Prncipe de la Iglesia tomcon cierto gesto de enfado. Si al leer en ella: "El Conde Fabricio de Portinaris" experimentalguna sorpresa, pudo dominarla en seguida, pues con tono tranquilo dijo al notario: --Ramponelli, maana terminaremos. Puede Vd. retirarse. El notario recogisus papeles, metilos dentro de un cartapacio, y conste bajo el brazo, fua besar el anillo cardenalicio, y salide la estancia despus de hacer profunda reverencia. En seguida ordena su camarero: --Que pase el Conde! Don Fabricio de Portinaris rayaba en los cincuenta aos. Era extraordinariamente delgado y bajo de cuerpo; tena la nariz aguilea, el cabello entrecano y el rostro tan lleno de arrugas, que a primera vista apareca estar sonriendo continuamente. Al verlo entrar en el estudio, su to ni se inmutni se puso de pie: slo dijo secamente, dirigiendo involuntaria mirada al retrato de Csar Borgia que penda en uno de los muros. --No esperaba veros ms, sobrino. Creque habais muerto. --Aun vivo, Eminencia, repuso el Conde sonriendo, e hizo ademn de
besar la mano del Prelado, peroste la retirdisimuladamente indicando con ella una butaca cercana. Tomasiento el Conde, y despus de unos instantes de embarazoso silencio, dijo: --He llegado esta maana, y crede mi deber, antes que nada, saludar a vuestra Eminencia. --Os lo agradezco, contestel Cardonal, tomando polvos de su tabaquera de oro. Y, decidme, prosigui,encontrsteis en el Nuevo Mundo todas aquejas cosas que aquechbais de menos?Aquella libertad, aquella cuantiosa fortuna, aquella igualdad encantadora entre los hombres, aquella (aqusonriel Cardenal) verdadera democracia? --Encontren el Nuevo Mundo, Eminencia, lo mismo que en Europa. Quince aos he vivido una vida angustiosa, y hoy vengo a impetrar vuestro perdn y a morir en mi pas. Futal su acento de sinceridad, que el Cardenal se puso de pie solemnemente y bendijo a don Fabricio de Portinaris. Era la hora del ocaso y los rayos del sol que se pona hacan ms intensa la roja vestidura del prcer. Al principio el regreso del Conde fuescasamente comentado en la Ciudad, porque haba casi, desaparecido su memoria. Pero pronto volvia hablarse del, porque el Cardenal de Portinaris, a pesar de su robusta salud y no avanzada edad, decaa notablemente, y un mes despus se hallaba al borde del sepulcro. No faltquien hablase en voz baja de sutiles venenos trados de Amrica y alguien record, en plena tertulia, que los Portinaris descendan de Cesar Borgia. Al fallecer el Prelado y abrirse su testamento, se supo que haba legado todos sus bienes a Don Fabricio. El nuevo Prncipe se ausentenseguida de la Capital, y establecisu residencia en una _villa_ cercana, en donde llevuna vida retirada y tranquila. A las pocas personas con quienes trataba, refera que estaba escribiendo sus memorias. Pero pasados algunos meses, decidiregresar a la Corte y allse dijo que pensaba dar grandes recepciones en su palacio, pues deseaba contraer matrimonio y llevar la vida que corresponda a su clase. No viene al caso hacer una resea del Palacio de Portinaris, porque ha sido descrito mil veces. En toda obra referente al Arte del Renacimiento ocupa preferente lugar, y es conocidsimo an de las personas que jams han visitado la Ciudad Ducal. Baste recordar que, entre las innumerables obras de arte que encierra, quizsea la ms notable la hermosa reja de entrada, labrada en bronce con tal maestra, que todos estn acordes con atribuirla al autor de las puertas del bautisterio florentino. En los tableros inferiores se destaca, en alto relieve, la historia de aquel Hugo de Portinaris que, despus de defender heroicamente la fortaleza del Borgo, fudegollado, junto con su mujer y sus dos hijas, por el victorioso y sanguinario Orlando Testaferrata. Gruesos, pero exquisitamente labrados, barrotes abalaustrados sostienen el medio punto que la remata, en cuyo centro campea orgullosamente, la puerta que constituye las armas parlantes de la familia, mientras que coronas, tiaras, espadas y llaves cruzadas, pregonan por doquier los grandes honores questa ha gozado desde tiempo inmemorial. Llegel Prncipe a su palacio con las primeras sombras de la noche. Al ascender la escalera de honor, sintiun desmayo y hubiera cado al suelo, si no se apoyara en el pedestal de una estatua, que decoraba el primer descanso. Repsose enseguida, y atravescon paso
rpido la larga galera del Poniente, seguido de su mayordomo, y entren la cmara, llamada del Papa Calixto, que haba sido dispuesta para su dormitorio. Era amplsima y, a diferencia de las dems estancias del palacio, relativamente sobria. Pocos pero ricos _ muebles la exornaban y el techo careca de _plafond alegrico, motivo por el cual el Prncipe la prefiria las dems, pues, como dijo sonriendo al mayordomo, no quera estar viendo losngeles y mujeres desnudas de Julio Romano desde su lecho. Aquella noche, don Fabricio tomligersima comida, y despus se instalen su gabinete, a escribir, hasta hora muy avanzada. El vasto edificio estaba sumido en el ms profundo silencio, pues toda la servidumbre se haba retirado a descansar, y slo poda orse el rasguear de la pluma sobre el papel. Larga fula carta que escribiel Prncipe, y bastante tiempo tomen leerla y hacerle algunas correcciones. Por fin la doblcuidadosamente, y despus de haberla metido dentro de un sobre grande, la dirigia una persona de vulgar apellido, residente en la Repblica del Pnuco. Se dispona a lacrarla y sellarla, cuando se dibujen su rostro una expresin de sorpresa y de miedo. El gabinete se hallaba contiguo al estudio que haba sido del Cardenal, y al alzar el Prncipe la cabeza en busca del sello, notque por debajo de la puerta de comunicacin con aquella estancia, se vea una brillante raya de luz. Don Fabricio, pasados algunos instantes de sobresalto, logrdominarse y hasta sonreir; y levantse de su asiento para ir a apagar la luz, que inadvertidamente habra dejado algn criado encendida en el estudio. Abrila puerta resueltamente, ... yse helsu sangre! Sentada en el silln, con su tabaquera abierta en la mano derecha, y los dedos de la izquierda en ademn de tomar unos polvos, hallbase la prcer figura del Cardenal de Portinaris. --No esperaba veros ms, dijo lentamente. Creque habais muerto, sobrino. Presa del mayor terror, don Fabricio huy, llamando en alta voz al mayordomo y otros sirvientes; pero nadie acuda en su auxilio, y recorrilas galeras dando voces que retumbaban en las bvedas de la seorial mansin. --Antonio, Bernardo, Julio, Gilberto! gritaba, pero nadie quera contestar, y con verdadero pavor baj, puede decirse que rod, la escalera, y corria llamar al conserje. Grandes golpes dien su puerta con ambas manos, pero nadie oa sus desesperadas voces de terror. Acercse a la entrada de palacio y quiso abrir la puerta de bronce que la cerraba; pero por ms esfuerzos que hizo, no pudo lograr moverla un milmetro, y por fin, en su desesperacin, concibila idea de salir por entre los barrotes, pues a toda costa quera abandonar aquella casa. Como hemos dicho, don Fabricio era extremadamente delgado, y decidiintentar pasar el cuerpo por aquella parte de la reja, en que los barrotes eran ms esbeltos y, por consiguiente haba mayor espacio entre ellos. A la madrugada siguiente, enorme concurso de curiosos se aglomeraba a la entrada del palacio. La cabeza del Prncipe, amoratada y descompuesta, se hallaba presa entre dos barrotes, y los ojos, saltndosele de lasrbitas, parecan mirar con terror el tablero, en el cual Ghiberti haba cincelado magistralmente la degollacin de Hugo de Portinaris por el despiadado Orlando Testaferrata.
UN HOMBRE PRACTICO  A AGUSTIN BASAVE.
El Padre Ministro de la Casa de Novicios de la Compa��a de Jess en Espadal era peque��n, de rostro colorado, cabello blanco y expresin risuea. Decase que en su juventud tuvo trato con las Musas, pero si tal fuel caso, ningn resabio de ello adivinbase en el Padre Hurtado. El Padre Ministro, varn santo si los hay, era ante todo un hombre prctico; pruebas de serlo dien mil ocasiones, al grado de hacerse esta cualidad suya proverbial, no slo entre la comunidad, sino en toda la comarca. Intil nos parece decir que aquel establecimiento marchaba admirablemente, como cuadraba a la gran Institucin de que formaba parte. Una alegre maana de junio, en que el Padre Ministro comprobaba con satisfaccin que el consumo de patatas en el mes pasado haba sido mucho menor que el del correspondiente del ao anterior, un leve toque en su puerta vino a interrumpir su tarea. --Adelante! exclam. El Hermano Fuente divuelta al picaporte y dijo: --Padre Ministro; un hombre desea hablarle. El Padre Hurtado, enemigo de antesalas, frunciligeramente el entrecejo, pero contest; --Que pase. Pocos momentos despus, se presentaba un individuo, cuya descripcin es ocioso hacer, pues era como miles otros: de cuarenta aos, poco ms o menos, sano al parecer, y pobre, puesto que el dinero, segn reza el refrn, no puede estar disimulado. --Buenos das, Padre. --Buenos nos los dDios.Quse ofrece? Padre Hurtado, vengo a ver a usted porque me encuentro en situacin difcil. No tengo qucomer. Desde que parla fbrica.... --Si os metis en huelgas, interrumpiel religioso. --No poda yo nada en contra, y tuve que hacer lo que todos los compaeros. El caso es que el trabajo no se reanuda ni lleva trazas de serlo. Me muero de hambre, y aunque a Dios gracias, no tengo nadie que dependa de m, necesito trabajar. Conozco algo de jardinera.... --Amigo, dijo el Padre Hurtado, en esta casa no tenemos jardn. --He trabajado como albail. --En esta casa, gracias a Dios, no hay reparaciones ni obras que hacer por el momento. --Padre, yo le ruego, yo le suplico que me proporcione algo. Usted que es un hombre tan prctico....
Hay que advertir que todo este tiempo, el Padre Hurtado casi no haba reparado en su interlocutor, pues mientras sostena el dilogo, segua haciendo nmeros; pero al notar un leve acento de amargura o de reproche en laltima frase del obrero, alzla vista y lo mirfijamente por algunos instantes. --Repito, prosigui, que no tengo trabajo que proporcionarle en esta casa. Pero si quiere usted acudir a nuestro Colegio en Carrin de la Vega, estoy seguro que su Rector, el Padre Rodrguez, le dartodo lo que le haga falta. --Padre, mil gracias, replicel hombre. He confesado y comulgado esta maana, y estaba seguro que usted me sacara de apuros. Juan Gonzlez le sersiempre agradecido.Quisiera usted darme, Padre Ministro, una carta o papel de recomendacin? El Padre Hurtado tomuna cuartilla, la particuidadosamente en dos, guardando una mitad para uso futuro, y trazen el papel breves renglones. La metidentro de un sobre, lo cerry dirigi, y lo entrega Juan Gonzlez. Despidiseste, y al abrir la puerta para marcharse, lo detuvo el Padre Hurtado dicindole: --Espere un momento, hermano. Abandonsu escritorio, mojdos dedos en una pila de agua bendita que colgaba en la pared, y toccon ellos la mano del obrero, dicindole cariosamente; --Vaya con Dios! El Rector de Carrin de la Vega abricuidadosamente el sobre que acababa de entregarle el portero, y extrajo la misiva del Padre Hurtado; la ley, y sin alzar la cabeza, miral Hermano por encima de sus espejuelos. --No entiendo esto, dijo.Quin ha trado este papel? --Un hombre a quien no conozco. Parece obrero. -No trae ningn mensaje de palabra? ---Nada me ha dicho, Padre. --En dnde esteste hombre? --Espera en la portera. --Voy a verle. Ligeramente contrariado, el corpulento Padre Rodrguez se levanttrabajosamente de su asiento, no sin dirigir la mirada al cmulo de cartas que haba sobre el escritorio esperando contestacin, y se encamina la portera. --Buenas tardes. --Buenas tardes, Padre, contestJuan Gonzlez, con el rostro iluminado por la esperanza. --Usted ha trado este billete del Padre Hurtado?
-S, Seor. --Ynada le indicque me dijera de palabra? --Nada, Padre. --Es raro. Haga favor de esperar un momento. El Rector estaba sorprendido. Que un hombre como el Padre Hurtado hubiera escrito esas cuantas palabras, tan faltas de sentido comn, era un absurdo. En las galeras immediatas a la portera encontral Padre Procurador y al Primer Prefecto, quienes, al ver a su superior, levantaron sus birretes respetuosamente. --El Padre Hurtado se ha vuelto loco, dijo el Rector sin ms prembulo. --Imposible! exclamaron a un tiempo los otros dos. --Entnces,cmo explican ustedes que me enve este billete? pregunt, y alargel papel al Prefecto, quien leyen voz alta los siguientes renglones: --"Estimado Padre Rodrguez: Le ruego se sirva dar cristiana sepultura al portador de la presente. Su afmo. Hermano en Xto. Alonso Hurtado, S.J " _ _ . Hubo un silencio. El Padre Ministro de Espadal, tenido por el hombre ms cuerdo de la Provincia no poda haber escrito esas palabras. Instintivamente, los tres religiosos se dirigieron a la portera para interrogar a Juan Gonzlez, seguros de que se trataba de una broma. Pero Juan Gonzlez, yaca en el suelo, boca arriba, con los ojos muy abiertos. Dos hilos de sangre negra manchaban su labio superior, y tena la mano izquierda crispada contra el pecho.
SIMILIA SIMILIBUS  A LUIS CASTILLO LEDON.
Como ya muriel clebre homepata Dr. Idiquez, puedo divulgar el secreto que me impuso bajo mi palabra. Hace precisamente diez aos que principila extraa dolencia que motivmi visita a aquel facultativo, y cuya rpida curacin fuel primer escaln de su fama. Desde pequeo fuenfermizo y dbil, por lo cual puedo decir, sin gran exageracin, que toda mi niez y la mitad de mi juventud las pasen consultorios de doctores. En verdad, era una maravilla para todos mis allegados que fuese yo viviendo. Apenas cumpllos treinta aos, empeca sufrir los ms agudos dolores de cabeza que puedan imaginarse, los cuales de da en da aumentaban al grado de hacerme la vida un verdadero martirio. Solamente descansaba yo de ellos cuando dorma, razn por la cual procurcortejar a Morfeo incesantemente. Pero llegel da en que ni an el sueo pudo ahuyentar mis
sufrimientos; y lo ms extrao del caso era que, a medida que soaba las cosas ms fantsticas y hermosas, ms agudos eran los dolores que me torturaban. Se comprender, por lo tanto, que entonces quise huir del sueo, apurando fuertes dosis de caf: y esperaba yo la muerte como una ansiada liberacin. Ms, a pesar de todos mis esfuerzos para permanecer despierto y del horror con que vea yo llegar la noche, me venca al fin el sueo, y en seguida presentbanse a mi mente las ms peregrinas visiones que puedan imaginarse, aun en ese mundo inexplicable. Lluvias de estrellas, kaleidoscpicas auroras, extraas floraciones, embargaban mi mente de continuo; a veces, sobre un mar fosforecente vea yo navegar hacia mun galen de oro con velamen de carmn y grana, mientras indescriptible armona sonaba en mis odos. Y a medida, repito, que aquellas visiones eran ms hermosas, ms agudo era el dolor que atormentaba mi cerebro. Y tal terror se posesionde mi alma, que no comprendo cmo no fua parar a un manicomio. Ninguno de los facultativos que consultencontraba remedio a mi mal, y no puse trmino a mis das con mi propia mano, gracias a mis principios religiosos. Por fin, siguiendo el consejo de no recuerdo qumdico famoso, determinque varios de los doctores ms eminentes de la ciudad se reunieran en consulta, y despus de dos horas del ms penoso interrogatorio, pronunciaron mi sentencia. Mi mal era incurable y degenerara en locura; el tumor que se habia formado en mi cerebro era inoperable y la muerte se aproximaba, aunque lentamente. Salde aquel consultorio como un hombre beodo. He dicho que muchas veces haba deseado la muerte, y sin embargo, aquel da amaba yo la vida, a pesar de mis horribles sufrimientos. Embargada mi mente, como debe suponerse, caminhacia mi casa por calles apartadas, temeroso de encontrar alguna persona conocida. Repentinamente, no squimpulso hizo fijar mi vista en una pequea placa de metal sobre la puerta de una sucia habitacin. Leel letrero: "Dr. Idiquez, homepata", y casi sin pensar en lo que haca, penetren la casa y subla destartalada escalera. El Dr. Idiquez era un hombre vulgar y demacrado, y su consultorio una guardilla sucia y miserable. Ambos me recordaron, enseguida, la escena del boticario enRomeo y Julieta. Expuse mi mal y la opinin de los facultativos a quienes consultara, y el Dr. Idiquez me escuchcon la mayor atencin. --La enfermedad de usted, me dijo al fin, es extraa, indudablemente, y proviene en efecto de un tumor que se ha formado en su cerebro; pero no sno es incurable, sino que puedo librarlolo de ella en tres das. --Cmo! exclam, no queriendo creer lo que escuchaba. --Sencillamente, respondicon mucha calma. Aqutiene usted estos glbulos que tomarusted cada tres horas: tres del frasco marcado A. y cuatro del marcado B., alternativamente. Hoy es lunes; el viernes prximo vendrusted a verme, ya curado. Pagusu modesto honorario, y bajla escalera rpidamente, como si volara en alas de la esperanza. La tarde estaba tibia y perfumada, y la puesta del sol pareca un incendio en los montes lejanos. Aquella noche, por primera vez, me abandonaron mis sufrimientos, pero los bellos sueos tambin huyeron, y fuatormentado por horribles pesadillas. Estas aumentaron a tal grado en las dos noches siguientes, que puedo asegurar que ni el Dante pudiera imaginrselas
en lo ms profundo del Averno. Por fin llegel ansiado viernes, y efectivamente, libre de todo sufrimiento fsico y moral, subla destartalada escalera que conduca al consultorio del Dr. Idiquez. Este me recibiafablemente, y me asegurque mi curacin era definitiva. Ese da comprun busto de Hahnmann y lo coloquen lugar prominente de mi biblioteca. Intil me parece decir que la noticia de mi rpida curacin se extendipor todo el pas, y el nombre del Dr. Idiquez en seguida se hizo clebre. De allen adelante, efectulas ms sorprendentes curaciones, y al cabo de poco tiempo, reuniuna fortuna considerable. Lo que ms intrigaba a sus pacientes era que jams recetaba, sino quel mismo proporcionaba las medicinas, marcndolas generalmente con letras, aunque a veces tambin con nmeros. Naturalmente, contraje conl vnculos de estrecha amistad y lo visitaba a menudo en su nueva y lujosa casa. Un da me atreva decirle: --Doctor, hace mucho tiempo que he querido hacerle una pregunta. --Cul es? --De quse componan los glbulos que me proporcionaron mi maravillosa curacin? --Amigo mo, ese es mi secreto; pero puesto que a usted le debo mi fortuna, se lo dir, si me promete, si me jura, no decirlo mientras yo viva. En cuanto muera, queda usted en libertad para proclamarlo a los cuatro vientos. Hice la promesa requerida, y con una sonrisa muy triste,--nunca he visto en la cara de un hombre una sonrisa ms triste,--dijo el Dr. Idiquez lentamente: --Los glbulos marcados "A" se componan de agua y azcar; los marcados "B" de azcar y agua.
EL AMO VIEJO  A LUIS GARCIA PIMENTEL
La familia Hernndez de Sandoval, opulenta hace diez aos y hoy casi en la miseria, era una de las ms respetables de la ciudad de Mxico. Como base principal de su fortuna figuraban las extensas haciendas que posea, desde los tiempos de la conquista, en el hoy denominado Estado de Morelos, comarca fertilsima, en donde se cultiva con preferencia la caa de azcar. Conservan muchas de las haciendas mexicanas el carcter de fortalezas que supieron darles sus primeros poseedores, mientras que otras, que no se distinguen por su arquitectura, abundan, en cambio, en bellezas naturales; todo lo cual hace que una visita a una de estas fincas no carezca, generalmente, de inters. A pesar de la estrecha amistad que una a los Hernndez de Sandoval con mi familia, desde largos aos, no haba yo tenido ocasin de
visitar ninguna de sus haciendas, aunque ellos shaban pasado largas temporadas en la nuestra, situada en el centro del pas; de manera que, en cuanto se ofrecila oportunidad de acompaar al hijo de la casa, Antonio, pudiendo desprenderme de mis no mltiples, pero simprescindibles quehaceres, la aprovechgustoso para ir en tan grata compa��a a recorrer la finca principal de su casa, clebre por su riqueza y encantos naturales. Salimos de Mxico en la noche de un diez de agosto, y llegamos en la madrugada a la histrica ciudad de la Puebla de los Angeles. Todo el da siguiente lo pasamos a bordo del ferrocarril, viaje molesto por el excesivo calor que se dejaba sentir y que nos quittoda gana de admirar el trayecto, rico y variado en cultivos y panorama. Cansados y agobiados por la alta temperatura, llegamos a las primeras horas de la noche a una pequea estacin, de cuyo nombre indgena no quiero acordarme, y en donde nos esperaba el Administrador de la hacienda y varios mozos, con sendas caballeras. Emprendimos desde luego la caminata, y, ya fuera porque la noche en el campo se hallaba relativamente fresca, comparada con las molestias del ferrocarril, o porque vea yo prximo el fin de la jornada, el trayecto me parecicorto. A poco de abandonar la estacin, vdibujarse en las sombras de la noche la silueta de la enorme mole que constitua la famosa hacienda de San Javier. Y esta silueta, borrosa al principio, fudefinindose rpidamente, permitiendo darme cuenta, primeramente, de la alta chimenea del ingenio, despus, de la gallarda torre y esbelta cpula de su iglesia, de las troneras de las azoteas y, en fin, de todos los principales detalles del edificio. Poco o nada habamos hablado, y suponiendo que Antonio me enseara al da siguiente todos los pormenores de la hacienda, me abstuve de hacer preguntas; pero, al entrar en el enorme patio, o ms bien plaza, que haba delante del edificio, me sorprendide tal manera la extraa silueta de un hombre sobre el pretil de la azotea, que no pude menos que exclamar: --Quin es ese individuo que espera tu llegada en tan estrambtica postura? Porque hay que advertir que estaba sentado sobre el pretil (con riesgo inminente de caerse), y cubierto con el ms exagerado sombrero de alta copa. Antonio se riy solamente dijo: --Ah! Maana te lo presentar. Nos apeamos de nuestras caballeras en un amplio portal, y despus de las presentaciones del tenedor de libros y otros dependientes de la hacienda, en el "purgar", o sea oficina principal, subimos a tomar una ligersima cena, para arrojarnos en seguida en los codiciados brazos de Morfeo. Una pequea contrariedad se dibujen el rostro de mi amigo, al informarle el administrador que la mayor parte de las estancias de la casa estaban en vas de reparaciones y de ser pintadas, por lo tanto, slo haba disponibles para dormir en ellas, dos habitaciones, una pequea, y otra, al contrario, amplsima. Intil me parece decir questa me fucedida por mi amigo, y al penetrar en ella, grata fumi sorpresa al encontrarla muy fresca, y ver que la cama se hallaba colocada al lado de una puerta-ventana que comunicaba con el corredor o galera abierta, que abarcaba todo el frente y un costado del piso superior de la casa. Meda este
corredor unos cuatro metros de anchura por otros tantos de elevacin, estaba abovedado, y por los amplios arcos se esbozaba el encantador paisaje, que en las sombras de la noche, posea una dulzura y serenidad poco comunes, perfumado el ambiente con las diversas plantas de aquellos climas. A pesar del cansancio que senta, permanecno corto espacio de tiempo en la soledad de aquella galera, perdido en mis pensamientos, y con un leve zumbar de odos, oa el silencio , que _ _ slo interrumpa, de vez en cuando, el ladrar de un perro en el realno lejano. Por fin me metentre sbanas, dejando la ventana abierta, y en seguida queddormido. No supe cunto tiempo lo estuviera, cuando me despertel fuerte toser de una persona. Esta pareca hallarse en el corredor, a pocos pasos de m, y deduje en seguida que era elvelador, que en toda hacienda suele rondar de noche. Como la tos no ceda, sino, al contrario, agravbase de tal manera, que el pobre hombre pareca correr riesgo de ahogarse, saltdel lecho para prestarle ayuda; perocul no sera mi sorpresa, cuando sala la galera, de hallar que no slo cesla tos, sino que el velador o lo que fuera, no se encontraba all! Torna acostarme, y a los pocos momentos, se repitiel suceso con idnticos resultados, y dos y tres veces ms, hasta que llegua suponer que el hombre se hallara en algn apartado rincn del corredor, el cual, por ser abovedado, transmitira el eco de la tos, hacindola orse como si fuese en la puerta misma de mi alcoba. A la maana siguiente, relatado el desagradable incidente que interrumpimi sueo, quiso Antonio averiguar quin fuera el velador que haba pasado tan mala noche en la galera; pero el Administrador contestrotundamente que nadie, pues en aquellapoca de completa tranquilidad era innecesaria la presencia de semejante sirviente. Y a las reiteradas instancias de que alguien tena que haber sido, la contestacin, despus de ser interrogados todos los dependientes y criados, fusiempre la misma. Sin darle ms importancia al asunto, pues en realidad poco tena, emprendimos la visita del vasto edificio, remedo de fortaleza, convento y casa de campo, todo en uno, que databa del siglo XVI; la magnfica iglesia, cuya torre y cpula reverberaban en sus azulejos los rayos del sol tropical; y la casa de calderas, o ingenio propiamente dicho, enorme edificio completamente moderno y, para m, ayuno de inters. Al recorrer la azotea de la casa, Antonio hizo la presentacin del curioso personaje que la vspera llamara mi atencin.Era una estatua de piedra! Y no pude menos que echarme a rer al verla: esculpida con la mayor rudeza, representaba a un individuo de anguloso y desproporcionado aspecto, sentado al borde de la azotea, con las piernas cruzadas, ms abajo de las rodillas, y con las manos en actitud de batir palmas. Para que nada faltase a esta obra de arte, hallbase embadurnada, desde la punta del exagerado sombrero hasta los pies, de un brillante color de rosa. --Aqutienes, dijo Antonio, a la persona que prometpresentarte. Como ves, es una obra de arte. Se llama Herrera Goya. Para que no te ras de un miembro de la familia, te contarque Don Joaqun de Herrera Goya fuantepasado mo, aunque no en lnea recta, pues murisoltero; su hermana, mi cuarta abuela, hereddel esta hacienda y no ssi a ella se deba tan hermosa estatua. Es costumbre pintarla cada ao; ascomo hoy la ves color de rosa, ha estado pintada de celeste, amarillo, verde, de todo menos de negro, pues hay aqula creencia,--cosas de los indios,--que si llegara a